Tarde de chicas #2
Inés no apartó los ojos de Espe hasta que Lina llegó a la mesa.
Esa reacción de Inés confirmó las sospechas de Espe.
Media sonrisa se dibujó en su rostro, igual que un jugador de póker acepta la apuesta sabiendo que tiene buenas cartas.
Lina notó lo tensa que estaba Inés. Ana Belén le estaba hablando, pero Inés no escuchaba.
Cuando se sentó, los ojos de Inés se centraron en ella.
Lina hizo un leve movimiento con la cabeza.
¿Qué pasa? Articularon sus labios. Inés negó sutilmente con la cabeza.
Lina, con la intención de que cambiase su cara, miró directamente a Ana Belén e imitó sus movimientos de manos a la vez que ella.
La tensión se desvaneció del rostro de Inés.
Ana Belén sacó a Inés de su trance cuando se disculpó para ir al baño.
En cuanto Ana Belén se fue, Nieves se cambió de sitio para quedarse al lado de Inés.
—No creo que le saque mucha información por el momento. — Nieves miró hacia donde se había ido la encargada.
—Información... No pretendo sacar nada —dijo Inés cuando quiso zanjar la conversación.
Nieves la miró directamente a los ojos. Si mal no recordaba, era la primera vez que lo hacía, al menos de esa manera.
Tan segura, tan firme. Inés cambió su postura corporal, se relajó un poco—.
¿Por qué cree que no voy a sacar información?
—Ya le comenté que ayuda a Severiano en muchas ocasiones. Seguro que ya está al tanto del cambio de despacho y todo lo demás. —Inés intentó leer entre líneas. Se limitó a asentir y escuchar—. Dele un poco más de tiempo. Tiene que confiar en usted. Ahora solo sabe lo que él le ha contado.
—Entonces... Severiano y Ana Belén... ¿tienen una relación? —Inés encajó las piezas.
Nieves no dijo nada más, llevó el dedo índice a su nariz y sonrió.
Después volvió a su asiento. Esa nueva información cambiaba las cosas y aclaraba otras.
Inés se aisló de las conversaciones de la mesa para centrarse en sus pensamientos.
«Tengo que encontrar la manera de que confíe en mí.
Es una mujer ambiciosa, quizás dándole algo más de supuesto poder.
.. Ya es la encargada de la tienda, más en ese aspecto no puedo conseguir. Bueno... tal vez...».
Ana Belén volvió a la mesa justo cuando Inés terminó de trazar su plan.
—Quería comentarle una cosa más —Inés retomó la conversación.
—Dígame —respondió Ana Belén alisándose la falda del vestido.
—¿Conoce algún local que sea espacioso? —Al hacerlo, prestó mucha atención a cualquier reacción de la encargada.
—¿Está pensando en abrir otra tienda? —preguntó con un claro interés.
—Estamos buscando un local que pueda hacer de almacén, pero no descarto, si la ubicación lo merece, abrir otra tienda o incluso trasladarnos a una mayor.
Ana Belén cogió aire, se vio en su rostro cómo se imaginaba a sí misma dirigiendo una tienda mucho mayor, la más grande de Barcelona. Sería un orgullo para su madre.
—Solo es una posibilidad. Hay muchos temas que cerrar primero para poder centrarme en eso. Me acabo de instalar y no me puedo permitir invertir mi tiempo en buscar locales —continuó Inés quitando importancia a su comentario anterior.
—Si quiere, puedo ayudarla. Conozco los comercios de la zona y a sus propietarios. Estaría encantada serle de ayuda.
Inés sonrió satisfecha.
—Pues así será. Déjeme que revise unas cosas. En unos días llamaré a la tienda para concertar una cita. ¿Le parece?
—Por supuesto. —Ana Belén intentaba controlar su entusiasmo.
El tiempo pasó muy rápido, casi tanto como las conversaciones entre ellas.
