Júlia y los Creadores. Cambiar o Morir 11 De viaje a la placa Petri #4
57%

11 De viaje a la placa Petri #4

Existen muchas Artes que dominan el utg .

La mayor parte de dichas Artes son representantes de algún deporte, como por ejemplo la mismísima Baile, ya has conocido su faceta guerrera con esos poderosos golpes que desprenden llamas; pero no es exclusivo de ellos.

Del mismo modo que Chef, Venus también es capaz de controlar el fuego con bastante dominio, ¿recuerdas el testarazo que le atizó a Mecanos cuando él y Anthropos irrumpieron en la Hermandad para secuestrar a Júlia?

Tanto ella como Baile, como otros tantos, pueden valerse del fuego para potenciar sus golpes u otros dones.

Sin embargo, debo decir que las habilidades píricas de Ougzlin no se limitan a prender sus extremidades, Chef presenta tal control del utg que es capaz de lanzar fuego o incluso rayos, ya que pertenecen al mismo elemento.

Volviendo a la cocina de Chef, allí tampoco había aparatos de refrigeración, ni nevera ni congelador, Chef prepara todas sus recetas empleando ingredientes frescos que adquiere en el momento que necesita cocinar.

No creas que se pasa los días yendo y viniendo a por comida fresca para alimentar a toda la Hermandad, puesto que las Artes ya no son humanos y no requieren cubrir sus necesidades básicas.

Es debido a esto que en toda la Hermandad hay un solo baño, está ahí para los posibles huéspedes ¡Ah!

Y como ubicación de la enorme piscina necesaria para las Artes acuáticas.

Ougzlin solo cocina cuando hay invitados y, de tanto en tanto, organiza banquetes donde invita a las Artes para que degusten nuevas creaciones, por el mero placer de la comida.

El resto de su tiempo, cuando no está pensando en nuevos sabores y recetas o no hay ningún huésped al que atender, Chef se dedica a cocinar y donar comida para los bancos de alimentos.

Los mal afortunados vagabundos que se ven obligados a acudir a este tipo de servicios y han probado la cocina de Chef experimentan cambios radicales, como ataques de risa, generosidad extrema o llantos incesantes, incluso hay veces que se producen lo que los humanos llamáis milagros.

En una ocasión, un pobre anciano inválido en silla de ruedas que vivía en un albergue religioso probó un estofado que había donado Chef.

Cuando el anciano terminó el plato se quedó pasmado tocándose las piernas, no se lo podía creer, las sentía de nuevo.

Inmediatamente se llenó de júbilo, y llorando de la emoción, se levantó de esa silla que le había esclavizado durante años.

¿Crees que fue todo por casualidad? Claramente no, Chef ya conocía de antemano la historia de este anciano de origen africano al que un grupo de exaltados racistas, sin más motivo que un odio irracional, le provocó su terrible sino.

Estos horribles humanos no habían recibido el castigo que se merecían y Chef no pudo contenerse a prestar su ayuda: Curó al anciano.

Si bien, tanto él como las pocas personas conocedoras de esta anécdota pensaron, y así siguen creyéndolo, que todo fue obra del dios al que le rezan.

Allí en su cocina, Chef estaba frente a una de las encimeras machacando un conjunto de herbáceas en un pequeño mortero, rodeado de todos esos raros utensilios de cocina, muchos de los cuales pendían del techo y debías andarte con cuidado si no querías chocar con ninguno.

—Buenos días, Chef ¿estás ocupado? —preguntó Arquitectura.

Júlia observaba en silencio moverse a Chef por la cocina como pez en el agua, sin prestarles demasiada atención a sus visitantes.

Se fijó en que era un hombre de mediana edad, bastante alto y con largas piernas.

Su cabellera larga, rubia y lacia, caía como una cascada dorada ocultando parte de su ojo derecho e iba engalanado en su habitual traje ajustado negro con doble botonadura.

—¡Mmm! —pronunció Chef rompiendo el silencio tras probar la mezcla que había estado preparando—.

Dime Arquitectura… ¡Júlia! —exclamó cuando se giró hacia ellas y reconoció a la Elegida.

De la emoción de conocerla por fin, lanzó el mortero por los aires y se fue directo hacia ella para estrecharla entre sus brazos.

—Hola… —dijo Júlia cortada mientras Chef la abrazaba.

—¿Qué te ha parecido mi comida? —interrogó Chef expectante, mirando fijamente a los ojos de Júlia y manteniéndola agarrada por los hombros.

—¿Los bocadillos eran tuyos? —contestó Júlia atónita.

—¿¡Cómo bocadillos!? —preguntó indignado Chef, soltando a Júlia y llevándose las manos a la cabeza.

—Tranquilo Chef —interrumpió Karnaut que entraba por la puerta—. Sabíamos que harías tus mejores manjares para darle la bienvenida a Júlia y ella estaba fuera, así que le dimos unos bocadillos, era más práctico para el viaje y aprovechamos para saborear tus creaciones.

—Entonces mi «jardín de verduras», mi «sopa de dioses» —comenzó a decir Chef mientras subía el tono y se iba acercando a Karnaut señalándole con un dedo amenazante—.

Mis «legumbres doradas», mi «tentación cárnica» y mis «dulces pecados», ¡OS LOS HABÉIS ZAMPADO VOSOTROS!

