Juntas en Barcelona No todo es bonito
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No todo es bonito

Era temprano, el despertador no había sonado.

Lina despertó sola en la cama. Agudizó el oído, pero no escuchó ningún ruido en la casa.

La noche anterior no hablaron de lo sucedido.

Lina llegó a casa cuando Inés ya estaba en la cama.

Dudó si abrazarla, pero la imagen de esos ojos cargados de dureza le generó rechazo.

Se dio la vuelta y durmieron espalda contra espalda.

Al ver que Inés no estaba, tuvo la certeza de que estaba enfadada. Lina se vistió, desayunó y fue a la tienda. Un día de trabajo era lo que necesitaba para olvidarse de todo.

Una vez en la tienda.

—Carolina, hoy tengo que hacer unos recados para la directora. ¿Serás capaz de quedarte al cargo? —le preguntó Ana Belén mientras revisaba su bolso.

—Por supuesto, doña Ana Belén, quédese tranquila—dijo Lina—. Pero… Sofía.

—Sofía tiene la mañana libre —la interrumpió Ana Belén—.

Si no vas a ser capaz de quedarte sola, reconócelo abiertamente y dejaré mis quehaceres para otro día —dijo la encargada mientras la miraba de arriba abajo.

Su rostro daba a entender que estaba deseando una excusa para quejarse de ella a Inés.

—No, no. Solo era para organizarme—comentó Lina con tono tranquilizador—. Haga lo que deba hacer. Me ocuparé de todo por aquí.

Ana Belén la miró con cierta superioridad.

Pasada una hora de la marcha de Ana Belén, Lina no dejaba de darle vueltas al enfado de Inés. Necesitaba hablar de ello. Una sonrisa divertida se dibujó en su rostro cuando se le ocurrió la solución. Cogió el teléfono.

—Hilos de la Corte, ¿en qué puedo ayudarle? —dijo una voz de mujer con acento andaluz.

—Quisiera hablar con la encargada de la tienda —dijo Lina poniendo una voz más grave de lo habitual.

—Está hablando con ella ahora mismo, dígame en qué puedo ayudarle.

Lina guardó silencio un par de segundos aguantando la risa.

—¡Candela! Soy Lina —dijo casi gritando.

—¡Ay, hija! ¡Menudo susto! Ya pensaba que la habíamos liado en un pedido. —Más tranquila, Candela se alegró de escuchar a su amiga—. Bueno… cuéntame, ¿qué tal todo? ¿Cómo estás en la tienda? ¿Barcelona es tan grande como dicen?

La conversación entre amigas ayudó mucho a Lina, le hizo comprender las consecuencias de sus actos.

Inés la rechazó para protegerlas. Lo había hecho de la manera más discreta posible, con una mirada.

Su enfado era normal. Lina la había puesto en una situación muy comprometida.

El esfuerzo de contener sus ganas, sumado a pararle los pies a Lina…

Enfadarían a cualquiera. El comentario final no había ayudado en nada.

Candela le ayudó a comprender su error. Debía disculparse y tenía que encontrar la mejor forma para hacerlo cuanto antes.

Se tomó un momento para pensar. Se pasó las manos por los ojos para comprobar que su aspecto era el adecuado y se dispuso a atender la tienda. Ya se había entretenido suficiente.

En el despacho de Inés…

Estuvo toda la mañana atendiendo llamadas, revisando informes, contratos... Quería tener lista la reunión con los comerciales del día siguiente.

En el fondo todo ese trabajo solo era una excusa para tener la mente ocupada. La imagen de Lina bailando con Espe aparecía en su recuerdo como un flash inesperado cada poco tiempo. La desconcentraba y la ponía furiosa.

En un arrebato de ira, levantó el teléfono, como un acto reflejo, para hablar con Lina.

Llamaría a la tienda y le ordenaría venir.

Tenía que enfrentarla y sacarse esa imagen de la cabeza.

Entender por qué y saber qué pasó después.

Antes de marcar se arrepintió. Soltó el auricular del teléfono.

Sus manos cubrieron su rostro y sintió ganas de llorar.

Tal vez no debería haberse ido esa mañana sin avisar.

Quizás debía haber hablado las cosas. Seguro que ahora estaría mejor…

Su cuerpo se movió por costumbre, metió la mano en el cajón y sacó su diario.

No supe cómo reaccionar. La vi bailando con otra y no hice nada. Deseaba bailar con ella, lo deseaba con toda mi alma. Tuve que rechazarla para estar a salvo. No pensé ni por un momento que esa acción me traería consecuencias tan nefastas. Lina bailando con otra mujer. Duele solo de pensarlo.

Soy consciente de que en el pasado estuvo con otras mujeres; yo misma conocí a Elena en la tienda, pero no me había parado a pensar que eso podría volver a pasar. Estamos bien juntas, me he alejado de mi familia, he trasladado la dirección de la empresa por ella... ¿Qué más necesita?

Estoy dolida, herida. Mi corazón se siente sin fuerzas y me cuesta respirar.

