La directora soy yo #2
La conversación fue breve. Inés se quedó con ganas de más, le habría gustado contarle la situación tan incómoda vivida con Severiano; habían pasado horas desde que ese hombre se fue y aún seguía enfadada.
Inés se tomó unos segundos. Recordó el consejo que se dio a sí misma esa mañana.
Al coger aire casi pudo sentir el aroma de Lina.
Eso, sumado al recuerdo de la tranquilidad con la que había dormido, provocó que una sonrisa se dibujase en su rostro, haciendo que su ira fuese cada vez más pequeña.
Decidió volver al trabajo. Mirando y comprobando gastos observó que algo no cuadraba.
Los datos esta-ban mal o había una cantidad de dinero que no estaba justificada.
Al no encontrarle sentido, fue a preguntarle a Nieves.
—Nieves, tengo unas preguntas sobre unas cantidades. —Le mostró la hoja de gastos—. Estas cantidades no están justificadas.—Nieves intentó disimular su cara de culpabilidad, pero no lo logró.
—Eso se lo tendrá que preguntar a Severiano. —Intentó evitar la mirada de su jefa.
—Se lo pregunto a usted, porque estoy convencida de que todos los documentos en los que llevo trabajando toda la mañana no los ha redactado él.
Se hizo el silencio.
—Nieves, las cosas no me cuadran y eso no me gusta. Creo que alguien no está haciendo su trabajo y me cuesta creer que esa persona sea usted. Por lo tanto... ¿me quiere contar qué pasa en esta oficina?
Nieves miró hacia la puerta principal. Estaba nerviosa.
—¿Podemos ir a su despacho?
Inés no contestó, solo hizo un leve movimiento con la mano apuntando a la puerta. Nieves lo tomó como una afirmación.
Fueron a la sala de reuniones. Inés le cedió uno de los asientos y esperó.
Nieves no sabía por dónde empezar.
—No quiero problemas... Tiene usted razón, esos informes los he redactado yo.
El señor Severiano solo los firma al final de mes, antes de enviarlos a Ciudad Real.
—Inés, con la mirada fija en ella, guardó silencio para que la empleada se explicase—.
Llevo muchos años haciendo este trabajo.
Desde hace un tiempo Severiano aparece poco por la oficina.
Siempre tiene que ir a ver clientes, pero luego no trae contratos.
—Nieves se miraba las manos mientras seguía contando la historia—.
Hago lo posible por cuadrar las cuentas.
Ana Belén, la encargada de la tienda, me ayuda con la agenda y alguna cosa más de Severiano.
Gracias a eso puedo cuadrar los balances.
—Inés empezó a comprender, Nieves era una buena trabajadora y no debía ser tan dura con ella—.
A veces hay cosas que no cuadran. Al principio eran pequeños gastos: comidas con clientes a un precio elevado, noches en hoteles que él justifica diciendo que tuvo que pasar la noche porque se hizo tarde.
Pero... —Inés le dio su tiempo, era consciente de lo difícil que le estaba resultando confesar todo aquello.
Casi diría que se sentía culpable por cada palabra que decía.
—Déjeme decirle que, si todo esto es cierto, ha hecho un trabajo más que excelente porque desde Ciudad Real no nos hemos dado cuenta. —Inés intentó inspirarle confianza—. Siga hablando, la escucho.
—Pero... hace unos meses Severiano sacó varias cantidades más abultadas de lo normal. Justifiqué lo que pude, pero fui incapaz de hacerlo con todo.
—¿Le preguntó el motivo de la retirada de esas cantidades?
—Por supuesto, su respuesta fue que eran negocios. Una secretaria como yo no lo entendería. —Inés vio cómo una lágrima caía sobre el vestido de Nieves.
—No se preocupe. Por mi parte debe estar tranquila.
—No le diga que le he contado todo esto. No quiero que me despida. —Nieves intentó reprimir su disgusto.
—Aquí la directora soy yo. Yo decido quién se va y quién se queda. Desde luego que usted se queda. Ya veremos si es él quien se va. —Nieves levantó la vista al escuchar esas palabras. Después añadió:
—Severiano lleva muchos años trabajando en este sector. Se conoce a todo el mundo. Su cartera de clientes es impresionante. Es un buen trabajador, solo que... últimamente no sé qué le pasa.
