Primer día
Lina se despertó antes que Inés; normalmente era al revés. Pero en esta ocasión estaba muy nerviosa. Tenía un nuevo lugar de trabajo, nuevas compañeras y, aunque la noche con Inés le había dejado exhausta, le había sido imposible dormir más de un par de horas seguidas.
Inés se despertó ligeramente, se giró para abrazarla diciendo:
—Solo cinco minutos más. Aprovechemos que vivimos al lado.
Lina se dejó abrazar. No había pasado ni un minuto cuando se levantó enérgica.
—Voy a buscar algo para desayunar.
Inés no tuvo tiempo de retenerla; cuando quiso abrir los ojos, su pareja ya estaba prácticamente vestida y poniéndose los zapatos.
Al ver que salía por la puerta de la habitación, se movió para ponerse sobre la almohada donde había dormido Lina.
Respiró encima de ella y pudo percibir su aroma.
Recordó lo ocurrido anoche en esa misma cama, lo plácidamente que había dormido después de hacer el amor y la sensación tan maravillosa que era despertarse a su lado. En ese momento se dijo a sí misma:
—Inés, hoy va a ser un día duro. Si te agobias, recuerda este momento y todo irá bien. —Se levantó y puso rumbo a la ducha.
Cuando ya estaba vestida y lista para salir, llegó Lina con unos cruasanes. Se había hecho tarde y debían ir a la tienda.
—Hoy desayunamos por el camino —ordenó dándole uno.
La tienda estaba situada en un edificio con dos entradas.
Por un lado estaba el portal de las viviendas.
En el pasado se decidió alquilar uno de los pisos de la primera planta para convertirlo en la oficina central de Barcelona.
Las habitaciones se habían modificado y acondicionado para que fuesen despachos o salas de reuniones para los comerciales de la región.
Por el otro lado del edificio, si caminabas un poco más, llegabas a la entrada de la tienda.
Tenía dos escaparates, uno a cada lado de la puerta.
Desde fuera se podían ver varios maniquís con los últimos modelos.
Un par de macetas con lavanda a cada lado de la entrada, daban la bienvenida a los clientes con su característico perfume.
Justo en la esquina, entre los dos caminos, Inés le dio un pequeño apretón en el brazo a Lina y preguntó, mirándola directamente a los ojos:
—¿Lista?
Lina abrió la boca para contestar, pero solo pudo asentir con la cabeza.
Inés dedicó un par de segundos a leer su mirada; notaba su nerviosismo, incluso un poco de miedo, pero también muchas ganas.
Le colocó el pequeño lazo que llevaba en la solapa junto con su nombre.
No porque estuviese torcido, sino porque necesitaba tener contacto físico con ella.
Tras colocarlo, le dijo con tono directo y seguro:
—Tranquila, lo harás estupendamente. Eres una gran dependienta. No lo olvides. —Lina sonrió. Esas palabras hicieron que se sintiese mejor, pero los nervios seguían en su estómago.
Inés se giró, cambiando radicalmente su rostro. Pasó del gesto tierno con el que se dirigía a Lina, a un semblante más frío, distante.
Entró en la tienda saludando:
—¡Buenos días!
Las dos dependientas se sobresaltaron ligeramente.
Ana Belén, la encargada, fue directa a estrecharle la mano. Mientras la saludaba, Inés analizó sus rasgos. Era una mujer morena, de complexión ancha, con un tono de piel oscura y unos ojos verdes que llamaban la atención.
—Buenos días, señora de la Corte —saludó Ana Belén.
—Es usted Ana Belén García, ¿verdad?
—Sí, señora, para lo que se le ofrezca.
—Ella es la señorita Carolina Escudero, Lina, la nueva dependienta. —Se estrecharon la mano.
—Mucho gusto en conocerla. —Le dedicó una sonrisa algo forzada—. Un placer.
Esperaron a que Ana Belén presentase a la persona que tenía a su lado, pero no lo hizo, provocando cierta incomodidad. Ana Belén se dio cuenta de su torpeza cuando Inés clavó sus ojos en los suyos y después miró a la joven a su izquierda.
—Déjeme que le presente a Sofía Escribano, ella es nuestra dependienta —dijo finalmente la encargada con un poco de nerviosismo.
—Mucho gusto en conocerla. —Inés extendió su mano. Lina repitió el gesto añadiendo:
—Encantada. —Sofía no dijo una palabra, se limitó a estrechar las manos y a sonreír.
Era joven, no debía tener más de veinte años. Con el pelo muy largo de un rubio intenso, su coleta le llegaba hasta la cintura, era delgada y tenía los ojos marrones muy oscuros, casi parecían negros.
Inés miró a su alrededor. La tienda era muy diferente a la que tenían en Ciudad Real: más pequeña, con menos decoración y las temporadas estaban mezcladas. Cuando terminó de echar un vistazo y hacer una valoración preliminar para enumerar todo lo que debía cambiar, se dirigió a Ana Belén:
—Bueno, les dejo para que se vayan conociendo. Lina es una excelente dependienta, le ruego que le enseñe cómo funcionan las cosas aquí. Seguro que si todas ponen de su parte, la incorporación será muy sencilla.
Antes de irse, le dedicó una sonrisa a Lina y se fue de la tienda. Preparándose para su presentación en las oficinas.
