Juntas en Barcelona Algo es distinto #4
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Algo es distinto #4

Mientras Sofía apuntaba, ella empezó a notar lo cansada que estaba. Pensar en que iría al teatro con Inés la llenaba de energía. Eso sí, que ella se hubiese comido gran parte de su bocadillo ahora le traía consecuencias. Tenía un hambre…

—Cojo yo lo de la lista, así me voy conociendo la nueva disposición —dijo Sofía mientras se marchaba al almacén.

—Si tienes dudas, me dices —le gritó desde la tienda.

Lina respiró satisfecha. Lo había conseguido. Es verdad que la ayuda de Inés le había hecho avanzar bastante.

Una idea apareció en su mente. Fue directa al teléfono.

—Dirección de Hilos de la Corte, ¿en qué puedo ayudarle?—preguntó Nieves.

—¡Hola, Nieves!

—¡Hola, Lina! ¿Qué tal está? —Nieves cambió su tono de voz radicalmente a uno más animado.

—Muy bien ¿Y usted? ¿Qué tal está? —preguntó con una sonrisa.

—Cansada, hija mía, cansada. Pero bueno, espero que esta reunión no se alargue mucho y pueda irme a casa —dijo casi como un deseo.

—¿Todavía están reunidos? —preguntó disimulando su intención. Enterarse de cuánto les quedaba.

—Sí, doña Inés tiene que lidiar con muchos frentes. Estos comerciales son muy suyos. Pero bueno, la última vez que entré, les estaba explicando el proyecto nuevo.

—Eso es que ya terminan, ¿verdad? —sonsacó información.

—No sé yo, ese proyecto les cambia mucho las cosas. No le sabría… —cortó la conversación cuando escuchó un ruido en la puerta—. Un momento, Lina, no cuelgue.

Inés había entrado en la secretaría para pedirle un favor a Nieves.

—¿Habla con Lina? —preguntó sorprendida.

—Sí, ha llamado para… —dejó la frasea medias porque no sabía el motivo de la llamada.

—Páseme el teléfono —ordenó.

Antes de acercar el teléfono a la oreja le dijo a Nieves:

—¿Sería tan amable de llevarme un café a la sala de reuniones? Me va a hacer falta.

Nieves asintió y salió de la secretaría.

—Lina —dijo casi en un suspiro—. Esta reunión es interminable.

—¿Te están poniendo muchos problemas?—preguntó preocupada.

—Algo así, son incapaces de aceptar nada nuevo, se lo tengo que explicar como si fuesen niños. He tenido algún enfrentamiento con los más veteranos, pero ya está todo controlado. Solo que… —hizo una pausa para buscar las palabras— va para largo.

—¡No, Inés! —gritó lo más bajo que pudo—. No me canceles el plan. Llevo todo el día trabajando como una mula para poder ir al teatro contigo.

—Lo sé, no te lo diría si no fuese importante —se defendió.

—Pero Inés… yo también soy importante. —El enfado se transformó en rabia.

—Tienes razón. Pero no puedo dejar la reunión a medias.

Lina sintió ira, impotencia. Tantas prisas, tanto trabajo, para nada.

—Inés, no me dejes plantada —dijo muy seria, tanto, que ella misma se asustó de su voz y añadió más tranquila—: Por favor.

Inés cogió aire antes de contestar, tenía poco tiempo para evaluar la situación y elegir la respuesta correcta.

Se le pasó una idea por la cabeza, pero no le gustaba nada.

Cerró los ojos al saber que no había otra opción.

—Lina, voy a darme toda la prisa que pueda. Ve a casa, prepárate y me esperas en el bar de Esperanza. —No se creía lo que le estaba proponiendo—. En cuanto salga de aquí cogemos un taxi y vamos directas.

—¿Quieres que te espere en el bar de Espe? —comprobó la información.

—Sí, es lo más rápido. —Inés se llevó una mano a la cabeza—. No quiero que te quedes más tiempo en la tienda después del día que llevas. Y aquí no puedes esperarme. No sería conveniente que todos los comerciales te viesen.

—Vale, te esperaré allí —dijo comprendiendo la situación.

—No nos dará tiempo a dar un paseo por la ciudad, pero al menos llegaremos al teatro.

—Vale. Me conformo con eso.

Nieves entró en la secretaría. Inés cambió completamente su expresión corporal; la pose «Inés de la Corte» salió a la luz.

—Muchas gracias, Lina, por la llamada… —Hizo una pausa.

Le había encantado despedirse con un te quiero, pero no pudo. Por eso lo escondió:

—Ya sabes… lo que quiero. —Le costó un gran esfuerzo por mantener sus emociones a raya para que Nieves no notase nada.

—Te quiero mucho, Inés —acarició la frase con un susurro tapando el teléfono.

La sonrisa se iba a dibujar en su cara, pero Inés consiguió controlarla. La cambió un poco y se la dirigió a Nieves.

—Muchas gracias, ya puede marcharse a casa si lo desea —se dirigió a Nieves mientras colgaba el teléfono.

Inés no esperó respuesta. Salió al pasillo y, cuando nadie la vio, sonrió tranquilamente con el recuerdo de esa última frase.

En el ba r Esperanza...

Lina abrió la puerta. El bar estaba vacío. Miró su reloj y pudo comprobar que era u n poco tarde para estar en un bar entre semana. Espe levantó uno de los taburetes para poder barrer.

—Vamos a cerrar, si quiere algo tendrá que ser para llevar —dijo sin ser consciente de quién había entrado.

