Distancias cortas
Había transcurrido una semana desde que Inés y Lina fueron al teatro. Desde que Lina encontró a Espe besando a otra mujer.
Lina evitó pasar por el bar. No quería afrontar la conversación que debían tener. Había pensado mucho durante esos días y todavía no se entendía a sí misma.
Sus sentimientos estaban enfrentados. Por un lado, le encantaba la idea de tener a alguien con quien poder hablar libremente de sus gustos sin temor a que desvelase su secreto.
Pero por otro lado, se sentía traicionada. Hubo momentos en los que Espe mostró un interés real (o eso sintió ella) más allá de una amistad.
Lina tenía una relación con Inés, la amaba. Todo su corazón le pertenecía. Eso estaba claro. Entonces... ¿por qué esa sensación tan incómoda al ver a Espe besando a otra mujer?
Rememoró ese momento muchas veces, más de las que le habría gustado admitir. Debía existir una razón y tenía la intención de averiguar cuál. Por eso, reflexionó mucho sobre el tema.
Esa noche, el recuerdo de lo sucedido en el bar volvió a su mente para perturbarla antes de dormir.
Lina se negó rotundamente a pasar otra noche dando vueltas en la cama buscando respuestas, que en verdad eran excusas.
Pues, en lo más profundo de su ser era totalmente consciente de los motivos, solo que no se atrevía a afrontarlos.
Tal vez por el cansancio, tal vez por la preocupación de los días, pero esa noche acabó aceptando que Espe le atraía de alguna forma. Y que se había puesto celosa al verla besando a otra mujer.
A pesar de eso, tenía muy claro que su relación con Inés iba a continuar igual. La amaba y eso no cambiaría por muchos celos que sintiese.
El hecho de aceptar y reconocer sus sentimientos paralizó el ruido de su cabeza y pudo dormir con un sueño profundo.
Lina estaba en el bar, llevaba el vestido negro con el que fue al teatro. Espe estaba sentada frente a ella, hablando.
De pie junto a la puerta, justo donde vio a Espe besarse con esa chica. Era como si viese la escena de nuevo, solo que esta vez deseaba ser ella quien recibiese los besos. En un instante, Espe estaba frente a ella. Podía sentir su respiración en el rostro, el olor de la cerveza de su aliento.
Sus ojos color miel estaban clavados en ella, no podía resistirse. Las ganas de probar sus labios eran más grandes que el deseo de frenarse. Cuando Espe se acercó, ella no retrocedió. Todo lo contrario, abrió lentamente la boca y la recibió con gusto.
Sus labios se entendían a la perfección, como si ya se hubiesen besado en otra vida.
No tuvo que pedir permiso, entró en su boca sin previo aviso.
El calor de su lengua le hizo estremecerse hasta lo más profundo.
Sentía cómo la temperatura de su cuerpo iba aumentando. Deseaba que le quitase el vestido.
Como si Espe pudiese leer sus pensamientos, llevó sus manos a la parte trasera del vestido, bajó lentamente la cremallera dejando su espalda al aire. Sintió sus manos cálidas acariciando su piel mientras el vestido caía al suelo dejándola semidesnuda.
Espe se tomó unos segundos para admirar la belleza que tenía delante. Lina no sintió vergüenza, ni incomodidad. Todo lo contrario, ver en sus ojos cómo aumentaba el deseo le hizo sentirse poderosa, perfecta.
Cuando sus miradas conectaron, una sonrisa maliciosa se dibujó en su rostro.
Estaba claro lo que quería y pensaba ir a por ello.
La cogió del cuello de la camisa y la atrajo.
Necesitaba la suavidad de sus labios de nuevo.
Un par de besos más fueron suficientes. Espe comenzó por el cuello, besos grandes, juguetones.
Un leve mordisco para ver su reacción. Al notar cómo la electricidad recorría el cuerpo de Lina, supo que la delicadeza y lo salvaje se podían combinar en ella.
Bajó lentamente, demasiado despacio para lo que Lina necesitaba. Por eso le puso la mano en el pelo y la guio hasta su seno derecho. Cuando la humedad de su boca rodeó su pezón, un gemido se le escapó.
No era necesario darle muchas más indicaciones, pues todo lo que esa boca hacía le provocaba una oleada de excitación.
Lina deseaba besar sus labios, pero el placer que le provocaba donde estaba, le disuadió de la idea y la dejó continuar.
Espe se detuvo, la miró desde la altura de su ombligo. Necesitaba permiso para continuar. Lina al dejar de sentir placer abrió sus ojos y buscó los de ella. Quería saber por qué se detenía.
Encontró a Espe con las manos en sus caderas, dispuesta a quitarle el resto de la ropa interior. Lina movió lentamente la cintura para alejarla del taburete. Esos dedos hábiles fueron bajando la delicada prenda hasta sacarla por los pies.
Un escalofrío recorrió su cuerpo. No deseaba más, lo necesitaba. Al tener a Espe en su zona más caliente solo tuvo que moverse un poco para acercarse a su boca.
Espe le dedicó una última mirada cargada de excitación y deseo. Lina se preparó para sentir el placer de esa boca prodigiosa.
La lengua de Espe se posó en ella, directa, sin aviso.
