Júlia y los Creadores. Cambiar o Morir 15 A todos nos llega la hora
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15 A todos nos llega la hora

A todos nos llega la hora

Amaneció otro día. Júlia seguía dormida cuando Sol asomó su rostro para iluminar un día más tu planeta. Una ligera brisa matinal abrió suavemente la ventana de la habitación de Júlia y las cortinas ondearon al son del viento.

Como si se tratase de luciérnagas, pequeñas chispas de luz atravesaron el quicio, serpentearon por la habitación de Júlia lanzando brillantes destellos y, finalmente, se arremolinaron frete a su cama.

La concentración de las gotas luminosas fue creciendo paulatinamente y, con lentitud, comenzaron a ordenarse para modelar la silueta de una figura humana: primero las piernas, seguidamente formaron el torso, se extendieron para dibujar los brazos y, finalmente, se acumularon para esbozar la cabeza.

Cuando terminaron, los puntos de luz se aglutinaron con fuerza, intensificando progresivamente su brillo hasta que un estallido dejó ver que esta figura no era otro que Guía.

Júlia, que solo llevaba dormida unas pocas horas y gozaba de un profundo sueño, no fue testigo de la maravillosa aparición de Guía, que quedó con el rostro torcido cuando vio a la Elegida con la boca entreabierta y algo de saliva que le caía por la comisura de sus labios.

—Despierta, despierta —dijo Guía susurrando, inclinándose hacia Júlia y balanceando su hombro.

—Mmm, déjame dormir un poco más —respondió Júlia sin despertarse.

—¡Oh no! nos debemos despertar con Sol, él nos ilumina y nos da fuerzas para empezar la mañana —declaró Guía con gran energía.

—Está bien —replicó Júlia estirando las vocales y frotándose los ojos. Cuando por fin logró abrirlos, se percató de que frente a ella había un desconocido—. ¡Ah! ¿Quién eres tú? —El susto terminó por despertarla completamente.

—Soy Guía. Prepárate, partimos en seguida —manifestó Guía con gran entusiasmo.

—Por fin te conozco, encantada —saludó Júlia, poniéndose en pie y tendiendo la mano a su tempranero visitante.

En ese momento, como de costumbre, Karnaut , alertado por el grito de Júlia, irrumpió en la habitación sin miramientos.

—¿Qué pasa? ¿Qué pasa? —preguntó nervioso—. ¡ Torth ! Eres tú. ¿No podías entrar por la puerta como todo el mundo?

—No sería yo si me presentase de esa forma, me gusta entrar por sorpresa. —Júlia mantenía un gesto de perplejidad.

—Perdónale Júlia, Torth no sabe lo que son los modales —reprochó Karnaut .

—Le dijo la sartén al cazo —le achacó Júlia.

—¿Cómo? —preguntó Guía—. Esos utensilios no pueden hablar.

—Es una expresión humana, Torth , recrimina a la persona que señala un defecto cuando esta también lo tiene —explicó Karnaut .

—Ya entiendo, tú tampoco deberías haber entrado de esa forma —señaló Guía entendiendo la locución.

—Esto es surrealista —dijo Júlia llevándose las manos a la cara—. Y, ¿A dónde vamos? —curioseó Júlia extrañada, levantando las cejas.

—No te lo puedo decir, digamos que es una sorpresa.

—Al tiempo que Guía pronunció la palabra «sorpresa» abrió un portal transportador igual a los que Júlia ya había utilizado con Evolución para ir a otros lugares del planeta—. ¡Vamos! —gritó Guía, y dio un paso hacia el portal, introduciendo su pierna derecha, pero Júlia le interrumpió súbitamente.

—Espera! ¡Si todavía llevo puesto el vestido de la fiesta de anoche! Además, necesito ir al baño y desayunar algo, ¡parece que se os olvida que yo sigo siendo una humana!

Karnaut y Guía rieron por el temperamento de Júlia y le concedieron el tiempo que necesitara para cubrir sus necesidades mundanas.

Guía aprovechó para saludar a las Artes y, cuando la Elegida estuvo lista, reabrió el portal y esta vez sí lo atravesó por completo.

Júlia no lo dudó ni un instante y, con la energía de quien ha dormido a pierna suelta, —magnífica expresión cuyo origen es perfecto para esta ocasión— dio un salto y también cruzó.

Antes de proseguir, permíteme atreverme a adivinar que quizá estés desconcertado debido a que Guía entró en la habitación de Júlia sin su permiso.

Entiendo tu desconcierto, puesto que no comprendes del todo el poder de Guía.

La única ocasión en la que has podido observarlo en acción fue durante su intervención sorpresa para defender a la Hermandad del ataque de los oscuros.

Guía entabló batalla psíquica con Anthropos para frenar el control mental de este sobre Júlia y te aseguro que unos segundos más hubieran bastado para desconectarlo totalmente de la Elegida.

Sin embargo, es una experiencia muy alejada del verdadero don de Guía.

El que vigila la vida es capaz de convencer a cualquier cosa que albergue energía de lo que él quiera, básicamente porque su intención es buena, profundamente positiva.

Esto les ocurrió a las bonlurtzra del cuarto de Júlia, que no solo no percibieron en Guía ninguna amenaza, sino que captaron que su presencia en aquella habitación sería altamente provechosa.

