Momento que lo cambió todo
I nés estaba en el despacho recogiendo sus cosas. El cargo de directora exigía mucho tiempo y dedicación. Ponerlo todo al día le estaba ocupando más tiempo del que esperaba.
La tarde no había sido muy fructífera. Que se destapara el secreto más oscuro de Julián, solo había conseguido distraerla. Todavía no podía creérselo. Cómo logró ocultarlo, cómo había sido capaz de hacer tal cosa.
Por todo lo ocurrido, las cosas con Lina estaban tensas. El temor a que ella no quisiese mezclarse con la hermana de un asesino le sembró una semilla de duda. No quería perderla, pero entendía perfectamente que quisiese alejarse.
Mientras salía de la secretaría, escuchó unos pasos conocidos atravesando el pasillo. Esperó unos instantes. Lina abrió la puerta, no tenía el uniforme puesto. En ese momento, cayó en la cuenta de que era más tarde de lo que imaginaba.
«Está guapísima—pensó Inés—. Esa falda me encanta».
—¿Se puede? —preguntó Lina antes de acercarse más.
—Justo estaba pensando en ti —respondió Inés, controlando todo su cuerpo para no correr a sus brazos.
Necesitaba la tranquilidad que ella le transmitía solo con su cercanía.
Lina avanzó segura, llegando a la mesa de la secretaria, mientras decía:
—Tus pensamientos se han hecho realidad, aquí estoy.
—Me siento muy afortunada de que así sea —respondió, mientras se sentaba sobre la mesa.
Tenían pendiente una conversación.
Inés cogió aire.
—Imagino que ya sabrás todo lo que ha pasado en mi familia.
—Sí. Gloria y mi padre me lo han contado.
—Y… ¿Qué piensas?—Inés, esperaba lo peor. Porque en el fondo era lo que se merecía.
Lina se tomó su tiempo para responder. Ambas se miraron a los ojos durante un instante. El suficiente para que viera la incertidumbre en sus ojos.
—Lo que ha hecho no tiene perdón. Creo que tu hermano ha sobrepasado una línea que nunca se debe cruzar.
El miedo a que la relación terminase se apoderó de Inés. Intentó controlar sus emociones, por eso respondió con voz dubitativa:
—¿Entonces?
—Tú no eres como él. —Intentó contener la sonrisa que se em-pezaba a dibujar en su rostro—. Tu corazón es puro y bueno. No está impregnado de la maldad que tiene él. Pero te confieso que hay una cosa que me da miedo.
No hizo falta preguntar. Un leve gesto de cejas hacia arriba fue suficiente para entenderse.
—Me da miedo que la dirección, el estar cada vez más cerca de tu hermano, te contagie parte de esa oscuridad.
Un temor irrumpió en los pensamientos de Inés. ¿Ysi tenía razón?
—Quizás deberíamos huir, marcharnos lejos de aquí y dejar todo esto atrás. —La debilidad y las ganas de rendirse hablaron por ella.
—Ahora no puedes abandonar todo esto. No quiero que renuncies a algo que has peleado con uñas y dientes.
Es muy difícil lo que has hecho. Ir ascendiendo desde lo más bajo, con todas las piedras que tu hermano te puso en el camino —dijo Lina mientras buscaba alguna pequeña reacción en el rostro de Inés.
—Una parte de mí desea quedarse —confesó—, pero no quiero que ese miedo se haga realidad. —Le cogió la mano—. Por eso necesito que estés a mi lado. Tú serás capaz de avisarme cuando tome alguna decisión que me pueda llevar a ser como él. —El gesto de Inés se tornó en dulzura.
Lina hizo un gran esfuerzo por contener las ganas de besar los labios que habían acariciado todas esas palabras tan sinceras.
Inés continuó:
—Entendería que por todo esto que ha pasado quisieras alejarte de mí, tomar distancia entre nosotras. Si se destapa, puedes verte relacionada sin haber participado lo más mínimo. Todo por culpa de mi familia.
