Pararse a pensar
Una brisa fresca despertó a Lina. Abrió los ojos. Miró a su lado, estaba sola en la cama. Extrañada, cogió su reloj; al ver la hora, se levantó rápidamente. Era muy tarde.
«¿Qué ha pasado? No ha sonado el despertador, Inés no me ha despertado…» pensó.
Intentaba encajar toda la situación. Mientras se vestía, repasaba los pasos que dio anoche antes de acostarse.
Llegó a casa y se encontró a Inés dormida en el sofá, con unos documentos encima.
La despertó para llevarla a la cama. Inés se dejó guiar por la casa con total confianza. La metió en la cama y, tras un beso sencillo de buenas noches, se quedó dormida. Después, puso el despertador. Recordaba haberlo adelantado un poco para poder ducharse.
Antes de marcharse, pasó rápidamente por la cocina para coger algo de comer por el camino. Entonces vio el desayuno preparado y una nota con su nombre:
Buenos días, amor:
Anoche llegaste muy tarde de hacer inventario.
Imagino que estarás muy cansada. He pensado que te merecías una mañana libre.
En cuanto llegue a la oficina llamaré a la tienda para decírselo a Ana Belén.
Le diré que te incorporas en el turno de tarde.
No podré venir a comer; tengo que ir con tu encargada a ver unos locales.
Eso sí, esta noche te invito a cenar. Llévate ropa para cambiarte en la tienda.
Me pasaré para ver la caja de los viernes y nos iremos en cuanto termine. Te quiero.
Inés.
Estabas ta n bonita durmiendo que no he querido des pertarte.
Lina se sentó en la silla de la cocina. La mañana libre le venía estupendamente, debía reflexionar sobre todo lo sucedido la noche anterior.
Planificó la mañana: un buen desayuno y un paseo por la playa.
—El mar siempre ayuda a pensar. O eso dicen —se dijo mientras servía café.
No muy lejos de allí…
Mireya se bajó del autobús. Revisó el papel con anotaciones que tenía en la mano. No encontraba la calle donde estaba en ese momento.
Caminó por varias calles buscando un nombre que le sonase. Sin éxito.
—Buenos días, ¿necesitas ayuda? —preguntó un chico joven con traje.
—Buenos días. Sí, si me hace el favor. —Le entregó el papel—. Tengo que llegar a esta calle, pero no sé por dónde ir.
El chico sonrió y cogió el papel. Lo leyó y la miró a los ojos antes de contestar:
—Conozco la calle. Precisamente tengo que ir para allá. ¿Quiere que la acompañe? —preguntó el joven, devolviéndole el papel.
—No es necesario, con que me diga en qué dirección debo ir, es suficiente.
—De acuerdo, no la acompaño. Tiene que ir en dirección contraria. Como si fuese cuesta arriba, la tercera calle a la derecha. Si llega a la rotonda, se ha pasado.
—Muchísimas gracias. —Sonrió y se giró en dirección a su destino.
A los pocos pasos escuchó:
—¿A cuánta distancia tengo que estar? —gritó el joven del traje.
Mireya se paró en seco. No tenía claro si la pregunta era para ella.
El hombre del traje aceleró el paso.
—¿A qué distancia tengo que estar de usted para que no se sienta incómoda? —preguntó con una sonrisa indicándole que era una broma.
—¿Perdón? —No entendía la pregunta.
—Claro, le he dicho que tengo que ir en esa dirección. Si no quiere que la acompañe, tendré que ir detrás de usted… ¿A qué distancia quiere que esté para no sentir que la siguen?
El joven, al ver su risa, se puso a su lado y dio cinco pasos hacia atrás.
—¿Así le parece bien? —dijo mientras señalaba la distancia entre los dos.
A Mireya le pareció muy simpático y, desde luego, ocurrente. Además, estaba de buen ver, era mono y le había hecho reír.
—Está usted lejos, puede acercarse más —le corrigió con una sonrisa.
El joven acortó la distancia a dos pasos. Levantó las cejas, a modo de pregunta.
—Puede acercarse más. —Mireya hizo un gesto con la mano, animándole a acercarse aún más.
El joven avanzó hasta quedarse muy cerca, tanto, que casi podían tocarse. La miró directamente a los ojos, esperando una respuesta.
Mireya le puso la mano en el hombro y le dio un pequeño empujón para que diese un paso lateral.
—Ahí está bien —concluyó, revisando la distancia con la mirada.
—Me parece bien —dijo el joven, antes de dedicarle una gran sonrisa.
Llevaban un par de metros caminando, cuando el joven rompió el silencio:
—Tiene una letra muy bonita. Por cierto, ¿en qué trabaja?
—Muchas gracias. Soy secretaria. Vengo a ver la oficina donde empezaré a trabajar.
—¿Es su primer día? —preguntó con sorpresa.
—Bueno, algo así. Mi primer día será el lunes. Hoy solo voy a conocer el lugar de trabajo y al personal. Me llamo Mireya, por cierto.
—Antonio, para servirle—respondió bastante seguro de sí mismo. Se hizo el silencio entre los dos. Mireya lo miraba de reojo mientras caminaban. El traje azul marino y la camisa clara resaltaban el color de sus ojos verdes.
El joven la pilló en una de sus miradas. Mireya logró disimular la vergüenza.
—Trabajo de comercial de ventas para una empresa de moda.
