Juntas en Barcelona Algo es distinto
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Algo es distinto

—Que te vaya bien el día —le deseó Lina a Inés en la esquina donde se despedían cada mañana.

—A ti también. Luego me llamas para comer juntas.

Después miró a los lados y se llevó los dedos a la boca, como si Lina acabara de darle un beso. Lina sonrió e imitó el gesto. Ese lenguaje secreto les permitía mostrarse su amor en público.

Cada una tomó su camino para llegar al trabajo.

Inés subió hasta las oficinas. En el ascensor hizo una lista mental de todas las tareas que tenía para hoy. Cuando llegó, encontró a Nieves golpeando las teclas de la máquina de escribir. Era muy temprano; Nieves debía de haber entrado a trabajar antes de su hora.

—¡Buenos días, Nieves! —saludó con una sonrisa desde la puerta de la secretaría.

—Buenos días, doña Inés —respondió Nieves con tono cansado.

—¿Se encuentra usted bien?

Nieves no tenía buena cara, parecía que había dormido poco y sus ojos mostraban cansancio.

—Sí, todo bien. Gracias —respondió sin levantar la vista de la máquina de escribir.

Inés entró en la secretaría; ese tono no le pareció el de una persona que estaba bien.

Puso la mano encima de la máquina.

—¿Está segura?

Nieves detuvo de golpe lo que estaba haciendo, tras coger aire, habló:

—¿Le puedo ser totalmente franca?

—Faltaría más.

Tomó una silla que estaba pegada a la pared para sentarse a la altura de su empleada.

—Estoy cansada. Lo siento. De verdad, estoy muy contenta de que usted esté aquí. Pero es demasiado trabajo para una persona. Tengo que pasar todos los contratos, llamadas de clientes, las tareas que usted me pide, las de Severiano, llevar su agenda, los balances...

Nieves soltó un suspiro. Era evidente que no le gustaba mostrar debilidad, pero se estaba quedando sin fuerzas.

—No quiero quejarme, de verdad, doña Inés. Antes… de joven habría podido hacer todo este trabajo sin problema. Pero ya tengo una edad y termino con las manos rendidas —explicó mirándose los dedos.

Inés puso una mano en su hombro. Comprendió que Nieves tenía razón: era mucha carga para una sola persona.

—No se preocupe. Buscaré a alguien. No tendrá que formarla.

Será... —Inés pensó rápido un puesto que sonara bien— ayudante administrativo.

Le ayudará con las copias, con los contratos y con todo lo que usted necesite.

—Nieves se sintió mucho mejor al escuchar esas palabras—.

Déjelo en mis manos, haré lo necesario por facilitarle el trabajo —prometió.

—Muchas gracias, doña Inés. Es la mejor jefa que he tenido jamás.

Inés se dirigió a su despacho. De camino pensó en qué podía hacer para no fallarla.

Descolgó el teléfono y marcó.

—Dirección de Hilos de la Corte, ¿en qué puedo ayudarle?—contestó Mireya al otro lado del teléfono.

—Buenos días, Mireya, ¿ha llegado mi hermana Alejandra a la oficina? —Se sentó en su sillón a esperar la respuesta.

—Sí, solo que ahora está en el almacén repasando un envío. ¿Quiere que la haga llamar?

—No, solo dígale que me llame en cuanto termine. Quiero comentarle un par de cosas.

—Se lo haré saber —dijo Mireya con la intención de finalizar la llamada.

—Un momento, Mireya, usted… ¿conoce a alguna secretaria de Barcelona o de Ciudad Real que no le importe desplazarse? —Esperaba que ella fuese la persona correcta.

—¿Necesitan una secretaria para sus oficinas? —preguntó con sorpresa.

—Algo así. Nieves, la secretaria que lleva encargándose de esta oficina desde siempre, está algo desbordada. Al traer la dirección, le hemos multiplicado el trabajo. No me gustaría ser injusta y hacerla trabajar de más.

—Pero ¿debe tener algún requisito en concreto? —se interesó.

—Ganas de trabajar. —Hizo una pausa para buscar qué más necesitaba—. Nivel alto de mecanografía, que sepa de contratos, con nociones de francés y que sepa cuadrar balances.

—Vaya, parece que me está describiendo —dijo Mireya con un tono de broma que escondía una intención.

—Mireya, ¿le interesa el puesto? —preguntó con sorpresa.

—No quiero aburrirla con mis problemas, pero… en la Colonia no termino de encajar. Además, mi abuela materna vive allí. No me importaría pasar con ella una temporada.

Inés se sorprendió por la velocidad que pudo resolver el problema.

—Si lo desea, puedo hablar con José para que busque a otra secretaria. De ese modo, usted se trasladaría a Barcelona lo antes posible —propuso para zanjar el tema.

—No se preocupe. Usted tiene mucho trabajo. Yo hablaré con José —se ofreció.

—Perfecto entonces, espero su llamada.

—Por supuesto… y no se preocupe, le daré su recado a Alejandra en cuanto la vea.

—Muchas gracias por todo, Mireya. Tan servicial como siempre. Inés colgó muy satisfecha. Una cosa menos de la que preocuparse.

Antes de sentarse en la mesa, fue a la cocina para prepararle un café a Nieves. Algo le decía que lo necesitaba con urgencia.

En la tienda…

—¡Sofía! ¿Por qué los vestidos de verano no están en su sitio? —preguntó Ana Belén desde el almacén.

