Juntas en Barcelona Distancias cortas #5
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Distancias cortas #5

Apuntaba, casi sin pensar, las prendas que debían pedir para el mes siguiente. Había hecho ese trabajo tantas veces con Candela que no se había dado cuenta de lo fácil que le resultaba.

Cuando Lina terminó de completar el pedido, cerró la carpeta y se giró en la silla para mirar a Espe de frente.

Espe acababa de contar un chiste que había oído en el bar.

—Lo siento muchísimo —dijo Lina, cortando el momento por completo.

—¿Perdón? —preguntó muy descolocada.

—No, perdóname tú. No debí reaccionar de esa manera tan…

tan fea. No debí huir del bar. —Le cogió la mano y continuó hablando—: Fue muy frío y bastante desconsiderado por mi parte.

Te sorprendí en un momento muy vulnerable y no reaccioné bien.

¿Me perdonas? —habló con tanta sinceridad que se fue sintiendo mejor a cada palabra.

«Yo a ti te perdono todo y más, si me lo pides con esa carita» pensó. Pero no se atrevió a decirlo. En lugar de eso:

—No te preocupes, no hay nada que perdonar. Reconozco que me sorprendió. Yo pensaba que tú… me entenderías mejor que nadie.

—Y así es, te entiendo perfectamente. —La miró con complicidad—. Solo que es la primera vez que me encuentro con otra persona que… que… —Buscó las palabras.

—Que le gusten las mujeres —terminó la frase.

—Sí, eso es. Que le gusten las mujeres —dijo con una gran sonrisa. Podía parecer absurdo, pero el hecho de verbalizarlo le hacía sentir normal.

Espe se inclinó hacia ella como si le fuese a contar un secreto.

—¿Te puedo hacer una pregunta personal?

Al inclinarse la tuvo demasiado cerca. Sus pensamientos fueron directos a querer besarla, pero se obligó a no mirar sus labios. Debía contenerse.

—Solo si yo te puedo hacer una después —comenzó el juego.

Espe tenía varias preguntas que quería hacerle, pero había una en especial que le rondaba más por la cabeza.

—¿Te molestó?

Qué pregunta tan difícil, pensó Lina. La respuesta la tenía clara, los motivos no. Pero se sintió tan cómoda, tan segura en ese momento, que se lanzó a hablar sin pensar.

—Sí. Te confieso que me molestó —respondió como si fuese un pensamiento en voz alta—. Ahora, no me preguntes por qué, esa parte no la tengo clara.

Espe se limitó a sonreír. Lina la miró y tuvo la sensación de que ella sí conocía la respuesta que era incapaz de discernir.

—Ahora me toca a mí. —Lina se frotó las manos con una sonrisa.

No tenía ninguna preparada, pero le gustaba este juego de hacer preguntas y responder con sinceridad.

—Si esa chica no es tu novia, ¿qué es? —Estaba satisfecha de la gran pregunta que se le había ocurrido.

—Puf… pensé que sería una pregunta más fácil —intentó darle largas.

—¡Ey! La mía no era nada fácil—se defendió.

—Tienes razón, pero creo que la respuesta la tenías muy clara. —Le guiñó un ojo y sonrió.

Lina se rio con su insinuación.

Espe estaba fascinada con su risa, desde que la escuchó por primera vez en la barra del bar, supo que haría lo que hiciese falta para que no la perdiese nunca.

—Venga, contesta, que me tienes en ascuas —le apremió.

—Era mi novia, pero ya no lo es.

—¿Por qué ya no lo es?

—Ya van dos preguntas. Luego me toca a mí. —A continuación se puso más seria y respondió—: Hemos salido un tiempo, pero… no siento por ella lo que creo que debería sentir.

—¿Amor?

—No sabría decirte… Creo que cuando encuentras a la persona adecuada, lo sabes.

Hay como electricidad entre las dos, te sientes bien solo porque esa persona esté a tu lado.

Un gesto, una mirada, una sonrisa… son capaces de provocarte algo en tu pecho que…

que es más grande que tú misma. Te sientes fuerte a su lado, pero a la vez vulnerable.

Eres capaz de afrontar cualquier cosa que se te presente, pero también, un golpe suyo puede convertirte en la persona más frágil del mundo.

Lina escuchó con atención todas y cada una de las palabras. Nunca habría imaginado que aquella mujer que vio por primera vez cargando cajas podía ser tan sensible.

Hablar de esa manera, la expresión de su cara, el tono de voz… todo era totalmente diferente. Se podría decir que Espe le había abierto la puerta a su yo más profundo.

—Bueno, estoy de acuerdo con lo que dices. Pero también creo que el amor es esperar, es tener paciencia, es ceder, es… preocuparte por la otra persona hasta el punto de hacer lo posible porque ella esté bien.

