Pararse a pensar #4
Inés entró con su habitual sonrisa. Aunque quiso controlarla, no pudo evitar hacerla más grande al ver a Lina, sobre todo cuando vio su cara de adoración .
Para que nadie se percatase de la cara de Lina, Inés hizo un leve carraspeo de garganta.
—Toda la mañana hablando por teléfono te deja secuelas. Con todas pendientes de ella, les explicó la situación.
—Esta tarde iré con Ana Belén a hacer unos recados. Os dejamos al frente de la tienda. —Inés hizo una pausa para comprobar que Lina había dejado de mirarla de esa manera. Al verla en plenas facultades, continuó—: Estoy más que segura que podréis arreglároslas solas,
¿verdad? —preguntó esperando la respuesta de ambas.
Sofía asintió con efusividad. Lina, casi en un susurro, dijo:
—Por supuesto.
No podía dejar de asombrarse con el brillo tan especial que desprendía. Quizás fuese una percepción de ella, pero no podía dejar de mirarla.
Inés no necesitó decir nada más, con una caída de ojos lo dejó todo claro. Puso su chaqueta encima de su antebrazo y le hizo un gesto a Ana Belén para que ella pasase delante. Después se giró hacia Lina y le dijo con un tono de voz muy suave:
—Espero que no olvide lo que tiene más tarde.
Lina sonrió y contestó en el mismo volumen:
—Descuide, no me olvido. —Tuvo que hacer un gran esfuerzo por no abalanzarse y besarla allí mismo.
—Bien. —Se rascó el corazón y la miró directamente a los ojos.
Inés se dio la vuelta y se marchó dedicándoles una sonrisa.
Cuando se cerró la puerta, Lina respiró tranquila.
Era consciente de que esa mañana había calmado enormemente el batiburrillo de emociones que sentía, pero al verla todo estaba más claro.
Espe le podía atraer muchísimo, más de lo que le gustaba reconocer.
Pero Inés… lo suyo era distinto. Se sentía afortunada solo con su presencia, era como si un ángel inalcanzable se hubiese dignado a dejarse querer por ella.
Las dependientas trabajaron sin descanso. Se complementaron estupendamente, ya se conocían lo suficiente como para que una se adelantase a los movimientos de la otra.
También hubo momentos donde la poca intensidad del trabajo les permitió charlar un rato.
—Bueno, ¿qué esperas en la cita de Tomás este fin de semana? — preguntó mientras cogía la escalera para recoger perchas del es tante superior.
—No lo sé. Le veo distraído. A veces no sé si somos amigos o algo más —le confesó.
—Pero os habíais besado, ¿no? —preguntó intrigada.
—Sí, en varias ocasiones. Pero siempre que nos besamos al final de una cita, a la siguiente es como si no hubiese pasado nada. También es verdad que tardamos tanto en volver a vernos que se le debe olvidar —se quejó.
Estuvo muy tentada de decir: «Yo es que de hombres no entiendo mucho» pero prefirió guardarse el comentario.
En su lugar…
—¿Lo has hablado con él? —preguntó como si eso fuese la solución a los problemas.
—No, Lina. ¿Cómo le voy a preguntar eso?
—Pues hija, preguntando. ¿No te gusta tanto? Tendrás que mojarte, digo yo. —Salió del almacén con una caja entre sus manos.
Sofía le siguió con el papel de envolver.
—Tú lo ves muy fácil. Tomás no es como el resto de hombres… es más sensible, atento… Además, tiene una vida muy complicada. ¿Sabías que sus padres lo echaron de casa? —Estaba indignada con la noticia.
No contestó, pero su cara de sorpresa lo dijo todo.
—Pues sí, no me dio muchos detalles. Pero estaba claro que eso le hizo daño.
Tenía diecisiete años. Por suerte, Espe le ofreció un trabajo y le dejó dormir en el almacén de su bar hasta que encontrase un sitio donde quedarse.
—Hizo una pausa, no estaba segura de si debía haber contado esa parte, pero visto que ya había empezado, continuó—: No tiene familia.
Bueno, Espe es su familia. Trabaja mucho para poder vivir.
—Bueno, pero si ahora está bien… ¿qué tiene que ver todo eso contigo? —preguntó sin saber a qué venía la explicación—. Quiero decir, si eso fue hace tiempo…
—Ya. No sé. Me lo contó el otro día de confidenciasen el bar. No le entiendo. No sé qué le pasa —se resignó.
Lina vio en su cara que estaba muy perdida. Ella no era experta en ese tema. Al fin y al cabo, las personas son personas, independientemente de sus gustos. Con todas te puedes entender si conversas.
