11 De viaje a la placa Petri #5
—Qué frío hace —dijo Júlia temblando, abrazándose a sí misma.
—Obviamente, estamos a miles de metros de altura —comentó Evolución—. Vamos dentro, entrarás en calor.
La apertura en la roca los llevó a un misterioso lugar que prometía ser profundo.
Evolución guio a Júlia a través de la laberíntica cueva, transmitiendo confianza a la Elegida que veía que por más caminos que se abrían ante ellos, Evolución siempre escogía con determinación.
Unos largos minutos después, que recorrieron en silencio, el estrecho pasadizo terminó en una pequeña galería donde, bajo el constante goteo que dejaba caer una estalactita, se encontraba Irn en postura de meditación con los ojos cerrados y las alas plegadas.
Resultaría un acierto afirmar que si conocieras a Irn pensarías que es un indio, pero no de la India, me refiero a un nativo americano.
Como Júlia ya averiguó en los recuerdos que le mostró Zoo, Irn tiene el aspecto de un apache, con las facciones faciales bien marcadas, los ojos ligeramente rasgados y un torso fibroso que siempre luce desnudo.
Su atuendo se limita a unos pantalones típicos de esa tribu, ocre y con numerosos flecos y su pelo largo y oscuro suele adornarlo con una cinta que deja caer sobre su cabellera varias plumas que, igualmente a sus alas, recuerdan a las de águila y cuervo.
¿Sabes por qué los nativos americanos portan abalorios con plumas?
Para las tribus nativo-americanas, las plumas de muchas aves, como las de las águilas o los cuervos, siempre han supuesto un regalo caído del cielo.
Esto fue exactamente lo que sucedió cuando uno de los primeros paleoamericanos que residían por aquellas tierras hace miles de años, descubrió fugazmente a Irn que curioseaba su tribu, escondido entre los árboles que limitaban el pequeño asentamiento de aquel pueblo indígena.
Irn sentía una gran admiración por estos humanos que mostraban un noble respeto hacia Naturaleza, aspecto que ha ido pasando de generación en generación hasta las tribus más modernas.
La combinación de su afecto por estos aborígenes con la desmesurada intriga que arañaba su alma le impulsó a acercarse demasiado a la pequeña aldea.
El oriundo de aquellas tierras que avistó a Irn no pudo razonar adecuadamente lo que sus ojos le transmitieron y es que el Natura, al saberse descubierto, echó a volar apresuradamente encogiéndose y desapareciendo en el aire.
No obstante, no fue lo suficientemente veloz y aquel nativo americano identificó una figura alada que fue tragada por el cielo, dejando atrás una única y bonita pluma de sus majestuosas alas híbridas que cayó hasta sus pies otorgándole a aquel humano la única explicación posible: aquellos bosques estaban bajo la protección de desconocidos dioses.
Por aquel entonces, las tribus de la zona ya empleaban plumas con motivo ornamental, pero desde que aquel aborigen transmitió a sus semejantes lo que había presenciado, su uso se convirtió en la mejor forma de venerar a los nuevos dioses que ahora velaban por ellos.
Con el paso del tiempo esta idea fue evolucionando hasta los nativos americanos que conoces, donde los impresionantes tocados de plumas que portan representan el honor, la valentía, el poder o la fuerza.
¡Por la gabardina de Lanyur ! ¡Cómo me enrollo! Volvamos a la cueva en la que Irn se encontraba aparentemente meditando.
—¿Irn? —preguntó Evolución acercándose, este ni se inmutó—. ¿Irn? —volvió a preguntar Evolución sacudiendo su hombro. A Irn se le descolgó la cabeza hacia delante y empezó a roncar—. ¡Irn! —exclamó Evolución, el tercer Natura se levantó exaltado.
—¡Evo! ¿Pero qué haces aquí? ¿Quién es ella? —preguntó Irn señalando a Júlia.
—Soy la Elegida, Júlia, encantada de conocerte Irn — saludó nuestra protagonista.
—¡Oh! Ya has llegado, me he aburrido mucho esperándote, incluso me he dormido —dijo Irn con una sonrisa.
—¡Pero si no hemos tardado ni diez minutos desde que te hemos localizado! —recriminó Evolución a Irn enfadado.
—Relájate Evo —dijo Irn dándole una palmada en la espalda a Evolución—. Bien, entonces tenemos que hacer una cosa.
A continuación, Irn abrió sus alas y extendió sus manos en dirección a Júlia. En unos instantes el cuerpo de la chica empezó a emitir destellos y finalmente brilló con intensidad y comenzó a menguar lentamente.
—¿Qué está pasando? —preguntó Júlia algo asustada.
—Irn, además de poder minimizarse a sí mismo, puede también encoger otros seres u objetos —aclaró Evolución mientras su tamaño se reducía al mismo tiempo.
—Ahora ya os puedo llevar —dijo Irn frotándose las manos.
—¿Llevarnos a dónde? —preguntó extrañada Júlia.
—Vamos a volar, es la única manera de salir de aquí —indicó Irn.
—¿No podemos usar la piedra de Bonlur ? —preguntó aterrada Júlia.
—Entonces, ¿dónde estaría la emoción? —contestó Irn.
Unos diminutos Júlia y Evolución deshicieron sus pasos a través del laberinto seguidos esta vez por Irn. La vuelta fue algo más larga porque ahora ellos dos medían aproximadamente medio metro.
—Ya podrías habernos encogido fuera —se quejó Júlia durante el paseo.
—Estoy de acuerdo —se burló Irn—. Pero no te quejes tanto que tampoco mides mucho menos. Evolución e Irn estallaron en carcajadas mientras Júlia les sacaba la lengua.
Cuando alcanzaron nuevamente la cima de la montaña, Irn sacó del bolsillo de su pantalón lo que parecían unas pequeñas correas negras y rápidamente las hizo grandes y se cubrió con ellas, mostrando que se trataba de un equipo de cuero de sujeción donde Evolución y Júlia debían acomodarse.
Con Júlia y Evolución sobre sus lomos, Irn se preparó para el despegue o, más bien, la caída.
El Natura se elevó unos metros por encima de la cima de un fuerte aleteo y, seguidamente, se precipitó al vacío.
Júlia sentía que le costaba respirar de vez en cuando, pero como el viaje no fue largo, pudo soportarlo.
Acercándose al final del trayecto, Irn desplegó sus alas para cesar la caída libre utilizando la inercia del planeo. El súbito descenso de la velocidad se llevó consigo la consciencia de Júlia que quedó inclinada hacia un costado, afortunadamente el equipo de sujeción funcionó.
Meciéndose al son del viento, Irn puso pie en tierra firme unos pocos segundos después.
Aterrizaron en un prado verde que ondeaba en delicadas lomas y el paisaje quedaba salpicado de pequeñas motas de color en forma de florecillas que se extendían resaltando en aquel monocromático tapiz de Naturaleza.
De un salto, Evolución se bajó sin dificultades de la espalda de Irn y rápidamente quitó las sujeciones de Júlia y la acunó entre sus brazos para tenderla en el pasto.
Tras esto, Irn les devolvió su altura normal y ambos hombres se inclinaron sobre Júlia para tratar de reanimarla.
—Júlia despierta —dijo Evolución balanceándola.