Recapitulando, Guía y Júlia traspasaron el portal y, curiosamente, al otro lado era de noche.

Las calles estaban desiertas, iluminadas por la luz mortecina de las farolas y los lejanos reflejos que todavía quedaban en alguna vivienda y que, en ese momento, eran la única muestra de vida en aquella metrópoli.

Llegaron a una estación de autobuses en medio de una gran ciudad, que Júlia supuso americana, a juzgar por la hora y los anuncios en inglés que decoraban aquella parada.

La Elegida recorrió con la mirada la amplia calle donde se encontraban, y se sintió realmente pequeña ante los enormes edificios que se alzaban a su alrededor y se perdían en la noche cerrada.

El edificio frente al que aparecieron era una extensa construcción compuesta de anchas torres que, en realidad, formaban una sola.

Al final de esa calle, en un extremo de esta edificación, se encontraba la cancela del sheriff: una intimidante puerta con barrotes y una gran estrella de siete brazos en su centro.

Próxima a ella estaba la puerta de acceso principal coronada con unas letras que anunciaban «cárcel central de San Diego». Júlia, con sorpresa, exclamó:

—¡Estamos en San Diego! ¿Qué hacemos aquí? ¿Vamos a entrar a esa cárcel? —inquirió nerviosa.

—Efectivamente, estamos en San Diego —contestó Guía mirando hacia el edificio—. Y sí, vamos a entrar en esa cárcel para que conozcas a alguien —continuó Guía inclinándose hacia la prisión.

—¿Y cómo vamos a entrar? ¿A quién voy a conocer? —demandó Júlia extrañada y con preocupación.

—No adelantemos acontecimientos —dijo Guía haciendo un gesto de alto con las manos—. Ya lo verás y respecto a cómo entrar… déjamelo a mí —alardeó señalándose y sonriendo.

Guía retomo el camino y Júlia le siguió, al cruzar aquella calle se situaron frente a la puerta principal de la cárcel y Guía pegó su cara al cristal de la puerta.

Desde allí oteó el interior y detuvo su mirada en el mostrador de recepción donde un hombre, que parecía pertenecer al cuerpo de seguridad, fruncía el ceño con extrañeza observado a Guía en el exterior.

El Creador hizo un sutil gesto con sus ojos y, rápidamente, el vigilante corrió hacia la puerta, la abrió y, adoptando una postura servicial, les dio la bienvenida y les invitó a pasar.

Guía entró y Júlia fue detrás de él sin poder ocultar su cara de asombro por las habilidades del Creador.

Una vez dentro, el vigilante le entregó el manojo de llaves a Guía y volvió a su puesto de trabajo, otorgando libre movimiento a sus visitantes que, sin demora, se adentraron en la cárcel.

Anduvieron un largo rato a través de estrechos corredores donde se encontraban las oficinas y despachos de los diversos empleados de aquella penitenciaría y pronto se toparon con una gran reja que impedía el paso hacia las numerosas celdas.

Guía utilizó sus recién adquiridas llaves y abrió aquella cerradura sin problemas.

Puerta tras puerta se abrieron paso entre los barracones de los calabozos, los guardias con los que se cruzaban caían desplomados al suelo y lo mismo sucedía si algún preso, privado del sueño, se acercaba a los barrotes a curiosear, recuerda que Guía no les obligaba a dormir en contra de su voluntad, sino que les convencía de que, en aquel momento, dormir era la mejor opción.

Cuando alcanzaron el pabellón que buscaban, ambos detuvieron el paso frente a una celda.

—Mira el interior Júlia, ¿ves algo? —dijo Guía señalando la puerta de la celda.

—¡Dios mío!¡Ese hombre se quiere suicidar! ¡Tenemos que hacer algo! —pidió Júlia alterada.

—Ya es demasiado tarde para salvar su vida. Vamos a entrar. —Guía metió la llave en la cerradura y la desbloqueó. En cuanto abrió, Júlia corrió al interior e intentó salvar al hombre sujetándole las piernas y empujando su cuerpo hacia arriba.

—Júlia es muy noble por tu parte, pero ya te he dicho que es demasiado tarde —repitió Guía.

Cuando Júlia desistió y aceptó que no podía salvar a aquel hombre, Guía puso una mano sobre la cabeza de nuestra protagonista y, en ese momento, ella sintió una gran presión en su interior, como si le estuvieran comprimiendo con fuerza el estómago.

Al retirar Guía la mano, Júlia suspiró, su respiración y sus latidos estaban acelerados y, enfadada, se volvió hacia Guía.

—¿Qué me has hecho? —gritó Júlia. Este no respondió, solo se quedó mirándola.

—Gracias por preocuparte por mí, pero no lo merezco.

Júlia se giró de nuevo sobresaltada y vio que, junto al hombre que estaba colgado, ahora había otro exactamente igual a él, aunque su cuerpo era algo translúcido y brillante y presentaba parches donde no había nada, como si estuviera incompleto. Estaba parado de pie, mirando al que estaba ahorcado.

—¿Quién… quién eres tú? —preguntó Júlia aterrada.

—Es su alma, su espíritu, su energía pura —aclaró Guía.

—¿Por qué le faltan algunos trozos?

—Porque yo te he dado la capacidad de observar su uor y el acto del suicidio, ha oscurecido parte de ella.