Una mañana libre
El sol llevaba un buen rato iluminando la habitación, el sonido suave de las olas entraba por la ventana contrarrestando los ruidos de la ciudad.
Tenían la mañana libre. Inés se despertó primero.
Miró a Lina dormir plácidamente, una sonrisa apareció sin darse cuenta.
Con mucho cuidado se levantó para coger su diario. Volvió a la cama y comenzó a escribir.
La luz entra por la ventana y acaricia cada centímetro de su piel. La veo dormir y no puedo evitar sentir ternura, sentirme guardiana de sus sueños.
Tiene una expresión tan bonita. ¿Qué soñará?
Me gustaría pedir permiso besando sus párpados para poder entrar en ellos.
Si pudiésemos soñar juntas, crearíamos un mundo donde caminar de la mano sea lo habitual, donde podamos besarnos sin que nadie se escandalice, donde nuestro amor no fuese una desdicha…
El amor es bondad, es dulzura. Es capaz de impulsarnos para hacer cosas extraordinarias.
No tiene sentido que amar a otra mujer sea una aberración, sea un delito contra la moral.
¿La moral de quién? De unas personas tristes, infelices, que no conocen lo que se siente cuando te enamoras.
Estos sentimientos no son forzados, son naturales.
No los busqué, pero está claro que ellos sí me encontraron.
Me han devuelto la felicidad. Ayer en el despacho me dio la vida.
Me sentía encerrada en una espiral de ira, de rabia, y ella, con tan solo una llamada, consiguió sacarme de allí.
Le resultó tan fácil que aún no sé cómo lo hizo.
Tiene ese talento natural de provocarme una sonrisa en los peores días, de calmarme cuando más lo necesito y de hacerme más valiente cuando el miedo asoma en mis pensamientos…
Inés dejó de escribir para mirarla. No pudo evitar sonreír. Le apartó un mechón rebelde que tenía sobre el ojo derecho. Cuando sus dedos tocaron su piel, ella se despertó sin sobresalto.
Al ver que Inés estaba despierta y tan cerca le dijo:
—No me mires cuando duermo, que estoy muy fea —comentó girándose y acurrucándose en el torso de Inés.
—Eso es imposible. Cuando duermes eres la persona más adorable del mundo. —Le besó su pelo. Lina levantó la cabeza pidiendo otro beso en la frente. Sus peticiones fueron aceptadas.
—¿Llevas mucho rato despierta? —preguntó haciendo esfuerzos por abrir los ojos.
—No mucho, te he visto dormir y me apetecía escribir.
Se estaban planteando dormir un rato más cuando el sonido del timbre les hizo salir de la cama. Lina se puso una bata y fue directa a la puerta.
—¿Quién es? —preguntó acercándose a la entrada.
—La mudanza—respondió la voz de un hombre.
—¡Un momento!
Corrió a la habitación para avisar a Inés:
—Vete a la ducha, son los de la mudanza. Yo les...
Antes de que pudiese terminar la frase, Inés estaba saliendo de la habitación con un vestido muy veraniego, el pelo recogido en una coleta improvisada y sin zapatos.
—Ya me ocupo yo. Tú, a la ducha —ordenó, no sin antes darle un rápido beso.
Lina se quedó anonadada. Cómo era posible que pudiese estar más preciosa todavía sin proponérselo. Antes de entrar en el baño, tuvo que darse la vuelta para verla de nuevo.
Inés les fue dando indicaciones de dónde debían dejar cada cosa. Algunas cajas se fueron amontonando en el salón, otras iban al despacho, a la cocina y las últimas a la habitación pequeña.
—El resto de cajas y archivadores llévenlo a la oficina. ¿Tienen la dirección? —Inés cogió el monedero.
—Sí, señora. Lo tenemos todo. —El hombre la miraba atentamente.
Estaba tan absorto en admirarla que no se dio cuenta de que Inés estaba esperando a que cogiese su propina y se marchase.
Un pequeño carraspeo de garganta de la dueña le sacó de su embobamiento.
Levantó las cejas y le tendió las monedas—. Muchas gracias, señora.
Se marchó cerrando la puerta con un ruido fuerte. Lina salió del baño con una toalla enrollada a modo de vestido al escuchar la puerta principal.
—Normal que se quedase embobado. Si es que estás preciosa. —La miró de arriba abajo.
—Tú sí que estás preciosa. Te podrías vestir así más a menudo. —Inés tocó la parte de toalla que llevaba atada entre sus pechos.
—Lo mismo te digo —dijo Lina antes de darle una palmadita en el trasero. Cosa que aprovechó para coger su vestido y atraerla hacia ella. La besó en los labios.
—El próximo día que vayamos a la playa quiero que te pongas este vestido —dijo con una sonrisa divertida.
—Lo haré si tú te pones el que llevas ahora mismo.
