Distancias cortas #2
—En cuanto llegue al despacho se lo comunicaré a Inés. Así aceleraré mi traslado —dijo alejándose de él.
José volvió a negar con la cabeza. Sabía que era lo correcto, pero le estaba doliendo demasiado.
Lo que sentía por ella había llegado de imprevisto y lo había puesto todo patas arriba.
La atracción no se podía controlar, era superior a él.
Lo que sentía por ella era totalmente diferente a lo que sentía por su mujer.
Eran dos formas de amar distintas, pero eso no quería decir que una fuese mejor que la otra.
—Me debo marchar —Mireya se despidió antes de salir de la cochera.
Caminó mirando al suelo, luchaba para que sus lágrimas no saliesen. Deseaba llegar a su mesa para poder sentarse y serenarse. Normalmente, Alejandra llegaba más tarde. Estaría sola unos minutos.
Pero no fue así. Ya estaba en la oficina. Se había levantado temprano para ver a David, su amor secreto. Antes de ir a trabajar.
Una llamada le hizo apresurarse para llegar a su mesa de trabajo.
—Alejandra al habla —preguntó radiando felicidad.
—Buenos días, Alejandra —saludó Inés contagiándose de su alegría—. Qué buen humor tenemos por la mañana.
—Digamos que me he despertado con buen pie.
Su hermana conocía su amor secreto. Pudo imaginar quién le había alegrado la mañana.
—Quería hablar con Mireya. ¿Está por ahí?
—No ha llegado todavía.
—¿Mireya habló contigo para lo de la vacante de secretaria en Barcelona? Quedamos en que me llamaría y no he tenido respuesta.
—Sí, me lo comentó. No quería llamarte hasta que no tuviese una sustituta —explicó Alejandra.
—¿Y bien? ¿Tenéis a alguien ya? Mira que aquí estamos algo desbordados. Nos vendría muy bien su ayuda.
—Sí, sí. Ya la tenemos. Esta misma tarde viene para que le hagamos una entrevista.
—Perfecto. Haz el favor de decirle a Mireya que me llame.
—Descuida, se lo diré —aceptó.
—¡Ah! Por cierto, esta semana tengo pendiente ver algunos locales para poder llevar a cabo el tema de logística. En cuanto tengamos el lugar, habrá que aumentar la producción para abastecerlo —lo comentaba mientras firmaba unos documentos.
—No te preocupes. En cuanto nos des la orden, lo tendremos todo listo —prometió—. Hablaré con José para que se traslade a Barcelona unos días y te ayude con todas las gestiones.
—Eso sería estupendo. Confírmalo con él y me comentas si puede ser. —Inés necesitaba cortar la conversación—. Hasta pronto, hermana. Aver si sacas un hueco para llamarme y hablamos tranquilamente.
Colgó el teléfono justo cuando Mireya entró.
—Era Inés, que la llames cuando puedas para hablar del traslado —le explicó Mireya.
—Más tarde la llamo. —Intentó sacar una sonrisa, algo forzada, pero apenas lo logró.
En la tienda de Barcelona...
—No, Sofía. No voy a ir a comer contigo —dijo Lina mientras limpiaba el polvo.
—¿Por qué? Llevo una semana que solo te veo aquí, en la tienda —se quejó.
—No me apetece. Quiero ir a casa a comer con... —se calló a tiempo, antes de decir «con Inés». En lugar de eso, dijo alterada—: No tengo por qué darte explica ciones.
Llevaba días sin dormir bien y eso le afectaba al humor.
—Pero... —intentó replicar.
—Ni pero, ni pera. Te he dicho que no me apetece. Por favor, no insistas. —Dejó el plumero de malas formas sobre el mostrador y se fue al almacén.
Sofía se quedó en la tienda. No encontraba sentido a la reacción de Lina.
Esta comenzó a colocar unos vestidos en perchas.
Cuando fue a salir del almacén, vio a Sofía en medio de la tienda.
Su cara era la de una niña pequeña que no entendía nada.
Cogió aire. No podía pagar su malestar con ella.
No había hecho nada malo. Todo lo contrario: solo quería ser su amiga.
—Perdona, hoy me he levantado con el pie izquierdo —se disculpó.
Sofía no dijo nada. Cosa que a Lina le sorprendió. Era la primera vez, desde que habían cogido confianza, que no hablaba. Lina dejó los vestidos en el mostrador, se acercó a ella. Le levantó el mentón con dos dedos, hasta que sus ojos se encontraron.
—No me lo tengas en cuenta —dijo con un tono muy dulce.
—¿He hecho algo que te ha molestado? —preguntó Sofía.
—No. ¿Por qué piensas eso?
—Desde que pasó lo del almacén estás diferente. Ausente. Enfadada. A las clientas las tratas como siempre, pero a mí no. Ya no hablamos, no quieres venir a comer conmigo, ni a tomarte nada después del trabajo... No sé, quizás hice algo que no te gustó… ¿Es porque no te ayudé?
La situación era demasiado complicada para darle las verdaderas explicaciones.
—No, no estoy enfadada contigo, ni has hecho nada malo. Todo lo contrario. Se podría decir que eres mi única amiga aquí. Soy yo, con mis cosas. Hoy no me he levantado muy católica —se disculpó.
—Entonces... ¿comemos juntas? —preguntó con un tono de voz cargado de ilusión.
A Lina no le apetecía ir, pero le partía el alma ser tan injusta con Sofía.
