Juntas en Barcelona
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Inés de la Corte
Era la mediana de tres hermanos. No era la primera esperanza ni la última ternura.
En una casa donde el silencio era sinónimo de fortaleza, aprendió pronto a no llorar.
Su madre, Faustina, adquirió el rol que no le pertenecía en aquella época, tuvo que asumir la dirección del nuevo negocio que había emprendido con su marido.
Tantos planes, tantos sueños frustrados la llevaron a anteponer la empresa como legado de su amado.
Sin quererlo o sin saber hacerlo mejor, provocó que las emociones en esa casa quedaran relegadas a los rincones donde nadie hablaba de ellas.
Por eso Inés aprendió que la debilidad no era una opción.
Su hermano mayor, Julián, desde muy temprana edad adquirió el papel de hombre de la casa, con todo lo que ello conllevaba. Imponía respeto con una sola mirada. Su mundo se regía por normas para todos menos para él. Su palabra era ley y debía ser obedecida.
Gracias a su manera de gestionar la empresa logró convertir un taller en el sótano de la casa, en una de las empresas más importantes del país.
Extendiéndose al extranjero. Sus líneas de ropa sencilla y económica eran para todos los bolsillos.
En los periódicos lo llamaban «la elegancia del pueblo».
Inés, durante años, caminó de puntillas por pasillos, aprendió a ser invisible, a observar sin ser vista.
Las decisiones importantes ocurrían a su alrededor sin poder tener voz.
No tardó en entender que su lugar no era ese.
Se fue a estudiar al extranjero cuando nadie lo esperaba.
Huyó, quizá, sin admitirlo. El apellido de la Corte pesaba más en casa que en cualquier otra parte del mundo.
Conoció a Diego, un embajador italiano que vivía en todas partes y en ninguna.
Creyó que el amor sería aventura y libertad.
Se casó. Viajó con él, cruzó océanos, descubrió países, fue a fiestas, conoció a personas importantes de todo el mundo, se maravilló con los monumentos, con sus costumbres, su idioma…
Pronto supo que aquello tampoco era lo suyo.
No le gustaba seguir estando en segundo lugar.
Entonces entendió que el viaje más difícil no era el que se hacía con maletas, sino el que se hace hacia dentro. No quería recorrer el mundo como espectadora, sino construir uno propio.
Inés no quería acompañar: quería dirigir. Quería ser ella misma, conseguir sus objetivos con esfuerzo y dedicación. Descubrió que la moda no se le daba nada mal. Por eso pensó que, en su vuelta a casa podría encontrar aquello que había buscado durante tantos años.
Su regreso a Ciudad Real fue sonado. Poco a poco, sin levantar sospechas, fue tomando su lugar en la empresa familiar.
Empezó ayudando en el taller, creó diseños, después se ocupó de la tienda.
Las ventas eran lo que más le gustaba. Entabló amistad con las dependientas.
Conocía sus nombres, sus problemas. Ellas, a su vez, vieron en Inés algo poco habitual en las mujeres de su clase: respeto, liderazgo, justicia.
Su ambición no se detuvo ahí. Fue escalando: adquirió responsabilidades varias; al principio pequeñas y después de mayor magnitud. El poder fue llegando, con esfuerzo, inteligencia y tenacidad. Ella sabía que existía otra manera de hacer las cosas. Una femenina.
El trono ya tenía dueño: Julián. Frío, despiadado, mezquino. El tipo de hombre que solo ama cuando le sirve. Dirigía la empresa como una extensión de sí mismo: con control absoluto y cero escrúpulos. Lo que no encajaba en su esquema era desechado sin remordimiento.
Su primera mujer, Paula, una mujer encantadora que le dio el mejor regalo que podía tener, una hija llamada Julieta.
Murió de un infarto. Eso es lo que pensó todo el mundo.
En verdad Julián la envenenó porque una noche descubrió su infidelidad.
No se preocupó en averiguar con quién. Ella era la culpable de no respetar la promesa que le hizo en el altar.
