Juntas en Barcelona Algo es distinto #2
15%

Algo es distinto #2

—Imagino. No te preocupes, no quiero que tengas problemas por mi culpa. —Metió unos vestidos en una caja para cambiarlos de lugar.

—Me voy a comer, pero prometo volver antes. Así me ocupo de barrer la tienda. ¿Vale? —Sofía se disculpó a su manera con esa frase.

Lina asintió y continuó con el trabajo.

Iba de un lado a otro anotando todos los cambios que hacía. Tuvo la tentación de llamar a Inés varias veces para contarle la jugarreta, pero podía imaginar sus palabras: ten paciencia, no debiste contestarle, tienes que ser más inteligente… Prefirió no hacerlo.

El timbre del teléfono la sobresaltó. Pensó que Inés le había leído el pensamiento.

—Dígame —contestó con una voz muy sensual. Por un momento se olvidó de que pudiese ser otra persona.

—¡Vaya! Si siempre contestas así, voy a tener que llamarte más a menudo —respondió la persona al otro lado del teléfono con un tono divertido.

A Lina le sonó mucho la voz, pero no terminó de saber quién era. Antes de poder decir nada más, le preguntaron:

—¿De qué quieres el bocadillo? La ubicó inmediatamente.

—¡Espe! —dijo con alegría.

—Pues sí que te alegra mi llamada.

Lina imaginó la sonrisa que se le dibujó a Espe.

—Claro que me alegro. Mi mañana no ha sido la mejor. Si te soy sincera, tengo mucha hambre. Pero… ¿cómo sabías que necesitaba un bocadillo? —La curiosidad le pudo.

—Sofía me lo ha contado todo. Espero que no te importe. —Hizo una pausa, pero corta. Continu ó hablando—: He pensado que necesitabas comer algo. Ya sabes, para coger fuerzas… Le he pedido el teléfono de la tienda para preguntarte y, de paso, hablar un rato. ¿Te molesta?

—¡Para nada! Todo lo contrario. Muchas gracias. Eres muy amable por preocuparte por mí. Y… Sí, me vendrá bien coger fuerzas.

Quizás Sofía y Esperanza podían ser sus amigas, pensó. La verdad es que en momentos como ese necesitaba más personas con quién hablar, aparte de Inés. Su círculo social en Barcelona era muy reducido.

—¿Entonces? ¿Quieres uno de jamón serrano con queso? ¿O prefieres algo más consistente?

—El de jamón me encanta, pero creo que voy a elegir algo más consistente. Me rugen las tripas —confesó entre risas.

—No digas más. Ahora mismo te lo llevo.

—No te molestes, cuando venga Sofía que me lo traiga—le propuso.

—Eso va para largo, está con Tomás hablando de sus cosas. Además, el bar está tranquilo. Te lo llevo y de paso… —hizo una pausa que despertó la curiosidad de Lina— te veo y me haces una visita guiada por la tienda.

—¡Hecho! La puerta está cerrada, pero llama, que estaré pendiente —contestó al instante.

—Perfecto. Me gusta que estés pendiente de mí. Ahora nos vemos. —Una sonrisa maliciosa se dibujó en su rostro.

—Nos vemos —se despidió Lina.

No entendía por qué, pero esa llamada le había despertado una sensación diferente. Sentir que alguien se preocupaba por ella fue muy gratificante. Sonrió feliz. Volvió al trabajo con energías renovadas.

Lina estaba apoyada en el mostrador escribiendo el informe de todo lo que había cambiado. No recordaba la explicación de los movimientos. Hacía tanto tiempo que lo sabía… era así y punto.

Unos golpes en la puerta la sacaron de su concentración. Alzó la mirada y vio a Espe con una bolsa de tela en la mano. Lina salió corriendo hacia la puerta.

—Qué rápido has venido —dijo a modo de saludo.

—He oído tus tripas desde la cocina, no podía demorarse más — bromeó Espe.

Entregó la bolsa a Lina. Al cogerla, la abrió para inspirar el olor del bocadillo. Le dio más hambre todavía.

—¿De qué es? —Se le hizo la boca agua.

—Es mi bocadillo favorito y el más contundente. Pollo con beicon y queso. No está en la carta.

—Beicon… —salivó al decirlo— después del jamón serrano es lo que más me gusta —lo dijo con un tono que a Espe le resultó muy gracioso.

—Pues… que te aproveche.—Le guiñó un ojo.

Antes de que Espe pudiese terminar la frase, Lina lo había abierto y le había dado un buen bocado.

—Mmm… buenísimo—dijo con la boca llena.

—Me encanta que te guste. —La miró directamente sus ojos.

Lina no supo si esa frase venía con segundas intenciones o era ella quien le había dado una vuelta de más.

Espe, al ver que Lina se quedaba pensando, decidió cambiar de tema. Caminó por la tienda mirando los expositores.

—¿Aquí es donde te metes todo el día? —preguntó mirando a su alrededor.

—Sí, estos son mis dominios. Bueno, hoy yo no he salido del almacén. —Se rio mientras le daba otro bocado.

Espe cogió un pañuelo, de los de mayor calidad.

—¿Puedo? —preguntó con sus dedos en la esquina.

Lina asintió, acto seguido dio un paso hacia ella y estiró el brazo para coger el otro extremo.

Al hacerlo se acercó más de lo que pensaba a ella.

Espe solo pudo fijarse en sus ojos y se olvidó de que su mano estaba sobre el pañuelo tirándolo al suelo.