—Sí, comemos juntas. Pero con una condición. —Levantó el dedo índice.
—¿Cuál? —se interesó.
—Que me cuentes todos los avances que hayas tenido con Tomás... y... y… —repitió para hacer más énfasis en lo que iba a decir a continuación— no te vayas con él y me dejes sola. Vamos a comer juntas, las dos.
De esa manera, Espe no podría hablar con ella.
—Hecho —aceptó y extendió la mano para sellar el trato.
Lina le estrechó la mano forzando una mueca muy seria. Ambas se rieron. El teléfono sonó. Lina se adelantó a cogerlo.
—Hilos de la Corte, dígame —contestó de manera automática.
—Buenos días, Lina—dijo Inés, aparentando normalidad—. ¿Pue-des hablar? —preguntó con una sonrisa en los labios.
—Eeehh... —dudó. Por suerte, una clienta entró en ese momento en la tienda—. Sí, ahora sí. Dime.
—Esta tarde, cuando salgas de trabajar, ¿te apetece que nos vayamos a la playa? Hace un día estupendo y podríamos aprovecharlo —bajó el tono de voz como si fuese una confidencia.
Inés imaginó perfectamente la sonrisa de Lina al otro lado del teléfono.
—Es imposible rechazar esa oferta —imitó el tono confidencial—. Por cierto, hoy como con Sofía.
El gesto de Inés cambió por completo, pero por suerte Lina no podía verla.
—Perfecto. ¿Te parece si, cuando termines de trabajar, nos vemos en casa para coger el traje de baño? —intentó mantener la calma.
—Allí nos vemos —se despidió.
Colgó el teléfono y se sintió muy feliz.
La preocupación que la perturbaba toda la mañana se empezó a desvanecer.
Era muy curioso cómo solo una llamada podía hacerla sentirse tan bien.
Ana Belén entró a la tienda con una carpeta llena de papeles.
Dio los buenos días, miró a Lina de arriba abajo y se metió en su despacho.
«Esta... algo trama» pensó Lina.
La mañana fue bastante ajetreada. Se hicieron muchas ventas. Sofía se había esforzado mucho. Desde que Lina le dio el catálogo, se lo había aprendido todo al dedillo, y con sus consejos lo estaba haciendo realmente bien.
La hora de comer llegó casi sin darse cuenta. Cuando ya lo tenían todo listo para cerrar, salió Ana Belén del despacho.
—Las quiero a las cuatro y veinticinco aquí. Debo comentarles una cosa antes de empezar el turno de tarde —sentenció Ana Belén, sin dar opción a contestar.
Las dos dependientas asintieron y la encargada se fue. Sofía y Lina se fueron a comer.
Cuando llegaron al bar, Lina se tomó unos segundos antes de abrir la puerta. «Actúa con total normalidad. Lo mismo se le ha olvidado», pensó.
Entró y evitó buscar a Espe con la mirada; fue dir ecta a la mesa con Sofía y se sentó de espaldas a la barra.
Tomás llegó en breve para tomar sus pedidos.
La comida fue muy bien, divertida. Lina echaba de menos las ocurrencias de Sofía.
Se pusieron al día en lo referente al camarero.
Sofía le contó que habían tenido un par de citas, pero solo se habían dado un par de besos, y había tenido que ser ella quien se lanzara.
Entre conversación y conversación, Lina miraba a su alrededor disimuladamente para controlar dónde estaba Esperanza.
La vio un par de veces atendiendo mesas cercanas.
No pudo evitar fijarse en ella. Estaba muy guapa.
Su moño habitual estaba medio deshecho, y le caían un par de mechones por la cara que le daban un toque muy atractivo, por no hablar de esa camisa. El azul le quedaba fantástico.
Cuando llegó la hora de pedir los postres, Sofía se excusó para ir al baño.
—Ahora vengo, pídeme lo que sea con chocolate.
Lina lo estaba pasando tan bien que olvidó la razón que la había mantenido lejos del bar estos días. Solo pensaba en la tarde de playa con Inés.
—¿Vas a querer postre? —la voz de Espe la sacó de la imagen de Inés tomando el sol.
—Sí... ¿Qué tienes? —preguntó evitando el contacto visual.
—Pues tenemos: galletas de jengibre con picatoste de torreznos y tarta de chocolate con guindilla del diablo. —Esperó su respuesta.
—¿Que tienes qué? —gritó muy extrañada mirándola.
—Por fin me miras a la cara. —Se sentó en la silla que antes ocupaba Sofía.
—Sí, te miro a la cara —intentó aparentar normalidad.
—Sabes que debemos hablar de lo que pasó. No entiendo por qué este rechazo si está claro que tú... —bajó la voz— me entiendes perfectamente.
Lina frunció el entrecejo, pero no dijo nada. Le asustaba ver a Espe enfadada.
—Sé que este no es el momento ni el lugar para hablar de ello, aun así, tenemos que hacerlo. Eres consciente, ¿no? —Espe se acercó a ella para que no las escuchase nadie.
—Lo soy. Es solo que... —miró a su alrededor antes de continuar—no esperaba verte con tu novia.
—No es mi novia —aclaró mirándola directamente a los ojos.
Lina sintió alivio al escuchar esa frase, pero a la vez estaba más desconcertada. La mirada de Espe la atrapó y ya no pudo apartarse de esos ojos tan enigmáticos.
—Yo no doy... —susurró— ese tipo de besos a mis amigas.
Espe con su mirada le hizo entender que se estaba metiendo donde no la llamaban.