Su boca envolvió su clítoris provocándole un calor inmenso que recorrió su cuerpo como un huracán, llevándose todo, dejando solo excitación y deseo.
Llevó su mano a la cabeza de Espe. Una parte de ella quería más, pero a la vez eran tan excitante dejarse llevar…
su cuerpo quería alejarse de tanto placer, a la vez que su mano no permitía que Espe se apartase de ella.
Su corazón iba a mil por hora, había olvidado lo que era respirar, solo emitía gemidos. La excitación la estaba dominando por completo. Quería más de ella. Más placer, más caricias, más…
Lina se despertó de un sobresalto en su cama. Su respiración era profunda y cortada, el corazón le latía tan fuerte que sentía cómo se iba a salir del pecho.
Inés estaba a su lado, durmiendo plácidamente. Ajena a todo lo que acababa de suceder.
Lina tardó en entender que solo había sido un sueño. Se tumbó de nuevo, no creía lo que acababa de soñar. Bajó su mano, la metió por dentro del pantalón y pudo comprobar la humedad en ella. Sería un sueño, pero la excitación había sido muy real.
Fue bajando las pulsaciones, aún le parecía sentir los labios calientes de Espe en su boca. Con esa sensación se quedó dormida.
El despertador sonó. Inés acarició a Lina en la frente para despertarla. Besó sus labios y se levantó para prepararse. Lina se quedó un par de minutos más en la cama. No tenía claro si de verdad, anoche, soñó lo que creía que había soñado. Era todo muy confuso.
«Los sueños no se pueden controlar. No significa nada» se convenció a sí misma.
En la Colonia de Ciudad Real…
A primera hora de la mañana, Mireya caminaba hacia la oficina absorta en sus pensamientos cuando una voz la sacó de ellos.
—Mireya, ¿podemos hablar un momento? —José la detuvo cortándole el paso.
José era el encargado de planificar las rutas de entrega y la disposición del almacén. Todo lo referente a cajas y embalado era su responsabilidad. Vivir en la casa de al lado había estrechado su relación con la familia de la Corte, esto le había ayudado a ascender en la empresa.
—Por supuesto.
José le señaló una de las cocheras para que pudiesen hablar tranquilos. Sabía que tenían unos minutos antes de que llegasen el resto de los trabajadores.
—Se lo he contado a Paloma —dijo sin paños calientes.
Mireya, muy sorprendida, se quedó sin habla. El miedo y la vergüenza la invadieron. José, al ver que no había respuesta, se pasó la mano por la barba de tres días para ganar tiempo. Cogió aire y continuó hablando:
—No aguantaba más. Mentirle cada día me estaba matando. Llevamos una vida juntos. Siento cosas muy fuertes por ti, pero ella es mi mujer. —José daba vueltas mientras hablaba—. Prometí respetarla... y no lo he hecho —dijo antes de apoyarse, rendido, sobre el capó de una furgoneta.
Mireya se tomó unos segundos para darle una respuesta. En el fondo, sabía que este momento llegaría tarde o temprano. Solo que esperaba que fuese más tarde. José era un buen hombre y no se sentía cómodo con las mentiras.
—¿Cómo está tu mujer? —preguntó por no quedarse callada. José no se creía que le hubiese hecho esa pregunta.
—Pues mal, Mireya. Mal. —El enfado era latente—. ¿Cómo quieres que esté?
José tenía razón. Vaya pregunta más estúpida, pensó Mireya. Pero no sabía cómo gestionar todo eso. Su plan era irse a Barcelona antes de que Paloma se enterase.
—No te preocupes, José. Ni quiero que se preocupe Paloma. Yo me voy a ir a la oficina de Barcelona. —Hizo una pausa, pero al ver que José iba a replicar, se apresuró a seguir hablando—: Es lo mejor. Yo me alejo y tú arreglas tu matrimonio con Paloma —sentenció Mireya.
Mireya estaba haciendo un gran esfuerzo por no llorar delante de él. Lo logró… hasta que vio los ojos vidriosos de José.
Desde que Inés le preguntó por una secretaria, Mireya supo que tendría una salida.
A decir verdad, sabía que era la mejor decisión que podía tomar.
Su relación con José, por mucho que le pesase, no iba a llegar a ningún lado.
Él estaba casado y adoraba a su mujer. Estos sentimientos que habían surgido entre los dos era algo precioso, pero les complicaba la vida.
Irse a Barcelona era la mejor solución para ella. Para los dos.
—Mireya, no quiero que te vayas —dijo pasándose la mano por los ojos.
A Mireya se le cayó el mundo encima al escuchar esas palabras. Ella se sentía muy mal por entrometerse en un matrimonio. No quería estropearlo más.
—Debo irme. Dile a Paloma que tú me has mandado a la oficina de Barcelona porque quieres luchar por vuestro matrimonio —su voz sonaba rota de dolor.
José no podía articular palabra, solo negaba con la cabeza.
—Sabes tan bien como yo que es lo mejor que podemos hacer. —Le puso la mano en la mejilla.
José se dejó acariciar. Puso su mano encima de la de ella y la atrajo para besarla. Los dos sabían que era un beso de despedida, que sus labios no se volverían a juntar.