Cada vez que recuerdo a esa camarera cogiendo su mano y haciéndola reír, me hierve la sangre.

Debí haber abierto la puerta, quitar sus sucias manos de ella y llevármela a casa.

Aunque... Lina no lo habría permitido. Otra cosa no, pero nadie le puede decir lo que debe o no debe hacer.

Ella es libre para tomar sus propias decisiones.

No dudo de su amor ni de su compromiso, pero. .. Esta rabia, esta ira, ¿son celos?

La última vez que estuve tan furiosa con ella fue cuando la vi hablar con uno de los transportistas.

En esa ocasión me equivoqué. Vi algo más donde solo había amistad.

Tal vez me haya confundido también en esto.

Anoche bailó con Sofía, con Nieves, y no pensé nada malo de ellas.

¿Por qué con la camarera sí? Hay algo en esa mujer que no me gusta.

Creo que su interés en Lina es distinto; busca algo más en ella que tener a una clienta contenta.

Esa mirada desde la barra... He lidiado con muchos tiburones en los negocios. .. estoy segura de que quiere algo.

Tengo que apartar estos pensamientos tan oscuros.

Lina me quiere, me ama. Ha dejado a su familia, a sus amigos.

.. toda su vida por nosotras. Por tener una oportunidad de ser felices juntas, lejos de todas las penurias del pasado.

Tengo que confiar. Me lo demuestra en cada beso, en cada gesto.

Sus ojos me lo dicen. Llegado el momento, le sacaré el tema.

No quiero atacarla. Ahora mismo estoy muy dolida para controlarlo. Tengo q ue solucionarlo. Amo a Lina .

Subrayó las tres últimas palabras y cerró el diario. Por un momento sintió alivio. Parte de la carga mental que sentía se había desvanecido. Le pareció curioso el poder sanador de escribir sus sentimientos.

Trabajó sin volver a pensar en ello. Estaba tan inmersa en los balances que no escuchó los golpes en la puerta.

—¿Doña Inés? —Nieves asomó la cabeza.

Inés se sobresaltó.

—Sí, Nieves, pase. Perdone, no la había oído.

—Lina trajo esto para usted. —Nieves se acercó y le entregó un sobre de la tienda.

Inés sintió cómo su corazón se aceleraba. Deseó preguntarle si Lina seguía en la oficina o cuánto hacía que se lo había entregado, pero fingió no darle importancia.

—Muchas gracias. ¿Hay más correo? —Inés metió la carta en una hoja cualquiera de su agenda.

—No, señora, ya se lo entregué esta mañana—respondió con una sonrisa—. Si necesita algo más, no dude en decírmelo. —Sonrió antes de salir por la puerta.

Inés asintió con la cabeza y dirigió su mirada a los papeles que tenía delante. Esperó a que se cerrara la puerta.

Abrió la agenda para sacar la carta. Nada más hacerlo pudo oler el perfume de Lina. Acercó la carta al rostro y, al percibir el aroma, los resquicios de enfado desaparecieron por completo.

Querida Inés:

No me gusta que estemos enfadadas. No tenía que haberte invitado a bailar.

Era lo que más deseaba en el mundo y no pensaba en nada más.

Debí haber sido más cuidadosa y no ponerte en ese apuro de tener que decirme que no.

Lo siento. Iré a casa en cuanto pueda para preparar la comida.

Escápate para comer juntas y hablamos de ello. Por favor.

Te quiero, Lina.

Inés se mordió el labio para controlar la sonrisa. Ella preocupándose y Lina disculpándose. Las dudas, los miedos, las inseguridades, los celos... ya no estaban.

Inés tuvo una idea. Cogió sus cosas y se marchó.

Al pasar por el despacho de Nieves se detuvo para entregarle una carpeta.

—Aquí tiene los informes que les daré a los comerciales en la reunión de mañana. Por favor, haga copia para todos. Volveré después de comer.

—Sí, doña Inés. —Nieves, puso la carpeta en el cesto de alambre que tenía delante.

—Muchas gracias.

…

Ana Belén entró cinco minutos antes de cerrar. Lina tenía todo preparado: la caja contada, las prendas repuestas y el suelo barrido.

—Hola, Carolina, ¿qué tal ha ido todo? —preguntó la encargada dirigiéndose al mostrador.

—Muy bien, doña Ana Belén —respondió un poco apresurada, queriendo salir de allí.

Ana Belén miró la tienda y vio que todo estaba impoluto. Una mezcla de satisfacción y desconfianza la abordó.

—Puede coger sus cosas y marcharse. Ya cierro yo —sentenció la encargada.

Lina se fue rápidamente al almacén, cogió sus cosas y, antes de que cambiase de opinión, salió por la puerta.

Ana Belén revisó el dinero de la caja. Para su asombro, había hecho en una mañana lo que normalmente hacían en un día entero, y estando sola. Iba a ser verdad lo que comentaba Inés: Lina era una excelente vendedora.

Las dudas asaltaron a la encargada. Si Lina era tan buena en tantas cosas que hacía siendo una simple dependienta…

Mientras tanto, en el piso...