Le pasó el brazo por encima de sus hombros.
—Sofía, cariño, no le des más vueltas. Si algo he aprendido con los años —no se terminaba de creer lo que iba a decir— es que los hombres son muy sencillos. Déjate de rodeos y pregúntale. Sal de dudas. Los dos estaréis mejor si lo habláis tranquilamente.
—Quizás tengas razón —se animó un poco.
—Eso sí, amiga —apoyó la cabeza sobre la de ella—, paciencia, mucha paciencia.
Sofía vio por el cristal de la puerta que una clienta estaba a punto de entrar.
—Termina el pedido en el almacén, ya la atiendo yo —se ofreció Lina.
Sofía obedeció sin rechistar.
Este fin de semana era una buena oportunidad para que hablasen. No le gustaba vivir siempre en la incertidumbre, sin saber si a Tomás le apetecía estar con ella o no. Lo decidió en ese instante, según estaba haciendo el lazo del vestido.
—Hablaremos de todo sí o sí —se prometió en voz alta.
Mientras, por las calles de Barcelona, Inés y Ana Belén iban de un local a otro. Llevaban cuatro establecimientos, ninguno era lo suficientemente grande para la previsión de almacenaje que querían. De camino a uno de ellos:
—Doña Inés, este creo que será de su agrado. Antes era un almacén de perfumes. Tiene mucho espacio y un escaparate precioso.
—Veremos —dijo poco esperanzada.
El local era muy grande y totalmente diáfano, podrían redistribuirlo como quisiesen. Pero solo tenía un punto de acceso. Las clientas y las cajas del almacén no podían entrar por la misma puerta.
—¿Cuántos nos quedan por ver? —preguntó Inés.
—Este era el último. Pero no se preocupe, seguiré buscando. Ya tengo una idea muy clara de lo que quiere y podré hacer una selección mejor —aceptó el reto.
Parecía que toda la tarde yendo de aquí para allá no le había afectado para nada en el ánimo.
Inés estaba cansada y un poco frustrada.
Hablar con los propietarios estaba siendo un trabajo tedioso.
Todos esperaban a un hombre para las negociaciones y tener que dar explicaciones de manera constante estaba siendo agotador.
Por no hablar de que pensaban que por ser mujer la podrían engañar con el precio.
Se hacía tarde y debían volver. La ruta que planificó Ana Belén estaba bien pensada, ya que se encontraban a un par de manzanas de la tienda.
Era el momento perfecto para mantener una conversación.
—Ana Belén, le tengo que decir que ha hecho un trabajo excelente —pensó que los halagos eran la mejor manera de romper el hielo para que bajase la guardia.
—Muchas gracias, doña Inés, lamento que no hayamos encontrado lo que necesitamos.
—No se preocupe, seguiremos buscando. —Hizo una pausa, miró el reloj de su muñeca y se le ocurrió la manera de sacar el tema—. Se ha hecho tarde, espero que a la persona que le aguarda en casa no le moleste.
—No, no creo que me espere, siempre soy yo quien le espera a él —no pensó sus palabras.
A Inés se le dibujó una sonrisa, que rápidamente borró para que no viese sus intenciones.
—Ya, normal. Severiano es un hombre muy ocupado —dijo restándole importancia.
Ana Belén intentó disimular la sorpresa. Su entrecejo se frunció de golpe. Intentó saber en qué momento había podido deducir que ellos dos estaban juntos. Al ver la cara desencajada de Ana Belén, decidió calmarla.
—No se preocupe. Soy la directora y parte de mi trabajo es enterarme de todo lo que sucede en mi empresa —dijo levantando una de sus cejas al mirarla—, puede que a veces tarde un poco, aún me estoy adaptando, pero me acabaré enterando de todo.
Ana Belén ralentizó el paso. Sus pensamientos, por el contrario, iban a toda velocidad.
Se produjo un diálogo interno: «Lo sabe.
¿Cómo se ha enterado? Tuvimos mucho cuidado.
No puede ser. ¿Se lo habrá dicho Severiano al verse acorralado?
No, él me quiere. No me haría eso. No creo.
Espero que no. Yo solo le ayudé, la idea fue suya.
Él ya lo tenía todo planeado. Yo solo…».
Inés interrumpió sus pensamientos:
—No se quede atrás. En breve llegamos.
Inés había conseguido confirmar que estaban saliendo y que lo que hubiesen tramado lo habían hecho juntos. Antes de entrar a la tienda, Inés detuvo a Ana Belén.
—Si quiere contarme algo, la puerta de mi despacho estará siempre abierta —dijo mirándola directamente a los ojos.
Ana Belén se limitó a asentir lentamente.
