Juntas en Barcelona Algo es distinto #3
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Algo es distinto #3

—Yo no le he dicho nada —se defendió.

Lina la fulminó con la mirada. Antes de seguir con el sermón.

—He visto cómo la miras. Créeme, he estado al otro lado de esa mirada y no es agradable.

—Ella no es santo de mi devoción. Hay algo que no me da buena espina —se defendió de nuevo.

—Pues a mí sí me cae bien, me hace reír y tiene detalles como este. No deberías juzgarla.

A Inés le gustaba el carácter peleón de Lina, pero no le agradaba nada sufrirlo en sus carnes. Debía parar la discusión ya mismo. No quería dos días seguidos de reproches y enfados.

Inés dio un paso hacia Lina; en ese momento le habría encantado abrazarla hasta que el cabreo se disipase por completo. Pero Lina no paraba quieta.

—Vale, vale. Lo siento —interrumpió su discurso con un grito—. Lo siento —repitió con más calma.

Lina se quedó paralizada al escuchar la disculpa.

—No debí… tienes razón. La miré mal. No es por poner excusas, pero de verdad no me gusta y creo que empiezo a saber por qué.

Lina fue a replicar.

—Déjame acabar —le cortó antes de que pudiese empezar.

Lina se quedó con la boca abierta.

—Yo también he tenido una mañana muy liada. Las cosas en dirección no están siendo nada fáciles. Nieves está desbordada y esta tarde tengo la reunión con todos los comerciales de la zona. Tengo que hacer muchos cambios y no sé si serán bienvenidos...

Lina fue a replicar de nuevo. Inés se volvió a adelantar.

—No es excusa, lo sé. Solo digo que las dos estamos al límite y eso ha hecho que nos tomemos las cosas peor de lo que son.

Por mi parte, no esperaba a nadie en la tienda.

Quería aprovechar este ratito para estar contigo, para calmarme.

.. Yal encontrarla aquí… —La miró con ojos implorantes—. Ella, precisamente ella.

—Mejor borramos esta mañana —sentenció Lina de forma muy directa.

—Bueno… antes me puedes contar, con calma, por qué estás recolocando todo el almacén. —Inés la cogió de la mano, necesitaba su contacto físico.

—Ana Belén me ha castigado por cambiar las cosas de sitio.

Inés intentó contener la risa al ver en ella una actitud de niña pequeña.

—No te rías —dijo riéndose ella misma de su comentario.

Continuó explicando:

—La distribución del almacén no era como la de Ciudad Real, muchas cosas eran difíciles de encontrar o acceder a ellas. Pues… las he ido cambiando de sitio sin decir nada… Ana Belén se ha enterado y le echó la bronca a Sofía.

—Y tú la has defendido.

—Claro. Ana Belén me ha dicho que hasta que no lo recoloque todo y le dé explicaciones de por qué los cambios, no me voy a casa.

Inés asintió entendiendo la situación.

—Imagino que no se lo dijiste de la forma más tranquila, ¿verdad? —Sabía perfectamente la respuesta.

—Pues… no.

Inés miró su reloj. Quedaba un poco más de media hora para abrir la tienda. Le dio un beso rápido en los labios y cogió los papeles donde estaba apuntando los cambios. Se sentó en una de las sillas y empezó a leerlo.

—Tú mueve las cosas y yo justifico los cambios —ordenó de forma amable, sin levantar la vista del informe.

—¿Me vas a ayudar? —preguntó sorprendida.

—Claro. —La miró a los ojos—. Quiero ir al teatro contigo. Además, las normas del almacén las escribí yo, iremos más rápido.

Lina recobró energías. Dio un par de pasos para darle un dulce beso de agradecimiento.

Inés empezó a escribir, un olor delicioso le llegó. Sin preguntar, cogió el bocadillo de Lina y le dio un mordisco.

—Debo reconocer que Esperanza cocina de maravilla. Qué rico está esto —dijo con un tono divertido.

Lina, al escuchar el nombre de Espe, recordó el momento con el pañuelo.

«Ha sido un desliz. La atracción no es real. La cercanía, la suavidad de esa tela… Un momento de confusión lo tiene cualquiera. No debo darle importancia» se convenció.

El tiempo pasó volando. Ya casi era la hora de abrir.

Inés, que había dado buena cuenta del bocadillo, miró a Lina.

Esta estaba terminando de colocar unos vestidos; lo hacía con tal delicadeza que no pudo evitar recordar cómo esas manos tan delicadas podían hacerla estremecerse hasta la extenuación cuando estaban a solas.

Se levantó y fue directa a darle un beso. Uno atrevido, fogoso. En cuanto la sintió dispuesta, le metió la lengua y jugó con la suya. La respiración se aceleró al instante, al igual que sus pulsaciones. Inés se dejó llevar y con su mano agarró uno de sus pechos. Un gemido se coló entre sus labios.

Inés paró de golpe. Lina se quedó petrificada, pensaba que alguien había entrado y ella, por la excitación que sentía, no lo había escuchado.

Inés se quedó frente a ella mirándola con cara divertida.

—¿Y esto? —preguntó Lina aún con la respiración acelerada.

—Me apetecía darte un poco de lo que pasará esta noche… si te portas bien, claro. —Le dedicó media sonrisa.

Lina no supo qué responder, estaba descolocada y sus partes íntimas ardían. Intentó atraerla para que le diese otro beso. Se mordió el labio y miró fijamente los labios de ella.

