Juntas en Barcelona Distancias cortas #4
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Distancias cortas #4

—Lina, no hay nadie mejor que tú para saber qué se ve nde y qué no. Es lógico que confíe en ti para hacer el pedido —añadió.

—¿Pero de qué lado estás, Inés? —preguntó con el enfado aún alto.

—Del tuyo, Lina. Siempre del tuyo —respondió con amabilidad. No le gustaba nada ese tono.

Con esas palabras, logró calmarla un poco.

—Podrías pasarte por aquí… y lo hablamos a la cara —propuso Lina, más tranquila.

—Ya que no vamos a la playa, me gustaría ir a casa, descansar un rato y adelantar trabajo para mañana. Si voy a ver locales, necesitaré quitarme trabajo de encima.

—¿Y si… recuperamos el plan? —dijo Lina ilusionada—. La bru... Ana Belén va para las oficinas ahora. Podrías decirle que mejor hago el inventario mañana, que no es tan urgente. —A ella le parecía un plan perfecto.

—Lina, mi amor, no puedo hacer eso —se lamentó.

—¿Cómo que no? ¡Eres la jefa! Tú puedes darle órdenes a ella… Si pudiese dárselas yo… otro gallo cantaría, créeme.

—No puedo, y sabes por qué —intentó mantener la calma y hacer-la entender.

—No, no sé por qué. Solo sé que teníamos un plan que me apetecía mucho. Echo de menos hacer cosas contigo —dijo Lina, agotando sus últimas balas.

Inés la entendía perfectamente. A ella también le apetecía pasar lo que quedaba de tarde juntas, pero si mostraba favoritismos con una empleada… se podría complicar. Cogió aire, buscó las palabras adecuadas para rebajar su enfado; este cabreo parecía de los que se pasaban con un poco de tiempo.

—Ya lo hablamos con lo del baile. No puedes pedirme cosas que no debemos hacer. Tenemos que ser precavidas, y darte un trato de favor… no es la mejor manera de serlo. Lo entiendes, ¿verdad? —lo dijo con la esperanza de que recapacitase.

—Entiendo que mi novia no se pone de mi parte. Que mi encargada está siendo injusta conmigo y la única persona que puede hacer algo eres tú.

—Lina… —intentó hacerla entrar en razón pero no sabía qué más decir. Esperó a ver por dónde le salía.

—Mira, Inés, tienes razón —la voz de Lina no era muy conciliadora—. Haré el inventario y prepararé el pedido. No te preocupes. —Esperó una respuesta, y al no recibirla decidió cortar antes de decir algo de lo que pudiera arrepentirse—. No me esperes, terminaré cuando termine.

Lina colgó el teléfono sin darle tiempo a decir nada más. Inés miró sorprendida el auricular.

«Tal vez me he equivocado» pen só.

Lina necesitaba un poco más de apoyo. Los cambios resultaban difíciles para ambas, pero era la primera vez que estaba lejos de todo lo que conocía.

No podía refugiarse en el trabajo porque era uno de los cambios más drásticos.

Era capaz de ponerse en su lugar pero… tenía las manos atadas.

Deseaba que, al darle tiempo, ella misma se diese cuenta.

Se levantó para abrir la puerta. Cuando escuchase a Ana Belén, hablaría con ella y la tantearía, para saber si había algo más detrás de tanto trabajo asignado a una única empleada.

Lina no podía creer la situación que acababa de vivir.

Necesitaba desconectar con ella en la playa.

No era un capricho. Solo Inés podía calmarla y darle fuerzas para aguantar a la encargada.

Pero, a pesar de decírselo, no la entendía.

En lo referente a Espe... por mucho que le pesase, tenía que encarar la situación y solucionarlo.

Tenía que quitarse ese peso de encima cuanto antes.

Lina era totalmente consciente de que su reacción, desde fuera, parecía una pataleta.

Llevaba mucha carga por dentro y no tenía con quién sacarla.

En ese momento se dio cuenta de lo mucho que año-raba a Clara y Candela.

Pero ya era tarde para llamarlas. Debía buscar otra forma de soltar toda esa tormenta mental.

Desahogarse con las paredes parecía la única solución que le quedaba.

Empezó a hablar mientras recogía los papeles.

—La señora importante no puede hacer nada para que su mujer tenga la vida más fácil.

Ya iremos a la playa otro día. Desde que llegamos, no la hemos vuelto a pisar.

Total, si está ahí al lado… Como ella ha conocido mundo, ¿qué más da?

Por no hablar de lo injusto que está siendo todo esto.

El otro día, el almacén; ahora, el inventario — reflexionó sobre lo que acababa de decir—.

Bueno, en el almacén se portó, me ayudó…

Pues también podría echarme un capote ahora.

Mientras hacía un monólogo de sus pensamientos en alto, no se dio cuenta de que alguien llevaba un rato en la tienda escuchándola. Espe aguardaba en silencio.

—¿Qué le cuesta? No me quiere tanto, pues que interfiera con la bruja esa… ¿o no?

—Claro que sí —respondió Espe. No pudo aguantarlas ganas.

Lina se quedó helada. Creía estar completamente sola en la tienda.

Se giró y vio a Espe sujetando la puerta.

No la había cerrado; por eso la campanita no sonó.

El rubor subió a sus mejillas, la vergüenza se apoderó de ella.