Mireya ató cabos. Se iban a ver muy a menudo en el trabajo.
—¿Sí? ¿Qué tal la vida de comercial? —preguntó como si no supiera nada del tema.
—Llevo solo seis meses. Ahora ha llegado una directora y las cosas son diferentes.
Mireya comprobó qué clase de hombre era.
—Una mujer directora. Eso es muy raro, ¿no? —esperó atenta su reacción.
—Raro no. Inusual, sí —aclaró Antonio.
—No te entiendo.
—A ver… las mujeres sois las que mandáis en casa. ¿Por qué no en el trabajo?
Su respuesta la sorprendió gratamente. Parecía un joven de mentalidad más moderna, no como los comerciales con los que había tratado anteriormente: trogloditas con corbata.
—Vivo con cuatro hermanas. Tenemos un pequeño negocio familiar. Antes trabajaba con ellas. Así que para mí no ha cambiado mucho. Me sigue mandando una mujer —dijo entre risas.
Los dos se sintieron muy agusto el uno con el otro. Continuaron hablando del trabajo hasta que finalmente llegaron a la calle de la oficina.
—¿A qué número tienes que ir? —preguntó Antonio.
—No te preocupes. Sabiendo la calle, lo encontraré yo misma. Muchas gracias.
—Muchas gracias a ti. Ir a trabajar con tu compañía es más placentero. —Antonio se despidió y fue en dirección a las oficinas.
Mireya estaba deseando ver su cara cuando descubriera que trabajaban en el mismo sitio.
Una hora más tarde…
Lina caminaba por la arena. El sol calentaba su piel, la brisa mari-na se entrelazaba con su pelo. Llegó hasta unas rocas donde se sentó para estar más cerca de las olas.
Allí sintió que sus preocupaciones se desvanecían. La inmensidad del agua le hizo sentirse pequeña. Con cada respiración sentía que se alejaba de los problemas.
Evitó pensar durante un rato. Quería disfrutar ese momento de desconexión.
Llevaba unas semanas con mucha carga mental, necesitaba soltarla antes de ordenar sus sentimientos.
Le habría encantado compartir ese momento con Candela y Clara. Aunque lo que verdaderamente le habría gustado era estar con su padre. Seguro que él habría sido capaz de quitarle parte del peso de sus hombros.
Se imaginó a su padre sentado en la cocina de la casa familiar, comiéndose una manzana. La escena era tan clara, que de sus labios se escapó un:
—¡Buenos días, padre!
Nadie le devolvió el saludo. Miró a su alrededor y al verse sola, se imaginó allí sentada con él, compartiendo esa pieza de fruta como
cuando era niña. No fue capaz de formular la pregunta, pero sí tenía claro cuál sería su respuesta:
—Hija mía, tienes que ser sincera contigo misma. Aclarar tus ideas es fácil si guardas silencio y escuchas a tu corazón. Hagas lo que hagas, intenta no dañar a nadie y busca la felicidad ante todo.
Lina cerró los ojos. Intentó despejar la mente de cualquier pensamiento.
Quizás fue por la tranquilidad de ese mar en calma, pero sintió fuerzas suficientes para ir afrontando sus emociones de una en una.
Pensó en Espe. Ya no tenía sentido seguir negando lo que sentía.
La atracción era real, aunque no sabía si era emocional o solo física.
Cuando ella se acercaba o le rozaba la mano, su cuerpo reaccionaba: se ponía nerviosa, se le erizaba la piel, se aceleraba.
Espe era como una reacción química imposible de controlar.
La deseaba, pero sabía que, a nivel emocional, amaba más a Inés.
No se imaginaba su vida cotidiana con Espe, aunque el sueño que tuvo con ella revelaba su deseo de compartir momentos íntimos.
El sexo con Espe prometía ser intenso, pero debía controlarse.
No podía seguir dándole esperanzas. No quería hacerle daño.
Esa tarde pasaría por el bar para hablar con ella y dejarlo claro: entre las dos solo podía haber amistad.
Espe sabía que tenía una relación con Inés y debía respetarlo.
Si ponía límites, las cosas con Inés mejorarían.
Solo necesitaba paciencia; cuando la empresa estuviera más estable, tendrían más tiempo para ellas.
Con Inés debía ser paciente. Los cambios estaban siendo duros para ambas, y el amor, al final, también era eso: paciencia.
Ahora que tenía claras las cosas con Espe, no veía necesario hablarlo.
Sabía bien el daño que podría causar, y no quería remover lo que ya había decidido dejar atrás. Lo mejor era dejarlo estar.
Aclaradas las cosas en su cabeza, era hora de volver a casa.
Parecía que iba más ligera, como si se hubiese quitado un peso de encima.
Encontró un trozo de concha en el suelo. Estaba partida y, si se ponía de cierta manera, se podría decir que tenía forma de delfín. En ese momento recordó el dibujo de Julieta. Se lo podía preparar para regalárselo.
Sonrió solo de imaginar su cara. En ese momento sintió culpa por haberse alejado de ella. La quería con todo su corazón, o eso pensaba. Por esa razón, no entendía la atracción por Espe.
—¿Acaso… son dos formas de querer? ¿Una tiene que anular a la otra? —se preguntó.
Intentó encontrar una respuesta. Podía querer a Inés con todo su corazón, con toda su alma, pero… ¿y si su cuerpo quería a Espe?