Primer día #2
—Apréndase dónde está todo. Después ayude a Sofía con la tienda —dijo antes de abrir una puerta que había en el lateral del almacén.
Lina dio un par de vueltas por el almacén negando con la cabeza. Ella había estado mucho tiempo trabajando esas telas, por lo que era muy consciente de las normas básicas, de dónde y cómo tratar la ropa.
—Paciencia, Lina, paciencia —se dijo a sí misma en voz baja.
Una vez fuera, vio a Sofía atendiendo a una clienta que le preguntaba sobre unas camisas para hombre. Sofía se defendía como podía. Era evidente que le faltaba información, sobre todo cuando la clienta le preguntó sobre las costuras de los puños y de la sisa. Su cara mostró su desconocimiento.
Al escuchar los pasos de Lina, se hizo a un lado y le dijo a la clienta:
—Permítame que le presente a Lina, es nuestra nueva dependienta. Es del sur, como usted. Ella sabe muchísimo sobre este producto. ¿Verdad, Lina?
Lina sonrió y respondió amablemente a todas las preguntas que le hizo la clienta. En un principio solo venía a por una camisa para su marido. Terminó llevándose tres de diferentes colores.
Nada más salir la clienta, muy satisfecha, Sofía corrió hacia Lina.
—Sí que eres una gran dependienta, esta señora siempre viene, pero pocas veces se lleva algo. Solo me hace preguntas y más preguntas. Yo creo que se aburre en casa. Sabes de todo.
Lina se rio. Pensó que su compañera la abrazaría de agradecimiento.
—No pienses que soy una enciclopedia. Al final con tantos años aprendes cosas. Además, a estas clientas hay que bailarles el agua para que se lleven cosas.
—Pues pienso copiarte. Vamos —dijo Sofía dándole un pequeño golpe en el hombro.
—Tampoco te pases, hay que hacerlo con tiento, con mimo. Para que no te descubran.
—Sí, sí. Con tiento. Voy a aprender mucho de ti, Lina. ¡Si te parece bien!
—Claro, mujer, yo te enseño lo poquito que sepa.
—Poquito… —El sarcasmo se apoderó de Sofía entre risas de ca-mino al almacén.
En unos minutos salió con tres camisas para reponerlas. Fue directa a las estanterías y los colocó encima.
Lina se acercó al ver cómo lo estaba haciendo.
—¿No las ordenas por tallas?
—¿Para qué?
—Si las ordenas por tallas, no tienes que tocarlas tanto y se arrugan menos. —Levantó algunas de las camisas para meter las nuevas en su lugar.
—Claro. De esta manera si nos dicen una talla en concreto es más sencillo encontrarla —pensó en voz alta.
La jornada transcurrió tranquilamente. No había mucho volumen de clientas. En un momento que estuvieron más tranquilas…
—¿Esto es siempre así? —preguntó Lina.
—Así, ¿cómo? —respondió totalmente intrigada.
—Que si viene tan poca clientela.
—Sí, por la tarde vienen más. Pero cuando se acerca la hora de comer no viene nadie. Por eso cerramos a mediodía.
Antes de que Lina pudiese preguntar otra duda, Sofia la miró con los ojos muy abiertos.
—¡Oye! ¿Te apetece que vayamos al bar de al lado para comer juntas?
Una clienta entró antes de poder contestar. Lina lo agradeció por-que no sabía qué responderle. En teoría iba a comer con Inés. Pero debía hacer lo posible por llevarse bien con su nueva compañera.
Aprovechó que Sofía estaba entretenida para llamarla a la oficina. Al lado del teléfono había una pequeña libreta con teléfonos de la empresa.
Leyó varios nombres. La secretaria le pasaría con Inés.
Lina marcó con rapidez. Esperó un par de tonos nerviosa. Debía parecer muy profesional.
—¿Sí? —respondió una voz muy familiar.
—Inés, ¿eres tú? —preguntó muy extrañada.
—Lina, no sabes la mañana que llevo. Esto es una locura. Te quería llamar. No voy a poder salir del despacho —sonaba muy apresura-da y con cierto enfado.
—Vale, no quiero molestarte. Iré a comer con Sofía, al parecer hay un bar por aquí cerca —dijo vigilando que no pudiesen escucharla.
—Te dije que te caería bien. Sin problemas. Cuando pueda, comeré algo.
—Si quieres... puedo llevártelo más tarde. —Una excusa para verse.
—Me encantaría. Gracias —se notó en su voz que apartaba el enfado por un momento.
Lina sonrió al notar el cambio. Pero antes de poder decirle nada más, Inés se despidió:
—Hablamos luego. Gracias otra vez. Y… ya sabes, ¿no? —su tono era muy dulce y estaba cargado de ternura.
—Sí, ya sé. Tú… lo sabes, ¿no? —bajó la voz y sin poder evitar la sonrisa.