Inés estuvo a punto de caer en la trampa, pero en el último momento se separó.

—Esta noche —sentenció.

Lina soltó un gran suspiro. Inés se fue con una sonrisa de satisfacción.

Esa sonrisa le duró hasta que entró en la oficina y se encontró con Severiano.

—Buenas tardes, señora. —Hizo un movimiento de cabeza a modo de reverencia y se metió en su despacho.

Inés fue a devolverle el saludo, pero la puerta ya se había cerrado.

«Hombres, no saben perder» pensó para sí.

Inés se pasó por la secretaría para ver que todo estaba listo.

—Nieves, ¿qué tal está? —preguntó desde el marco de la puerta.

—Bien. Las copias de lo que mandó ayer ya están listas, las carpetas están en la sala de reuniones. Ahora estoy terminando las nóminas — explicó satisfecha.

—Me parece bien, así se llevarán algo bueno de todo esto —bromeó Inés.

Nieves no tenía fuerzas para reír. Solo sonrió mientras se masajeaba las manos.

—Aún no está cerrado. Es probable que venga la actual secretaria de Ciudad Real para ayudarla con todo el trabajo. Estoy esperando su respuesta —quiso tranquilizarla.

A Nieves se le iluminó la cara.

—¿Tan pronto? —dijo con ilusión.

—Es evidente la necesidad, sobre todo para usted. No me gustaría que enfermase por mi culpa —respondió con una mirada muy cálida.

—Gracias.

—No me las dé. Si necesita algo más, hágamelo saber.

Nieves asintió orgullosa por escuchar a su jefa cuidarla y valorarla de esa manera.

Los comerciales empezaron a llegar. La secretaria los fue derivando a la sala de reuniones. Cuando ya estaban todos, Inés se pasó por el despacho de Severiano.

—¿Puede venir a la sala de reuniones? —preguntó a modo de orden.

—Por supuesto.

Severiano se levantó y caminó con desgana hacia la puerta mientras se abrochaba los botones de la chaqueta. Inés, al verlo, le dijo:

—Llévese algo para apuntar, lo va a necesitar.

Severiano sacó unos papeles de un cajón, los metió en una carpeta y comprobó que su pluma estaba en el bolsillo de la chaqueta.

Inés entró en la sala de reuniones, seguida de Severiano. Nada más verla, todos los comerciales guardaron silencio.

Inés les fue mirando uno a uno según caminaba hacia su lugar al frente de la mesa.

Era muy consciente de las diferentes reacciones que podía provocar solo con su presencia y en aquella sala las encontró todas.

La mayoría mostró sorpresa; otros, incredulidad; y un par de ellos, la devoraron con la mirada.

—Buenas tardes, caballeros—comenzó la reunión—. Para los que no me conocen, soy Inés de la Corte, la directora de Hilos de la Corte. Desde la junta de accionistas hemos decidido trasladar la dirección de la empresa a este sector por dos motivos fundamentales…

Inés continuó hablando con un discurso directo, tajante y sin dar espacio a la intervención. Había logrado captar toda su atención. Esperaba que siguiese así el resto de la reunión; había muchas cosas de las que hablar y muchos cambios que introducir.

Mientras, en la tienda…

Ana Belén llegó a falta de media hora para cerrar. Dejó sus cosas en el despacho y salió para revisar el almacén.

—Carolina —la llamó desde allí.

Lina cogió aire, se recolocó el pelo, después la falda y fue a su encuentro.

—Sí, doña Ana Belén. —Le dedicó su mejor sonrisa de dependienta.

—Veo que ha terminado —dijo mientras pasaba la mano por una de las estanterías de arriba para comprobar que no hubiese polvo.

Lina asintió manteniendo la sonrisa.

—¿Dónde está el informe con todos los cambios? —preguntó con la esperanza de que no lo tuviese.

Lina, sin decir nada, se dirigió a la mesa y le entregó una carpeta.

—Tiene todos los cambios realizados y la justificación.

Ana Belén estaba sorprendida, pero no iba a dejar que ella lo notase. Abrió la carpeta y empezó a leer. Muchas de las justificaciones eran totalmente desconocidas para ella. Tanta información nueva la abrumó. Se limitó a decir:

—Muchas gracias. —Se fue a su despacho.

Ese silencio le supo a gloria. Ana Belén no había podido con ella.

Sofía entró en el almacén, la cogió del brazo y la arrastró a la tienda.

—¿Qué te ha dicho? —preguntó muy emocionada.

—Nada —dijo negando con la cabeza.

—¿Nada? Pero si has hecho un trabajo tremendo. —No se creía lo que estaba escuchando.

—Ha leído el informe y se ha marchado. Sin más.

—Yo no sé mucho de esto, pero creo que le has dado un buen corte. Estaba segura de que no lo lograrías en un día. —Señaló con la cabeza al almacén.

—Pues va lista. Otra cosa no, pero cabezota soy un rato.

Las dos se rieron. Sofía miró la hora en su reloj.

—Si quieres, vete a descansar. No creo que salga. Se irá más tarde solo por no cruzarse contigo.

—Quita, quita. Yo me quedo hasta que sea la hora. No vaya a ser que mañana me mande otro trabajo de este tipo, solo porque me he ido cinco minutos antes.

—Pues también es verdad.

—Vamos a hacer una lista de las prendas que hay que reponer. Ahora que domino este almacén, ya verás qué rápido se hace.