14 Los caídos #3
Por descontado, Karnaut seguía acompañándola muy a menudo al sótano de Baco y juntos guiaban a la joven Elegida con la toma de la ambrosía, que cada vez bebía más concentrada, aunque no llegó a ingerir ninguna muestra pura.
Con cada prueba, los efectos de este brebaje se hacían más patentes y las capacidades mentales super desarrolladas, así como la calma y la ausencia de dudas ante decisiones importantes, ayudaban a Júlia con los duros entrenamientos de Baile y Venus.
Sin olvidar que, el resto del tiempo, cuando no estaba tratando de aprender a defenderse en medio de un huracán o sometiendo su mente a una bebida celestial, Chef, Capi, Skate y Escultura enseñaban a Júlia las pautas para controlar los elementos, mientras que Micra la instruía para manejarse con soltura en el mundo microscópico.
Día tras día, Júlia llegaba a su cuarto agotada, tanto física como mentalmente y la dureza de las lecciones que conformaban su entrenamiento hacían mella en ella.
En ocasiones, cuando las cosas no iban como deberían y no conseguía realizar exitosamente alguna actividad que le pedían, la frustración la dominaba y lloraba desolada por las noches, hasta que las lágrimas se agotaban y se dormía sobre un estero de extenuación y dudas, en la soledad de su habitación.
Afortunadamente tenía una vía de escape y un gran apoyo emocional que recargaba sus fuerzas para afrontar los nuevos retos.
A través de la venus atrapamoscas que le había regalado, Fito consolaba a la Elegida y le contaba divertidas anécdotas para distraerla.
Incluso en una de esas ocasiones, cuando Júlia recobró su temperamento habitual, volvió a discutir con Fito sobre las plantas de los sembrados.
El Creador zanjó el enfrentamiento asegurando que no importaba quién las cultivaba ni para qué eran plantadas, de cualquier modo, seguían siendo vida, seguían siendo vegetales y Fito los siente y los adora de la misma forma que a los demás.
Cierto es que, sin menospreciar los exigentes retos a los que sometían a Júlia, había días más tranquilos, donde Karnaut y el resto de principales le contaban historias sobre los primeros hombres y le relataban famosos acontecimientos de la sociedad actual humana, pero desde su punto de vista: Le contaron cómo llegaron a vosotros obras anónimas como El Lazarillo de Tormes que fueron escritas por Karnaut ; cómo Música ayudó a Ludwig van Beethoven cuando se quedó sordo; cómo los egipcios pudieron construir las pirámides con apoyo de Arquitectura —de la misma forma que ayudó a las civilizaciones precolombinas y asiáticas, de ahí viene el parecido entre sus construcciones—; cómo Escultura coló una representación de Uor entre las decenas de miles de figuras que adornan el templo de Meenakshi Amman en la India; cómo la mayoría de los conflictos armados de toda la historia han sido alentados por los oscuros, sobre todo por Guerra, pero también cómo las Artes e incluso Guía, desde la distancia, han intentado orientar al ser humano por el sendero de uor , aunque bien es sabido que la codicia y la ambición humanas son muy poderosas y los oscuros las han aprovechado para extender su poder.
Pero como diría Tiempo: «el humano no solo tiene la puerta de entrada de la oscuridad, sino que también tiene la llave para cerrarla».
Sobrevolando el cielo a bordo del mastodóntico autobús, los oscuros llegaron de nuevo a la nave abandonada, donde Mecanos, de pie, ligeramente curvado hacia delante y sin tensión en sus brazos y cabeza, literalmente en estado de suspensión como un ordenador cuando se deja sin uso, aguardaba la imprescindible pieza que le restaba para culminar su obra.
—¡Las Artes han caído en la trampa! ¡Vaya panda de mentecatos!
—exclamó Guerra, irrumpiendo orgulloso en la nave—.
¿Todavía no ha vuelto Anthropos? —preguntó confuso al aire, cuando se percató de que solo estaba Mecanos allí y no iba a ser de gran ayuda en aquel estado.
Detrás de él entraron Tatuaje y Rouna, transportando a Magna, que todavía seguía inconsciente tras el accidente.
La duda de Guerra quedó resuelta casi al instante. Anthropos apareció con aire victorioso, alzando su mano, mostrando a sus secuaces que todo había salido según tenían planeado.
—Ahora ya puedes terminar tu tarea —dijo Anthropos dirigiéndose a Mecanos quien empezó a emitir sonidos electrónicos y a sufrir espasmos hasta que finalmente despertó.
Telequinéticamente, Mecanos trasladó con sumo cuidado la pieza final con la que podría concluir su construcción mecánica y la colocó en su lugar.
La máquina chisporroteó un breve instante y luego volvió a un estado inerte.
—¿¡Qué ocurre!? ¿¡Por qué no funciona!? —gritó Anthropos con voz furiosa mientras Guerra se acercaba amenazante a Mecanos.
—Dispositivo no concluido, pieza recuperada, proceso completado al 75% —dijo Mecanos a Anthropos—. Se requiere más energía —añadió, ensartando a Guerra con su fría mirada robótica.