—¡Ah! Vale, lo siento —dijo sin saber si marcharse o quedarse. Espe reconoció la voz al instante.

—¡No! —La miró y se le trabó la lengua—. No... tttú… Tú, pu… pu —dejó de hablar y se controló—. Tú puedes quedarte—consiguió decir finalmente.

Lina estaba preciosa. Llevaba un vestido negro muy bonito, a juego con una chaqueta que le quedaba perfecta y un pequeño bolso en la mano.

Parecía recién salida de una revista de moda de París.

Llevaba el pelo suelto pero recogido con dos trenzas que salían de sus sienes.

Su rostro precioso no necesitaba mucho maquillaje.

Su belleza natural era bastante impresionante.

Espe se quedó atónita mirándola, no pudo decir nada más. En ese momento se dio cuenta de que le gustaba más de lo que pensaba.

—¿Seguro? Mira que si tienes mucho lío me voy —dijo aún con la mano en la puerta.

—No, no, quédate. Me gustaría que te quedases —consiguió articular una frase completa.

Lina no supo qué responder. Espe fue consciente de que había pensado en alto y no debía, por eso cambió radicalmente de tema.

—¿Has cenado? —preguntó poniéndose al otro lado de la barra.

No solía ponerse nerviosa con mujeres tan guapas. Todo lo contrario, solía crecerse. Pero Lina tenía ese efecto.

—No. Es más, venía precisamente a eso. A cenar y pagarte el bocadillo de esta tarde. —Se sentó en el único taburete que quedaba, sin subir a la barra.

—Por lo de esta tarde… estás invitada. Te he metido en un lío con tu jefa, como para cobrarte —intentó bromear.

Lina recordó cómo había terminado el «lío» con su jefa. Sonrió sin querer.

—La cocina ya la tengo limpia, pero si no te importa comer tortilla de patata fría, te puedo poner un pincho —propuso, dejando la escoba apoyada en la barra.

—No me importa, la tortilla me gusta en todas sus formas.

Espe entró en la cocina. A los pocos segundos salió con un plato grande de tortilla y dos platos pequeños. Puso uno delante de ella y el otro al lado. Fue a coger dos vasos pero antes:

—¿Cerveza o refresco?

—Cerveza —respondió Lina. Después del día que llevaba se lo merecía.

—Cerveza —repitió mientras cogía dos jarras y las ponía al lado del grifo.

Bajó otro taburete y se sentó a su lado. Lina no esperaba que cenasen juntas, por eso la miró con sorpresa.

Espe entendió sus pensamientos al ver su expresión.

—¿Te molesta? —preguntó partiendo el gran trozo de tortilla en dos.

—¡Eeeeh! No —respondió medio dudando.

—Estoy esperando a una amiga, ya que no limpio porque estás aquí, voy cenando —en cuanto terminó de hablar se arrepintió de haberle hablado de la amiga.

Lina no entendía nada, esta mañana Espe había sido muy amable y atenta con ella. Ahora parecía que le molestaba, pero a la vez no dejaba de mirarla con una expresión diferente. Con el día tan intenso que llevaba le costaba pensar con claridad.

—De verdad, si te molesto me voy. Me llevo el pincho de tortilla y listo. —Lina intentó controlarse.

Espe miró su cerveza, le dio un gran trago. Respiró y se giró en el taburete para ponerse frente a ella.

—Esta mañana te he causado problemas. No esperaba verte, me pillas con un poco de prisa.

Pero no quiero que te vayas, ni que sientas que no eres bienvenida.

Como ya te dije, me interesas… —Hizo una pausa para reestructurar la frase que iba a salir por su boca—.

Me interesa todo lo que me quieras contar. Por eso… ¿Qué tal con tu encargada?

Espe salió del paso. Ni ella misma se entendía.

Quería estar con Lina, disfrutar de su compañía mientras cenaban, pero…

esperaba a alguien. Lina tardó en procesar unos segundos.

¿Prisa? Si estaba cerrado. Con lo cómoda que le había hecho sentir en la tienda y lo extraña que le hacía sentir ahora.

Dejó de lado esos pensamientos y prefirió seguir con la conversación.

—Pues muy bien, he terminado el trabajo a tiempo y mi encargada no me ha dicho nada. Solo silencio.

—Menudo corte se habrá llevado. —Le dio un bocado a un trozo de pan.

—Eso creo. Estoy segura de que no esperaba que terminase todo eso en un día. Pero ya ves… —Hizo un movimiento de cabeza triunfal.

—Carolina es de armas tomar —dijo levantando su cerveza para brindar por ella.

La situación se fue calmando por momentos. Lo que empezó con sensaciones extrañas, tornó en una conversación muy agradable. Las anécdotas fluían y las risas eran las protagonistas. En un momento dado, Espe se envalentonó y abordó el tema que llevaba tiempo deseando hablar.

—Bueno… te he invitado a comer, te he metido en un lío, cenamos juntas… ¿me vas a contar ya tu mal de amores? —propuso con una sonrisa.

Lina se rio al ver lo mal que había hilado la conversación para llevarla a donde quería.

—A ti no se te olvida nada, ¿eh?

—No, si es importante —respondió muy tranquila.

Lina la miró directamente a los ojos y algo dentro de ella le confirmó que podía confiar, pero con cautela.

—Pues… a ver cómo te lo explico… —Necesitó tiempo para encontrar la mejor forma de enfocarlo—. ¿Alguna vez has tenido una relación en la que por cosas ajenas a las dos personas, no podéis hacer lo que os gustaría? —La miró sin saber si se explicaba.