Inés y Lina el origen del deseo
Durante años, Inés apenas reparó en Lina. La recordaba como esa niña pizpireta, silenciosa que deambulaba por los pasillos sin interrumpir nada. Vivía cerca de la casa. Más que vecinas, era una sombra de la servidumbre, invisible por costumbre más que por crueldad.
Inés decidió ascenderla. Todo se propició por una conversación con una compañera.
Le estaba arreglando un vestido de la nueva línea mientras le enumeraba todas las virtudes que esa prenda de ropa era capaz de destacar en su figura.
Inés observó el momento en silencio. Entendió que tenía un don especial para la venta, imaginó que sabría exactamente qué decirle a cada clienta para que se llevase la ropa que más le convenía.
Desde ese momento algo cambió. Algo en el corazón de Inés despertó.
Al principió lo rechazó y, por lo tanto, a Lina también.
Comenzó a mostrarse más exigente con ella que con el resto.
Le corregía detalles insignificantes y le hablaba con frialdad, incluso cuando no era necesario.
Era una distancia torpe y profunda, una manera inconsciente de alejarse de lo que no terminaba de entender ni aceptar en sí misma.
Un día, valiente y herida, Lina decidió enfrentarla. Le dijo con voz firme y ojos decididos que si lo hacía todo mal, lo mejor sería que la enviase de vuelta con sus máquinas de coser. Le dejó muy claro que no la tratara como si valiera menos. Pedía un mínimo de respeto.
Aquellas palabras hicieron que algo en Inés se rompiera.
Sintió vergüenza, pero también un estremecimiento profundo que le recorrió el pecho.
Por primera vez vio a Lina, no como la hija del guardés ni como una empleada más, sino como una mujer con dignidad, con carácter y una belleza callada e imposible de ignorar. Desde entonces, su relación cambió.
Inés empezó a buscar su compañía en los ratos libres, a pasarse más veces o permanecer más tiempo en la tienda. Todo lo hacía para conversar con ella.
Lina, al principio, desconfiaba. Después, comenzó a abrirse. Lo que empezó como una tímida complicidad fue creciendo hasta convertirse en una amistad íntima, llena de silencios que decían más que las palabras.
Cuando el padre de Lina sufrió un accidente al caerse de lo alto de una escalera podando el árbol del jardín, Inés estuvo allí para ella. La acompañó, la consoló, la ayudó en todo lo posible.
Su unión se fortaleció en medio de la tormenta.
Avivando los sentimientos de ambas. Lina los reconoció a la perfección, supo que sus sentimientos por ella cada día eran más intensos.
Pero para Inés, fueron una lucha interna que le generaba un rechazo atroz de sí misma.
Su relación se convirtió en un tira y afloja donde las ganas por pasar tiempo juntas se convirtieron en necesidad. Llevándola después al arrepentimiento.
Un día, en medio de esa tormenta de emociones.
Inés la vio hablar muy animada con uno de los transportistas.
Los celos la invadieron hasta tal punto de no poder callar su corazón.
La rabia se apoderó de ella. La llamó a su despacho para despedirla en ese preciso momento.
Lina, al no estar de acuerdo con su decisión y los escasos motivos que dio, mostró su rechazo elevando la voz.
Llevando la conversación a una discusión.
En medio de la tensión, el orgullo, los celos y el deseo, Inés la besó en los labios.
No fue un beso suave, sino urgente y desesperado, pero real y correspondido.
Ese beso abrió una puerta imposible de cerrar. Ya no había marcha atrás. Se volvieron cómplices, aliadas, amantes. Unidas por un amor que debía vivir en la sombra, oculto pero presente en cada gesto, en cada mirada robada.
Su amor fue creciendo de manera imparable, con una fuerza que Inés nunca había experimentado antes.
Por primera vez en su vida, amaba con cada fibra de su ser, con una intensidad que la consumía y la llenaba al mismo tiempo.
Necesitaba tener a Lina cerca, sentir su presencia, compartir cada instante, cada respiro.
Siempre que podían se escapaban a Madrid.
Entre sus calles y rincones escondidos, disfrutaban de su libertad disfrazada, haciendo planes que a ojos ajenos solo parecían amistosos, pero que para ellas eran sueños tejidos en secreto.
Paseaban por el parque, se perdían en la ópera, se emocionaban en el teatro.
Siempre con el temor latente de ser descubiertas, pero también con la convicción de que ese amor era su verdad más preciada.
La vuelta de Diego complicó las cosas. Inés se vio en una dualidad de nuevo.
Lo que debía ser, contra lo que su corazón le gritaba.
Inés no pudo escondérselo a Diego, él la conocía demasiado bien.
Un día las vio interactuar en la casa del guardés.
Ellas no lo sabían, pero fue la prueba definitiva de que por mucho que se opusiese no iba a con-seguir nada.
Por eso, las dejó ser felices y se apartó de su camino. Era el mejor regalo que podía darles.
Aun así, el camino no fue sencillo. Los secretos enterrados de la familia de la Corte emergieron como una tormenta implacable.
El descubrimiento del crimen cometido por Julián sacudió los cimientos de sus vidas y sembró distancia entre ellas.
Inés necesitó espacio y tiempo para asimilar la magnitud de aquella traición.
La oscuridad que la envolvía le hizo replantearse si ella por ser de su sangre también tendría el mal corriendo por sus venas.
Sabían que no podían seguir esquivando esa conversación. Estaba ahí, aguardando, tan inevitable como el amor que las unía. Hablarlo todo, decir lo no dicho, mirar de frente lo que dolía y lo que salvaba. Porque el amor, el verdadero, también exige verdad.
Ellas estaban a punto de enfrentarse a la suya. Una cosa era segura: nada volvería a ser igual.