Bar MARÍa CONcepción
Mientras Lina y Espe hacían inventario en la tienda, Inés se quedó un poco más en la oficina. Estaba a la espera de cruzarse con Ana Belén.
Nieves llamó a su puerta del despacho.
—Doña Inés, si no se le ofrece nada más, me marcho a casa —dijo desde la puerta.
—Espere. Pase un momento —le pidió mientras cerraba una carpeta que tenía delante.
Cuando Nieves se acercó a la mesa, Inés la invitó a sentarse.
—El lunes vendrá la nueva secretaria —anunció con una sonrisa.
A Nieves se le iluminó la cara; no se atrevió a celebrarlo delante de su jefa, pero era evidente que la noticia le había hecho mucha ilusión.
—Llegará el jueves por la tarde. Imagino que el viernes se pasará por aquí para ver cómo funciona todo.
El lunes se incorporará oficialmente a nuestra plantilla.
—Inés le sonrió y continuó hablando—. Le pido, por favor, que le enseñe todo lo necesario y que no tenga ningún reparo en delegar las funciones que para usted sean…
más molestas. —Miró las manos de Nieves—. No quiero que usted trabaje tanto.
—Muchas gracias, doña Inés. Le enseñaré lo que precise. —Su alegría era palpable.
—No hay por qué darlas. —Miró el reloj de su muñeca—. Márchese tranquila, ya apago yo las luces. Nos vemos mañana.
Nieves sonrió y salió del despacho cerrando la puerta. Al verla marchar, habría jurado que le vio dar un saltito de felicidad.
Guardó un par de carpetas en un cajón y metió otras tantas en su maletín. Miró el teléfono.
«¿Lina estará más tranquila? —se preguntó— ¿La llamo o voy a verla?».
Apagó la luz y se dispuso a salir de su despacho. En ese momento, escuchó unos pasos en el pasillo, no eran de una sola persona. Algo dentro de ella le dijo que esperase.
—¿Has terminado lo que te pedí? —preguntó Severiano.
—Sí, llevo toda la tarde clasificando los papeles. Ya tengo todo lo que necesitas —explicó Ana Belén acercándose a él mientras le colocaba el cuello de la camisa.
—Y… ¿me los has traído? —dijo antes de besarla en los labios.
—¿Tú qué crees?
Inés se sentía bastante incómoda; estaba claro que no iba a interrumpirles.
—No veo ninguna carpeta. —Volvió a besarla más apasionadamente. Como si quisiese convencerla de que se lo entregase con ese beso.
—Está en mi casa, ¿vienes a buscarla? —Se fue hacia la salida esperando que la siguiese.
No hubo respuesta. Severiano le dio una palmada en el trasero que hizo bastante ruido. Tanto, que sobresaltó a Inés.
Cuando escuchó cómo Severiano echaba la llave de la puerta principal, respiró tranquila. Ya podía irse.
Algo no le encajaba. ¿Qué documentos debía clasificar una encargada? ¿Por qué se los llevaba a su casa? ¿Había estado toda la tarde haciendo un trabajo para Severiano?
Inés salió de las oficinas y terminó en la puerta de la tienda. Se asomó para ver si Lina estaba por allí. La luz estaba encendida. Quiso entrar, estaba cansada de discutir. Necesitaba que Lina le calmase, pero no estaba segura de tener fuerzas para soportar otro asalto.
Ante la posibilidad retomar el conflicto, se dio la vuelta y se fue a casa. Su plan era descansar, comer algo y, si Lina no había llegado para la cena, trabajar un rato más.
Dentro de la tienda…
—Descuida, llegaremos pronto —prometió Espe.
Espe salió del almacén.
—¿Puedo hacer una llamada? —Señaló el teléfono.
Lina asintió sin entender a quién iba a llamar a esas horas. Espe marcó rápidamente.
—¡Hola, Julio! ¿Tienes planes?
Lina no pudo escuchar lo que decía la persona del otro lado, pero imaginó que la respuesta era negativa, porque Espe la miró, sonrió y asintió.
—Nos acercamos y nos llevas, ¿te parece? —sus palabras iban para la otra persona de la llamada, pero la sonrisa que se dibujó en sus labios era para ella.
Lina no entendió nada, por eso la acribilló a preguntas nada más colgar.
—¿Vamos en coche? ¿Dónde me quieres llevar?
—¿Quieres llegar pronto a casa, no? —Espe evitó dar respuestas.
Lina asintió con el entrecejo fruncido.
—Pues si vamos en coche tendremos más tiempo. Ya verás, te gustará.
Espe cogió la mano de Lina y la arrastró para salir de la tienda.
Una vez en la calle, caminaron a paso ligero. Espe llevaba las manos en los bolsillos y una expresión de felicidad en su rostro.
«Muy malo no debe ser el sitio, si ella va tan contenta» pensó Lina.
Pasadas unas tres o cuatro calles, un coche de color negro se paró al lado de ellas.
—Llamas y aquí estoy. Siempre dispuesto a pasarlo bien —dijo el conductor del coche.
Espe le abrió la puerta a Lina para que se sentase en el asiento del copiloto. Después se fue rápidamente al asiento trasero, justo detrás de ella.
Antes de arrancar:
—¡Hola! Soy Julio, un amigo de Espe. ¿Tú eres…? —Extendió la mano para presentarse.
—Lina. También una amigade Espe —le devolvió el saludo.
—Pues si eres amiga de Espe, también eres mi amiga. —Miró al asiento de atrás por el retrovisor y preguntó mirando a la pasajera—.
