Juntas en Barcelona Distancias cortas #3
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Distancias cortas #3

—Mira, no lo vamos a hablar aquí. Cuando quieras, te pasas al salir del trabajo o voy al tuyo cuando esto esté tranquilo. Lo hablamos y lo solucionamos. Pero no me puedo creer que...

Sofía llegó, cortando la frase. Espe se levantó para cederle el asiento.

—Lo tengo: dos torrijas para Lina y tarta de chocolate para Sofía. —Cerró la libreta y se marchó sin mirarla.

Lina estaba algo desencajada, no se lo podía creer. Espe tenía razón. Debían solucionar las cosas; había actuado mal al no afrontar la situación. No era propio de ella, pero necesitaba espacio para aclarar sus ideas.

Terminaron los postres y se fueron a la tienda.

Cuando llegaron, la puerta de la tienda no tenía el cerrojo echado. Ana Belén ya estaba dentro. Lina miró el reloj, asegurándose de que eran puntuales. Eran las cuatro y veinte. Iban bien.

—¡Buenas tardes, señoritas! —dijo Ana Belén nada más verlas entrar.

—¡Buenas tardes! —dijeron las dos a la vez, como si estuviera ensayado.

—Me gusta que sean puntuales —dijo la encargada, antes de esbozar una leve sonrisa—.

Hoy tenemos mucho trabajo por delante —añadió.

Después, mirando directamente a Sofía—: Hoy estará en el despacho conmigo.

Me tiene que ayudar con el papeleo. —Miró a la otra trabajadora y continuó—: Lina, como es una dependienta tan experimentada, quiero que se encargue de la tienda por completo.

Estará sola toda la tarde. No quiero que nos moleste.

A no ser, claro está, que no se vea capaz de resolver algún problema.

—Dio un paso hacia ella como si la estuviese retando.

—No se preocupe. Me ocuparé de la tienda. No habrá problemas —respondió imitando el gesto de su encargada al dar un paso al frente.

Ana Belén se limitó a asentir y sonreír. Las dos primeras horas fueron muy tranquilas. Lina aprovechó para reponer la tienda, perfumarla, limpiarla y repasar la colocación de las prendas.

Ese trabajo metódico era como meditar. Se evadía del mundo, se movía por rutina y dejaba que sus pensamientos fluyeran.

No podía quitarse la conversación con Espe de la cabeza.

Estaba haciendo un mundo de una cosa que no tenía mayor importancia, o al menos, no debía tenerla.

Si ella estuviese en su lugar, no le gustaría que Espe le mostrase ese rechazo.

Por otro lado, dudaba de si debía o no tener una conversación con Inés sobre Espe.

Siempre habían hablado todo, y no hacerla partícipe de ese asunto le resultaba muy extraño.

No le mentía, pero era cierto que tampoco le decía toda la verdad.

Aunque… si ni ella misma entendía el desbarajuste de pensamientos y emociones que la abordaban últimamente, ¿qué le iba a contar?

El sonido del teléfono la sacó de sus pensamientos.

—Hilos de la Corte, ¿en qué le puedo ayudar?—respondió Lina.

—¡Buenas tardes! ¿Podría ayudarme a elegir qué ropa ponerme esta tarde? Verá, tengo una cita muy importante con una mujer preciosa —dijo Inés, mientras se acariciaba los labios con el lapicero— y no tengo muy claro qué debería ponerme.

Lina se sonrojó al escuchar sus palabras.

—¿Dónde es la cita? —preguntó con la voz más dulce que pudo articular.

—Vamos a la playa. Pasearemos por la orilla del mar, el sol bronceará nuestra piel y, tal vez, nos bañemos en sus aguas cristalinas — continuó el juego.

—Pues… déjeme pensar. —Se tomó unos segundos, intentando no reírse y mantener el tono de voz sensual que requería la conversación.

Inés solo podía sonreír. Mientras esperaba la respuesta, miraba una y otra vez a la puerta por si alguien interrumpía ese juego tan divertido.

—Seguro que tiene un vestido de verano con pequeñas flores azules. Le quedará perfecto con un recogido sencillo. Es más, apostaría a que ese vestido provocó muchas miradas… y una promesa en el pasado o… ¿me equivoco?

Inés recordó el momento con los repartidores en casa y no pudo contener una risa.

—Muchas gracias por su recomendación. Cumpliré mi promesa.

—Seguro que ella estará encantada de que la cumpla… y de verla con él puesto —respondió mirando al cielo al recordar lo guapa que estaba esa mañana.

—Me apetece mucho —susurró.

—Ya mí —respondió en el mismo tono.

El silencio se hizo entre las dos. Inés no quería romperlo, pero debía hacerlo.

—Me encantan estos juegos contigo, pero llamaba por un motivo

—cambió poco a poco a un tono más serio.

—Sí, claro, dime. ¿Qué necesitas? —preguntó, volviendo al mundo real.

—¿Me puedes pasar con Ana Belén?

—Sí, claro. Un momento, señora —alargó sensualmente la palabra «señora».

Dejó el teléfono apoyado en la repisa y fue hacia el despacho de su encargada. Llamó a la puerta y esperó. Ana Belén salió.

—¿Hay algún problema que no pueda resolver? —dijo cerrando la puerta tras de sí.

—No, solo que… —intentó explicarse.

—Ya le dije, Carolina, que solo me llamase si no podía resolver un problema. Tengo mucho trabajo y no pienso perder el tiempo con nimiedades —sentenció cerrando de nuevo la puerta al marcharse.

«¿Qué le pasa a esta mujer?» pensó.

