Tarde de chicas
La tar de fue muy productiva. Las clientas habían entrado sin descanso.
Sofía había sido como un perrito detrás de Lina para aprender lo máximo posible.
Una vez que finalizaba la compra, empezaban las preguntas: ¿ese tipo de corte favorece a las anchas de caderas?
, ¿qué más le aconsejarías a las que son muy delgadas?
, ¿mejor colores lisos o estampados?... Lina se sintió como una maestra con una alumna muy curiosa y con ansias por aprender.
—Mañana atiendes tú a las clientas. De nada vale tanta teoría si no la pones en práctica —dijo Lina con tono burlón, tras marcharse la última clienta.
—Por supuesto. Creo que ya sé lo suficiente para hacerlo tan bien como tú —respondió, muy satisfecha de sí misma.
—Oye, ¿te apetece ir al bar Esperanza cuando terminemos a tomar un café o algo?
—Claro, ir a ese bar me apetece siempre —contestó muy sonriente.
Faltaban diez minutos para cerrar. Sofía estaba en el almacén, preparaba las prendas que debían colocarse al día siguiente.
Lina estaba sola en la tienda. Mientras enrollaba unos cinturones, sintió una leve caricia que le recorrió la espalda de arriba abajo.
No le hizo falta darse la vuelta. Se imaginó quién era.
—Te echaba de menos —susurró Lina.
Inés comprobó que nadie las pudiese ver.
—Yo sí que te he echado de menos —respondió acercándose mucho a su oído, tanto, que sus mejillas se rozaron.
Sofía empezó a hablar antes de salir del almacén. Al oírla, las dos se separaron de forma brusca.
—Tenemos que pedir más pañuelos a central. Nos estamos quedando sin los de color... —Sofía enmudeció por la presencia de Inés.
—¿Colores claro, no? —preguntó Inés con voz cortante.
Sofía se limitó a asentir.
A Lina se le escapó una risa. Le asombró la capacidad que tenía Sofía de enmudecer, según la persona que tuviese delante.
Inés, al ver que Sofía se achantaba con su comentario, cambió el gesto de su rostro a uno más afable. Más tranquilo.
—Lina la ha invitado a tomar algo con nosotras, ¿verdad?
Sofía se tomó unos segundos para responder. Su compañera no le comentó nada sobre que la directora estuviese invitada.
Lina interrumpió.
—No va en calidad de jefa —aclaró.
—Entonces, de acuerdo. Iremos.
Ana Belén entró en la tienda con un semblante muy serio.
—Ya es la hora de cerrar.
Sofía se dirigió a la puerta para cambiar el cartel. Ana Belén se puso a contar la caja.
—Buenas tardes, doña Inés.
—Buenas tardes, Ana Belén.
Los saludos eran tan fríos que bajaron la temperatura de la tienda. Lina le hizo gestos a Inés para que hiciese su cometido. Sonrió divertida al ver la situación que tenía que afrontar.
—Doña Ana Belén, ¿qué tal han ido las ventas hoy? —preguntó Inés para iniciar conversación…
—Muy bien. Como siempre. Esta tienda funciona como un reloj —respondió levantando la vista de los billetes solo un segundo.
—¿Puede acercarse un momento? —preguntó Inés alejándose del mostrador.
Ana Belén no contestó, se limitó a seguirla.
—Quisiera saber si Lina se está adaptando bien al cambio de tienda. —Ya sabía cómo invitarla sin que pudiese negarse.
Ana Belén abrió la boca para contestar, pero no pudo.
—Aquí no. Como usted ha dicho, ya es hora de cerrar. Venga con nosotras a tomar algo. Iremos a un sitio muy cerca de aquí.
—Gracias por la invitación, pero... —intentó excusarse Ana Belén.
—No me dirá que no a una conversación, ¿verdad? —insistió Inés, en un tono que daba a entender que no tenía mucha elección.
Ana Belén dudó; era como si tuviera que sopesar muchas cosas antes de contestar.
—Iré con usted a tomar algo. Pero antes debo hacer una llamada. Ana Belén fue al almacén.
Inés miró a Lina con una sonrisa triunfal. Lina la respondió con una mueca.
Nieves entró en la tienda. Al verla, Inés la presentó:
—Ella es Nieves Benayas, la secretaria de dirección.
—Mucho gusto en conocerla —dijo Lina.
Ana Belén salió del almacén.
—Ya estamos todas —dijo Inés—. Podemos irnos.
En el Bar Esperanza…
Encontraron una mesa un poco apartada. Los primeros segundos fueron incómodos, después se crearon varias conversaciones a la vez.
Lina empezó a hablar con Nieves. La notó nerviosa, mirando a todas partes y dando vueltas a su anillo.
—¿Qué tal está? —preguntó Lina.
—Bien, nunca había quedado con los compañeros del trabajo. En la oficina solo trabajan hombres. Soy una mujer casada. La gente podría pensar cosas que no son.
—Bueno, por eso no se preocupe. Es lo bueno de trabajar con mujeres: podemos ser amigas y tomarnos algo después del trabajo sin que piensen cosas raras.
Nieves asintió antes de añadir:
—Bueno... esto es más de jóvenes. A mí me gusta llegar pronto a casa para hacerle la cena a mi marido.
—Pues hoy se la tendrá que hacer él solito. Usted está con sus compañeras y no tiene que pensar en más deberes ni obligaciones.
Nieves rio al imaginar a su marido friendo un huevo mientras se acordaba del santísimo porque le había saltado el aceite caliente.
