Juntas en Barcelona La directora soy yo
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La directora soy yo

Inés, nada más salir de la tienda, emprendió rumbo a las oficinas. Antes de entrar se tomó unos segundos. De improviso, la puerta se abrió.

Un hombre alto, con un traje a medida que realzaba su buena planta, de ojos negros, pelo moreno con mechones blancos en las sienes y con una voz dura pero dulce, dijo:

—Buenos días, ¿doña Inés de la Corte?

Inés no se esperaba esa situación. Estiró la mano para estrechársela, mientras esbozaba una sonrisa comedida.

—Severiano Gómez, deduzco.

—Deduce bien —respondió haciendo un gesto para invitarla a entrar.

Una vez dentro, el silencio la desconcertó. En las oficinas solía reinar un murmullo constante.

—Pase por aquí. Le enseñaré las oficinas.

Nada más entrar había un recibidor, debía de ser el salón de la casa. Tenía un sofá de piel, una mesita de café con varios catálogos de los productos de la Corte y una estantería con libros.

A continuación, se encontraba la zona de descanso. Habían aprovechado la cocina para ello. Tenía una nevera, una cafetera, un armario y una mesa de buen tamaño en el centro con tres sillas.

Las habitaciones se habían modificado para que fuesen despachos. A la derecha se encontraba el primero; tenía una mesa pequeña con una máquina de escribir en medio. Por detrás de la mesa había muchos archivadores clasificados por años. La secretaría.

La siguiente puerta daba al antiguo salón del té. Lo habían transformado en la sala de reuniones. Tenía una gran mesa con ocho sillas a su alrededor. Un ventanal que iluminaba toda la sala y un cuadro donde se podía ver el emblema de Hilos de la Corte presidiendo la estancia.

Justo enfrente de la sala de reuniones se encontraba un despacho muy discreto, con una mesa delante de una silla, la cual hacía juego con las de la cocina. La verdad, era muy poco elegante. Eso sí, estaba muy limpio.

Sobre la mesa había un teléfono. Este no debía llevar mucho tiempo ahí. Porque no estaba conectado a la línea. Un par de archivadores y una estantería llena de carpetas.

—Este será su despacho —dijo Severiano con una gran sonrisa, mientras hacía un gesto con la mano para que entrase.

Inés no daba crédito a lo que veían sus ojos. Su despacho iba a ser eso. ¿La directora de Hilos de la Corte iba a recibir en ese cuchitril a los clientes?

—Sé que no es gran cosa, pero seguro que una mujer como usted —Severiano la miró de arriba abajo— puede darle un toque femenino y que parezca más de lo que es.

Inés seguía sin dar crédito.

—El despacho del fondo es el mío. Si no le importa, tengo una reunión con unos clientes. Esta tarde volveré y nos pondremos al día — sentenció. Cerró la puerta del despacho y se marchó dejándola dentro.

El sonido de la puerta le hizo recobrar la razón. No iba a permitir tal desfachatez. Dejó el abrigo en la silla y salió directa a su encuentro.

—¡Severiano! No puede marcharse así. ¿Con quién es la reunión? —preguntó con el tono más directo y autoritario que conocía.

—Con unos clientes de unas galerías —contestó con una sonrisa mientras se ponía la chaqueta.

—Bien, pues sería conveniente que yo fuese a la reunión. De esta manera empezaré a conocer a los clientes y me presentaré como es debido… como lo que soy… la directora de la empresa. —Inés hizo hincapié en la palabra directora.

Severiano torció el gesto.

—Aquí en Barcelona las cosas no se hacen así. Este cliente está acostumbrado a tratar conmigo y si ahora me presento con usted… no sé si será de su agrado.

—¿Por qué no sería de su agrado?

—Son clientes muy tradicionales. Sin ofender. Usted está de muy buen ver, pero en lo referente a tratos… deje que yo me ocupe de eso.

Inés cogió aire para replicar, pero Severiano ya estaba abriendo la puerta.

—Severiano, esta conversación no ha terminado. —Inés mostró su enfado.

—Por supuesto que no. No se enfade, que le salen arrugas. Esta tarde, cuando se le pase la pataleta, hablaremos tranquilamente. —Se mostró muy paternalista.

Cerró la puerta y se marchó.

Inés no podía creer lo que acababa de pasar. Nunca un subordina-do le había tratado como a una niña. Estaba claro que debía lucharlo. No le iba a poner las cosas fáciles.

Enfadada, pensó diferentes formas de abordar esta situación tan incómoda, que debía cortar de raíz.

—¿Despedirlo?, no. Eso no sería conveniente en este momento.

No conozco a los clientes y podría ser nefasto para la empresa.

¿Darle un escarmiento? Eso me gusta más.

Debo enseñarle quién es la jefa y que a Inés de la Corte no se le deja con la palabra en la boca —balbuceó mientras daba vueltas por la oficina.

De pronto, cayó en la cuenta de que no le había enseñado su despacho. Fue hasta el final del pasillo y sin ningún miramiento por su intimidad, abrió la puerta.