Sofía corrió hacia la voz. Lina, que perfumaba la tienda, no pudo evitar escucharlas.

—Sabe perfectamente dónde va cada cosa, no sé por qué ahora le da por inventarse la distribución del almacén —le sermoneó en cuanto su empleada se puso a la vista.

—Doña Ana Belén, donde están es más cómodo para... —Sofía intentó explicarse.

—¡No replique! Todo lo de caballero no está en su sitio, los pañuelos de mujer tampoco. ¿Qué pasa aquí? ¿Hago recados un par de días y el almacén se vuelve un desastre?

Lina no pudo evitarlo. Entró dispuesta a defender a su compañera.

—Doña Ana Belén, fui yo quien le dijo que cambiásemos las cosas de sitio.

—Y… ¿Usted quién es para dar instrucciones? —alzó la voz al ver que se entrometía.

Lina, de primeras, se sorprendió. No esperaba ese grito por una nimiedad como esa. Pero estaba muy cansada de la actitud arrogante de su encargada y de la indiferencia con la que la trataba siempre. Esa vez no pensaba callarse.

—Una empleada con mucha experiencia, que sabe cómo deben ordenarse las cosas en el almacén para que el trabajo se haga más rápido y mejor —elevó ligeramente el tono y avanzó un paso hacia su encargada.

—¿Con experiencia? Si solo lleva unas semanas trabajando aquí —replicó la encargada manteniéndose firme en su sitio.

—Aquí sí, pero en Ciudad Real llevo años.

—Lina cogió aire, sus palabras empezaron a salir sin supervisión ninguna—.

Antes de ser dependienta, trabajé en el taller de costura.

Así que sí. Tengo experiencia suficiente como para saber que las cajas de peso se ponen en los estantes de abajo, para que las estanterías estén equilibradas; que las prendas de la nueva línea deben estar muy a mano, donde sea más fácil reponer; que pañuelos delicados deben alejarse de las ventanas para que no se amarilleen con la luz del sol y que la ropa de caballero vanal fondo porque son los que menos vendemos —respiró satisfecha.

Sin darse cuenta, había ido avanzando hacia Ana Belén y al terminar de hablar se encontró frente a ella.

Ana Belén sintió una rabia incontrolable.

Quiso despedirla en ese mismo instante. Nunca antes una empleada le había hablado en ese tono.

A decir verdad, nunca antes una empleada se había enfrentado a ella.

Cogió aire para tranquilizarse, dio un paso atrás para ganar distancia y tiempo.

Se le ocurrió una respuesta para ella y quería disfrutar del momento.

—Muy bien, Carolina, no se preocupe. Ya le iré informando de las obligaciones que tienen las empleadas con tanta…

experiencia. —Hizo una pausa, se recolocó la chaqueta y continuó—: Por el momento, empiece a recolocar el almacén como usted considere.

Si tan obvio es que estoy en un error, sácame usted de él.

Hasta que el almacén no esté ordenado y completamente limpio, hoy no se irá a casa.

Además, quiero un informe justificando la modificación de cada uno de los productos, su lugar anterior y el nuevo —explicó con voz clara y tranquila.

Tras unos segundos que le regaló a Lina para que procesase toda la información, añadió:

—¿Entendido?

Disfrutó al ver la cara de perplejidad de Lina. No esperó la respuesta y se fue a su despacho. Cerró la puerta con mucho cuidado y se hizo el silencio.

—Lo siento. —Sofía se disculpó en voz baja por si podía escucharla.

—No ha sido tu culpa, es ella. No sé qué le pasa conmigo.

—Miró la puerta del despacho con mucho odio.

Después se centró en Sofía y, poniendo sus manos en sus hombros continuó—: Además, en la tienda de Ciudad Real siempre decimos que las dependientas somos una piña.

Y pienso mantenerlo en todas las tiendas donde trabaje.

Sofía la abrazó.

—Gracias —dijo antes de soltarla.

El ruido de la puerta las alertó de que había un cliente. Sofía dudó si salir o no.

—Ve, anda. Llevas días detrás de mí aprendiendo, ¿no? Es el momento de ponerlo en práctica. Yo tengo trabajo aquí —dijo Lina con una mezcla de orgullo por Sofía, pero resignación por el trabajo que tenía por delante.

Las horas pasaron, Lina solo salió del almacén en momentos puntuales para ayudar a Sofía con alguna clienta. Se había quitado el chaleco, estaba sudando y su larga melena estaba algo despeinada.

Ana Belén salió de su despacho. Se encontró a Lina moviendo unas cajas de un lado a otro. La miró de arriba abajo.

—Espero que no salga a la tienda con ese aspecto. Las dependientas tienen que estar perfectas en todo momento —su tono severo tenía un toque de mofa.

Lina respiró antes de contestar. No quería más trabajo, pero se merecía una buena contestación. Debía terminar a tiempo para ir al teatro con Inés.

—No se preocupe —se limitó a decir. Ana Belén salió del almacén.

—Sofía, acompáñeme a la salida —dijo Ana Belén de camino a la puerta. Mientras caminaban, le dijo—: No quiero que la ayude. Si la veo en el almacén haciendo su trabajo, será usted quien tenga problemas. ¿Oído? —sentenció antes de marcharse.

Sofía se acercó lentamente a la puerta del almacén.

—Lina, no puedo ayudarte.