Hablaron de sus experiencias, contaron anécdotas, historias cotidianas.
.. Acada rato, Tomás traía nuevas consumiciones a la mesa y algunas tapas para acompañar.
Todo estaba delicioso. La música interrumpió en la sala. El bar se había vaciado.
Tomás tenía una clara intención: bailar con Sofía.
Ella aceptó encantada. Improvisaron una pista de baile en medio del comedor.
Lina miró a Inés, estaba deseando bailar con ella y quiso expresárselo, cuando sus ojos se encontraron puso cara de niña buena.
Inés, al ver sus intenciones, se puso muy seria.
Acto seguido bajó la vista para no tener que mirar los ojos implorantes de Lina por más tiempo.
Inés no iba a bailar con ella, pero sus ganas no iban a desaparecer.
—Nieves, ¿le apetece echarse un bailoteo conmigo? —preguntó Lina.
—Claro, hija, a mí me encanta bailar, pero mi marido lo odia. Imagina el tiempo que no bailo.
Más parejas se unieron. Nieves estaba disfrutando como una niña pequeña. Inés habría dado lo que fuese por cambiarse por ella.
En el bar había más personas y tres de ellas eran empleadas suyas. ¿Qué iban a pensar? ¿Cómo la iban a respetar si bailaba con una subordinada? Una empleada que se había traído desde Ciudad Real. Era muy arriesgado. Pero lo anhelaba tanto. Se contentó pensando que bailaría en casa.
La canción terminó, algunas de las parejas esperaron a la siguiente. Nieves, por el contrario, fue directa a sentarse. Ya había tenido baile suficiente para una temporada.
Lina volvió a mirar a Inés, lo deseaba tanto. Solo quería un baile. Inés le lanzó una mirada fría, tajante. No le dio opciones a acercarse.
Lina sintió esa mirada como un puñal en su pecho. Había bailado con Nieves, ¿por qué no podía bailar con Inés? Las amigas bailan.
Espe vio toda la escena desde el otro lado del bar.
Si existía algún atisbo de duda, ya no. Sofía, desde la pista de baile, también vio la cara seria de su amiga y fue directa a por ella.
Le cogió de la mano y sin preguntar la arrastró hasta el centro del bar.
Empezó a dirigir el baile haciendo que Lina diese muchas vueltas, la llevaba de un lado para otro sin parar.
—Creo que ya es hora de retirarse a casa.
Ana Belén se dirigió a Inés:
—Sí, yo también debería irme. —Inés también se levantó.
Nieves vio cómo las dos mujeres recogían sus cosas y ella se preparó para irse.
—Ya... estas horas son para las jóvenes.
Lina y Sofía vieron cómo sus compañeras recogían y fueron a despedirse.
—Ha sido una tarde encantadora. Deberíamos repetirla —Lina se dirigió al grupo que se marchaba.
Nieves fue directa a darle dos besos.
—Me ha encantado conocerte, eres una chica muy alegre. Cuando pases por la oficina no olvides saludarme.
—Lo haré, no se preocupe.
Ana Belén se despidió con un gesto de su mano.
—Nos vemos mañana —dijo Inés dirigiéndose a Sofía. Después miró a Lina y le preguntó—: ¿Quieres que compartamos taxi?
—No, gracias. Me apetece quedarme un rato más —respondió Lina con tono muy serio.
Le había sentado muy mal esa mirada; no entendía por qué un baile con compañeras se podía malinterpretar, si había bailado con otras. Inés salió del bar algo apenada. No quería que se enfadase con ella.
Lina estuvo a punto de salir en busca de Inés para volverse las dos a casa, pero Sofía la cogió de la mano.
—¡Me encanta esta canción!
En mitad de la canción, Tomás se acercó a las chicas.
—¿Puedo robártela dos minutos? —preguntó a Lina.
