Juntas en Barcelona Rumbo a Barcelona
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Rumbo a Barcelona

Unas semanas más tarde

No fue nada fácil convencer a Faustina para trasladar la dirección de la empresa a Barcelona. Gracias al apoyo de Alejandra, en lo empresarial, y de Isidoro, en lo personal, fue posible. Muchas cosas quedaban por cerrar, pero lo más importante ya estaba hecho.

Quizás, Inés tendría que viajar a Ciudad Real varias veces al mes, pero era un precio que estaba más que dispuesta a pagar por su libertad... su libertad con Lina.

Al principio, su hermano se negó en rotundo.

No iba a permitir que su querida empresa se alejase de sus dominios, pero cuando la junta aprobó el traslado, gracias a los sólidos argumentos de Inés sobre el control de producción en Francia, la gestión de los contratos en la costa y la previsión de ventas en Barcelona. ..

Inés se marchaba más tranquila gracias a que su madre le hizo una firme promesa: no volvería a cubrir a Julián y haría todo lo posible por mantenerlo a raya. También le juró que estaría al tanto por si su primogénito intentaba arrebatarle la dirección de la empresa.

Inés, sentada junto al pasillo, tenía una carpeta abierta entre las piernas. En ella había una lista con todas las tareas pendientes. Por suerte, muchas ya estaban tachadas. Otras tenían interrogantes, como si algo quedara en el aire, y junta a otras había unos símbolos que solo ella entendía.

Lina no pudo evitar fisgonear. Echó un vistazo por encima de su hombro, pero no entendió ni la mitad de las frases. La letra de Inés le parecía preciosa, aunque indescifrable por la cantidad de iniciales y abreviaturas que tenía.

Una hoja llamó su atención, solo asomaba una de sus esquinas, pero era de color azul celeste.

—¿Puedo? —preguntó, señalando la esquina superior derecha de la carpeta.

—Claro —respondió con dulzura, sin apartar los ojos del documento que estaba revisando.

Lina sacó con cuidado el papel, intentando no desordenar el resto. Daba la impresión de que cualquier movimiento brusco haría caer toda la carpeta al suelo del vagón.

Cuando logró extraerlo por completo, vio que era un dibujo. Representaba un paisaje: el mar, de un azul intenso, mostraba un par de delfines a un lado, una playa con palmeras y dos personas sobre la arena, justo en el centro.

Lina sonrió, imaginando de quién era aquella pequeña obra de arte.

—Es de tu sobrina, ¿verdad? —preguntó con una gran sonrisa, casi visualizando a la pequeña Julieta sentada frente a sus pinturas, dejan-do volar su imaginación.

—Sí, me lo regaló antes de irme —respondió, dejando la hoja que estaba leyendo sobre sus piernas—. Me hizo prometerle que, cuando viniera a visitarme, iríamos a ver todas esas cosas.

—No sé de dónde vas a sacar los delfines—bromeó.

—Yo tampoco.—Rio.

Lina observó el dibujo con más atención.

Se fijó especialmente en las dos personas: una claramente era Julieta, pequeña, con cabello castaño y una muñeca en la mano.

La otra estaba claro que era Inés: delgada, con el pelo corto dorado, y un vestido rojo que le daba un aire elegante.

Estaba mal pensarlo, pero hasta en un dibujo, Inés era guapa.

Lina apoyó el papel en sus rodillas y se quedó mirando por la ventana. El regalo de Julieta le recordó la conversación que tuvo con sus amigas antes de irse.

—Lina, cariño... Antes de que te des cuenta ya estarás aquí de nuevo. Inés va a tener que venir muchas veces para arreglar papeles —dijo Candela, al ver las lágrimas asomando en sus ojos.

—Ya verás como sí, Lina. No te va a dar tiempo a echarnos de menos. ¡Además, lo mismo vamos nosotras para allá! A mí me encantaría... mi sueño es ver el mar —añadió Clara, intentando quitarle hierro al asunto.

—Vale, chicas... pero prometedme que vendréis a verme, que nos llamaremos siempre que podamos. Os voy a echar mucho de menos. —Las abrazó con fuerza.

Una sonrisa se instaló en su rostro. ¡Qué buenos momentos habían pasado juntas en la Colonia! Allí dejaba más que a dos amigas, dejaba a dos hermanas.

Inés detuvo su lectura y la miró de reojo. La luz del sol le iluminaba el rostro, y estaba preciosa. La habría besado allí mismo solo para sacarla de sus pensamientos, pero las ganas de evitar un escándalo se lo impidieron.

Lina suspiró, ajena a la mirada de Inés, y continuó con sus recuerdos.

Las compañeras del taller de costura le organizaron una fiesta de despedida en la cantina. Nunca imaginó que media Colonia querría despedirse de ella. Si lo pensaba bien, dejaba muchos amigos atrás.

Juan le preparó un enorme bocadillo de jamón para el camino. Mientras se lo entregaba, le dijo:

—Seguro que allí los bocadillos no están tan buenos como los míos.

«Cómo me conoce» pensó Lina.

La fiesta fue preciosa: risas, lágrimas, bailes… Un poco de todo, pero muy especial. Fue reconfortante sentir el cariño de todos sus compañeros, de todos sus amigos. Estaba segura de que notaría su ausencia cuando viese que la vida en Barcelona iba a ser muy distinta.