Inés abrió la puerta con naturalidad. Lo primero en lo que se fijó fue en Lina detrás de la caja registradora.
Estaba tan concentrada contando que no se había percatado de su presencia.
Al cerrar la puerta, la campana le alertó, alzó su rostro y su mirada conectó con la de ella.
Una conexión de milésimas de segundo fue suficiente para hacerlas sonreír, fue corta pero cargada de mucho amor.
Lina miró a su alrededor y se rascó el corazón con su dedo.
Inés se llevó un dedo a sus labios y se dio un par de golpecitos.
—¡Buenas tardes! —dijo la jefa finalmente.
—¡Buenas tardes, doña Inés! —respondió intentando controlar su voz. El inicio de la frase había sido muy sensual y luego lo corrigió.
Por suerte, la encargada seguía pensando en sus cosas y Sofía estaba en el almacén. Nadie se había dado cuenta.
—¿Qué tal la búsqueda de locales? —preguntó para no tener más ese silencio que la llenaba de deseo.
—No ha ido muy bien, ¿verdad, Ana Belén? —intentó incluirla en la conversación.
—No —se limitó a contestar.
Sofía salió del almacén diciendo:
—Lina, ya está todo colocado. Solo queda… —cortó la frase al ver a sus dos jefas en la tienda—. ¡Buenas tardes! —se apresuró a saludar.
Inés sonrió, le pareció tan divertido el cambio de actitud en un segundo. El silencio se hizo en la tienda. Inés estaba deseando estar a
solas con Lina, así que hizo lo que mejor se le daba: mandar.
—Ana Belén, ha sido una tarde muy larga. Márchese a casa, yo me encargo de cerrar la tienda. No se preocupe —dijo con un tono de voz muy gentil pero severa.
La encargada seguía presa de sus pensamientos.
—Sí, me marcho. Hasta mañana —se despidió sin apenas mirar a las presentes.
Inés dudó. La reacción de Ana Belén estaba siendo demasiado exagerada. Quizás escondiese algo más. El lunes se preocuparía de eso.
Ahora, lo importante: Ir a cenar con Lina.
—Sofía, ha sido un día muy duro, ¿verdad? —le preguntó directamente.
—La verdad es que no hemos parado —respondió muy orgullosa.
—Me alegro. —Le dedicó una sonrisa—. Como Lina no ha venido esta mañana, será ella quien me ayude a cerrar. Usted puede irse a casa, imagino que lo estará deseando. —Dio un paso atrás para dejarle vía libre hasta la puerta.
Sofía miró a su compañera buscando aprobación. Esta asintió y le hizo un leve gesto con la cabeza señalando la puerta.
—Muchas gracias. ¡Hasta mañana! —se despidió. Inés la acompañó a la puerta y cerró el pestillo.
Lina había visto muy divertida cómo su amante se había deshecho de todo el personal en un segundo.
Una sonrisa picarona apareció en su rostro.
Inés no dijo nada más, se limitó a caminar hasta el almacén.
No sin antes hacer una breve parada a escasos centímetros de ella para mirarla de arriba abajo.
El mensaje había sido entendido, dejó lo que estaba haciendo y la siguió.
En la oscuridad, Lina sintió cómo una mano rodeaba su cintura para dirigirla directamente a su boca.
Rozó sus cálidos labios, disfrutó su suavidad, la ternura con la que le besaba, el cuidado que le profesaba.
Era amor en estado puro. Algo se estremeció dentro de ella.
No había deseo, no era excitación. Simplemente se estaban diciendo lo mucho que se amaban de la mejor forma que sabían.
Unas caricias en la espalda las llevaron a terminar en un abrazo sincero.
Había sido un día muy intenso para las dos.
Necesitaban sentirse reconfortadas. Inés le dio un beso inocente en los labios antes de decir:
—¿Terminamos de cerrar y nos vamos?
Lina asintió con cierta resignación. Entrelazó sus dedos con los de ella, no pensaba soltarlos hasta que saliesen a la calle.
Para cumplir eso tuvo que llevarse a su jefa de la mano hasta el mostrador para terminar de contar la caja.
Inés entendió perfectamente la necesidad de contacto que tenía, porque a ella le pasaba exactamente igual.
No quería soltarla. Llevaba días sintiéndola lejos.
Por fin, esa distancia había desaparecido.
Con una habilidad sorprendente para no soltarse, Inés hizo una llamada.
—Buenas tardes. Soy Inés de la Corte. ¿Podría venir a recogernos? —seguía con la mentalidad de jefa.
Lina sonrió al darse cuenta de que el resto de la tarde era solo para ellas dos.