—gritó Chef al tiempo que su cuerpo estallaba en llamas frente a Karnaut .

Pintura, que se encontraba cerca de la cocina en aquel momento, escuchó los gritos y se acercó rápidamente.

Cuando vio aquella escena, tres semblantes serios, con sus seis ojos como platos, nunca mejor dicho, reflejando en ellos las llamaradas que despedía un colérico Chef en plena combustión, se apresuró a dibujar una especie de tortuga azul con gafas de sol puntiagudas que cobró vida y lanzó un consistente chorro de agua sobre él.

Karnaut no pudo evitar soltar una carcajada, Arquitectura esbozó una sonrisa que tapó inmediatamente con sus manos y Pintura hizo su característica risa mientras Júlia simplemente se quedó pasmada; no sabía si tenía ganas de llorar por el fogoso enfado de Chef o de reír porque acababa de ver a Pintura apagarlo utilizando un Pokémon.

—Fuera todos de aquí, ¡YA! —gritó Chef empapado y humillado—. Tú no, Elegida—. Júlia se paró en seco de espaldas a Chef, Karnaut le guiñó un ojo y cerró la puerta—. Júlia, tienes hambre, tu estómago ruge.

—Sí, la verdad es que me muero de hambre —aseguró.

—¿Te apetece algo en particular? —interpeló Chef amablemente.

—Lo de la «sopa de dioses» suena bien y los ¿«dulces pecados»? —preguntó Júlia que es bastante golosa.

—Un momento, por favor. —Chef se dio la vuelta y se puso a rebuscar en los armarios de la cocina—. ¡Sí! Sin problema, espera un instante y lo tienes listo.

Realmente es un espectáculo ver cocinar a Chef.

Su velocidad con los cuchillos es tal que cuando corta y pica los alimentos parece que le salgan un par de brazos extra; es extremadamente rápido manipulando cualquier ingrediente o utensilio.

De pronto Chef se convierte en un borrón en movimiento y solo se aprecian los ingredientes que vuelan por los aires y van cayendo en sus respectivas ollas, sartenes o platos; de vez en cuando aparecen llamaradas que indican que está usando su don ígneo para calentar la comida y, cuando crees que está toda la cocina sumida en un terrible caos, en un instante, tienes delante un plato perfecto listo para consumir.

—¡Guau! Creía que se había colado en la cocina el demonio de Tasmania —exclamó Júlia divertida después de aquel espectáculo culinario de ciencia ficción.

—¿Eh? —la miró confuso Chef que no había entendido la referencia a esos dibujos animados vuestros.

—Nada, no importa, déjame probar esa comida, tiene una pinta increíble.

Lamentablemente tengo que decirte que las recetas de Chef solo las conoce él mismo, bueno y yo, que soy Verdad.

Así que siento comunicarte que no vas a lograr imaginarte lo ricos que estaban los platos con los que deleitó a nuestra Elegida, solo puedo ilustrarte un poco diciéndote que Júlia repitió cinco veces de aquella sopa divina y perdió la cuenta de los «dulces pecados» que engulló sin pestañear, incluso salió de la habitación de Chef — con el estómago lleno hasta la saciedad, y repleta de alegría y vitalidad— hincándole un buen mordisco a uno de esos deliciosos pasteles.

—¡Por fin sales! —exclamó Evolución que esperaba con Karnaut —. Ya hemos localizado a Irn —dijo abriendo un portal teletransportador.

—Hola, eh —recriminó Júlia a Evolución.

—Perdónale Júlia, siempre ha sido muy neurótico —comentó Karnaut .

—No estamos para juegos Karnaut —reprochó Evolución—. ¡Vamos Júlia!

Júlia bufó resignada, con la comilona que se acababa de meter, en palabras humanas, entre pecho y espalda, lo único que le apetecía era echarse una buena siesta.

Pero cuando vio que Evolución la instaba con la mirada a que se diese prisa, avanzó decidida y atravesó el umbral de mitz , como si llevara haciéndolo toda la vida.

La Elegida empezaba a sentirse ya parte del nuevo mundo.

Al otro lado del portal, la cima escarpada de una montaña increíblemente elevada les esperaba gélida y silenciosa.

Solo pequeñas ráfagas de brisa helada, que penetraba en la piel como pequeñas dagas afiladas entre relucientes rayos oblicuos de Sol, recibieron a Júlia, que aterrizó torpemente con un solo pie mientras el otro quedó suspendido a merced del vacío.

El amor de madre quiso que Evolución apareciera firmemente a su lado a tiempo de sujetarla.

En la altitud a la que se encontraban, el paisaje les ofrecía un níveo océano nuboso que ejercía un potente efecto albedo reflejando los rayos de un iracundo Sol que trataba de colarse entre las esponjosas nubes.

A lo lejos, el manto de algodón se abría para dejar paso a otras cimas que se alzaban afiladas ansiando acariciar el cielo.

En la cumbre en la que Evolución y Júlia se encontraban, el abrupto terreno describía una profunda gruta por la que salía una ligera luz.

—¡Por poco me mato! —exclamó Júlia agarrándose el pecho como si se le fuese a salir el corazón.

—Discúlpame Júlia, no he sido muy preciso —se excusó Evolución sin gesticular sentimiento alguno.