Mientras desayunaban…
—Podríamos comer en el bar Esperanza, ya verás cómo te gusta —propuso Lina animada.
—No sé si me dará tiempo. Los transportistas han dejado muchas cajas. ¿Has visto cómo está la casa? —Abrió los brazos como si las cajas las rodeasen.
—Bueno, pues… ¿qué te parece si cuando terminemos de trabajar nos tomamos algo? Sofía, tú y yo.
—Ya veremos. En la oficina también habrán dejado muchas cosas. Además, espero que Severiano se haya cambiado de despacho para poder instalarme. —Frunció el entrecejo solo de pensar en tener que enfrentarse a él de nuevo.
—No tienes por qué hacerlo todo hoy. —Lina ladeó la cabeza mientras ponía cara de no haber roto nunca un plato.
A Inés se le escapó una risita al ver cómo intentaba convencerla con esa artimaña.
—Vaale… pero con una condición —dijo Inés escudriñándola con la mirada.
—¿Cuál? —preguntó con desconfianza.
—Que venga Ana Belén —respondió irguiéndose. Lina, muy seria, negó con la cabeza—. Quizás fuera del trabajo no sea tan cortante —intentó convencerla.
—Pero si dentro ni me mira a la cara, ¿quieres que fuera me haga lo mismo? No quiero ser ignorada. —Lina empezó a cabrearse.
—Mira… la invitamos. Si sigue tan siesa contigo, te prometo que yo hablaré todo el rato con ella —concilió Inés.
Al ver que no lograba convencerla con sus palabras, intentó recrear la misma cara que había utilizado con ella momentos antes.
Lina sonrió al reconocer perfectamente la estrategia y no pudo negarse.
—Vale. Pero la invitas tú —sentenció.
Inés afirmó con la cabeza mientras, satisfecha, le daba un bocado a la rebanada de pan.
Pasaron las horas y las cajas se fueron vaciando para dejar su contenido extendido por la casa.
Unas fotos en el salón, otras en las habitaciones.
Buscaron sitio a los utensilios de cocina, una manta en el sofá y algunas de las cosas de Lina en la habitación pequeña.
No tenían intención de que nadie entrase en su casa, pero el miedo a ser descubiertas les hacía tener que guardar la s apariencias.
Más tarde, en las oficinas…
Inés llegó al edificio sin tener muy claro qué iba a encontrar.
Entró en la oficina, todo estaba despejado.
Pasó por la secretaría y no encontró a Nieves.
Extrañada, fue directa al que ahora sería su nuevo despacho.
Abrió la puerta y observo que era igual, pero diferente.
El mobiliario seguía ahí, pero los trofeos habían desaparecido.
Fueron reemplazados por libros de cuentas.
El cuadro de Severiano había sido sustituido por un lienzo hermoso de un atardecer entre dos montañas.
La mesa estaba despejada. A su lado había dos cajas pequeñas donde se podía leer: INÉS DESPACHO.
Se sentó en el sillón y miró satisfecha a su alrededor.
Buscó en los cajones algo para romper el precinto de las cajas.
Cogió un lapicero bien afilado y lo utilizó para abrirlas.
Al hacerlo, sonrió satisfecha. Empezó a colocar su contenido: una foto de Julieta en la estantería, su abrecartas en el cajón, el clasificador de correo en el lado izquierdo de la mesa…
poco a poco la caja fue vaciándose. No recordaba haber hecho una segunda caja.
La subió encima de la mesa y pudo leer con otra caligrafía: DESPACHO INÉS.
Estaba deseando ver su contenido. Al abrirla, tuvo muy claro quiénes eran las creadoras de esa sorpresa.
Había un alfiler con un lazo, el mismo que llevaban las dependientas en la presentación de la última temporada, una pequeña planta en una maceta y una foto enmarcada.
Recordó el día que se la hicieron, el marido de Clara quiso probar su cámara nueva.
En la foto se la veía con sus tres dependientas. Todas sonrientes, juntas, en una pose poco formal. Acarició el marco y se lo llevó al pecho. Candela y Clara habían tenido un detalle muy bonito con ella.
La dejó encima de la cajonera que había detrás de su mesa. Todo el mundo podría ver a sus empleadas y ella las tendría muy cerca. Unos ruidos al otro lado de la puerta llamaron su atención.
Encontró a Nieves arrastrando unas cajas a la sala de reuniones. Rápidamente fue en su ayuda.
—No se preocupe, doña Inés, puedo. —Nieves arrastró costosa-mente la caja.
Inés hizo caso omiso y le ayudó de todas formas.
Cuan-do entró en el despacho lo entendió todo.
Nieves había guardado y colocado allí todas las cajas.
Las estaba clasificando, ordenando por fechas y localización.
Menudo trabajo—. Parece que está todo manga por hombro, pero casi he terminado —se excusó satisfecha al ver que solo le quedaban dos cajas.
