Bar MARÍa CONcepción #2
—¿Te gusta el color, verdad? —dijo extendiendo los dedos para que se viesen mejor las uñas—. Van a juego con mi vestido nuevo. Es de una tienda de la realeza, la dependienta es muy maja, pero no se entera de mucho.
—¿Cómo se llama la tienda? —No se lo podía creer, estaba hablando de su tienda.
—Pues no sé qué de la Corte. Es una tienda fantástica, vende cosas para reinas como yo —terminó la frase echándose el pelo hacia atrás.
—Con eso está bien. Gracias, Rosa, ¿nos lo puedes traer rápido? Ha sido un día duro y hay que volver a casa pronto. —Espe cortó la conversación de la camarera.
—Marchando, le diré a la cocinera que estáis aquí. —Le guiñó un ojo antes de irse.
—Si no la corto, no para de hablar de los vestidos de tu tienda. Imagino que estarás cansada de eso, ¿no?
Lina vio cómo se marchaba la camarera. Había algo en ella que le resultaba extraño. Sus andares eran… no sabría describirlo. Una idea le vino a la cabeza, pero la apartó rápidamente sintiéndose mezquina por pensar que esa mujer podría ser un hombre.
Algo frustrada, puso su mano encima de la de Espe.
—¿Me vas a dar alguna explicación ya? —preguntó con poca paciencia.
—Claro —dijo con una sonrisa, tenerla perdida le resultaba muy divertido.
Acercó su silla a la de ella. Estaban tan cerca que apoyó su hombro contra el suyo.
—Mira con atención. ¿Qué has notado en Rosa?
—Pues… —dudó si decirlo o no, pero si se lo preguntaba era por algo— que es un... hombre —bajó la voz en la última palabra.
Según terminaba la frase, la miró y asintió.
—A la chica de la barra la llaman Rosa, pero en verdad se llama Gregorio. Es el dueño de una panadería que hay cerca de aquí —explicó tapándose la boca para que nadie las descubriese hablando de ello.
Lina se llevó las manos a la boca. Su impresión había sido acertada. Pues si no llega a ser por la voz, habría jurado que era una mujer.
Espe continuó con la explicación.
—¿Ves aquellas dos mujeres que están en la mesa? —preguntó señalando con su mirada a la mesa de al lado—. La que es mayor, es una mujer adinerada. Su marido es dueño de seis o siete zapaterías aquí en Barcelona. Tienen un pequeño palacete a las afueras.
Lina pudo ver cómo la mujer tan elegante se giraba y le daba un beso en los labios a la mujer más joven. Se escandalizó un poco, echó un vistazo rápido por el bar y vio que nadie se había percatado de ese acto.
«Espera. No. No era que no se hubiesen percatado, es que a nadie le importaba lo más mínimo».
—Una noche hace… cuatro años, más o menos —continuó recordando la historia—, la mujer más joven vino de Zaragoza.
Sus padres la habían echado de casa por ser como es.
No sabemos muy bien cómo, pero llegó aquí.
Ella —señaló a la mujer mayor con el meñique de su mano— se quedó prendada de la chica nada más verla.
Pasaron toda la noche juntas y se la llevó a casa.
—¿De verdad? ¿Pero no estaba casada? —preguntó con mucho interés.
—Sí y tiene tres hijos. —Se rio—. Convenció al marido de que necesitaba una niñera para cuidar a tanto hijo.
Lina no se terminaba de creer la historia.
En ese momento llegó Rosa con las bebidas. Las dejó sobre la mesa. Espe aprovechó para convencer a Lina.
—¿Qué tal la señora? —preguntó a Rosa mirando a la pareja de al lado.
—Es su día, ya lo sabes. Luego subiremos la música. —Rosa las miró con envidia y añadió—: Qué bonito es el amor… —Soltó un suspiro y se fue.
Espe cayó en la cuenta de qué día del mes era.
—Dicen por el bar… que un lunes al mes, dejan a los niños con el marido y se vienen aquí para celebrar que se conocieron. Cenan, beben y siempre piden su canción.
—Pero… ¿El marido no sabe nada? —preguntó Lina muy sorprendida.
—Que yo sepa no. Además, como está todo el día trabajando, no se entera. Las veces que quiere pasar tiempo… con su mujer, se acuerda que tiene tres hijos y se le pasa. Creo que ella se quedó embarazada cada vez que consumaron el matrimonio. —Bebió un trago de su cerveza.
Las dos se rieron con el comentario.
—¿Sabes qué es lo mejor? —le preguntó.
—¿Qué? —No sabía qué más sorpresas se iba a encontrar con esa pareja.
—Todas las noches duermen juntas —respondió feliz.
Lina cogió el vaso de agua y lo bebió casi sin respirar. Necesitaba digerir la sorpresa.
—El marido ronca muy fuerte, ella se va a dormir a otra habitación que está al lado del servicio. Por la mañana, cada una vuelve a su cama.
Rosa llegó con una bandeja muy grande. Puso las empanadas en el centro de la mesa, les colocó un plato delante de cada una y se sacó los cubiertos del delantal.
—Rosa, me lo he pensado mejor. ¿Me traes una cerveza? —Lina le dedicó una sonrisa.
—Claro que sí, guapísima. —Le sonrió y se fue a por la comanda.
Lina volvió a mirar al bar. Era cierto que todas las parejas eran del mismo sexo. Algo cambió en sus ojos, miraba con ilusión, con curiosidad…
—Todas estas personas son… —no supo cómo continuar.
