Juntas en Barcelona Hogar, dulce hogar
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Hogar, dulce hogar

Un coche las trasladó de la estación a su nuevo hogar. Cuando estaban cerca del destino, el conductor les habló por primera vez en todo el trayecto:

—La playa está a unos quince minutos caminando en esa dirección, calle abajo.

No tiene pérdida. La dirección de la tienda que me indicó por teléfono está en la avenida paralela a la que estamos transitando.

Su piso se encuentra en la próxima calle, a la que no puedo acceder con el coche. ¿Les parece bien si se apean aquí?

Inés, asombrada por la cantidad de información recibida en tan poco tiempo, respondió abruptamente:

—Eh… Sí, sí. Aquí está bien.

El conductor estacionó el vehículo y se bajó para abrir la puerta a las pasajeras. Acto seguido, fue directo al maletero, cogió sus maletas, se las entregó y dijo señalando con la mano:

—Es esa calle a la derecha.

Inés le dio las gracias y sacó el bolso con intención de pagarle por los servicios. Cuando el conductor adivinó lo que pretendía, negó con la cabeza:

—Doña Faustina ya se encargó de eso. Y fue muy generosa.

El conductor le tendió una tarjeta con su número de teléfono y su nombre mientras añadía:

—Si necesitan transporte, no duden en contactar conmigo. Sea la hora que sea.

Se dio la vuelta y, antes de que Inés pudiera darle las gracias, ya se había subido al coche.

Inés y Lina cogieron las maletas, caminaron en la dirección que les había indicado el conductor.

Cuando giraron a la derecha, se quedaron fascinadas por lo bonita que era la calle.

El piso estaba al final de un paseo peatonal, por lo que el ruido de los coches no iba a ser un problema.

El edificio tenía un tono amarillo pastel y la parte baja estaba recubierta de piedra.

Los balcones se encontraban llenos de plantas; se podían distinguir las casas solo por los colores de las cortinas.

El portal era impresionante, con una puerta de forja negra y una vidriera redonda en la parte superior, mostrando el número 4 con una escritura victoriana.

Al verlo, Lina pensó:

«La de hilos que ha tenido que mover Inés para encontrar este piso tan rápido y tan bien ubicado. Todo está cerca. Si es por dentro la mitad de bonito que por fuera, estoy más que satisfecha… aunque, bueno, yo viviendo con ella tengo suficiente. Cuatro paredes y un techo me sirven».

—¿Qué te parece si subimos las cosas, vemos la casa y luego buscamos algo para cenar? —le propuso Inés mientras caminaban—. Tal vez podamos cenar en la playa.

Lina no necesitó decir palabra: la expresión de su rostro habló por ella. Le encantaba la idea.

Llegaron al portal. Inés sacó dos juegos de llaves. Le entregó uno y dijo:

—Aquí están las llaves de tu nuevo hogar.

—De nuestro nuevo hogar —le corrigió haciendo énfasis en la palabra «nuestro».

Inés sonrió, abrió la puerta y caminaron cogidas del brazo hasta el ascensor. Una vez dentro, Inés pulsó el botón del último piso.

Lina, acercándose ligeramente a ella, dijo:

—Así estaremos más cerca del cielo.

Inés hizo esfuerzos por contener la sonrisa. Aunque quisiera, sería incapaz de mostrar seriedad en ese momento. Ella había pensado exactamente lo mismo un instante antes.

Miró hacia arriba fingiendo admirar la infraestructura, pero en realidad quería asegurarse de que no había nadie por las escaleras. Vio cómo Lina hacía lo mismo, acto que aprovechó para darle un beso rápido y furtivo. Tenía tantas ganas de besarla que ese pequeño roce le supo a gloria.

Lina la miró sorprendida y, cuando quiso devolvérselo, Inés sonrió, abrió la puerta del ascensor y dijo:

—Ya hemos llegado.

Estaba nerviosa. Este iba a ser su piso del amor, el lugar donde vivirían juntas, donde no tendrían que esconderse, y, sobre todo, donde podían ser ellas mismas.

Inés se disponía a abrir la puerta cuando Lina la interrumpió:

—Espera, quiero hacerlo yo —dijo moviendo su juego de llaves para que sonasen.

Inés se echó a un lado y le dejó el paso libre. Lina giró las llaves en la cerradura, y esta se abrió.

Las dos entraron en la casa asombradas. No tenían palabras.

Tras cerrar la puerta, se miraron a los ojos y se fundieron en un beso. No hacía falta decir ni hacer nada más. Ambas eran conscientes del momento tan especial que vivían y querían atesorarlo en su recuerdo.

Tras ese beso tierno y suave, se centraron en el piso.

—Inés, la casa es preciosa. —La fascinación era latente en su voz, mientras se adentraba.

El salón tenía dos ventanales que permitían la entrada de una luz que inundaba todo.

La decoración era exquisita: los cuadros, los muebles, las cortinas… todo estaba cuidado al detalle. Mostraba elegancia sin ser sobrecargado.