Enfrente de esta pareja:
—Volviendo a la conversación de antes. ¿Qué tal está Lina en la tienda? —preguntó Inés como si tal cosa.
—Carolina... —dudó Ana Belén— es muy aplicada, conoce bien las telas y por el momento no he tenido ninguna queja.
—Ni la tendrá —aseguro Inés al ver a Lina reír.
—Me han comentado que usted ayuda a Severiano con los informes —continuó prestando total atención a la encargada.
Ana Belén se tomó su tiempo para contestar.
—Es cierto. En contadas ocasiones, de mucho volumen de trabajo, he ayudado al señor Severiano con algún que otro informe. Pero siempre de manera puntual.
Antes de que Inés pudiese investigar un poco más sobre ese tema, una chica de pelo castaño y camisa remangada se detuvo delante de la mesa con una libreta en la mano.
—¡Buenas tardes a todas! —Miró a cada una de las integrantes de la mesa y al llegar a Lina su sonrisa aumentó—: ¿Qué quieren tomar?
Una por una, la camarera fue apuntando sus comandas. Antes de irse a prepararlas, le rozó levemente el hombro a Lina y le dijo sin emitir sonido: «Hola». Lina le devolvió el saludo sin hablar. Ambas se quedaron mirándose hasta que Nieves le dio un pequeño codazo a Lina para contarle una cosa.
—Yo me pediría un té. Pero un día es un día —dijo muy contenta.
—Claro que sí, un refresco es muy atrevido. —Las carcajadas surgieron entre las dos. Inés vio el pequeño gesto de la camarera pero no le dio mayor importancia. Tenía otras cosas que averiguar.
—Me decía que ayuda a Severiano con los informes—retomó Inés.
—En ocasiones, sí —respondió sin darle mayor importancia.
La conversación continuó. Inés no fue capaz de sacarle más información, Ana Belén sabía guardar muy bien sus secretos.
Tomás trajo las comandas. Fue dejando a cada una la suya en su lado de la mesa.
Cuando llegó a Lina, solo le puso el refresco.
—Tomás, estás muy despistado. Me falta el vaso —dijo Lina con una sonrisa.
—Ahora te lo traigo. —Pero no se movió del sitio porque Sofía le proponía un plan para más tarde.
Lina se levantó y fue a la barra para pedirlo ella misma.
—¡Hola! —dijo Lina interrumpiendo los quehaceres de la dueña al otro lado de la barra—. ¿Me das un vaso, por favor? —Le dedicó la misma sonrisa que le había puesto a Tomás. Esperaba que esta vez funcionase.
—Sí, claro —contestó sin saber quién se lo había pedido. Cogió uno de la estantería que había en la pared. Al girarse y descubrir que era Lina, se paró en seco. No pudo evitar mirarla directamente a los ojos y sonreír de oreja a oreja.
—Creo que Sofía no nos ha presentado. Soy Esperanza, Espe, si lo prefieres. —Se limpió la mano en el trapo que llevaba sujeto al delantal y extendió la mano. La mirada de Espe intrigaba e incomodaba a Lina a partes iguales.
—Soy Lina, encantada.
Se estrecharon la mano. Lina creyó sentir un leve roce en el envés de la mano, como si Espe la hubiese acariciado con el pulgar. Pero no se atrevió a comprobarlo. Espe puso el vaso sobre la barra antes de preguntar.
—¿Reunión de chicas? —Señaló con un movimiento de cabeza la mesa donde estaban sentadas sus amigas.
—Algo así, trabajamos todas en Hilos de la Corte, en la tienda de ropa. Hemos venido a tomar algo.
—Pero... a ti no te había visto antes. —Espe la miró de arriba abajo.
—Claro, soy nueva. He venido desde Ciudad Real para ayudar en la tienda. No llevo en Barcelona ni una semana.
—¿Y la mujer esa tan elegante, también? —Espe señaló a Inés con el mentón.
—Sí, ella es la directora. Ha trasladado la dirección aquí —dijo Lina muy orgullosa.
—Una mujer directora, creo que es la primera vez que veo una. Va a ser verdad lo que dicen... que la sociedad está cambiando. —Miró directamente a los ojos de Lina.
—No lo suficiente—contestó en voz baja, un pensamiento se escapó sin pensar. Espe la había escuchado perfectamente. Pero aun así, preguntó:
—¿No te parece?
—Sí, sí. Está cambiando. Míranos, unas mujeres tomándonos algo después del trabajo.
Nieves es la primera vez que lo hace —dijo acercándose a Espe mientras apoyaba el codo en la barra para señalarle a la secretaria con la mirada.
Espe miró al grupo buscándola. Por el camino encontró los ojos de Inés clavados en los suyos.
Sintió como si le lanzasen unos cuchillos.
Una sospecha apareció en su mente. Decidió comprobarlo.
Se alzó levemente apoyándose en la barra para acercarse al oído de Lina y mirando a Inés directamente le susurró:
—Imagina la cantidad de veces que contará esta aventura en misa.
Lina no pudo evitar soltar una carcajada.
Se giró para taparse la boca y que no salieran más.
Cogió el vaso y, según se dirigía a la mesa, se imaginó a Nieves con el rosario en la mano, contándoles a sus amigas la historia de aquel día que se lio la manta a la cabeza y se fue a tomar un refresco con las compañera s.
Se giró y miró a Espe a ntes de llegar a la mesa.
El comentario le había hecho mucha gracia.