—Como nosotras —Espe terminó la frase por ella.
Una gran sonrisa se dibujó en su rostro. Era tal la emoción, que abrazó a Espe.
—Gracias —susurró.
Lina estaba encantada de estar allí.
—Nunca me habría imaginado que existía un lugar como este. — No podía dejar de mirar a su alrededor.
—Hay sitios como este en todas partes, solo hay que buscarlos. Como comprenderás, no van a poner un cartel que diga: desviados aquí —bromeó.
En ese momento Lina entendió el nombre del bar y su cambio de letras. Qué ilusa había sido. Se rio de sí misma. Todas esas personas podían ser libres de ser como quisiesen. Sin miedos, sin convencionalismos, aquí puedes ser quien realmente eres, pensó.
Espe se quedó mirando su cara de fascinación.
Sin que lo pudiese prever, Lina se giró y se quedaron una enfrente de la otra, muy cerca, a escasos centímetros.
Espe tenía unas ganas tremendas de besarla.
Miró sus ojos, después sus labios. De vuelta a los ojos.
Pudo ver cómo la mirada de Lina repetía el mismo patrón.
Esos ojos la volvían loca y le hacían perder la noción de todo lo que le rodeaba. Espe acortó un poco la distancia, solo un poco. El resto debía recorrerlo ella. Estaban cerca, muy cerca. Podía sentir su respiración en el rostro. Espe abrió lentamente la boca.
«Es el momento, la beso ahora» pensó Espe.
—Una cervecita para nuestra sirena. —Rosa interrumpió el momento provocando que Lina se separase rápidamente.
La mirada directa e hiriente que le lanzó Espe fue suficiente para hacerle entender que había sido muy inoportuna.
—Vaya. Lo siento. Mi madre ya me lo decía: hijo, siempre estás en medio. Cómo se nota que naciste en jueves —puso una voz muy aguda al imitar a su madre.
Lina se quedó mirando los cubiertos. Sus pensamientos tomaron el control: «Había estado a punto de besarla.
Pero si quiero a Inés, la amo. Es más, estar en este lugar con ella sería fantástico.
Podríamos bailar, besarnos en público, cogernos de la mano…
todo lo que no podemos hacer nunca. Aquí sí. Pero… ¿por qué casi beso a Espe?».
A Rosa se le cayó el vaso vacío de agua sobre la mesa, por suerte no se rompió. Pero el ruido hizo que Lina volviese al bar. Miró a Espe, la última pregunta que se hizo a sí misma era un eco en su cabeza. Decidió cambiar de tema para no pensar en ello.
—Cuéntame más cosas —le pidió. Espe echó un vistazo por el bar.
Estaba buscando a su siguiente víctima. Tras un rápido repaso por la sala supo quiénes serían los siguientes.
Normalmente no le gustaba contar cosas de otras personas y mucho menos ciertas intimidades, pero tener la atención de Lina era adictivo y muy placentero. Le hacía sentir importante.
—¿Ves aquella mesa del fondo? ¿Donde hay tanta gente? —preguntó, levantando el mentón en dirección a la puerta.
Lina se estiró para poder ver mejor. Espe le dio un pequeño tirón de pelo y dijo:
—¡Lina! ¿En Ciudad Real no os enseñan a disimular?—le sermoneó.
—¡Perdón! Es que no se ve bien. Hay gente de por medio —se disculpó rascándose la cabeza para apaciguar el dolor.
—Ve a la barra a llevar tu vaso de refresco y de camino los observas. Pero discretamente.
Lina obedeció. Cogió el vaso, se levantó y caminó hacia la barra.
Una vez allí miró a su derecha para poder ver las dos mesas llenas de gente.
Había dos mujeres muy guapas, una llevaba el pelo corto y la otra lucía una melena rubia con una boina francesa.
Ambas estaban sentadas una al lado de la otra.
Sus brazos estaban entrelazados y se lanzaban miradas de complicidad.
También había tres hombres. Todos con traje.
Uno de ellos llamó su atención, llevaba un traje azul celeste que destacaba con los colores grises de los demás.
Tenía una gran sonrisa que adornaba con un bigote.
Satisfecha por su disimulo, fue a su mesa. Cuando sus miradas se cruzaron, no pudo evitar sonreír. Este mundo que le había descubierto era muy importante para ella. Se sentía cómoda, como una chica normal en un bar cualquiera. Sentía que su manera de amar era como la de todos los demás.
—Ya los he visto —dijo orgullosa.
—Y ellas te han visto a ti. —Llevó su mirada a las dos chicas del final de la barra.
Lina se fue a girar rápidamente para ver de quiénes se trataban. Pero recordó el tirón de pelo y esta vez prefirió hacerlo con más cautela.
—¿Qué pasa con esas dos? —preguntó Lina acercándose a ella para que nadie escuchase la conversación.
—Vienen muy a menudo —dejó la frase a medias, a propósito.
Lina no necesitó preguntar, su cara hizo la pregunta: ¿y?
—Pues que siempre van en busca de alguna conquista. Les encantan las chicas nuevas como tú. Y… —se giró para mirarlas directamente — te han echado el ojo. En breve estarán aquí para saber de ti.
—Quita, quita. Bastante tengo yo con lo mío —dijo pensando en la marabunta de emociones que había sentido a lo largo del día.