—La llama doña Inés —elevó la voz para que la escuchase desde el otro lado.

Ana Belén abrió la puerta rápidamente, apoyó dos dedos en su hombro y la apartó con desdén. Después fue directa al teléfono.

En cuanto la vio desaparecer, puso dos dedos en la puerta y la abrió.

—¿Qué haces? —preguntó a Sofía en voz baja.

—No lo sé… Aquí hay muchos papeles de hace bastante tiempo. Me ha dicho que los ordene por fechas. Hay albaranes, contratos y papeles que no sé lo que son —aclaró, enseñándole unos documentos en los que solo había cuadros con números.

Al escuchar los pasos de Ana Belén, Lina se apresuró a coger una caja de pañuelos de la estantería

—Siga trabajando—ordenó Ana Belén.

Lina asintió y volvió a la tienda. El resto de la tarde fue intensa, pero nada que no pudiera controlar. Hubo momentos con muchas clientas, y otros de absoluto aburrimiento.

Sofía salió en una ocasión para llevarle un café a Ana Belén, pero no tuvo tiempo de contarle nada.

«¿Qué serían todos esos papeles? ¿Para qué los quieren si son de hace tanto tiempo? Esta tarde se lo contaré a Inés… tal vez lo haya ordenado ella» pensó Lina.

Faltaban diez minutos para cerrar. Lina tenía preparada la fregona para terminar de limpiar en cuanto la encargada diera la orden. Como un reloj, salieron las dos del despacho. Sofía tenía cara de cansada, pero al ver a Lina le sonrió con alegría. Ana Belén, en cambio, parecía bastante fresca.

Revisó las estanterías y, al ver a Lina, esbozó la misma sonrisa que al principio del turno. Un escalofrío recorrió su cuerpo.

—Carolina, ¿qué tal ha ido la venta? —preguntó mientras revisaba la caja.

—Muy bien, señora. Ha sido una tarde bastante ajetreada, pero nada que no pudiese controlar.

—Muy bien. Va a ser verdad eso que dice doña Inés: que es usted una gran vendedora —comentó Ana Belén, sin levantar la vista del dinero.

Lina guardó silencio. Tanta alabanza le escamaba. Se limitó a sonreír y esperar.

—Como bien sabe, por su gran experiencia en la empresa, a fina-les de mes se hace inventario.

—Sí, señora. —Se temió lo peor.

—Hoy Sofía ha realizado un gran trabajo y tiene permiso para marcharse a casa.

—Miró directamente a la implicada, que captó la indirecta.

Tras unos segundos se fue sin despedirse—.

Usted, en cambio, tendrá que quedarse. —Ana Belén le entregó la carpeta—.

Quiero inventario de todos los productos y una estimación del pedido para el mes que viene —ordenó.

Lina cogió la carpeta con la boca abierta. No se creía que le asignara todo ese trabajo a diez minutos del cierre.

—Si me disculpa, tengo que pasarme por las oficinas y no quiero retrasarme. —Se colocó el bolso en el hombro y se marchó.

En cuanto la puerta se cerró, Lina tiró la carpeta al suelo, esparciendo todo su contenido. Fue directa al teléfono.

—Buenas tardes, doña Nieves —saludó controlando su enfado—. ¿Doña Inés sigue por ahí?

—Pues… creo que sí. Déjame que lo compruebe—respondió la secretaria.

Lina esperó, mirando los papeles tirados por el suelo, lo que aumentó aún más su enfado.

—¿Sí? —contestó Inés al otro lado.

—Inés, ¿puedes hablar? —preguntó algo desesperada.

Necesitaba soltar todo lo que llevaba dentro. Una vez empezara, no podría parar.

—Un momento. —Se levantó para cerrar la puerta—. Ya, dime.

—No puedo ir a la playa contigo. La… la… —dudó un segundo antes de soltar lo que pensaba— la malnacida de mi encargada…

—¡Lina! Es tu jefa —le cortó.

Lina resopló. Ser sermoneada era lo último que necesitaba.

—La mala persona de mi encargada —hizo una pausa, por si Inés también le corregía— me ha adjudicado el inventario a falta de diez minutos para cerrar. Ha mandado a Sofía a casa y me lo ha dejado todo a mí —explicó, esperando apoyo.

—Bueno, Lina… estamos a final de mes. Sabes que el inventario se hace por estas fechas —intentó apaciguarla, sin mucho éxito.

Lina volvió a la carga:

—Me ha tenido toda la tarde sola en la tienda, ocupándome de todo.

¡Todo, Inés! Vender, reponer, limpiar… Y no te creas que han venido dos clientas: ¡que menuda caja he hecho yo sola!

—dijo mirando al mostrador y haciendo aspavientos— Mientras, ella y Sofía encerradas en su despachito, ordenando papeles.

¿Y la manda a casa porque ha trabajado mucho?

¡No es justo, Inés! También me ha ordenado que le haga el pedido del mes que viene.

¡Ese es su trabajo! —Hizo una pausa, conteniendo la rabia—.

Yo quería ir a la playa contigo. Llevo pensando en eso toda la tarde —explotó finalmente.

—Vale, Lina… tranquilízate. —Hizo una pausa—. Esta tarde, cuando la llamé, fue para decirle que esta semana vamos a mirar locales, por lo del proyecto de Alejandra. Supongo que estará ocupada los próximos días y por eso querrá adelantar papeleo —explicó con calma.

La respiración de Lina se aceleró. Todo lo que Inés decía tenía sentido… pero quería que hiciera algo al respecto.