—¡Para! —dijo sin pensar. No alzó la voz, solo fue muy tajante—. Para mí, tú eres Inés, nada más. La niña rebelde que he visto crecer. Eres una mujer justa, que sabe lo que quiere y por eso consigue todo lo que se propone.
Se acercó más a ella mientras la rodeaba por la cintura. Ambas frentes se unieron como si se diesen un ligero beso. Necesitaban conectar de alguna manera.
Lina continuó hablando, mientras acariciaba la línea perfecta de su mandíbula:
—Cuando te miro, veo la mujer de la que estoy profundamente enamorada.
Inés se quedó sin aliento durante un segundo. Esas palabras le llegaron a lo más hondo. No pudo evitar besarla de la manera más tierna y suave que sus labios le dejaron.
Lina se dejó llevar por el momento y quiso más. Más besos, más caricias. Quiso sentir a Inés de una manera más íntima. Los besos ya no eran tiernos, pues se transformaron en apasionados. Las manos de Inés bajaron más allá de su cintura. Lina la atrajo con fuerza mientras seguía besándola.
Inés la separó rápidamente.
—No, no pienso arriesgarme—dijo Inés clavando los ojos en los suyos. Su mirada estaba llena de amor, pero a la vez había algo oscuro en ella: miedo, dudas, terror…
Lina se quedó en silencio. Después ese beso, no esperaba un cambio tan radical.
—No quiero arriesgarme. No sé hasta dónde puede llegar mi hermano. Mató a su mujer con veneno, vio cómo exhalaba su último aliento sin hacer nada. —El miedo era latente.
Lina no daba crédito a lo que escuchaba. Dio un paso atrás; necesitaba espacio. Era demasiado abrumador.
—Si estoy mucho más tiempo cerca de él, no sé qué podría hace rnos. Qué podría hacerte a ti —dijo Inés, creyendo que se estaba explicando.
Al notar que Lina se alejaba, se dio cuenta de que no lo estaba logrando. Por eso, la cogió de la mano. En ese momento tan duro no podía perder el contacto con ella. Lo necesitaba. Cuando sintió la suavidad y el calor de su piel, lo tuvo muy claro. La decisión estaba tomada.
—Ya está. Lo he decidido. Nos vamos a Barcelona —sentenció con voz firme y directa.
—Pero Inés… has luchado tantísimo por esto. No lo puedes abandonar. —Lina se puso a la defensiva.
—No lo haré —su tono era cortante—. Trasladaremos la dirección de la empresa allí.
Alejandra será mis ojos y mis manos en la Colonia.
Ya es hora de que ella también ascienda puestos en esta empresa.
Tendré que venir de vez en cuando a Ciudad Real…
pero saldrá bien. —Su sonrisa mostraba lo convencida que estaba.
Lina pudo ver cómo en un instante el miedo desapareció para dar paso a la determinación. Era muy consciente de que la directora ya estaba planeando todos los pasos que debía seguir para llevar su idea a buen puerto.
A Lina le vinieron mil pensamientos a la cabeza. Dejar aquí a su padre, solo. A Candela, Clara, ¿alejarse de ellas? ¿Ciudad nueva? ¿Vivir juntas…?
Inés vio en su rostro las dudas. Quizás se había precipitado.
—Bueno… —Inés, con voz dudosa, rompió el silencio—. Si tú quieres…
Lina abrió la boca para contestar. Tenía tantos pensamientos en la cabeza que la enmudecieron.
Inés, un poco angustiada, intentó suavizar el momento y quitarle presión.
—No tienes por qué decidirlo ahora. Dame una respuesta cuando lo pienses.
Sus manos se soltaron. Inés temió lo peor. Hubo unos segundos en silencio que se hicieron eternos, hasta que Lina lo rompió:
—Sí. Tengo que pensarlo.