Guardó el secreto. Nada mancharía su buen nombre.
Todo por el apellido. Todo por la empresa.
Su hermana menor, Alejandra, era muy diferente: emocional, honesta, alegre. Ella siempre defendía lo justo, aunque costara caro. Chocaba con Julián como el mar con las rocas: una lucha constante, aunque sabía que nunca podría romperlo del todo.
Se unió a la Cruz Roja siendo joven, tal vez buscando alejarse de la podredumbre que ya empezaba a notarse en las paredes de aquella casa.
En sus innumerables misiones descubrió que el camino de la bondad es mucho más gratificante.
La matriarca cayó enferma y ella volvió para cuidarla.
Se sentía responsable por haberla abandonado durante tanto tiempo. Por ese motivo, no volvió a marcharse.
Por ese y por otro que mantuvo en secreto.
Felipe, el hijo de la gobernanta. Era joven, apuesto y siempre le sacaba una sonrisa.
Entre él y Alejandra surgió una atracción tan inmediata como destructiva.
La diferencia de clases suponía un obstáculo para su relación.
Sobre todo para su hermano, que ya tenía previsto para ella un matrimonio de conveniencia con el gobernador civil.
A pesar de eso, se buscaron en los rincones, se amaron a escondidas.
Pero nada permanece oculto mucho tiempo.
Julián lo descubrió. No estaba dispuesto a permitir que uno de los negocios más ventajosos para la empresa se fuera al traste por un amor imposible.
Amenazó a Felipe a punta de escopeta. Alejandra prometió no volver a verlo si le dejaba con vida. Así sucedió, sumiéndola en un profundo mundo de tristeza donde solo el trabajo en la fábrica le permitía no hundirse.
Por otro lado, con el tiempo, el matrimonio de Inés y Diego se volvió más distancia que encuentro.
No había odio ni amor, solo ausencia. Hasta que apareció Lina.
Recién ascendida a dependienta, hija del guardés de la familia.
Silenciosa, amable, con una mirada capaz de desarmar la coraza que Inés llevaba desde hacía años.
Lo que empezó como una curiosidad tímida se convirtió en una certeza innegable: Inés no había conocido el amor hasta entonces.
El corazón decidió lo que el cerebro temía: amar a Lina era amar de verdad.
Diego volvió, dejó su cargo a un lado porque estaba cansado de no tener un hogar.
Quiso recuperar a Inés, pero lo que encontró fue otra versión de ella: más plena, más viva.
Aprendió a ceder con ciertas reticencias al principio.
Conocer a personas tan diferentes, de distintas culturas le permitió entender el amor que se procesaban.
Sobre todo cuando las vio interactuar a solas.
Su amor era innegable. Dándoles su bendición antes de marcharse de nuevo.
Mantendría su matrimonio para guardar las apariencias y así protegerla de cualquier habladuría.
Inés sabía que no todo el mundo tendría ese mismo gesto. Amara otra mujer era un delito. Debían ser cautelosas. El amor es poderoso, aunque también inconsciente.
Cuando el secreto de Julián salió a la luz en la familia, fue Inés quien asumió el control de la empresa.
No por ambición, sino por justicia. Su madre así lo quiso.
Tanto tiempo dejando que Julián fuese el dueño y señor de todo el mundo solo había conseguido que su hijo tuviese el corazón más negro que el tizón.
Nada en su vida había sido sencillo. Julián, aún en la sombra, guardaba su último as bajo la manga: descubrió por casualidad su historia de amor prohibido. Ese secreto podría ser una sentencia.
Aquí comienza su historia. No como la hija obediente.
Ni como la esposa ejemplar, sino como la mujer que, por fin, se atreve a vivirsin pedir permiso.
Puede que el mundo no estuviera listo para una mujer como ella.
Puede que aún no lo esté. Pero Inés ya no espera el per-miso de nadie.
Ha aprendido que la libertad no se hereda: se toma.
A veces, el precio de la verdad es el exilio, pero también la paz.