Juntas en Barcelona Pararse a pensar #2
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Pararse a pensar #2

Llegó al principio de la playa, donde debía tomar el camino de vuelta al piso. Se metió en el agua por última vez en el día.

En la oficina…

—¡Buenos días! ¿En qué puedo ayudarle?—preguntó Nieves a la chica que se asomó por su puerta.

—¡Buenos días! Mi nombre es Mireya. Doña Inés me dijo que viniese hoy para conocer las oficinas—respondió con su sonrisa amable.

A Nieves se le iluminó la cara al ver que su deseado refuerzo ya estaba allí.

—Soy Nieves, la secretaria. Venga conmigo, la llevo con doña Inés.

Nieves, seguida de Mireya, dio un par de golpecitos en la puerta del despacho de Inés.

—Hágala pasar —ordenó mientras se levantaba de su silla.

Ambas secretarias pasaron al despacho. Nieves cerró la puerta.

—¡Buenos días, Mireya! ¿Qué tal fue el viaje? —preguntó haciéndoles un gesto con la mano para invitarlas a sentarse.

—¡Buenos días, doña Inés! Bastante bien. Los trenes son muy tranquilos para viajar—respondió mientras se ponía el bolso en el regazo.

—La esperaba hace un rato —comentó mirando el reloj de su muñeca.

—Lo sé, lamento el retraso. No terminé de entender la ruta del autobús de línea —explicó con un poco de vergüenza.

—Bueno, no se preocupe. Todo es nuevo y debe ir acostumbrándose. —Le dedicó una gran sonrisa—. Veo que ya conoce a Nieves.

—Sí, señora —respondió rápidamente.

—Es una excelente secretaria. Como ya le dije por teléfono, usted viene a ayudarla en todo lo posible. La he cargado de trabajo trayendo aquí la dirección y, sinceramente, estamos desbordadas. —Le dedicó una mirada de complicidad a Nieves.

No dijo nada. Se limitó a asentir cuando su jefa la miró.

—Su trabajo será hacer todo lo que ella necesite. Lleva muchos años en esta oficina, se conoce dónde está todo y sabe, perfectamente, de qué pie cojean todos y cada uno de los comerciales.

—Claro. Sin problema —dijo muy dispuesta.

—Nieves, póngale al día de todo mientras se toman un café. Quiero que se vayan conociendo. Estoy segura de que se llevarán muy bien.

Nieves sonrió de oreja a oreja.

—Si quiere, doña Inés, puedo empezar hoy mismo. Dígame cuál es mi mesa y me instalo en un santiamén.

—No, no, Mireya. Usted empieza a trabajar el lunes. Además, su mesa llega esta tarde. Lo que me recuerda que debo hacer una llamada para que me traigan la nueva máquina de escribir de Nieves.

—Quiso quitarle importancia al comentario, pero no perdió ojo a la reacción de su secretaria.

Nieves mostró su sorpresa. Inmediatamente su gesto cambió de golpe. Quería decirle que no era necesario. Pero Inés se anticipó.

—El pedido ya está hecho. No quiero réplicas.

—Le puso una mano en el hombro y continuó hablando—: Ya le dije que haría todo lo posible para que su trabajo fuese más fácil.

Esa máquina de escribir tiene muchos años, a las teclas hay que golpearlas con fuerza.

No es necesario ponerle las cosas más difíciles.

—Muchas gracias, doña Inés —fue lo único que pudo decir.

—No debe dármelas más veces. Hágame el favor de enseñarle a Mireya las instalaciones. Yo… —miró el reloj— debo seguir enfrentando asuntos que requieren toda mi atención.

Las secretarias salieron de la sala. Nieves fue mostrándole las diferentes dependencias y despachos que componían la oficina. Al llegar al despacho de Severiano, Nieves se detuvo en la puerta. Como escuchó voces al otro lado, decidió dejarlo para otro momento.

—Este te lo enseño más tarde —dijo bajando mucho la voz.

A Mireya se le escapó una risa que logró contener, y continuaron con la visita. Después de ver dónde se guardaban todos los archivos, la estantería de las nóminas y todo lo necesario para que el lunes pudiera comenzar su trabajo, llegaron a la cocina.

—Esta es la zona de descanso —dijo señalando con la mano toda la estancia—. Puedes traer la comida del mediodía. Te he vaciado esta balda del armario, por si quieres traer tu propio café, té o lo que tomes —añadió mientras abría uno de los armarios para que Mireya viera el hueco vacío.

—Muchísimas gracias, doña Nieves.

—Hija, llámame Nieves. Vamos a pasar muchas horas juntas como para estarnos hablando de usted todo el tiempo.

—De acuerdo. Te tuteo —aceptó—, solo si tú también lo haces.

No hizo falta respuesta. Nieves sonrió antes de darse la vuelta y coger dos tazas del armario que estaba sobre el fregadero.

Mireya tenía muy buena impresión de Nieves. Algo le decía que trabajar con ella sería muy sencillo.

La conversación continuó. Nieves le hizo preguntas sobre Ciudad Real, sobre los motivos de su cambio. Ella respondió sin problema, evitando mencionar a José, claro. Cuando terminaron los cafés, Nieves miró el reloj de la pared.

—Mireya, debo volver al trabajo. Te incorporas el lunes y no quiero dejarte más faena de la que vas a tener —dijo mientras lavaba las tazas en el fregadero.

—Por supuesto, no quiero molestarte. —Se levantó para ayudar, pero no había más que hacer.

