Juntas en Barcelona Algo es distinto #5
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Algo es distinto #5

—Qué enrevesada eres. Sí, he tenido relaciones algo complicadas, bueno, creo que todas lo son —aclaró—. Pero como no me des más pistas… no sé por dónde vas.

Lina suspiró. Era muy complicado contarlo sin dar detalles personales, como que todo esto era por una mujer.

Por muy bien que se llevase con Espe y en algún momento le pareciese que tenían los mismos gustos en lo referente a este tema, no estaba segura.

Espe vio sus dudas y comprendió que la estaba incomodando.

Decidió seguir hablando ella y darle más tiempo para que confiase.

—A ver… no me voy a meter en el tipo de relación que tienes con esa persona.

Como te dije, no voy a juzgarte. Solo puedo decirte que todas las relaciones son complicadas y tienen sus altibajos.

Lo más importante de todo es… —hizo una pausa para apoyar su mano en la pierna de Lina y acercarse un poco más a ella— que las cosas buenas superen con creces a las malas.

Eso de «quien bien te quiere te hará sufrir» es un refrán sin pies ni cabeza.

Lina sintió cómo el vello se ponía de punta al notar el calor de Espe. Una pequeña corriente eléctrica le subió por la pierna y se alojó en el estómago. Miró sus ojos color miel y tuvo que concentrarse mucho para decir algo coherente.

—A mí, ese refrán también me parece una tontería. Creo que quien lo inventó era un mujeriego que no quería que su mujer le abandonase —bromeó.

—Puede ser. O tal vez lo decía una mujer muy enamorada para justificar todas sus infidelidades.

Sus risas se escucharon en todo el bar. El ruido de la puerta no pudo silenciarlas. Inés entró. Al verlas sentadas tan próximas la una a la otra, las inseguridades volvieron a ella. Pero esta vez no dejaría que la dominasen.

—Buenas noches, señoritas —saludó mirando a ambas desde la entrada.

Espe se levantó de un salto. Esta vez no quería duelo de miradas.

—¿Va a querer algo? —preguntó poniéndose detrás de la barra.

—No, muchas gracias. —Inés miró el reloj de su muñeca antes de continuar—. Deberíamos irnos ya o no nos dejarán entrar.

—Claro. —Cogió el bolso para sacar la cartera.

—Mañana me lo pagas, ya he cerrado la caja y tenéis prisa —dijo retirando los platos.

—Muchas gracias, Espe, mañana me paso —se despidió regalándole una sonrisa.

Habían pasado un buen rato, era justo lo que necesitaba. Salieron del bar y caminaron unos metros para buscar un taxi. Lina se dio cuenta de que había olvidado su chaqueta en el bar.

—Inés, me he dejado la chaqueta en el bar. Ahora vengo. —Salió corriendo.

El cierre estaba medio bajado. Tuvo que agacharse para poder pasar.

Abrió la puerta. Se encontró a Espe sentada en el mismo taburete donde estaba antes, pero no estaba sola.

Había una chica rubia, con una falda azul y una blusa blanca delante de ella.

Lina no pudo verle la cara. Lo que sí pudo ver fue cómo se besaban.

Espe tenía una mano en su cuello y la otra en la cintura.

La rubia, en cambio, tenía sus dos manos en la cintura de Espe.

El beso era apasionado, pero delicado. Sus sospechas eran ciertas, Espe la entendía perfectamente.

Sintió una punzada en el pecho. Su primera reacción fue salir de allí.

Dio un par de pasos hacia atrás y chocó con la puerta haciendo un ruido atroz que alertó a las dos mujeres.

La rubia se quedó inmóvil en el sitio. Espe se levantó rápidamente del taburete y fue directa hacia Lina.

—No es… —intentó decir que no era lo que parecía, pero era exactamente lo que parecía.

Lina la interrumpió.

—He olvidado mi chaqueta. —Se acercó a la mesa para cogerla y se giró para marcharse.

—Déjame que te explique—pidió Espe.

—No hay nada que explicar. Como tú dices, no hay que juzgar, además, yo soy la última que podría juzgarte. Por mi parte, todo bien. No hay problema. Me tengo que marchar —dijo con una voz fría. Y se fue del bar.

A Espe no le pareció que todo estuviese bien. Había rechazo en su mirada, decepción. Ella sabía perfectamente que a Lina le gustaban las mujeres, es más, había comprobado por las reacciones de Inés que estaban juntas. ¿Por qué no fue comprensiva? ¿A qué venía esa frialdad? No entendió nada.

Desde la puerta, Lina pudo ver a Inés haciendo señales a un taxi para que parase. Lina aligeró el paso para ponerse a su lado. Se subieron al coche y pusieron rumbo al centro.

—Creo que vamos a llegar a tiempo —dijo Inés contenta.

La miró y se llevó la mano a los labios. Lina sonrió por el gesto, pero no se lo devolvió.

Seguía pensando en lo que acababa de presenciar. Debería estar contenta, tenía una amiga con la que podía hablar abiertamente de su vida privada, de sus emociones, de su relación… «¿Qué pasa? ¿Por qué dolía? ¿Celos? Imposible», se dijo a sí misma.

Inés la vio distraída, puso su chaqueta sobre las piernas de las dos. Metió la mano por debajo buscando la de Lina, cuando la encontró, entrelazó sus dedos con los suyos.

—Lamento mucho haber tardado tanto —se disculpó.

Lina sintió el calor y la suavidad de su piel. Mirarla a los ojos ayudó a ir disipando esa sensación extraña que tenía dentro. La ilusión de ir al teatro como una pareja normal la embargó de nuevo. Un brillo diferente se instaló en sus ojos.

—No pasa nada —respondió más animada.

Inés, al ver esa chispa, respiró tranquila. Todas las cargas del día se habían disipado al ver esos ojos marrones mirándola con amor. Miró sus labios y deseó besarlos.

Lina sonrió y se acarició los labios mientras la miraba fijamente. Al ver esa imagen tan seductora se inclinó para susurrarle:

—Espero que estemos a solas en el palco, porque me muero por besarte.