Al terminar la fiesta, Candela y Clara le regalaron una pulsera muy parecida a la que Candela llevó en su boda. De hecho, Clara se había comprado una igual. Así, cada una tendría la suya y sabrían que, cuando se necesitasen, allí estarían.

Lina recordó todo aquello con una sonrisa, pero pronto la tristeza asomó en su rostro al pensar en su padre.

Sin darse cuenta, llevó la mano al anillo de su madre.

Cuando su padre tuvo el accidente le pidió que lo guardara.

Desde entonces se lo ponía en todos los momentos importantes.

Puede parecer infantil, pero si lo llevaba puesto, sentía a sus padres más cerca.

Fue muy duro despedirse de él. Isidoro le hizo prometer que lo llamaría cada dos días y le escribiría cartas.

Por suerte, Gloria le cuidaría y estaría pendiente de que no forzase el hombro.

Lo iba a echar mucho de menos y esperaba que nada malo le pasase en su ausencia.

Quizás algún día pudiera convencerlo para que se mudara con ellas.

Gloria le había regalado un pañuelo con sus iniciales bordadas.

—Una dama siempre debe llevar uno.

Casi pudo escuchar el sonido de su voz en la cabeza. Qué agra-decida estaba. Gloria siempre había sido su apoyo, su consejera. Más de una vez se había llevado alguna que otra regañina también, pero siempre con cariño. La quería como a una madre.

Inés interrumpió sus pensamientos.

—No te pongas triste. Podemos bajar a Ciudad Real cuando queramos. Es más, cuando tenga que ir por trabajo, vendrás conmigo y podrás verlos a todos.

Inés sabía leer sus pensamientos como si estuviera dentro de su cabeza, y eso le encantaba.

—Lo sé… pero, aun así, los voy a extrañar. —Toda ella mostraba nostalgia. Inés lo comprendía perfectamente. Ella también echaría de menos a su madre cuando necesitase consejo, o a su hermana para desahogarse.

«A Julián no lo voy a echar tanto de menos» pensó Inés.

Con todo lo que había salido a la luz últimamente, se había gana-do a pulso quedarse al margen. Aunque, por mucho que le pesase, seguía siendo su hermano y le quería a pesar de todo el daño que había provocado.

Inés la miró a los ojos, después a sus labios. Quizás era la luz del tren o el futuro que les aguardaba en Barcelona, pero la veía increíblemente guapa. Es más, si no estuvieran en ese vagón, le habría… hecho tantas cosas.

En lugar de eso, cogió un papel lleno de tareas tachadas, le dio la vuelta y escribió:

«Ahora mismo, te besaría».

Lina lo leyó y soltó una risa nerviosa. Miró alrededor por encima de los asientos. Nadie parecía haber notado el pequeño escándalo. Cogió la pluma que Inés tenía en sus manos, rozando sus dedos intencionadamente, y respondió justo debajo:

«¿Dónde?».

Le lanzó una mirada de complicidad.

Inés se ruborizó solo de imaginar las posibles respuestas. Con una sonrisa de medio lado, decidió jugar un poco más:

«Donde tú me digas».

Lina se humedeció los labios. Para Inés ese gesto no pasó desapercibido, y por un instante su respiración se cortó.

Lina la miró directamente a los ojos… cuando captó su atención, observó la pluma…

después de vuelta a sus ojos mientras posaba el extremo de la pluma sobre sus propios labios.

Sin emitir sonido, articuló una palabra:

—Aquí.

Inés asintió.

Lina dibujó con la pluma una línea imaginaria desde sus labios hasta la parte izquierda del cuello. Inés abrió ligeramente la boca… y volvió a asentir.

Lina continuó la línea desde el cuello hasta el borde de su blusa, cerca de los pechos.

Inés siguió con la mirada y no pudo evitar un leve suspiro. Lina se mordió el labio inferior solo de imaginarse en esa situación.

Inés repitió el gesto que, anteriormente, le había encantado de Lina, quitarle la pluma rozando suavemente sus dedos. Con una sonrisa maliciosa, escribió:

«Lo haré cuando lleguemos a casa».

Un suspiro de deseo fue la respuesta inmediata de su cuerpo. Después, ambas se rieron para liberar la tensión que acababan de crear entre los mensajes y aquel pequeño juego silencioso.

—Creo que voy a ir a la cafetería a por algo de beber, me está entrando mucho calor —dijo Lina, enfatizando la palabra «calor» mientras pasaba muy cerca de ella.

Al perderla de vista, Inés pensó: «Es una mujer fuerte y estamos haciendo lo correcto. Una vida con Lina es lo que quise desde que me di cuenta de lo que era el amor».

En ese momento cogió su diario del bolso; necesitaba expresar lo que se le pasaba por la cabeza.

Desde siempre había escrito sus pensamientos. Era la forma que tenía de gestionar los problemas, de ordenar sus ideas. A veces solo eran unas líneas; otras, páginas y páginas hasta que conseguía calmarse.

Lo abrió por una hoja nueva. Posó la parte trasera de la pluma entre sus labios, recordando el juego tan divertido que acababan de tener. Con una leve sonrisa escribió a modo de título:

Nuevo comienzo:

Hoy empiezo una nueva etapa en mi vida, en nuestra vida. A partir de ahora, estas líneas no solo hablarán de mí, sino también de ella.