Mireya la acompañó hasta la secretaría.

—Hasta el lunes, Nieves —se despidió con un gesto de la mano.

—Pasa un buen finde semana —le deseó.

Mireya, con una sonrisa, cerró la puerta de la secretaría. Al girarse, se encontró de frente con Antonio. El sobresalto fue mutuo.

La cara de Antonio era la definición de sorpresa. A Mireya le había merecido la pena aguantarse las ganas de contarle que trabajarían juntos.

—¿Este es tu nuevo empleo? —preguntó aún sorprendido.

—Sí. Soy la nueva secretaria de Hilos de la Corte —anunció.

—¿Pero Nieves…? —Su alegría se tornó tristeza al pensar que ella ya no trabajaría allí.

A Mireya se le enterneció el corazón al ver esa carita de niño triste.

—No. Vengo a ayudarla. La carga de trabajo es muy alta para una sola persona.

—Me dejas mucho más tranquilo. —Se llevó la mano al pecho—.

¿Ibas a salir?

—Sí. Nieves me ha enseñado toda la oficina. Bueno, casi.

Antonio la acompañó hasta la calle. Una vez allí, Mireya no quería terminar la conversación. Antonio le resultaba tan agradable que no le importaba pasar un rato más con él.

—Oye, ¿sabes dónde para el autobús de línea? Creo que me bajé antes de tiempo y por eso no encontré esta calle —preguntó, mirando hacia ambos lados.

—Sí, claro. Para al lado del bar Esperanza. ¿Te acompaño?—adornó la pregunta con una gran sonrisa.

Mireya no respondió con palabras. Estiró el brazo para darle un pequeño empujón en el hombro y marcar la distancia.

Antonio entendió la broma perfectamente. Juntos, con esa distancia, caminaron hasta allí.

En el despacho de Inés…

Inés dejó el teléfono. Llevaba tantas llamadas que sentía que la oreja le ardía. Abrió su agenda, tachó otra tarea y la apartó a un lado. Después se encargó de la correspondencia. Fue abriendo las cartas. Algunas las leyó por encima y las guardó; otras las dejó para que Nieves las archivase.

Varias eran de propaganda. Las tiró con desgana a la papelera, pero uno de los sobres cayó fuera. Inés se agachó a recogerlo.

Se trataba de una invitación a un nuevo balneario que inauguraban ese fin de semana. Abrió la carta y leyó por encima:

Desde Balnearios Muñoz nos complace informarle que ha sido invitada a la gran inauguración de nuestras instalaciones este fin de semana.

Nos encantaría contar con su presencia y la de su acompañante a la cena que celebraremos en el salón de actos y a la posterior celebración.

Si lo desea, puede contratar nuestros servicios durante todo el fin de semana.

En tal caso, le obsequiaremos con un masaje tras un circuito termal por nuestras piscinas naturales.

Para reservar su estancia, póngase en contacto con nosotros por vía telefónica. Le aseguramos una velada que no podrá olvidar.

Atentamente:

Nicolás Muñoz

Director del Balneario Muñoz.

Se dio un par de golpecitos en la barbilla con la invitación en la mano, valorando si era buena idea ir.

Le apetecía mucho, pero… no sabía si podría controlar la mirada de deseo que le saldría al verla en traje de baño. Lo dejaría al destino. Llamaría: si había dos habitaciones individuales disponibles, reservaba. Si no… sería una señal para dejar pasar la oportunidad.

Marcó el número de teléfono.

—¡Buenos días! Habla con el Balneario Muñoz, ¿desea asistir a nuestra gran inauguración? —saludó muy cordialmente una mujer al otro lado del teléfono.

—Llamaba precisamente por eso. Me gustaría reservar dos habitaciones para este fin de semana.

Sería solo para una noche. Entraríamos el sábado por la mañana y saldríamos el domingo después de comer.

—Hizo una pausa revisando la carta y continuó—: He recibido una invitación de ustedes para la cena de inauguración.

—Por supuesto. ¿Desea dos habitaciones individuales, familiares o dobles?

—Individuales —respondió, sin entender qué era eso de «familiares».

—Deme un momento, miro a ver lo que nos queda disponible. —La secretaria pasó las hojas de su cuaderno tan rápido y con tanta fuerza que pudo escucharlo desde el otro lado del teléfono.

—Individuales no nos quedan, pero puedo ofrecerle dos familiares o una doble. —La chica esperó la respuesta de su clienta.

—Perdone, ¿qué son habitaciones familiares? —preguntó totalmente desconcertada.

—Son dos habitaciones contiguas. Comparten baño, por lo que desde una habitación se puede acceder a la otra. Están pensadas para familias con hijos. Es lo más parecido a vivir en la misma casa, pero cada uno con su habitación —explicó con total naturalidad.

Le pareció una idea fantástica. Nunca se le habría ocurrido. Para Lina y para ella, era una disposición perfecta. De esa manera, ninguna de las dos tendría que escabullirse sin ser vista a la habitación de la otra.

—Me interesa. Resérveme dos contiguas —intentó que no se notara el entusiasmo en su voz.

—De acuerdo. Como no disponemos de individuales, no se preo-cupe, que no le cobraremos el suplemento habitual —explicó la secretaria.

Le había gustado tanto la idea que estaba dispuesta a pagar lo que fuese necesario. Pero… no se iba a oponer a la rebaja.

—¿Su nombre es?