Al agacharse para recogerlo, sus cabezas chocaron provocándoles un dolor agudo.

—Perdona. Te has acercado y me he puesto nerviosa —confesó Espe llevándose la mano a la cabeza.

—No, no. Perdóname tú. Iba a estirarlo para que lo vieses mejor. —Ella se frotó la frente.

A pesar de lo inconveniente del golpe, ninguna de las dos se movió un palmo del sitio. Se sentían cómodas a esa distancia tan corta. Espe miró a Lina a los ojos y después a sus labios. A continuación, cerró los ojos y se pasó el pañuelo por el rostro.

—Me gusta mucho lo suave que es —dijo, aún con los ojos cerrados.

Lina no contestó, se limitó a observarla.

Tenía la piel suave y lisa, una leve sonrisa dibujada en su rostro, una expresión de vulnerabilidad que contradecía mucho con la imagen que se había hecho de ella, una mujer ruda de taberna.

En ese momento, reconoció que era muy atractiva.

No tenía una belleza de revista, pero había algo en ella que la diferenciaba del resto, la hacía especial.

Quizás fuese por la cercanía, por el momento tan íntimo que estaban teniendo o por lo agradecida que estaba de recibir atención, pero algo cambió en ese preciso instante. No había vuelta atrás. Le gustaba.

Espe abrió los ojos y miró directamente a los de Lina, era como si supiese que iban a estar ahí, en ese lugar exacto. La respiración de Lina se cortó un instante al sentir su mirada penetrante. No articuló palabra, solo se quedó ahí, nerviosa, paralizada, expectante.

El sonido de la puerta al abrirse rompió el momento. Lina se alejó rápidamente de ella levantándose lo más rápido que le permitieron sus piernas. Se giró para ver quién había abierto la puerta.

Inés no se esperaba ver a Espe en la tienda. Una rabia intensa nació desde lo más profundo de su ser. La sonrisa divertida de la camarera no ayudó a sosegarla. Después, miró a Lina y un rubor en sus mejillas asomó de golpe.

—Señorita Escudero. Estamos fuera del horario de apertura. Le recuerdo que no puede haber clientas en la tienda —puso su voz de directora sin apartar sus ojos de Espe.

—In… Doña Inés, ella solo ha venido a traerme la comida —se excusó.

Mientras hablaba, hubo un duelo de miradas entre Inés y la ca-marera.

Espe, divertida al ver su reacción, le dijo con los ojos que era consciente de sus sentimientos hacia Lina y que el juego acababa de comenzar. Inés, con un semblante serio, la mandíbula tensa y los ojos azules clavados en ella, mostraba toda la rabia que le provocaba su mera presencia.

—¿La comida? —preguntó aún con sus ojos fijos en su objetivo—. Sabe perfectamente que en la tienda no se puede comer. De hacerlo, debe hacerse en el almacén. —Cambió su mirada esta vez hacia la mano de Lina, donde estaba el bocadillo a medio comer.

Hacía mucho tiempo que Inés no le hablaba así; desde sus inicios en la tienda de Ciudad Real no usaba ese tono tan distante y frío.

—Llévese eso al almacén y termíneselo más tarde —ordenó.

A Lina no le gustó nada que le mandase de esa manera. No habían hecho nada malo. Por eso le mantuvo la mirada unos segundos sin pestañear. Su carácter peleón hizo su aparición.

—Sí, doña Inés —contestó retándola con la mirada.

En cuanto Lina se dio la vuelta para ir al almacén, Inés supo que su reacción le traería consecuencias. Pero ahora no se preocuparía de eso. Espe seguía allí.

—Como le he dicho a mi empleada, fuera del horario al público no puede haber nadie en la tienda. —Inés hizo un claro énfasis en la palabra «mi empleada».

Espe levantó las manos con las palmas hacia delante, como si estuviese desarmada.

—Yo solo he traído la comida. Ya me marcho —se fue sin añadir nada más.

Inés la miró hasta que salió por la puerta. Después, respiró profundamente hasta tranquilizarse.

En ese momento, una voz interior le habló: No puedes desconfiar de ella. Contrólate.

Su reacción había sido algo desmesurada, solo estaban hablando. Pero ¿por qué ese rubor en sus mejillas? ¿Quizás se lo había imaginado?

Inés fue al almacén y se encontró a Lina colocando unos cinturones en la segunda balda de la estantería.

—Esto… está muy diferente —dijo Inés para romper el hielo.

Lina la miró muy cabreada. No dijo nada, se limitó a seguir trabajando.

—Venga, suéltalo —le animó resignada, preparada para sufrir su carácter.

—¿Que lo suelte? ¿Que lo suelte? —Lina intentó controlarse, pero no pudo.

Habían pasado muchas cosas esa mañana. Ya se había controlado bastante.

—He tenido la peor mañana desde hace mucho tiempo.

Ana Belén me ha hecho recolocar y limpiar todo el almacén, solo porque hago las cosas como la empresa manda, como tú mandas.

—Hizo una pausa para dar un paso hacia Inés con los brazos abiertos, como si señalase a todo el almacén—.

Me he deslomado haciéndolo rápido. ¿Por qué?

Porque me apetece muchísimo ver esa obra contigo y si no termino hoy, no me voy a casa.

—Pero… —Inés no pudo decir nada más. No entendía de qué le hablaba.

Lina había cogido carrerilla y no había quien la frenase hasta que lo soltase todo.

—Espe ha tenido un detalle conmigo. Me ha traído la comida porque no quería salir para poder terminar. ¿Y tú la tratas así de mal?