Carolina Escudero
Aprendió desde niña a hacerse pequeña. No por falta de carácter, sino por necesidad.
Nació en un mundo de pasillos estrechos y puertas cerradas.
Era hija del guardés de los de la Corte.
Vivía en la casita del jardín. Cerca de la riqueza pero sin poder tocarla.
Su padre, Isidoro, era un hombre serio, de manos curtidas y corazón bueno.
La adoraba; sentía por ella una devoción visible.
Siempre encontraba tiempo para una caricia, un gesto amable, una presencia cálida.
Su madre murió cuando apenas era una niña.
De ella no recordaba gran cosa. Imágenes que se había creado por las historias de su padre.
En su ausencia, Gloria, la gobernanta de la casa, se convirtió en todo: madre, guía y escudo.
Firme como una pared de piedra, pero capaz de esconder un trozo de pan con azúcar en el delantal.
Ella le enseñó a caminar con la cabeza alta incluso cuando no se le permitía mirar de frente.
Desde siempre supo que era distinta. Algo en su forma de ser no era como en las demás.
No le interesaban los soldados de paso, ni los galanes de cine.
Su corazón se agitaba de otra manera: con una mira-da, una risa, un gesto…
pero de una chica. Siempre lo calló. Porque en el mundo que conocía, lo que no se nombraba no existía.
Por eso, aunque injusto, el silencio la mantenía a salvo.
Con la edad suficiente para trabajar, se mudó a la Colonia obrera para incorporarse a la fábrica. Primero en el almacén, entre cajas y retales de ropa. Después la ascendieron a costurera y finalmente a dependienta.
En la Colonia compartía habitación con Candela y Clara.
A Candela la conoció al instalarse por primera vez en la habitación compartida.
Clara llegó más tarde, pero la conexión entre las tres fue tan profunda que, en poco tiempo, se convirtieron en algo más que amigas: eran hermanas.
Un refugio mutuo. Su complicidad y lealtad las llevó a superar todos los obstáculos que se les presentaron.
Candela era fuerza y tierra. Nacida en Jaén, traía consigo el hambre del campo y una fidelidad inquebrantable.
Todo en su vida lo había logrado a base de mucho esfuerzo y tesón.
Su simpatía y buenos modales la llevaron rápidamente a la tienda donde ya era todo un referente para cualquiera que fuese contratada.
Se enamoró de Francisco, más conocido como Paco. Un repartidor de la empresa.
Era callado y serio. Pero la quería con todo su corazón. Su enlace estuvo claro desde el primer momento.
Clara era muy diferente. Vino de un pueblecito de Asturias. Al principio se abrumó por todos los acontecimientos que sucedían a diario. Tenía una belleza única, una sonrisa preciosa. Descartaba a los pretendientes sin ningún reparo hasta que llegó Pablo.
Un joven mozo de almacén que acababa de llegar de luchar en el frente.
Allí vivió tanta violencia que abrazó la fe cristiana para exculpar todos sus pecados.
Al principio era distante, no le gustaba relacionarse con nadie.
Su día a día se basaba en iglesia y trabajo.
Pero Clara le hizo cambiar. Lo que comenzó como una amistad se convirtió en amor y comprensión.
Celebraron su boda en Asturias. A los pocos meses ella quedó encinta.
Lina, mientras tanto, seguía guardando su secreto.
Se había enamorado una vez. De Elena, una chica decidida y valiente de la ciudad.
Lo suyo fue intenso, clandestino, nuevo.
Robaban momentos siempre que podían, se escribían notas que sabían a piel.
Pero Elena soñaba con libertad, con dejar atrás los límites de Ciudad Real, quería conocer mundo.
Le pidió a Lina que se fuera con ella a cualquier parte, el único requisito es que fuese lejos.
Todo le valía, menos quedarse allí. Pero no pudo.
No podía abandonar a su padre. Ni su vida. Ni su hogar.
El amor quedó atrás. Como ese aroma que flota un instante antes de desaparecer, y aun así permanece en la memoria mucho después de haberse ido.