Pararse a pensar #3
—Mar… Inés de la Corte —dudó en si dar su verdadero nombre. Luego cayó en la cuenta de que venía en la invitación.
—Perfecto. ¿Quieren reservar los desayunos? —preguntó de forma rutinaria.
Se estaba empezando a abrumar. Normalmente era más sencillo: das tu nombre y pagas. No hay preguntas.
—¿El desayuno no está incluido? —preguntó extrañada.
—Sí, sí. Pero es cierto que muchos clientes quieren que se lo suban directamente a la habitación. De esa manera, pueden desayunar disfrutando de las vistas —explicó sin ninguna emoción.
—¡Ah! Pues sí, en ese caso lo reservo. —Le vino la imagen de las dos desayunando en la cama.
—Perfecto. Cuando rellene la información adicional en persona, nos facilitará la hora y podrá escoger el menú —explicó casi de manera automática.
—Muchísimas gracias.
—Gracias a usted por su reserva. Por cierto, le informo que después de la cena habrá una fiesta de máscaras. También está incluida en la invitación. Se lo comento para que venga con el atuendo apropiado.
—¿Cuál es ese atuendo? —preguntó con curiosidad.
—Un vestido de gala y una máscara que le cubra al menos la mitad del rostro. —Parecía que esa parte sí emocionaba a la secretaria.
—Qué original. —Ya se estaba imaginando en la fiesta con Lina.
—Idea del dueño. Tiene raíces venecianas, de ahí el toque italiano de la inauguración.
—Pues, dígale de mi parte que me parece una gran idea. Muchas gracias por su amabilidad. —Ahora sí, la conversación debía terminar porque se le hacía tarde.
—Muchas gracias a usted. Será un placer verla mañana. —La secretaria colgó el teléfono.
Por un momento, se permitió imaginar lo que podría suponer una fiesta de máscaras. Si nadie podía verles el rostro, podrían bailar delante de todo el mundo sin ser juzgadas ni señaladas. La idea de pasar el fin de semana en el balneario cada vez le apetecía más.
Metió su agenda en el maletín y se dispuso a salir. Debía poner rumbo a la tienda para ir a buscar a Ana Belén. Con suerte, acabarían pronto y podría organizar el viaje.
«¡Menuda sorpresa se va a llevar!» pensó muy contenta.
A la vez que Inés salía del despacho…
Lina terminó de comer. Se sentó en el sofá, cerca del teléfono. No había hablado con su padre en toda la semana. Miró el reloj y supuso que aún no se habría ido a descansar.
—Casa de los de la Corte, ¿con quién hablo? —contestó una mujer al teléfono.
—¡Hola, Maribel! ¿Qué tal estás? —preguntó muy contenta.
—¡Lina! Qué alegría oírte. Por aquí todo va como siempre, mucho trabajo en la casa de las señoras —le contó con una sonrisa—. ¿Qué tal por Barcelona? ¿Te has instalado bien?
—Sí, Maribel. Todo muy bien. El piso es precioso y lo poco que he visto de la ciudad me encanta. Hoy he pasado la mañana en la playa. Ha sido muyrelajante. Lo he disfrutado, la verdad.
—¡Ay, Lina, qué envidia me das! Pero envidia sana. Ojalá me diesen unas vacaciones; me iría a verte sin pensarlo. Pero parece que si no estoy, esta casa sería un desastre. —Soltó una risa y continuó hablando—: Imagino que llamabas para hablar con tu padre o con Gloria, ¿no?
—Pues con mi padre, si puede ser. Hace días que no hablo con él.
—No le digas que te lo he dicho yo, pero te echa de menos. También te digo… que está muy contento de que estés tan feliz allí. Cada vez que le llamas, nos pone al día —bajó el tono de voz y miró a su alrededor para que no descubrieran el secreto.
—Me hace mucha ilusión que me cuentes esto. La verdad es que estoy preocupada por él. ¿Hace sus ejercicios?
—Todos los días. Gloria lo tiene a raya. No se salta un día. —Hizo una pausa—. Hablando del rey de Roma… por aquí aparece —cambió completamente el tono al hablar, a uno más bromista.
Escuchó cómo saludaba a su padre y le pasaba el teléfono.
—¡Adiós, Lina! Hablamos otro día —se despidió desde la distancia.
—¡Hola, mi niña! ¿Qué tal estás? Esta semana no me has llamado —sermoneó con dulzura Isidoro.
—Lo sé, padre, y créame cuando le digo que lo siento. He tenido mucho lío en la tienda y llegaba a casa muy cansada. Además, a esas horas usted ya debía estar en el quinto sueño—comentó, medio en broma.
—Bueno, bueno. Eso ya da igual. Me alegra mucho escuchar tu voz. ¿Ya estás mejor en la tienda? —preguntó con ese tono de padre protector.
—Más o menos. La encargada y yo no terminamos de encajar. Pero con mi compañera, nos estamos haciendo muy amigas.
—Bueno, hija, quédate con lo bueno y esfuérzate un poco por llevarte bien con tus superiores. No hay que disgustar a quien manda. —Hizo una pausa para comprobar que nadie le escuchaba—. ¿Qué tal con Inés? ¿Todo bien?
Se tomó un segundo para contestar. No quería hablar de todo lo que había pasado.
—Sí, todo muy bien, padre. Nos estamos haciendo a vivir juntas —simuló alegría.
—Paciencia, hija. Las dos sois muy vuestras y, en la convivencia, siempre salen conflictos. Lo importante es que nunca os durmáis enfadadas —dijo con dulzura.