Cuando terminó la llamada, pensó en esas palabras no dichas hasta que la voz de Sofía la devolvió a la realidad.
—Sí, es nueva. La mejor dependienta de España. La hemos traído aquí para las clientas selectas como usted.
—Buenos días, soy Lina. Veo que ha elegido un vestido precioso. Si me permite, le recomendaría que lo acompañase con este pañuelo. La combinación de colores es excelente.
—La verdad es que son muy bonitos. Me los llevo.
Su compañera cobró a la clienta; al marcharse, se despidió y aseguró que volvería pronto.
—Lo que yo decía, Lina, eres la mejor dependienta de España. —Casi daba saltos de alegría.
—Calla, calla. Que me estás poniendo por las nubes.
Lina estaba muy sorprendida con Sofía, qué vitalidad y qué impresionable. Pero bien calladita que estaba cuando la encargada se encontraba cerca.
Sofía volvió del almacén con los vestidos y el pañuelo.
—Bueno, entonces… ¿vamos a comer juntas? —propuso, expectante.
Lina tardó un poco en darle una respuesta para hacerse de rogar.
—¡Sí! Comeremos juntas. Pero no me llevarás a un sitio muy caro, ¿no?
—Para nada. Es el bar de Esperanza. Cocina de maravilla y está muy bien de precio. Aunque lo mejor… —hizo una pausa para mirar si había alguien más en la tienda— es el camarero, Tomás.
Lina se sorprendió al recibir la información. Le encantaban los cotilleos.
—¿Te gusta el camarero?
—A ver… está de muy buen ver, es muy simpático, siempre me dice cosas bonitas… Sí, la verdad es que me gusta —confesó entre suspiros.
—Pero… ¿te pretende?
—¡Ay, chica, qué antigua! Ya no se pretende. Hablamos, nos conocemos y no sé… ya veremos si irá surgiendo una chispa entre los dos.
—Ya le conoceré, ya.
Sofía empezó a reír. Pero la risa se cortó de golpe al escuchar el ruido de una puerta al cerrarse. Era Ana Belén, que venía hacia la tienda.
—¿Cómo ha ido la venta esta mañana? —preguntó la encargada directamente a Sofía.
—Muy bien, doña Ana Belén. Gracias a Lina se han hecho más ventas.
—La novedad siempre vende —sentenció sin levantar la vista de la caja.
Al escuchar el comentario, Lina estuvo a punto de soltar una barbaridad. En lugar de eso la miró con todo el odio que sentía.
—Muy bien, pueden cerrar. Antes de abrir limpien el polvo. Las veré a las cuatro y media. —Ana Belén se fue sin despedirse.
En cuanto salió, Sofía recobró la vitalidad.
—Venga, que tengo hambre…
Cogieron sus cosas y salieron por la puerta. Caminaron apenas cinco minutos hasta que vieron una fachada roja y un letrero en lo alto que ponía «Esperanza». Justo debajo una puerta con una pizarra, en la que se leían los platos del día.
1.º Lentejas o guisantes con jamón. 2.º Pollo al ajillo o lubina al limón. 3.º Natillas o flan.
Cuando Lina entró, percibió el olor de las lentejas y, por un momento, se trasladó a la cocina de la casa familiar. Casi pudo imaginar a Gloria delante de la olla preparándolas.
Había mucha gente. Hizo un barrido con la mirada por todo el bar, pero alguien le llamó la atención: la camarera.
Era una chica con el pelo castaño, llevaba un recogido con un lápiz; su cuerpo era muy bonito, se notaba en sus brazos bronceados que hacía ejercicio.
Lina no pudo evitar fijarse en el escote tan pronunciado que aumentó cuando se agachó para recoger una caja y cambiarla de sitio. Se debió quedar mirándolo unos segundos de más, suficiente para que la observada se diese cuenta.
La camarera soltó un silbido que sacó a Lina del ensimismamiento. Alzó la vista y sus miradas coincidieron directamente.
Sus ojos eran marrones claro, como color miel. Tenían una profundidad que nunca antes había visto; era como si tuviesen muchas historias que contar. Lina se quedó intrigada y fascinada con ellos.
La camarera hizo un leve gesto levantando el mentón y le dedicó una sonrisa tan grande que Lina se ruborizó.
Le habían pillado. No sabía dónde meterse.
Se dirigió a Sofía mientras seguía sintiendo sus ojos clavados en ella.
Por eso, no pudo evitar girarse para comprobar si esos ojos tan enigmáticos seguían fijos en ella.
Efectivamente, así era; esta vez fue Lina quien la pilló mirándola de arriba abajo. Imitó el gesto que había visto hacer un momento antes. Después sonrió divertida.
La camarera asintió sin dejar de sonreír y fue a atender a unos clientes.
Una conexión se había producido. No tuvo miedo de que ella pudiese delatarla, tampoco de que se fuese a ofender por la escena que acababan de vivir. Algo dentro de ella le decía que tenían más en común de lo que pensaban.