Espe se mantuvo en silencio. Expectante a que ella dijese algo.

Lina solo la miró. Le resultó extraño verla sin delantal y sin la camisa arremangada. La vio realmente guapa.

Anteriormente, no se había fijado en que Espe llevaba siempre pantalones de caballero. Le quedaban muy bien; la hacían diferente.

Seguía con los mechones en la cara y el moño despeinado sujeto por un lápiz. Pero algo en su rostro no era igual… No supo averiguarqué. Le dio la sensación de que estaba más relajada.

Alver que Lina no reaccionaba, Espe cerró la puerta. El sonido de la campanita la devolvió al mundo real.

—¿Cuánto tiempo llevas ahí? —preguntó aún perpleja.

—El suficiente como para saber que necesitas hablar de ese cabreo que tienes encima. —Se acercó poco a poco.

Lina sonrió. Era totalmente cierto: necesitaba una persona amiga con quien hablar. Era todo tan intenso y desconcertante. La presión en el pecho seguía ahí.

—Tengo que trabajar —alegó para evitarla conversación.

—Yo no. He dejado a Tomás al cargo. ¿Qué necesitas? —se ofreció extendiéndole la mano.

Lina no supo qué contestar. Su voz, su presencia…

le produjeron una sensación de calidez, de seguridad, que borró de un plumazo toda la ira que tenía dentro.

Entonces se sintió vulnerable. Sin pensar lo que estaba haciendo, dejó caer de nuevo la carpeta al suelo y dio unos pasos hacia ella. La abrazó.

Espe se quedó inmóvil. Tardó unos segundos en reaccionar y comprender que Lina necesitaba un lugar tranquilo donde descansar, aunque solo fuese por un momento. Le devolvió el abrazo.

Sus brazos la rodearon con la presión justa. Cerró los ojos y apoyó su cabeza en el hombro de Lina. Al respirar, percibió su olor. Era único. Sin poder evitarlo, una sonrisa apareció en su rostro. Cómo le gustaba ese aroma.

Tras un momento imposible de calcular, Espe sintió que había llegado la hora de soltar. Bajó poco a poco la intensidad del abrazo y llevó sus manos a su cintura. Lina, sin moverse del sitio, la miró a los ojos.

—¿Mejor? —preguntó con la voz cortada. Estaba muy nerviosa de tenerla tan cerca.

—Sí… muchas gracias. —Mantuvo las manos en la cintura de Espe un poco más.

Se alejaron. Al hacerlo, Espe ya la echaba de menos.

Habría dado cualquier cosa por volver a abrazarla.

Se agachó para recoger la carpeta y los papeles del suelo.

Lina hizo lo mismo. Sus dedos se rozaron al coger ambas el mismo papel.

Lina sintió una electricidad igual a la de hacía una semana.

No sabía explicarlo con palabras, solo que al rozar su piel se estableció una conexión entre ellas. Se levantó rápidamente.

—No hace falta que me ayudes más. Gracias. Bastante has hecho ya con el… —Se apartó de Espe para crear distancia entre ambas.

Espe no entendió lo que acababa de pasar, solo sabía que las dos habían sentido lo mismo.

Dio dos pasos atrás para darle más espacio. Miró el papel y vio que era una hoja muy parecida a la que ella usaba para hacer el inventario del género.

—Sé que no hace falta, pero quiero hacerlo. Además, so y muy rápida con los números. Siempre cuadro el inventario de mi bar a la primera. —Extendió el brazo con la hoja para entregársela.

Espe vio en sus ojos que la conversación iba a terminar ahí. Pero ella no quería. Decidió inventarse algo para no tener que irse.

—Si te ayudo, acabarás antes. Tal vez puedas ir a la playa con tu mujer —habló con total normalidad.

Lina abrió mucho los ojos. Sí que llevaba tiempo en la puerta.

—Me has oído, ¿no? —aceptó con resignación y alivio por no tener que dar explicaciones. Espe se limitó a asentir. Vio el temor en sus ojos y decidió disolverlo.

—Puedes estar muy tranquila. No pienso decir nada. Tu secreto está a salvo conmigo. Siempre y cuando… tú no le cuentes a nadie con quién me viste.

Lina hizo el gesto de sellar sus labios con la mano, cerró su boca con una llave imaginaria, y después la tiró por encima del hombro.

Fue tan infantil que ambas se rieron. Les vino muy bien: era necesario liberar tensión.

—Ahora de verdad, dime qué necesitas. —Dio un paso al frente y esperó su respuesta.

A Lina le encantó la idea de tener ayuda. Por eso le pasó la carpeta.

—Acompáñame al almacén. Tú lees el nombre del producto y yo te digo cuántos hay.

—Perfecto —aceptó con una sonrisa.

Espe, apoyada en una estantería, iba recitando los nombres de los productos y apuntando los números que le indicaba la dependienta.

Cuando el nombre era algo rimbombante, lo decía con acento extranjero, como si fuese una duquesa francesa o italiana.

En otros, si se le ocurría, hacía una rima con el nombre, como si fuese un eslogan de Hilos de la Corte.

Lina se rio muchísimo con sus ocurrencias. Nunca se habría imaginado que tuviese ese sentido del humor tan original. Cuando terminaron el inventario, Lina le ofreció una silla para que se sentase con ella y pudieran seguir hablando.