El silencio incómodo se instaló en la tienda. Ana Belén lo rompió:
—Bienvenida. Tengo trabajo pendiente. —Se giró y se fue al almacén.
Lina se quedó petrificada por la frialdad de su encargada.
«Pues bien empezamos» pensó para sus adentros.
Sofía se aseguró de que Ana Belén ya estaba en el almacén. Habló por primera vez:
—Es estupendo que esté aquí. Toda la tienda para mí se hacía muy solitaria.
Lina frunció el ceño según la escuchaba.
—Por favor, tutéame. Si vamos a ser compañeras, es lo mínimo, ¿no?
—Sí, claro, perdona. A doña Ana Belén le gusta que le hablemos de usted. Teme que me pueda liar con las clientas.
Cada cosa que escuchaba, le sorprendía más.
—¿Te deja siempre sola en la tienda?
—Siempre… no… casi… bueno, a veces—dijo dudando.
La cara de Sofía era un poema. No sabía qué responder, no quería decir una mentira, pero tampoco perjudicar a su encargada.
Lina le puso la mano en el brazo.
—Sé que es pronto para pedirte que confíes en mí, pero tranquila, no diré nada.
Sofía miró fijamente sus ojos.
—A ver… tú lo has dicho, vamos a ser compañeras.
Doña Ana Belén pasa mucho tiempo en el almacén haciendo sus cosas.
Siempre dice que tiene mucho trabajo y deja la tienda a mi cargo.
—Lina asentía mientras Sofía no paraba de hablar—…
no sé qué hará ahí dentro, pero debe ser muy importante, porque solo sale cuando hay que cerrar o escucha a ciertas clientas.
Amigas de su madre, creo. La verdad, prefiero que se quede ahí dentro, así manda menos faena.
Bastante tengo yo: hay que limpiar, ordenar, reponer…
Qué te voy a contar, si tú vienes de la tienda de Ciudad Real.
Allí se vende mucho, ¿no? ¿La encargada es como doña Ana Belén? ¿Cuántas dependientas sois?
«¡Madre mía! Y parecía una mosquita muerta» pensó Lina al ver que era imposible pararla.
Al ver la cara de Lina, fue consciente de que no había parado de hablar. Puso la mano en el brazo de Lina.
—Perdona si estoy hablando demasiado. Cuando estoy nerviosa no puedo parar… mi madre dice que mi boca va a ser mi perdición. Bueno, cuéntame, ¿cómo es que te has venido a Barcelona? —Finalmente hizo una pausa esperando una respuesta.
Lina estaba un poco confusa con todo lo que había escuchado, pero decidió contestarle.
—Pues… me dijeron que necesitaban una dependienta con experiencia y me ofrecí.
—Claro. Si la directora te avala, es porque debes ser muy buena dependienta.
Lina sonrió y decidió cortarla.
—Bueno, las clientas no se me dan mal y conozco las telas y los cortes. Llevo mucho tiempo trabajando en la empresa. Antes estaba en la sección de costura y después me ascendieron a dependienta.
—Pues tengo que aprender mucho de ti. Porque solo sé lo que leo en las revistas. —Se apoyó en el mostrador para continuar con la conversación cómodamente.
—Claro, te ayudo encantada. Hay muchas cosas…
—Seguro que hay muchas cosas mejores en las que emplear el tiempo que estar de pie sin hacer nada —dijo una voz desde la puerta del almacén.
Ana Belén entró en la tienda con semblante muy serio mirando fijamente a Sofía.
—Ya es hora de abrir la tienda. Espero que no te queden tareas pendientes.
Sofía negó con la cabeza y se dirigió a la puerta para cambiar el cartel de CERRADO por el de ABIERTO.
—Carolina, venga al almacén. Quiero que se relacione con él lo antes posible. No me gusta que haga esperar a las clientas más de lo necesario.
Lina fue a corregirla, Carolina no la llamaba ni su padre. Pero antes de poder hacerlo, ya estaba en el almacén. Lina, al verlo, tuvo que apresurarse para alcanzarla.
—Las estanterías tienen una disposición concreta —comenzó Ana Belén mientras caminaba entre ellas—. Las prendas sencillas de mujer van a este lado, las elegantes al otro, las camisas de caballero en esta parte de aquí…
Mientras Ana Belén seguía explicando, Lina cogió aire, todo estaba al revés. No tenía sentido el orden de las estanterías. ¿Cómo encontraban una talla?
Ana Belén fue consciente de su descontento, por lo que añadió:
—La anterior encargada durante más de 20 años, diseñó la organización del almacén. Lleva mucho tiempo siendo así y seguirá. O...
¿tiene alguna objeción?
Lina estuvo a punto de soltar la lista de cosas que estaban mal. Pero en lugar de eso, recordó la frase de Inés: «Dale una oportunidad, es lo único que te pido».
—Las cosas son muy diferentes a lo que estoy acostumbrada—dijo finalmente, haciendo grandes esfuerzos para que no se le notase el cabreo—, pero…
Antes de que pusiese seguir hablando, Ana Belén la interrumpió de forma seca y autoritaria.
—Pero debe acostumbrarse, ya no está en Ciudad Real. Aquí las cosas se hacen de esta manera. Me son indiferentes las referencias que tenga, ha venido para trabajar, no para que dé su opinión.
Lina se guardó sus palabras haciendo un gesto de afirmación con la cabeza. Por dentro se la llevaban los demonios con la prepotencia de esa mujer.