El suyo era muy grande, tenía una mesa de un tamaño considerable en el centro, con un sillón como asiento de oficina.

Un bar con bebidas caras, una estantería llena de trofeos de diferente índole, un autorretrato detrás de la mesa de escritorio que le recordó al que pre-sidía el despacho de su hermano en Ciudad Real, y un gran sofá de varias plazas a uno de los lados.

Estaba claro que este hombre se creía mucho más de lo que era. Ni el despacho de su hermano era tan ególatra como ese.

Al recordar a Julián pensó: ¿Qué haría él en mi lugar? Una sonrisa se dibujó en su rostro. Coger lo que es suyo, pero sin adelantarse.

Escuchó la puerta principal abrirse. Salió directa para enfrentarse a Severiano de nuevo. En su lugar se encontró con una mujer que debía rondar los cincuenta años, morena, con el pelo recogido en una larga trenza, con un vestido de cuadros y unas carpetas en la mano.

—Buenos días, soy Inés de la Corte. ¿Usted es...? —Cambió totalmente su expresión, esa mujer no tenía culpa de nada.

—Soy Nieves Benallas, la secretaria de esta oficina —contestó con una voz muy dulce.

Al escuchar «secretaria de la oficina» supo perfectamente lo que debía hacer.

—Encantada de conocerla, Nieves. Imagino que el señor Severiano le anunció mi llegada.

—Así es. No he tenido apenas tiempo para acondicionar su despacho, pero si no le gusta puedo ayudarle a cambiarlo. O con lo que necesite.

—Por supuesto que me va a ayudar. Pero antes… quiero que me dé la agenda de Severiano y los contratos que ha cerrado en el último año. Tengo que ponerme al día y quiero empezar por ahí.

La secretaria dudó si darle tanta información. Severiano no apuntaba las cosas y no solía llevar un registro. Más bien, era ella quien iba anotando lo que hacía para poder rellenar los informes. Más de una vez, había tenido que hacer malabares con las cuentas para que todo cuadrase.

Inés vio cómo dudaba. Sus sospechas eran ciertas. Severiano era un comercial de los de antaño, donde hacían y deshacían a su antojo sin dar explicaciones a nadie.

—Tráigame todos los documentos a la sala de reuniones —sentenció con voz muy autoritaria.

—Sí, señora —aceptó resignada.

Inés fue directa a su despacho, cogió el teléfono y lo llevó a la sala de reuniones, buscó una toma de línea y lo situó muy cerca de ella. Tenía muchas llamadas que hacer. Sacó su agenda y se puso a trabajar.

Lo primero, recabar información. Llamar a Ciudad Real.

—Buenos días, al habla Mireya. ¿En qué puedo ayudarle?

—Buenos días, Mireya. Soy Inés. Te voy a encomendar una tarea.

Es urgente, pero necesito que me llegue lo antes posible.

—Mientras, hacía una lista mental de todo lo que le iba a pedir—.

Necesito que me haga una copia de todas las ventas del último año del sector de Barcelona, una copia del balance de gastos e ingresos del mismo periodo y todo lo que tenga de Severiano Gómez, contratos, bajas.

.. Hágamelo llegar lo antes posible. Envíemelo por correo urgente. Lo necesito para ayer.

Mireya cogió aire antes de contestar. Era mucho trabajo, pero si la jefa lo necesitaba…

—De acuerdo. Así lo haré —aceptó, apuntando todo en un papel para no dejarse nada.

—Muchas gracias, sé que le estoy pidiendo un trabajo extra, pero no lo haría si no fuese necesario.

—Me lo imaginaba. No se preocupe, que lo tendrá lo antes posible.

—Gracias —se despidió Inés con un tono menos cortante. Colgó el teléfono al escuchar cómo Nieves llamaba a la puerta.

—¡Pase!

Nieves traía varias carpetas y sobre ellas un café con un dulce.

—Aquí tiene los documentos que me pidió. Me he tomado la libertad de traer un café, por si no ha desayunado.

Inés no pudo evitar sonreír.

—Es usted muy atenta. Muchas gracias.

Nieves salió de la sala de reuniones sin decir nada más.

Inés comenzó con las ventas, quería ver quiénes eran los clientes tan importantes de la zona. Después, los gastos. Hizo unas llamadas para comprobarlos. Sobre una hoja en blanco iba apuntando todo lo necesario.

El tiempo entre esos documentos pasó volando. Hasta que el ruido del teléfono rompió su concentración.

—¿Sí? —preguntó extrañada. No sabía quién podría tener ese número.

Era Lina. Algo se le movió por dentro. Con tanto trabajo no había pensado en la tienda.

Mientras hablaba miró el reloj. Casi era hora de comer.

Cuando Lina le propuso llevarle un bocadillo más adelante, no pudo evitar pensar: «Tengo mucha suerte por tener a una mujer tan atenta a mi lado.

Además, será una buena recompensa verla, aunque solo sean cinco minutos».