Antes de responder, ya se había llevado a Sofía a la barra para invitarla a un chupito. Lina fue a sentarse, antes de coger la silla, cuando alguien le sujetó por la muñeca.
Lina, ilusionada, se giró pensando que era Inés. Había recapacita-do, había vuelto para bailar con ella, ahora que Ana Belén y Nieves no estaban, podrían hacerlo. Se quedó de piedra cuando descubrió que quien le cogía de la mano era Esperanza.
Su primera reacción debería haber sido zafarse de ella al darse cuenta de que no era Inés, pero por algún motivo no lo hizo.
—Puedes bailar conmigo, si quieres —dijo Espe acariciando su mano con el dedo pulgar mientras esperaba la respuesta.
Lina se lo pensó dos veces antes de contestar.
Debería haberse ido a casa, pero se lo estaba pasando muy bien y hacía mucho que no bailaba, desde que se escapó con sus amigas a la verbena de un pueblo cercano a la Colonia.
Espe vio la duda en sus ojos y decidió apremiar-la.
Le dio un pequeño tirón para llevársela a la pista de baile.
En la calle, Inés decidió darse la vuelta para desandar lo andado; se moría de ganas por bailar con Lina. No se quitaba de la cabeza esos ojos implorantes y su voz diciendo «no, gracias, me apetece quedarme un rato más».
Abrió la puerta del bar y escuchó la risa de Lina; hacía tiempo que no la escuchaba reír de esa manera, con esa fuerza, esa energía.
La alegría que sintió al escucharla se desvaneció cuando la vio bailando con la camarera.
No dijo nada. Se marchó a casa de manera automática.
La preocupación se había instalado en ella.
La canción terminó.
—Siéntate, te invito a una copa —le propuso Espe pasándose al otro lado de la barra.
—No, gracias, con un vaso de agua me conformo —contestó sentándose en el taburete.
Lina se entristeció al recordar la mirada de Inés…
—Cuéntame tu mal de amores —interrumpió Espe sus pensamientos.
—No hay mucho que contar. —Un pequeño suspiro se escapó de su boca.
—Prueba —le retó.
Se apoyó en la barra para poder mirarla a los ojos más de cerca.
Lina no se sintió incómoda por el acercamiento, todo lo contrario, le gustó. Por un momento pensó: «tal vez ella sí me entienda».
Al notar que Lina no reaccionaba con malestar, Espe continuó la conversación:
—Detrás de esta barra he escuchado todo tipo de historias. No juzgo, solo escucho. En el fondo, es lo que necesitan todos los clientes, que les escuches y por eso vuelven. —La miró un segundo más y después se alejó para prepararle un vaso de agua.
—Entonces... ¿soy como todos los clientes? ¿Me escucharías solo por mantenerme como clienta? —dijo algo ofendida. Su comentario le hizo sentir que no era especial.
—No —dijo Espe tajantemente. Después hizo una pausa. Se apoyó de nuevo en la barra, miró sus ojos directamente. Con un tono dulce pero seguro añadió—: A ti te escucharé porque me interesa todo lo que me quieras regalar sobre ti.
La mirada de ambas se alargó un poco más de lo normal en dos personas que se acaban de conocer. Algo se movió dentro de Lina. Sus ojos, la energía, tenerla tan cerca. Se sintió nerviosa pero tranquila a la vez.
Debía contestar. Buscó las palabras adecuadas para contárselo sin desvelar la información comprometida, pero toda esa situación provocó que su cerebro pensase más despacio.
Abrió la boca para comen-zar a hablar, se lo iba a contar, algo le decía que lo entendería.
Pero el ruido de un vaso al caer rompió el momento.
Espe dudó si ir a recogerlo o quedarse para escuchar lo que Lina tenía que decir.
—¡ESPE! ¡AYÚDAME! —gritó Tomás desde una de las mesas.
Espe miró los labios de Lina antes de irse. Prefirió marcharse para no hacer u na locura.