Pasaron unas cuantas semanas hasta que Mecanos finalizó su enorme aparato.
Después de verle construir de la nada cientos de drones empleando solo sus capacidades cognitivas, debe resultarte extraño que se demorara tanto en construir esta máquina.
Debo aclararte que se trata de un artefacto hasta entonces no concebido y que debe establecer una férrea conexión interplanetaria.
Solo Mecanos sería capaz de lograrlo, al menos en la Tierra.
Durante ese tiempo, Guerra continuó con el secuestro de humanos, pero ya comenzaba a aburrirse, como un niño que dispone de innumerables juguetes y aun así siempre quiere más, sus rabietas por falta de acción y violencia comenzaban a impacientar a Anthropos.
—¡ Ghurzlin ! —exclamó con furia Anthropos—. ¿Está lista ya?
—Tarea acabada —tintineó Mecanos. —Todos los sistemas a pleno rendimiento. Probabilidad de éxito: 99.98%
—¿Cómo? —preguntó Rouna.
—¿¡Qué es ese porcentaje!? ¿¡Por qué no un cien!? —exigió Anthropos.
—Probabilidad de que Uor se interponga: 0.02% —dilucidó Mecanos.
—Ya tendría que ser mala suerte —comentó Magna, ya recuperada completamente de su accidente.
—¡Calla ruedines! —gritó Anthropos, Magna le miró con miedo—. Tendremos que arriesgarnos. ¡Enciéndela! Mecanos miró fijamente el aparato y este empezó a temblar.
En su base había cientos de humanos conectados a la máquina a través de un casco que se unía a unas turbinas mediante gruesos cables.
Mecanos extendió su mano robótica, por mera teatralidad ya que no necesitó tocar la palanca para accionarla.
La gran nave industrial se inundó con el estruendoso zumbido de la máquina y el rechinar de las piezas metálicas iniciando su funcionamiento.
Los humanos empezaron a convulsionar cuando la monstruosa construcción férrica se puso en marcha.
Los gigantescos engranajes que se mantenían encima de las turbinas comenzaron a girar despacio y, lenta pero inexorablemente, aumentaron su velocidad excitando las bobinas que se situaban en la cúspide.
A cada minuto que pasaba, los humanos secuestrados iban deteriorándose.
Sus pieles se llenaban de arrugas, sus cabellos se tornaban blancos y sus cuerpos se encogían; era como si su envejecimiento se hubiera acelerado, como si aquellos cascos succionaran sus vidas.
Conforme los humanos se marchitaban, las bobinas se iluminaban cada vez más, hasta que alcanzaron su carga máxima y una gran columna lumínica, de color amarillo y negro, estalló y se perdió en el cielo.
Todos los oscuros entrecerraron sus ojos para poder soportar la intensidad de aquella luz y observar lo que debía suceder a continuación.
Justo en el centro de la base de la tecnológica obra, se abrió una puerta.
Dio la sensación de que esa puerta absorbió la columna de luz con una fugaz implosión y, al desaparecer, permitió observar a cuatro figuras con forma gluboniana, que forcejeaban para salir del conducto que los acababa de teletransportar.
Eran los compañeros de Zitrra, los cuatro mitzrar que no soportaron el poder del rou .
—¡Combusten! ¡Linstra! ¡Reozin! ¡Justran! ¡Sed bienvenidos a mi planeta! —acogió Anthropos con las manos abiertas.
—¡JA, JA, ¡JA! ¿Tu planeta? —rio Combusten irónico, su voz era muy ruda.
—No creo que nuestro maestro hubiera planeado esto si ya fuera tuya esta roca azul —dijo Reozin con superioridad, pero con su voz calmada y pasiva.
—Hasta Ghurzlin es más poderoso que tú —añadió Linstra con un tono amable y repleto de locura.
Anthropos puso gesto furioso y apretó el puño con fuerza para reprimir su rabia.
Pero es que, como decís vosotros, yo duelo.
Ni de lejos Anthropos es el mayor peligro del universo.
Lamento comunicarte que tendrás que esperar para saber qué planeaban estos magos oscuros, aunque al menos sí te los describiré.
Lo primero que diré de estos cuatro seres, como ya habrás intuido, es que son mitzrar , aunque no unos normales.
Aprovecho para recordarte que los habitantes de Mitzthatz son como los humanos, pero con una ligera diferencia: su cuerpo brilla intermitentemente en ciertas partes.
Bien, ellos no brillan. En su piel, estos cuatro oscuros, tienen flujos de rou continuos, como si sus venas palpitaran henchidas de sangre, solo que completamente negras y sin sangre. Por ellos solo fluye la oscuridad.
Combusten es del género masculino, de altura considerable y postura erguida, con un rasgo muy característico: su pelo está en llamas; su cabeza es una hoguera crepitante de tonalidades negruzcas.
En su etapa de erudito mitzrar , antes de sufrir la oscurificación, consiguió dominar el utg en un grado muy avanzado, hasta tal punto que viajó de retiro a Nacasia, un planeta formado por tzra y utg .
Literalmente, como el cabello de Combusten, aquel planeta está prendido en llamas.