Bar MARÍa CONcepción #3
—Habrá que decírselo —sentenció antes de girarse hacia ellas. De primeras, se asustó. Pensaba que Espe se levantaría para decírselo a la cara.
—¿Quién no disimula ahora? —Estuvo a punto de decirle.
Espe se limitó a girarse hacia su dirección con la cerveza en la mano. La levantó como si brindase con ellas desde la distancia. La morena puso un gesto de fastidio y se pensó dos veces si brindar. Finalmente, levantó su cerveza y las tres bebieron.
—Luego me explicas qué ha sido eso. Pero antes… ¿qué pasa con esa mesa? —preguntó con mucha curiosidad. Partió un trozo de empanada, con tantas historias se había olvidado del hambre que tenía. Espe se partió otro trozo y sin apartar los ojos de ella, empezó a contar la historia.
—Las dos chicas están casadas. O eso dicen.
—Le dio un mordisco a su empanada—. Se fueron a París, la rubia es de allí.
Hicieron una ceremonia con los amigos que conocen su secreto y celebraron la boda por todo lo alto.
Creo que les casó un sacerdote que renegó de la Iglesia al no curar su homosexualidad.
—Una sonrisa irónica apareció sin darse cuenta.
Lina prestaba atención a cada historia. Conocer cómo otras personas vivían su amor de una manera tan libre le parecía fascinante.
—Los dos chicos del traje oscuro no sé quiénes son. Los he visto por aquí alguna vez, pero no vienen mucho —les quitó importancia en la historia. Lina se colocó el pelo como excusa para poder mirar a la mesa de nuevo.
—¿Y el del bigote? —preguntó. Estaba desatada, como una niña que visitaba un museo y quería saberlo todo.
—¡Ah! No te lo vas a creer —dijo con una gran sonrisa—. No sé cómo se llama, todos aquí le llaman «Pele». Es un empresario. Construye casas residenciales de lujo por toda España. Por lo que cuentan… tiene una conquista masculina en cada ciudad que visita.
—¿Cómo es eso?
—Pues eso, que es un galán. Yo he cruzado muy pocas palabras con él, Rosa es quien le conoce mejor. Dice que es un caballero de los de antes. Pero más de una vez ha tenido que quedarse hasta el amanecer con él y sus amigos. Se lo perdona porque muere por sus huesos.
Lina estaba fascinada, volvió a mirarle disimuladamente. En verdad era bastante guapo. Parecía el tipo de hombre que se casaría con una mujer de su misma clase para tenerla de florero, de esa manera guardaría las apariencias ante su círculo aristócrata.
«Pobre boba que acceda a ese tipo de trato», pensó Lina.
—Últimamente está más tranquilo, creo que quiere ascender a un cargo público o algo así. Pero menudas fiestas se han montado aquí en su honor.
—Me encantaría ir a una de esas fiestas —deseó en voz alta.
—Si volvemos más a menudo seguro que alguna nos encontramos. Cada vez que hace un buen negocio viene aquí a celebrarlo. Siempre dice que la gente de este bar es maravillosa.
Julio apareció por la puerta, fue directo a la barra, saludó a Rosa y fue a la mesa con tres jarras de cerveza en sus manos. Lina no lo pudo ver bien en el coche, pero era un hombre muy alto. Llevaba unos pantalones de pinza y una camisa azul que resaltaba su tono de piel moreno.
—A esta invito yo. —Dejó las tres jarras en la mesa. Cogió una silla cercana y se sentó junto a Espe. Sin pedir permiso, se partió un trozo de empanada y se la llevó a la boca.
—Lina, no te asustes. Julio es un maleducado. No pregunta—aclaró dándole una palmada en la espalda tan fuerte que por poco se le cae el trozo de comida de la boca.
—Somos amigos, ¿no? Los amigos comparten —se excusó.
—Claro que sí, coge lo que quieras. Yo ya estoy casi llena —le invitó Lina.
—Tengo un hambre... Bueno, Lina, ¿qué te cuentas? —preguntó con interés mientras cogía otro trozo de empanada.
—Pues no mucho, la verdad. —No le conocía lo suficiente como para contarle su vida.
—Cuéntale cosas o te someterá al tercer grado. Créeme, de aquí no te irás hasta que te haga todas las preguntas que se le ocurran. Te advierto, no tiene mesura, ni con las preguntas ni con la comida. —Le dio otra palmada en la espalda.
Julio se rio y asintió.
—Nunca te había visto. ¿Qué haces en Barcelona? —Le dio un trago a su cerveza.
—He venido por trabajo —explicó sin mucho detalle.
Julio esperaba que se explayase con la respuesta, pero al no ser así... la miró y levantó una ceja.
—No, no, el trabajo es una excusa. Tú has venido por algo más. Pero si no me quieres contar... vale. Pero me quedo con tu cerveza. —Estiró el brazo para coger la cerveza que estaba delante de ella.
