Juntas en Barcelona Rumbo a Barcelona #2
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Rumbo a Barcelona #2

¿A quién pretendo engañar? Ella está desde hace tiempo.

Entró sin pedir permiso, casi sin ser vista, pero se ha apoderado de mí.

La primera vez que puse su nombre fue porque necesitaba reflexionar sobre todos los sentimientos nuevos que me provocaba.

Necesitaba expresarme, conocerme más y salir de esa jaula de oro en la que estaba encerrada.

Necesitaba gritar sin que nadie me escuchase y así liberarme de esa carga, de esas apariencias que siempre he debido mantener de cara a mi familia, a los demás. Ella es la persona más valiente que conozco. La admiro. Esa valentía es contagiosa. Claro que lo es. Yo soy la prueba de ello.

Hace unos meses nunca habría imaginado que reuniría el valor suficiente para dejar a mi familia por perseguir el amor, por perseguir lo que quiero y a quien quiero.

Gracias a Lina he tenido fuerzas, y me hace muy feliz el futuro que vamos a compartir.

Conseguir trasladar la dirección está siendo una ardua tarea.

Pero el premio lo merece. Las discusiones con mi madre y las amenazas de Julián quedarán en el olvido cuando pase todas las noches junto a ella.

Nos esperan tantas cosas por vivir, tantos momentos por compartir.

Deseo tenerla en lo cotidiano, en lo sencillo.

Como si fuésemos una pareja normal. Es extraño pensar que lo normal sea tan difícil de conseguir, al menos para nosotras.

Cuando besé a Lina por primera vez, dejé de sobrevivir y comencé a vivir. No se me ocurre mejor forma de aprovechar la vida al máximo que con este nuevo comienzo…

Inés estaba tan absorta en su escritura que no se dio cuenta de quién estaba a su lado. Lina había vuelto del vagón restaurante y estaba esperando a que terminase para poder pasar. Interrumpió su escritura, levantó la vista, su rostro mostraba concentración, pero al verla se le iluminó la cara.

Tranquilamente, guardó el cuaderno y se levantó para que pudiera sentarse en su asiento.

Dejó espacio para que pasara, ambas se quedaron muy cerca, tanto, que casi pudieron sentir el aliento de la otra.

Inés miró a su alrededor por si alguien había notado la complicidad de más que tenía ese cruce de miradas.

Por suerte, los pasajeros del tren estaban absortos en sus lecturas. Nadie se percató de ellas.

—Lina, te quiero adelantar lo que vas a encontrar en la tienda cuando te incorpores al trabajo —cambió su tono a uno más serio.

—Buena idea. Así estaré más preparada y se me pasarán antes los nervios —respondió con entusiasmo contenido.

Inés volvió a abrir su carpeta y buscó un papel donde tenía apuntados nombres y cargos.

—He hecho unas llamadas… —comenzó con su tono de jefa—. Tu encargada se llama Ana Belén. Lleva poco tiempo en la tienda. Su madre, la anterior encargada, la instruyó para que la sucediera. Esto hizo que no pasase mucho tiempo de cara al público. Pero como encargada, dicen que es excelente.

—Seguro que no es tan buena como Candela —replicó.

—¡Oye! Que ahora va a ser tu jefa —le cortó.

Lina mostró en su rostro el descontento y el rechazo por tener una encargada «enchufada». No la conocía, y ya le caía mal.

—Mi jefa eres tú —replicó, muy segura de sus palabras.

Inés cogió aire. No quería una discusión, ni que Lina empezase a trabajar con prejuicios.

—Candela es única, pero tendrás que acostumbrarte a los cambios. Seguramente trabajará de forma diferente, pero eso no quiere decir que sea una forma inadecuada de hacer las cosas —dijo en tono conciliador.

—Tienes razón —contestó con descontento y resignación a la vez.

—Dale una oportunidad. Es lo único que te pido.

Lina hizo un gesto afirmativo con la cabeza. Tenía razón.

Inés prosiguió:

—La otra dependienta se llama Sofía. Es una chica joven. Lleva poco tiempo en la empresa, pero dicen que aprende rápido, es muy callada y responsable. Te caerá bien.

Lina volvió a asentir sin decir nada. Sabía que el cambio no iba a ser fácil.

—Ten fe —la alentó, al ver su cara— Los cambios son difíciles al principio, pero como eres una gran persona y una dependienta excelente, seguro que en dos semanas te sientes casi como en casa.

—Casi—resaltó—. No creo que lleguen a ser tan amigas como Candela y Clara.

—No lo pretendo. Solo permíteles conocerte. —Le cogió el mentón para ver mejor sus ojos.

Tras unos segundos, Lina dio su brazo a torcer.

—Vale. Te haré caso. Si voy a pasar tantas horas en la tienda, lo mejor será que nos llevemos bien—aceptó finalmente.

—Así me gusta. —Le guiñó un ojo para cerrar el trato.

Ambas sonrieron y chocaron sus frentes, como en un leve beso. Al instante, recordaron dónde estaban. Inés cortó el momento:

—Me instalaré en el despacho que hay en el piso superior. Allí está el responsable de ventas y de todo en general. Un tal… Severiano Gómez. Parece un poco tosco por teléfono. Pero ya sabes… hombres —añadió con tono irónico.

Lina sonrió y le dio un pequeño codazo para que bajara la voz.

El resto del viaje fue tranquilo. Inés siguió concentrada en sus documentos y anotaciones. Lina no dejó de mirar el paisaje. Pocas veces en su vida había salido de Ciudad Real.

Sentía una mezcla de nervios, esperanza e incertidumbre que no le permitía relajarse. Una cosa tenía clara, su vida iba a cambiar.