—Muchas gracias por el consejo. Le haré caso. —Los momentos menos buenos se le pasaron por la cabeza. Apartó esos pensamientos y continuó la conversación—. ¿Usted qué tal está? Ya me ha dicho Maribel que Gloria lo tiene controlado —bromeó.
—Más vigilado que a un preso —continuó con la broma.
En ese momento, Gloria apareció por el pasillo. Pudo escucharla hablar desde el otro lado del teléfono.
—Espero que no estés hablando mal de mí —le advirtió Gloria, levantando un dedo a modo de amenaza pero con una sonrisa.
Se rio al escucharla. Le encantaba la relación de amistad que mantenían. Siempre podían contar el uno con el otro.
—Anda, dile que te llame el fin de semana. Estamos muy liados con la cena de esta noche —le ordenó.
—Hija, la sargento me reclama. Lo que quería decirte antes de que esta mandona me mande faena —Gloria le dio un pequeño golpe en el hombro—, es que te quiero mucho y que me alegro de corazón de que seas tan feliz allí.
Le encantaba escucharle tan alegre. Con el susto que le dio, había que verle ahora, con esa vitalidad.
—Muchas gracias, padre. Yo también le echo mucho de menos.
Notó ruidos al otro lado del teléfono. Estaba a punto de colgar cuando escuchó la voz de Gloria.
—Lina, cariño, perdóname. Tenemos mucho jaleo hoy. Vienen invitados a cenar y nos queda mucho que preparar —le explicó mientras doblaba servilletas.
—No se preocupe. Lo entiendo —contestó con una sonrisa.
—Promete llamar este fin de semana, que estaremos más libres. Así me cuentas con más detalle qué tal van las cosas por allí —fue una orden muy dulce.
—Lo prometo —aceptó. Conocía de sobra lo atareada que podía estar.
—Un beso muy grande y que sepas que por aquí te añoramos mucho. Terminó la conversación con una sonrisa. Entre la mañana en la playa y la llamada se sentía plenamente feliz, capaz de afrontar cualquier cosa.
Con esta energía renovada, cogió su bolso, una chaqueta por si luego refrescaba durante la cena, y salió de casa. Iba con tiempo suficiente para pasar por el bar. Con suerte, Sofía estaría terminando de comer y tendría una excusa para estar por allí.
Antes de entrar al bar, miró por los cristales en busca de Sofía. Estaba sentada en la barra hablando con Tomás. Echó un rápido vistazo por el local para encontrar a Espe, pero no había rastro de ella.
Decidida, entró.
—¡Dichosos los ojos! ¿Qué ha pasado esta mañana? Ana Belén solo me ha dicho que no venías —preguntó Sofía mientras terminaba de partir su manzana.
Lina vio la pieza de fruta tan roja que se le antojó probarla, y eso que había terminado de comer hace nada. Le cogió un trozo.
—Anoche terminé muy cansada de hacer todo el inventario. Llamé a Inés y le pedí recuperar las horas en otro momento. Total —se metió el trozo en la boca—, seguro que tarde o temprano nuestra queridísima encargada me mandará un trabajo interminable que tendré que hacer sola —dijo con resignación.
—¡Ay! Lina, cuánto lo sentí. Me dijo que me marchase y no sabía muybien qué hacer. Yo quería ayudarte, pero ella… —se disculpó.
—No te preocupes. La culpa no es tuya, estaba claro que esa mala péco… —cogió aire, las palabras de su padre resonaron en su cabeza— persona quería torturarme un rato.
Sofía se rio al imaginarse la palabra que iba a decir.
Lina miró a su alrededor, pero ni rastro de Espe.
—¿Y la que manda? —preguntó como si nada pasase. Sofía no se había dado cuenta de la ausencia de la dueña.
—Eeeh… —Echó un vistazo rápido por el bar buscándola.
—No se encontraba bien esta mañana —interrumpió Tomás—. Me llamó anoche para que fuese a buscarla al… —hizo una pausa al darse cuenta de la información que iba a dar— al bar de un amigo… un conocido.
—¿Que fueses a buscarla? —A Sofía la explicación no le terminaba de convencer.
—Sí… bueno, salió con una… un amigo y se pasó bebiendo, no sé dónde estuvo, pero me llamó sobre las cinco de la mañana. —Tomás se puso tenso. Evitó mirar a Lina en todo momento mientras daba esa información.
El comportamiento de Tomás le dio mala espina.
«Este sabe algo» se dijo para sí misma. Ya averiguaría más tarde el qué.
Sofía preguntó exactamente lo que ella pensaba:
—¿Luego vendrá? —Tomás fue a atender una mesa. No contestó, se limitó a subir los hombros.
Sofía cogió el último trozo de manzana y llevándoselo a la boca le dijo a Lina:
—Bueno, vámonos que al final llegamos tarde.
—Sí, mejor vámonos. Si es que te gusta más el chisme —bromeó.
Las dos salieron del bar riéndose.
Por el camino, Sofía contó cosas sobre Tomás. Este fin de semana iban a quedar, después de cancelarle la cita dos veces.
Llegaron a la tienda pronto. Cuando entraron, Ana Belén estaba detrás del mostrador, con su sonrisa burlona y su mirada fría.
«Dios, cómo echo de menos a Candela» pensó Lina.
—Buenas tardes, doña Ana Belén —dijo Sofía con una gran sonrisa.
—Buenas tardes —respondió la encargada con mucho menos entusiasmo.
—Buenas… —Lina interrumpió la frase al ver que Inés salía del almacén.
No pudo evitar quedarse embobada mirándola. Sentía que hacía días que no se veían, que no se tocaban, que no...