—¡Eh! —La apartó de sus manos—. Santa Rita, Rita, lo que se da no se quita —recitó antes de dar un trago a su cerveza.
—¡Me gusta tu amiga! —Miró directamente a Espe mientras se reía con la boca abierta.
Le dio otro trago a su cerveza. Mientras lo hacía, cayó en la cuenta de quién estaba en la mesa del fondo.
—Disculpadme, chicas —dijo antes de levantarse.
Cogió su jarra casi vacía y se dirigió a la mesa donde había más co-mensales. Pele observó a Julio mientras se acercaba; lo miró de arriba abajo. Se le iluminó el rostro.
—¡Rosa, una jarra de cerveza para mi amigo! —gritó Pele desde su mesa.
Rosa puso una mueca de fastidio y se fue a prepararla. Espe y Lina se quedaron solas de nuevo.
—¿Julio es una de sus conquistas? —preguntó Lina.
—Más bien es al revés —le contradijo levantando una ceja.
Al ver la cara tan seria que puso Espe, Lina prefirió no entrar más en el tema.
Espe le contó cosas de su vida: cómo fue su primer beso, cómo la echaron de casa por «tener los gustos del diablo», la historia de la chica que vio en el bar.
Espe se abrió a ella como no lo hacía en mucho tiempo. Sintió que en Lina podía confiar.
Lina le contó su relación con Elena, con todas sus idas y venidas. El proceso que sufrió su padre para aceptar sus gustos, le habló de su madre, de sus amigas de la Colonia…
Espe escuchaba, sin perder detalle. En ese momento quería saberlo todo de ella.
Lina se sintió tan cómoda hablando, que deseó haber tenido una amiga así en muchos momentos duros que vivió en Ciudad Real.
—¿Y ahora... cómo estás con Inés? —preguntó, sin saber si era buena idea abrir esa caja.
Lina se había olvidado por completo de su discusión. Estaba tan a gusto que necesitó unos cuantos segundos para encontrar la respuesta.
—Estamos. —Se rio para sí misma, por la respuesta tan contundente que había dado.
Espe no preguntó nada más. Estaba claro que ella necesitaba ordenar sus ideas antes de hablar.
Lina le dio un buen trago a su cerveza; casi la terminó.
—No sé cómo estamos. Sé cómo estoy yo. Estoy enfadada porque hoy no me haya apoyado con el inventario. Podría haber pasado por la tienda para ayudarme. Pero se ha quedado trabajando —se lamentó.
Espe se limitó a asentir, la dejó hablar. Era evidente que lo necesitaba.
—Trabaja mucho. Hace lo posible por sacar tiempo para nosotras.
Pero... —Daba vueltas a su jarra de cerveza—.
A veces, siento que no soy su prioridad.
Siempre están las apariencias o la empresa.
En Ciudad Real los problemas que tuvimos los afrontamos juntas.
Ahora estamos aquí y siento que no somos capaces de hacer el equipo de antes.
Ahora que todo parece fácil, lo hacemos difícil.
—Y tú… ¿cómo te sientes con todo eso? —Le puso la una mano en el hombro.
—Me siento... me siento... —Cayó de golpe cómo se sentía. Un par de lágrimas asomaron en sus ojos—. Me siento sola —logró decir con la voz rota.
Espe la abrazó. Lina rompió a llorar en sus brazos. La presión que le ejercía era muy reconfortante. Sintió que alguien la sostenía y podía derrumbarse sin miedo.
Cuando su cuerpo se relajó y la tristeza le daba una tregua, se secó las lágrimas.
—Perdón, creo que te he mojado la camisa—se disculpó sonándose la nariz con una servilleta.
—No es un problema. —Le quitó las lágrimas de los ojos.
Espe le acarició el rostro. Habría dado lo que fuese por besarla, hacer que olvidase a Inés y todos los problemas. Pero no era el momento. Ella no estaba preparada aún para eso.
En su lugar, le levantó la cara para que sus miradas se encontrasen. Estaban tan cerca que el resto del bar desapareció, solo existía la una para la otra. Mientras le acariciaba una de sus mejillas, con el pulgar cogió aire para sincerarse.
—Lina, eres una mujer extraordinaria, preciosa y valiente... un poco cabezota —añadió para quitarle seriedad al momento.
A Lina se le escapó una risa con la broma.
—No hay nada que no puedas hacer si te lo propones. Si estás tan mal, dile cómo te sientes. Si te quiere, te comprenderá, hará lo posible para que estés bien, para que seas feliz en esta vida que habéis decidido emprender juntas.
Espe hizo un gran esfuerzo. Era plenamente consciente de que con esas palabras la alejaba de ella para acercarla a Inés. Pero no podía verla sufrir de esa manera.
Por alguna razón que aún no lograba entender, quería protegerla. No podía tratarla como a las demás. Ella no sería una conquista de un par de semanas. Ella era importante.