—De acuerdo. Las cosas van a cambiar y Severiano va a tener que adaptarse a los cambios, por muy bueno que sea en su trabajo.
—Nieves asintió con la cabeza. Miró a la puerta, pero no se atrevía a ser ella quien terminase la conversación—.
Puede marcharse, váyase a comer. Si tengo más preguntas se las haré más tarde.
Nieves salió de la habitación cerrando la puerta muy lentamente.
Inés tenía sentimientos encontrados. Estaba claro que Severiano no había empezado con buen pie.
Sus comentarios, el feo del despacho, el desajuste en las cuentas.
.. pero también es cierto que Barcelona se había mantenido siempre en un buen nivel de ventas.
Eso solo era posible si alguien llevaba las riendas y estaba claro que, Severiano lo hacía, ayudado por Nieves.
No debía ser tan implacable como deseaba.
Eso sí, no pensaba instalarse en ese despachito. Severiano iba a tener que mudarse.
Inés siguió con los documentos. Fue clasificándolos por periodos, por volumen de ventas y por clientes.
A su vez les iba añadiendo los gastos y los ingresos.
Si alguien hubiese entrado en ese momento en la sala de reuniones pensaría que se había vuelto loca.
Pero en su cabeza todo tenía orden y sentido.
Poco a poco fue guardando los documentos en las carpetas. Ya tenía lo que quería.
Alguien llamó a la puerta. Era Lina.
Inés, al verla, se le iluminó el rostro.
Cerró la puerta y le dio un gran abrazo.
Lo necesitaba. Lina le apretó lo justo para que sintiese que la sujetaba, pero sin asfixiarla.
Sin soltarla, Inés posó su frente en la de ella, respiró hondo y pudo sentir de nuevo ese aroma tan característico.
Lina le levantó la cara con una caricia y la besó en los labios.
Fue la mejor forma de decirle: «Te quiero».
—Te he traído algo de comer. —Le enseñó un bocadillo casi tan grande como su brazo.
—Pero… ¿qué es esto? Es descomunal. —Inés llevó a Lina a la zona de descanso.
—Es del bar que te conté antes. Sofía, la dependienta, es amiga del camarero. Creo que se gustan, por eso le ha hecho un bocadillo tan grande.
—Pues debe de gustarle mucho. —Se rio de su propio comentario.
Una vez en la cocina, Inés tenía tanta hambre que no pudo esperar más. Quitó el papel que envolvía el bocadillo y empezó a comer.
Mientras Inés daba buena cuenta del bocadillo, Lina recordó el cruce de miradas en el bar.
Los ojos de Esperanza seguían siendo un misterio.
Sonrió cuando le vino a la mente la soltura con la que había solucionado que la pillase admirándola.
Salió de sus pensamientos para seguir la conversación con Inés.
—¿Qué tal por aquí? Te he notado enfadada—dijo preocupada.
—Ha sido una mañana intensa, productiva, pero intensa. Esta oficina lleva mucho tiempo sin supervisión y se nota. En las cuentas, en los contratos…
—¿Qué tal con Severiano?
Antes de que Inés pudiera contestar a la pregunta, se escuchó cómo se abría la puerta. Lina se levantó deprisa de la silla y cogió sus cosas.
—Bueno, doña Inés, debo irme. La tienda se abre a las cuatro y media. Quiero estar antes para dejarlo todo preparado.
—Muy bien, Lina. Muchas gracias.
Lina se llevó la mano a los labios como si acabara de recibir un beso. Inés hizo exactamente lo mismo.
Nieves entraba en la oficina cuando se cruzó con Lina. Fue directa a la cocina y se sorprendió al encontrarse a la directora allí sentada.
—Buenas tardes, Nieves.
—Buenas tardes, señora. Le traía una ensalada por si no había comido, pero veo que su amiga se adelantó.
Inés le mostró el bocadillo.
—Ella es Carolina Escudero, una dependienta de Ciudad Real que he traído expresamente para que suba las ventas en la tienda.
—Sí, señora. —Metió la ensalada en la nevera—. Si se queda con hambre, ya sabe… Si no le apetece, lléveselo a casa; seguro que para la cena le sirve.