—¿Lo está clasificando todo usted sola? —preguntó mientras mi-raba los montones de documentos con sus carteles para saber qué contenían.
—Sí, señora. ¿Quería diferenciarlos de alguna manera en especial? —Nieves se quitó el sudor de la frente. Inés hojeó el sistema de clasificación. Ella lo habría hecho de la misma manera. Esa mujer merecía un descanso.
—Venga a la cocina, por favor —le pidió desde la puerta. Nieves dejó unos documentos encima de una caja y la siguió hasta la cocina—. Haga el favor de sentarse y descansar diez minutos. Se lo ha ganado —dijo ofreciéndole una de las sillas para sentarse.
Nieves, abrumada por la atención de su jefa, se sentó con cautela.
—¿Un poco de café? —preguntó Inés levantando la jarra pequeña.
—Sí, por favor.
Inés le sirvió el café mientras buscaba la manera de abordar la conversación. Quería conocerla más, desde el principio le pareció una buena persona. Su intención era resolver todas las dudas que le habían abordado desde que había entrado en el despacho y gratificarla de alguna manera.
—El cuadro del despacho es precioso. ¿De dónde lo ha sacado? —preguntó Inés. Después dio un sorbo a su café.
—Estaba en la casa antes de la reforma. Lo guardé por si los jefes lo querían usar en un futuro, pero Severiano me dijo que él tenía el suyo.
—¿Ha sido usted quien ha recolocado el despacho?
Nieves bajó la mirada al café. Estaba escogiendo muy bien sus palabras. Inés pudo notar cómo, de nuevo, no quería represalias con Severiano.
—Esta mañana Severiano se pasó por aquí, me dijo que vendrían los transportistas y que no quería la oficina empantanada de cosas. Empecé a clasificar los papeles. Pero no tenía espacio para guardarlo todo. Por eso, hice espacio en su despacho guardando las cosas de Severiano en cajas.
—Él no se ha encargado del traspaso de despacho entonces.
Inés hizo grandes esfuerzos por no enfadarse.
—Tranquila, lo hará. He dejado todas las cajas con sus cosas en el despacho pequeño.
No voy a hacer su trabajo. Si quiere sentarse en algún momento va a tener que moverlas al menos.
—Nieves imaginó a Severiano de pie mirando el despacho sin saber por dónde empezar.
Una risa interna se reflejó en su rostro.
Hablaron un rato más de Severiano, de la empresa, de las ventas y de cómo funcionaban allí las cosas.
—¿Crees que sería buena idea organizar una reunión con todos los comerciales? —preguntó mirando directamente a los ojos de Nieves.
—Es una excelente idea. Pero si quiere mi consejo…
—Hizo una pausa esperando su aprobación.
La cual llegó con un leve movimiento de cabeza—.
No diga que es una reunión de comerciales.
Si quiere, les llamo para citarles a todos a la vez.
Si creen que usted va a imponerles normas nuevas o algo así, podrían venir preparados para ponerle las cosas difíciles.
Aceptó su consejo.
—Reúnalos pasado mañana por la tarde. —Nieves miró la hora en su pequeño reloj de pulsera.
—Perfecto. Lo organizaré. Muchas gracias por el descanso, pero me gustaría terminar el trabajo. —Nieves dejó la taza en el fregadero y esperó que Inés le diera permiso para irse.
—Por supuesto. Yo también debería empezar a preparar esa reunión.
De camino al despacho escuchó:
—¡Doña Inés! Un momento, por favor—dijo Nieves levantándose del suelo y dirigiéndose a la puerta.
Inés se detuvo en seco para ver qué necesitaba.
—Muchas gracias por todo. Ha sido muy agradable hablar con usted. —Nieves jugaba nerviosa con su alianza—. Nunca antes había tenido un jefe que fuese mujer y no sé muy bien cómo comportarme. Tampoco la conozco demasiado, pero por el momento tengo muy buena impresión suya. Solo quería decírselo.
Un gesto de ternura se dibujó en el rostro de Inés.
—Tráteme como a cualquier jefe que haya tenido antes, eso sí, sin temor.
Me gusta que los empleados hagan su trabajo de manera eficiente y que exista confianza para contarme los problemas que existan.
Me he dado cuenta de que las cosas funcionan gracias a usted y quiero que sepa que valoro mucho el trabajo que hace.
Inés vio cómo se le empañaban los ojos. Debía ser la primera vez que alguien le reconocía su trabajo en esta oficina.
—¿Le apetece venir esta tarde a tomar algo con las dependientas?
La cara de Nieves se iluminó, pero su gesto cambió por completo.
—No, gracias. No quiero ser una molestia.
—Para nada, Nieves. Precisamente vamos a ir a tomar algo para conocernos mejor. Venga, le vendrá bien después de estar todo el día entre documentos.
Nieves sopesó las opciones. Finalmente accedió.
—De acuerdo. Iré —aceptó con una sonrisa.