Al oír esas palabras, el mundo se le vino encima. La idea de vivir juntas, solas, alejadas de su familia, se había sembrado en su mente hacía menos de diez segundos, pero ya había crecido a unos niveles desmesurados, expandiéndose por cada fibra de su ser. Tanto, que ahora no anhelaba otra cosa.
Las lágrimas asomaron en sus ojos, pero supo contenerlas.
No era la primera vez que lo hacía. Gracias a ser una de la Corte y mantener siempre las apariencias, había aprendido a controlar, en mayor medida, las reacciones visibles de sus emociones.
Normalmente, con ella no tenía que hacerlo.
Pero esa vez era necesario. No quería influir en su decisión provocando que fuese a Barcelona por motivos equivocados.
Lina, aún atónita, se dio media vuelta y salió en dirección al pasillo. Justo antes de cerrar la puerta, pudo ver cómo Inés se desplomaba en una de las sillas.
En el pasado, la había visto atemorizada, fría, distante, triste; pero… era la primera vez que la veía derrotada.
Abrió la puerta que daba al pasillo y, como un rayo, un pensamiento atravesó su mente.
Una imagen, las dos en el salón de su propia casa, sentadas en un sillón. Su cabeza apoyada en las piernas de ella. Ambas con un libro entre sus manos…
Esa escena la llevó a otra cocinando juntas, compartiendo cama cada noche, risas contándose lo ocurrido en el día… todos esos momentos con los que había fantaseado más de una vez podían hacerse realidad. Tenía la oportunidad de cumplir un sueño, su sueño con Inés.
«De verdad, ¿hay dudas?», pensó.
Un brillo diferente se instaló en sus ojos a la vez que la sonrisa más radiante se apoderaba de su rostro.
«No, no hay dudas».
Cerró la puerta del pasillo con fuerza y se giró dispuesta a darle una respuesta a Inés. Cuando… se la encontró de frente.
Mientras ordenaba los pensamientos en su cabeza, no fue consciente del tiempo que había pasado. Inés estaba justo detrás de ella.
—Ya lo he pensado —dijo Lina mientras se mordía el labio inferior para contener las ganas de besarla.
Se cambiaron las tornas, ahora era Inés quien tenía dudas. Había tardado muy poco en darle una respuesta. Eso quería decir que no se planteaba mudarse.
Lina cortó los pensamientos de Inés dándole la noticia:
—Sí, me voy contigo a Barcelona.
Inés no pudo contener su cuerpo. Le agarró la cara con sus manos y la atrajo hacia ella para celebrarlo con un beso. Un beso cargado de amor, de descarga, de esperanza y de deseo.
Tras el beso, Lina se apartó ligeramente, rozó su nariz con la de ella y contraatacó con otro beso. Pasó su mano sobre el cuello de Inés y besó intensamente sus labios.
En el beso, Lina sacó tímidamente la lengua para acariciar los labios de Inés. Era su manera de pedir permiso para entrar.
Al sentir el calor introdujo la lengua en la boca de Lina, la puerta estaba más que abierta. El deseo ya se había instalado en las dos y no podían reprimirlo durante más tiempo.
Lina, al sentir tanta excitación, apartó a Inés un segundo y preguntó:
—¿Ya no queda nadie?
—Nadie.
—¿Seguro? —Necesitaba confirmación.
Inés afirmó con la cabeza mirando directamente a sus ojos. Antes de que pudiese asentir por segunda vez, ya tenía su ardiente lengua en la boca de nuevo.
Inés empujó a Lina hacia la puerta del pasillo, le encantaba hacer eso.
La besó directamente en el cuello mientras se inclinaba para poder meter su mano por debajo de la falda.
Lina contuvo la respiración. Inés era plenamente consciente del efecto que tenían sus besos en esa zona y era lo que quería hacer.
Controlar la situación y poseer a Lina allí mismo.
Inés detuvo sus besos un momento, la miró y una sonrisa maliciosa apareció en su rostro. Pudo ver el deseo y la excitación que había provocado en ella.