Lina cogió a Inés de la mano y casi la arrastró para ver el resto de las estancias.

Saliendo del salón había un pasillo que dividía la casa en dos par-tes y, al final, una puerta.

A la derecha estaba el baño, en tonos azules. Tenía una gran bañera con patas de león, un espejo grande y una pequeña estantería al lado. A continuación, un despacho con un par de estanterías al fondo y una mesa en el centro de la habitación, todo hecho en madera de tonos suaves.

Inés ya se imaginaba trabajando en ese lugar tan acogedor alguna tarde, mientras Lina la interrumpía para proponerle un plan mucho más divertido. Al pensarlo, no pudo evitar sonreír con picardía.

En el lado opuesto del pasillo, lo primero que encontraron fue la cocina. No era muy grande, pero estaba completamente equipada: nevera, fogones, armarios, utensilios de cocina… En el centro, una encimera de granito y un par de sillas.

Junto a la cocina, había una habitación de buen tamaño con lo básico: cama, armario, estanterías y una mesita de noche.

—¿Esta es nuestra habitación? —preguntó Lina con un leve matiz de decepción.

—¿No te gusta? —respondió esquivando la respuesta esperada.

—A ver… tiene una cama y tú estás aquí. Con eso tengo más que suficiente—dijo antes de besarla.

—Ven —le dijo con un tono muy dulce mientras la cogía de la mano.

La llevó hasta el final del pasillo, se paró frente a una puerta y le susurró:

—Tienes que cerrar los ojos.

Lina la miró con desconfianza, esperando que desistiera. Al ver que Inés no cambiaba de idea, no pudo evitar sonreír, cambió el gesto y cerró los ojos.

Inés abrió la puerta, se adelantó para correr las cortinas y dejar entrar la luz del sol. Después, se colocó detrás de Lina, puso una mano en su cintura y, pegando su cuerpo al de ella, le indicó que podía caminar hacia adelante.

Lina sintió la luz en el rostro, percibió un olor diferente y juraría que podía oír el mar.

Inés le susurró al oído con una voz tan cálida y sensual que erizó el bello de los brazos:

—Ya puedes abrirlos.

Lina obedeció sin decir palabra.

No podía creer lo que veía. La habitación era enorme. Las paredes, decoradas en tonos grises. La cama, colocada en un extremo, era muy grande, de roble macizo y las dos mesillas a juego.

En el lado contrario, un vestidor con los armarios más grandes que había visto nunca. Pero lo mejor lo tenía justo delante: una ventana orientada al mar. Al estar en el último piso, se veía perfectamente, se olía… se sentía.

Sin pensárselo, avanzó directamente hacia ella.

—Inés, esto es… —Abrió la ventana. No pudo terminar la frase por el asombro ante el paisaje.

—… nuestra casa —completó su frase mientras se acercaba a ella.

Inés sabía que esa habitación era su pequeño paraíso en la Tierra y que allí nada malo podía ocurrir.

Lina observaba el paisaje cuando Inés la abrazó por detrás. Le dio un beso en el cuello y dijo:

—Ahora… sí te gusta tu habitación, ¿verdad?

Lina rio, pero no respondió. Solo se giró, posó las manos en sus mejillas y se fundieron en un cálido beso.

Tras ese beso vino otro, y otro. No eran besos de deseo ni de excitación. Se besaban porque eran libres para hacerlo. Porque era la mejor forma de decirse lo mucho que se amaban.

Inés detuvo poco a poco lo que estaban haciendo, apoyó su frente en la de Lina y, tras tomar aire, dijo:

—Si seguimos así, nos van a cerrar las tiendas y se nos va a hacer tarde para ir a la playa.

Lina dio un pequeño salto.

—¡Ay! La playa. ¿A qué estamos esperando?

Le dio un beso rápido y, cogiéndola de la mano, salieron rumbo a la puerta principal.

Cerca de allí había un pequeño ultramarino donde pudieron comprar algo de cena. Con ella lista, se dirigieron hacia la playa.

—Inés, ¿cómo lo has hecho para encontrar ese pisazo? —preguntó con mucho entusiasmo.

—Reconozco que no he tenido nada que ver. Le dije a Alejandra que me ayudase con ese asunto —respondió mirándola de reojo.

—Pues dale las gracias de mi parte, es precioso. —No podía borrar la sonrisa.

Cuando llegaron a la playa, Lina se quitó los zapatos y cogió la bolsa para que Inés hiciese lo mismo.

Las dos caminaron hasta un punto de la arena donde quedarse lo suficientemente lejos del agua para no mojarse, pero bastante cerca para sentir el frescor de las olas.

Por suerte, Lina en el último momento cogió una manta que encontró en uno de los armarios.

La estiró y miró a Inés satisfecha. El rostro de ella daba a entender que nunca antes había improvisado un plan de ese tipo.

Ya sentadas.