—¿Sí? —La miró directamente a los ojos—.

Si cedes, si muestras más paciencia de la que tienes, si antepones sus deseos a los tuyos…

¿de verdad te ama tal y como eres? O ¿ama a la versión que le haces creer?

—Vio en sus ojos que no la estaba entendiendo.

Continuó explicándose—: Si yo me contengo, si soy paciente con sus necesidades cuando no suelo serlo, si dejo de hacer cosas que me apetecen para que ella esté bien, ¿en verdad le muestro mi auténtico yo?

—No —contestó, pensando aún en sus palabras.

—Entonces, si no me muestro como realmente soy, ¿ella está enamorada de mí o de la versión ficticia de mí?

—No sé. No me he puesto a pensar en algo tan profundo —contestó siendo consciente de las palabras que acababa de escuchar—. Pero… hay momentos en la relación en que una de las dos tiene que amoldarse a lo que necesita la otra y no pasa nada.

—No estoy diciendo que tu amor por Inés sea así. Ya te dije que no me gusta juzgar. Solo digo que muchas veces idealizamos tanto a una persona que nos perdemos a nosotras mismas por hacerla feliz.

—¿Cómo sabes que mi pareja es Inés? —preguntó muy sorprendida.

A Espe se le escaparon unas cuantas carcajadas, que la des concertaron aún más.

—No hay más que ver cómo te mira. El otro día en el bar me dejó bien claro que eras de su propiedad.

—¿En el bar?… no vi nada —pensó en voz alta.

—Cuando vine a la tienda… eso sí lo tuviste que ver, ¿no?

—Sí, ese sí —reconoció—. Pero ya le dije que no me gustó nada que lo hiciese.

—Te gustase o no, Inés es celosa. —Guardó silencio un par de segundos para ver si Lina la defendía. Al no hacerlo continuó—: Tal vez sea porque viene de una familia de bien y no ha tenido que compartir las cosas. Seguro que siempre ha tenido todo lo que ha deseado, ¿verdad?

—Sí… bueno… no. Aver… Inés viene de una familia bien posicionada, pero tiene dos hermanos. Yo me he criado casi a su lado y no pienso que sea una persona egoísta.

—¿Casi a su lado? —Esa información la desconocía.

—Mi padre era el guardés de la familia y yo vivía en la casa. Llevo viendo a Inés desde que era una niña.

—Tal vez me equivoqué. Pero… ¿Inés te invitaba a su cumpleaños? ¿Te hacía regalos por Navidad?¿Jugaba contigo? —preguntó sin tregua.

—A ver… Ella era mayor que yo, por lo que nuestro contacto no era muy cercano, pero siempre ha estado ahí.

—Ahí… lejos. Inalcanzablepara ti, imagino—se aventuró a decir. Lina no supo qué responder ante eso. Es cierto que siempre había visto a Inés como alguien que estaba por encima de ella. Con clase, tan elegante, tan sofisticada, tan… lejana.

—No conozco tu vida ni quiero cotillear. Pero me apuesto un pincho de tortilla a que Inés fue capaz de dar el paso cuando vio el peligro de perderte. ¿Me equivoco? —preguntó Espe, sabiendo perfectamente dónde quería llegar.

—No te equivocas. Me besó por primera vez cuando se pensó que me gustaba un chico—respondió muy pensativa.

—Habéis tenido momentos en la relación en los que no todo era bueno, ¿verdad?

—Sí, como todas las parejas. ¿No? —se defendió.

Sin darse cuenta, Lina empezó a enumerar en su cabeza todas esas veces: cuando Diego se quería quedar en España, cuando su familia se enteró de que estaba enamorada de ella, cuando se destapó todo lo de Julián…

—No quiero meterme donde no me llaman. Pero… las veces que habéis tenido problemas han sido porque Inés tenía problemas —dijo Espe, muyatenta a su reacción para saber si iba por buen camino o no.

Lina no respondió, solo ladeó la cabeza como si pensase.

—Bueeno… se podría decir que sí.

—Los altibajos de vuestra relación los marca ella y sus circunstancias. No las tuyas…

Espe lo dejó en el aire. Ese comentario debía calar lentamente. O eso pretendía.

—Tengo hambre, ¿nos vamos a comer algo? —propuso, cambiando el rumbo de la conversación.

—Sí. Yo también tengo hambre. ¿Comemos algo en tu bar?

—No. Te voy a llevar a otro sitio.

Lina miró la hora. No era tarde. Con la ayuda de Espe había terminado el trabajo en un suspiro.

—Vale. Pero no nos demoremos mucho. —No quería preocupar a Inés.

—Descuida. Llegarás pronto a casa. Prometido. —Espe le tendió la mano para que la acompañase.