¿A que sí?
Espe sonrió y le guiñó el ojo.
Lina no sabía dónde se dirigían, pero parecía muy divertido y, con el día tan estresante que había tenido, todo lo que fuese alegre le venía genial.
En unos cinco minutos, Julio aminoró la velocidad del coche.
—Chicas, bajaos aquí. Yo busco aparcamiento lejos y nos vemos dentro —dijo girándose en el asiento para mirar a las dos.
Espe se bajó del coche y Lina también.
—¿Me vas a decir ya dónde vamos? —preguntó Lina llegando a la exigencia.
—Lo verás cuando entremos. Créeme, te va a gustar —terminó la frase con una sonrisa de ilusión.
Lina miró la puerta del bar. Había un letrero bastante desmejorado donde se podía leer BAR MARÍACONCEPCIÓN. Los cristales del escaparate estaban pintados y no se veía el interior. Unas cadenas sujetaban los pomos de la puerta; parecía que llevaba mucho tiempo cerrado.
A Lina le generó mucha desconfianza.
—No lo tengo yo tan claro. Este sitio está muy… —le pasaban muchos adjetivos por la cabeza, al final se quedó con— cerrado.
—Confía en mí —le susurró acercándose a su cuello.
Espe cogió a Lina de la mano y la llevó por el lateral del bar. Había una calle oscura y estrecha entre los dos edificios.
Solo había una luz a mitad del callejón. Caminaron hasta quedarse frente a ella. Sobre la puerta había un letrero más pequeño de color rojo donde se podía leer: Bar MARIa CONcepción.
Lina lo miró extrañada. No entendía por qué el cambio de letras en mitad de la palabra. Quería preguntar, pero no se atrevió.
Espe llamó a la puerta dando tres golpes. Un hombre grande y robusto, con cara de pocos amigos, apareció. Lina, al verle, bajó la cabeza para evitar mirarle directamente. Tenía que reconocer que le había atemorizado solo con su presencia.
Espe, por el contrario, se quedó de frente mirándole fijamente. Él, al ver a Espe, pasó de querer matar a quien tuviese delante, a regalarle una gran sonrisa achinando sus ojos negros. Esa nueva expresión no daba tanto miedo.
—Llevaba mucho sin verte. ¿Qué has hecho? —le preguntó ese hombre tan grande.
—El bar, ya sabes lo que es. Me tiene todo el día trabajando—se excusó mientras le daba un pequeño apretón en la mano a Lina, para que estuviese tranquila.
—Veo que tienes tiempo para todo —dijo lanzando una mirada rápida a su acompañante.
Lina agarró con fuerza la mano de Espe y la siguió dentro del local.
Después de pasar por un largo pasillo, llegaron a una sala donde había música suave, unas mesas con clientes, cuadros por las paredes, una barra muy larga con taburetes y un pequeño escenario al fondo.
Lina miró a su alrededor muy atenta, nunca habría imaginado que ese exterior tan demacrado podía guardar un lugar tan bonito. Desprendía una calidez en la que no podías evitar sentirlo familiar.
—¿Dónde me has traído? —preguntó sin perder detalle de todo lo que le rodeaba.
Espe no contestó; en lugar de eso aflojó la tensión de la mano y entrelazó uno de sus dedos con otro de los de ella. Unidas con ese lazo, la llevó a una de las mesas de un lateral. Desde ese lugar se podía ver todo el bar.
—Siéntate aquí, quiero que te fijes bien.
—¿En qué? —preguntó mirando a todas partes.
—En la sala. Fíjate en todas las personas de la sala.
Lina hizo un barrido por el local. Empezó por la mesa que tenían más cerca.
En ella había dos mujeres, una parecía mayor que la otra.
En otra mesa había dos hombres con bigote; en su mesa había muchas jarras de cerveza, más de las que Lina pudo contar a simple vista.
Detrás de la barra había una chica muy alta y corpulenta, llevaba un vestido verde que le resultaba familiar.
Estaba sirviendo algo de comer a dos chicas jóvenes.
Todo parecía normal, no entendía a qué tanto misterio.
En el lado opuesto de la sala había dos mesas juntas. Hombres y mujeres con mucha clase hablaban, bebían vino y se reían.
—¿No lo ves? —preguntó asombrada por lo poco avispada que estaba siendo.
Sin saber a qué se refería, volvió a mirar rápidamente la sala.
—Si me lo dices, acabamos antes —le apremió, algo enfadada.
Espe se rio. Le hizo una señal a la mujer de la barra. Ella cogió la libreta y vino enseguida. Cuando la camarera llegó a la mesa le dio dos besos a Espe.
—Bueno, chicas, ¿qué vais a tomar? —preguntó con tono de voz tan grave que sorprendió a Lina.
Se quedó sin habla, aún estaba intentando procesar dónde estaba.
Espe salió al rescate.
—Tráenos una empanada de carne y otra de beicon con queso. —Espe miró a su acompañante—. ¿Quieres cerveza?
—No. Un vaso de agua grande y un refresco. Tengo mucha sed. —No quería alcohol, todo era muy raro, debía estar alerta.
—No quieres cerveza. ¿Eres un pez? —bromeó la camarera, tocándole el hombro.
Lina no supo si era broma o insulto. Se quedó extrañada al ver la mano de la camarera.
Era enorme, estaba musculada. Era como si esas manos hicieran un trabajo de fuerza bruta todos los días.
Eso sí, las uñas estaban perfectas. Se quedó mirándolas, tanto, que la camarera se percató de su indiscreción.