—Estoy nerviosa por mañana —le confesó Lina.

—No tienes por qué —contestó con un tono cortante—.

Sabes que eres una gran dependienta. Será pan comido —al terminar la frase suavizó el tono y le dio un pequeño empujón con su hombro.

Lina se rio. Le encantaba cómo Inés podía ser tan cortante y tan cercana a la vez.

Era una de las cosas que más le gustaba de ella.

Se produjo un breve silencio. Ambas estaban absortas en sus pensamientos.

—¿Sabes? —dijo Lina a la vez que Inés iba a empezar la conversación diciendo:

—Nunca te he contado...

Se rieron por la coincidencia. Finalmente, Lina le hizo un gesto con la cabeza para que continuase su historia.

—Nunca te he contado que Mario Calderón, el fotógrafo, fue el primero en darse cuenta de que me gustabas. —Dejó un poco de tiempo para que reflexionase sobre el secreto que le acababa de confesar.

—¿El que hizo las fotos para la última línea de invierno?

Inés hizo una caída de ojos a modo de afirmación.

—¿Cómo pudo ser él el primero en saber que yo te gustaba? —Esa información le había pillado por sorpresa. Inés se inclinó un poco hacia atrás y dejó que los últimos rayos del día le diesen en la cara. Su rostro mostraba una mezcla perfecta entre felicidad y comodidad. Cogió aire y contestó:

—¿Recuerdas que al principio nuestra relación era...? —Intentó escoger bien las palabras pero no encontraba las adecuadas—, vamos, que no te traté de la mejor manera.

—Perfectamente —contestó rápidamente— Ya te lo dije en su momento.

—Pues él lo notó. Un día me invitó a cenar.

Le rechacé de manera muy directa y comprendió que era porque mi corazón estaba ocupado por otra persona.

—Lina abrió mucho los ojos y escuchó con atención—.

Me dijo, sin miramiento ninguno, que estaba enamorada de otra persona, en concreto de ti.

Me dijo cosas como: solo había que ver cómo te miraba, cómo te trataba. .. que me atraías irremediablemente.

Mientras escuchaba, no podía disimular su cara de sorpresa y de indignación porque ese fotógrafo se le hubiese insinuado.

—Pero si lo hacías fatal —alegó Lina.

—Precisamente por eso. Según él, era mi manera de defenderme de lo que realmente sentía por ti —el tono tornó a uno más serio.

Aún le dolía recordar cómo se había portado con ella, lo injusta y dura que fue nada más incorporarse a la tienda.

Lina intuyó perfectamente por dónde iban sus pensamientos y quiso quitarle dureza al momento.

—Pues ya me podrías haber regalado una caja de bombones, como hacen todos los pretendientes. —Inés no pudo contener una gran carcajada.

—¿Por qué crees que llevé a la tienda una bandeja de bollos?

—Pues te salió muy bien la jugada, porque me conquistaste con esa delicia.

—No podía apartar la vista de sus labios.

Negó con la cabeza para convencerse a sí misma de que no debía hacer lo que tanto deseaba.

Inés se dio cuenta, le miró los labios y a continuación se humedeció su labio inferior dejándole claro que, de estar en otro lugar, también la besaría en ese instante.

Movió sutilmente la mano para que sus dedos se tocasen.

Al sentirla, respiró profundamente, se acercó a ella para susurrarle con una voz suave, cargada de sinceridad:

—Me encantaría ver esta puesta de sol abrazándote.

—Vámonos a casa, allí podrás hacer eso y... muchos más —respondió esperando la reacción de Inés.

Esta no tardó en llegar, una sonrisa maliciosa se dibujó en su rostro, a la vez que arqueaba una ceja dando a entender que sus pensamientos no eran nada puros. Recogieron sus cosas, doblaron la manta y emprendieron el camino de vuelta a casa.

Una vez en casa, Lina estaba guardando las sobras de la cena.

—¡Inés! Mañana tendremos que ir a comprar o buscar una can-tina donde desayunar, porque no tenemos de nada —elevó la voz desde la cocina.

Esperó la respuesta, pero no llegó. Fue a buscarla—.

¿Inés? — Sin respuesta. Abrió la puerta de la habitación y encontró una escena maravillosa: Inés tumbada en la cama con una bata de seda azul que hacía juego con sus ojos.

La escena la dejó boquiabierta. Rápidamente se recompuso entendiéndolo todo.

—¿No íbamos a ver la puesta de sol? —preguntó Lina señalando la ventana.

—Ya es de noche, la veremos mañana. —Se levantó de la cama y sin apartar sus ojos de los suyos se fue acercando, mientras se deshacía el nudo de la bata para mostrar levemente que no llevaba nada más puesto. Lina, al verla, contuvo el aliento. Sin dejar de mirar el cuerpo de Inés balbuceó:

—Sí, mañana u otro...

Antes de poder terminar la frase ya se había abalanzado sobre ella para besarla.