Lina mantuvo la mirada en sus ojos color miel todo el tiempo. Estaba muy agradecida por haber encontrado a una persona que la comprendiese. Además era divertida, tierna, alguien en quien confiar y que le hiciese sentir segura, a salvo.
Lina apartó sus ojos de los de ella como un acto reflejo, no lo controló. Lo siguiente que vio fueron sus labios. Ladeó lentamente su cabeza para tener mejor acceso a ellos, se acercó. Los deseaba.
Espe no retrocedió ni un ápice.
Lina se acercó un poco más, compartieron un par de respiraciones; estaban tan cerca que un leve movimiento haría que se tocasen. Solo podía pensar en cómo sería la suavidad de sus labios, si sus besos serían tan cálidos como los de Inés.
«¡Inés!», pensó.
Se alejó rápidamente, soltándola como si una descarga eléctrica le hubiese quemado las manos.
Espe no hizo ningún comentario, ni puso una cara de disgusto. Se limitó a mirar al suelo.
Lina no sabía si marcharse, quedarse, hacer como si nada... estaba paralizada.
Afortunadamente, Espe supo cómo atajar la situación. Miró el reloj de su muñeca.
—Se hace tarde. Sera mejor dejarlo aquí.
Lina no tuvo tiempo de responder. Espe se fue a la salida.
Una vez fuera, Espe buscaba un taxi sin descanso.
Lina no quería irse sin decir nada, debía arreglarlo. Ya había huido una vez y no quería repetirlo.
—Espe, yo... —titubeó.
Espe no la miró en ningún momento. A Lina le resultaba imposible saber qué le pasaba por la cabeza, qué sentía en ese momento.
Se imaginaba que estaba enfadada, pero nada en su rostro lo confirmaba.
Espe dio dos pasos hacia la calzada y detuvo un taxi.
Le abrió la puerta para que entrase. Lina, antes de meterse en el coche, no pudo evitar decirle:
—Lo siento mucho.
Espe no cambió el gesto de su cara. Se limitó cerrar la puerta. Habló con el conductor y se marchó sin mirar atrás.
Lina pudo ver cómo volvía al callejón.
El trayecto a casa, pese a ser corto, se le hizo interminable. Era como si dos personas dentro de ella la bombardeasen con recuerdos, preguntas, comentarios sobre lo vivido durante ese día. Todos los argumentos que apoyaban besar a Espe eran desmontados por su amor por Inés y viceversa.
Mientras, en el bar...
Julio había visto toda la esc ena desde la otra mesa.
Cuando Espe entró de nuevo, Julio se levantó para sentarse a su lado.
—Parece que esta no cayó en tus redes. —Le hizo un gesto a Rosa para que le pusiese otra cerveza.
—No —respondió de forma muy cortante.
Julio se temió lo peor. Su amiga, la que había conquistado casi a tantas mujeres como él a hombres... se había enamorado.
—Vente a la mesa y me cuentas —le propuso.
—Hoy no, Julio, no me apetece —respondió dándole un trago a su cerveza.
—Bueno, pues me quedo aquí. Cuéntame, ¿te molesta que esa chica te dé calabazas? —Apoyó su hombro junto al de ella.
—No. Me molesta que se la vaya a llevar esa mujer de alta cuna.
Ella no la merece —había ira en sus palabras.
—Espe, ya sabes que el corazón se enamora de quien se enamora. Da igual si tu cuna era de plata o de madera —comentó intentando convencerla, aunque sintió que lo decía más para convencerse a sí mismo.
Espe giró la cabeza para mirar a Pele; después miró a su amigo.
—Tú lo sabes bien, ¿no? —dijo de forma más amable.
Julio no contestó con palabras, se limitó a poner cara de resignación.
—Me da mucha rabia. Ella es… es… divertida, espontánea, valiente, sincera, directa, tiene un carácter…
—Sonrió al recordarla hablando sola en la tienda muy enfadada—.
Es única. No he conocido chica igual. De verdad, Julio, con ella me siento.
.. como con quien tú ya sabes. Siento algo aquí —se llevó la mano al pecho— que duele, pero a la vez me encanta.
Julio no dijo nada más. Levantó una ceja mientras cogía aire. Conocía muy bien a su amiga. Por su cara, sabía exactamente qué estaba pasando por esa cabeza.
—Piensa muy bien lo que vas a hacer ahora. Ella no está disponible. Como tú has dicho, es única. Si vas a ir a por ella, más vale que estés muy segura de hasta dónde vas a llegar, porque es muy probable que te metas un buen batacazo. Y será solo culpa tuya.
—¿Me lo dices por experiencia?
No era necesario responder a esa pregunta; los dos sabían que sí. Julio miró hacia su mesa antes de preguntar:
—¿Te llevo a casa?
—No. Me termino la cerveza y me iré dando un paseo. Tengo que pensar.
Sabía que su amiga necesitaba estar sola. Le dio un abrazo y se volvió a la mesa.