Lina iba de un lado para otro. No había tenido mucho tiempo, pero quería preparar algo especial para Inés.

La sopa estaba lista y el salmón en el horno.

Llevó la mesita que había en el salón a la habitación. Se le ocurrió la idea de comer cerca del ventanal con vistas al mar. Decoró la mesa con unas flores que había arrancado de las macetas de la entrada de la tienda. Por suerte, Ana Belén no la vio.

La comida ya estaba casi lista. El sonido de las llaves en la puerta la alertó.

Fue corriendo a recibirla. Lina le ayudó a dejar las cosas en el perchero.

Se produjo un momento de silencio donde las dos querían saber en qué punto estaba la otra antes de empezar la conversación.

Ninguna se atrevía a romper el hielo. Lina estaba dispuesta a comenzar con una disculpa.

¡Riiingg! El reloj de la cocina rompió el momento. El pescado estaba listo.

—Un momento —dijo Lina antes de irse corriendo a la cocina.

Inés miró a su alrededor; algo no estaba en su sitio, pero no logró averiguar qué era.

Lina salió de la cocina. Se posicionó delante de ella y se preparó para hablar.

Inés no le dejó hacerlo. La cogió de la cintura y posó sus labios sobre los de ella.

Lo hizo de una manera tierna, cálida, sin prisa.

No había deseo, solo quería transmitirle el amor que sentía por ella.

Lina lo recogió de la misma manera, tranquila, disfrutando.

Las disculpas comenzaron en forma de beso. Lina apoyó su frente en la de Inés.

—Lo siento —susurró Lina. No hacía falta decirlo, pero se le escapó.

—Yo también lo siento. No debí ser tan cortante —dijo Inés acariciandole el rostro.

—No debí... —Inés la hizo callar con otro beso.

—Ya está. Dejémoslo.

Lina miró directamente a los ojos de Inés. Esta los entrecerró un poquito de una manera muy simpática antes de darle un pequeño beso en la nariz.

—¿Qué es eso que huele tan bien? —preguntó Inés sin dejar de abrazarla.

—Ven. —La llevó a la habitación.

Por el pasillo, Inés preguntó:

—¿No íbamos a comer? —Soltó una risa. Lina abrió la puerta para que pudiera ver la sorpresa y respondió:

—Sí, claro, pero mirando al mar —dijo sin perder detalle de su rostro.

La habitación se iluminó con la luz que desprendió la sonrisa de Inés.

Menuda sorpresa. Ahora entendía por qué el salón le pareció diferente.

Fueron a la cocina a por las cosas que faltaban para poder comer.

Se sentaron junto a la ventana. Hablaron durante toda la comida.

Inés, en varias ocasiones, tuvo el deseo de preguntarle por el baile con Esperanza, pero no quería volver a discutir.

Prefirió dejarlo pasar y olvidar ese tema.

Inés le puso al día sobre la conversación que tuvo con Ana Belén.

Lina le contó su llamada telefónica con Candela.

La comida terminó. Inés se levantó, se llevó los platos a la cocina y volvió con un sobre.

—¿Esto qué es? —preguntó Lina sorprendida.

—Tendrás que abrirlo. —Se sentó en la cama para estar más cerca de ella. Lina rompió el sobre, no podía esperar. Eran unas entradas para el teatro.

— La Celestina —dijo Lina al leer el título.

—Sí, es una obra que me encanta. Sobre todo el personaje de Melibea —comentó Inés con ilusión.

—No la he leído, ¿de qué trata? —preguntó un poco avergonzada.

Inés, con toda la naturalidad del mundo, le empezó a contar:

—Es una obra clásica. Trata sobre dos jóvenes enamorados y de una alcahueta que les ayuda a poder vivir su romance, sacando ella partido, claro. Pero al final... —Inés pausó su relato—. No quiero estropear te el final, tendrás que verlo.

—Suena muy bien, una historia de amor… No creo que sea tan bonita como la nuestra.

—Mañana, después de la reunión con los comerciales, lo compro-baremos.

Lina asintió con ganas. Se levantó de su silla y fue directa a por Inés. Se situó delante de ella y la miró con ojos de deseo. Inés entendió perfectamente lo que pretendía.

—Lina, no tenemos tiempo, hay que volver al trabajo —dijo Inés mirando su reloj.

—Para esto hay tiempo.

A cada palabra fue bajando más el tono. Lina llevó su mano al cuello de Inés, miró un par de segundos sus ojos, como si quisiese coger valor para besarla.

Después de todo el tiempo que habían pasado juntas, aún le costaba creer que la amase de esa manera.

Inés abrió levemente la boca, deseaba ese beso.

Lina le acarició el labio inferior con su pulgar.

Ese pequeño roce hizo que su respiración se cortase.

No lo soportaba más, deseaba sus labios, su lengua, su calor.

.. Inés se tumbó sobre la cama y atrajo a Lina con ella.

Una vez encima, la distancia entre las dos era tan corta que ambas se fundieron en un beso.