—Muchas gracias, Nieves, es muy amable.
—A mandar, señora. —Se fue a su despacho.
Inés se quedó allí disfrutando del bocadillo de jamón serrano y queso. Le habían puesto un poco de tomate en el pan y estaba delicioso.
Al terminar, pasó por la secretaría para pedir unas cajas vacías del almacén. Nieves no hizo preguntas, se limitó a levantarse y marcharse a por ellas.
Una hora después, Severiano entró en la oficina. Lo primero en lo que se fijó fue que la puerta de su despacho estaba abierta. Una vez dentro vio que había cosas sobre la mesa que él no había dejado allí.
En ese momento, Inés entró al despacho.
—Buenas tardes, Severiano.
—Buenas tardes. ¿Me puede decir qué es todo esto? —preguntó muy serio y con voz imponente. No le gustaba que tocasen sus cosas.
—Por supuesto, esas cajas son para usted.
Confundido, cogió una de las cajas y, al ver que estaba vacía, mostro su desconcierto. Inés, prosiguió con su explicación:
—Vamos a retomar la conversación de esta mañana, solo que ahora hablaré yo. ¿Entendido?
Severiano no contestó; se limitó a coger aire y a inflarse como un pavo mientras se abrochaba los botones de su chaqueta. Inés reconoció ese movimiento por su hermano. Lo hacía siempre que iba a empezar una discusión para ganar espacio y tamaño, juego psicológico.
Si pensaba que ella se iba a amedrentar por eso, estaba muy equi-vocado. No sabía a quién tenía delante ni la cantidad de batallas que había librado.
Inés también se irguió, levantó ligeramente el mentón y, con tono muy frío y a la vez autoritario, prosiguió con su discurso:
—A partir de ahora las cosas van a cambiar. La directora de la empresa soy yo. Por lo tanto, el despacho más grande será para mí. No esperará que atienda a los clientes en ese cuchitril. ¿Qué se pensaba? ¿Que me iba a conformar con sus migajas?
Severiano fue a interrumpirla. Inés se adelantó dando un paso al frente mientras hablaba muy tranquila:
—No es una pataleta, quien manda aquí soy yo. La dirección de la empresa se ha trasladado a Barcelona, en parte porque este distrito debe ser controlado y observado con lupa —hizo énfasis en la palabra «lupa»—, cosa que llevo haciendo toda la mañana.
Al escuchar esas palabras, Severiano cambió el gesto. Ocultaba algo y esperaba que Inés no lo hubiese descubierto. Ese pequeño gesto le delató. Inés supo que sus sospechas eran ciertas. Era el momento de soltar el resto.
—Usted se mudará al otro despacho. Total, si no va a estar en la oficina no necesita uno.
—Hizo una pausa y, al ver que no había réplica, continuó—: Cada mañana quiero una lista de los clientes que va a visitar y dónde los visitará.
Los contratos que haga y los gastos que tenga me los presentará a mí personalmente.
Si quiere invitar a un cliente o quedarse en algún hotel, deberá notificarlo con anterioridad.
Severiano supo que Inés sabía cosas, pero desconocía hasta dónde. Por eso, prefirió una retirada a tiempo que enfrentarse y no conseguir nada.
Al ver sus ojos llenos de rabia, Inés intuyó que era la primera vez que una mujer le daba órdenes.
—Una cosa más. Le estaré vigilando. Los informes debe redactarlos y entregármelos usted. Nieves va a tener más trabajo ahora que estoy aquí, así que no la distraiga haciendo el trabajo por el que se le paga a usted.
Inés sabía que había sido un golpe bajo, pero era necesario.
Severiano, manteniendo la dignidad como podía, preguntó con cierta indiferencia fingida:
—¿Alguna cosa más?
—Por el momento no. Gracias. Ya puede marcharse.
Severiano la miró con frialdad y odio. Si las miradas matasen, Inés estaría enterrada. Ella supo mantenerse firme, estaba acostumbrada a soportar ese tipo de enfrentamientos.
Cuando Severiano fue a cruzar la puerta, escuchó la voz de Inés:
—No ol v ide las cajas, las va a necesitar para su nuevo despacho.