Júlia y los Creadores. Cambiar o Morir 7 Ya no hay vuelta atrás. #4
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7 Ya no hay vuelta atrás. #4

Una fuerte sacudida arrancó a Júlia de su nueva habitación y la depositó en el borde de un profundo y denso bosque.

Aquel paisaje era espectacular. Miles de árboles enormes, de hasta cien metros de altura, crecían libres y fuertes a lo largo de un infinito territorio del que Júlia no era capaz de intuir el final.

Hacía frío en aquel lugar, pero los rayos de Sol iluminaban la espesura, haciendo resaltar las diferentes tonalidades de aquellos árboles de hoja perenne, que iban desde el más intenso verde hasta el típico ocre otoñal.

Alrededor de los grandes troncos, pequeñas herbáceas y arbustos crecían también en abundancia, fruto de la humedad que allí se respiraba y, mezclándose entre ellos, las hojas secas de las coníferas descansaban creando la apariencia de una enorme y frondosa alfombra cetrina.

Júlia quedó absorta ante tal belleza, quieta durante varios minutos, sumida en un silencio roto solo por los murmullos de Naturaleza.

El crepitar de las hojas acariciadas por el viento, el ulular de los pájaros que sobrevolaban el lugar, chasquidos inesperados provocados por pequeños animalitos que allí correteaban, como ardillas o castores, que recogían ramas y las llevaban hacia el noroeste del bosque donde Júlia supuso había un arroyo o riachuelo próximo, a juzgar por el borboteo del agua fluyendo que salpicaba sus oídos.

Allí estaba Evolución de espaldas a Júlia, admirando aquella arboleda, su expresión transmitía nostalgia, su mente estaba viajando a otros tiempos mejores, donde Naturaleza era así de espléndida siempre y en todas partes.

La Elegida se acercó a él, puso la mano en su hombro con suavidad y lo devolvió a la realidad.

—¿Cuál es tu nombre real, Evo? —interrogó curiosa a Evolución.

—Me llamo Thitz . Mi nombre proviene de mitz que además de ser un elemento, también es sinónimo de «cambiar o transformar». La «Th» inicial proviene de Naturaleza, que tiene un nombre especial: Thrithri ; o sea que mi nombre sería algo como «cambiar o transformar la Naturaleza».

—Menudos nombrecitos Evo —dijo Júlia con desesperación, dibujando una sutil sonrisa en la cara de Evolución que todavía transmitía melancolía.

—Mira, el bosque más antiguo del mundo — señaló Evolución a la arboleda con los brazos abiertos.

—¿Dónde estamos? —preguntó extrañada Júlia.

—Este es el bosque donde está el invernadero de Naturaleza y el lugar donde se ocultan sus hijos: Throuran , Thuorran y Thautvitzran .

—Vaya que curiosos nombres, Rou y Uor son Oscuridad y Energía, ¿no? —preguntó insegura Júlia intentando organizar un poco su mente.

—Sí, veo que lo vas pillando —asintió Evolución con orgullo—.

Rou también es sinónimo de «destrucción o decadencia» mientras que uor es justo lo contrario.

Rouran , uorran y nautvitzran —siguió con la lección de onomástica—.

Son los nombres que acuñamos en gluboniano para los animales, los vegetales y los microrganismos.

Literalmente significan «los que destruyen», «los que crean» y «los que no ves».

A los hijos de Naturaleza, creadores representantes de estos grupos de seres vivos en la Tierra, se les dio la Th de Thrithri , al igual que el mío —concluyó Evolución dejando a Júlia pasmada.

—¡Vaya lío! —Se sujetó la cabeza con las manos—. Por cierto, no me gusta esa clasificación, hay animales y plantas microscópicas —discrepó Júlia.

—Ya está la lista —gesticuló Evolución con gesto de pereza—.

Debo recordarte que tu ciencia sigue debatiendo la clasificación de las especies, cosa que en realidad no importa demasiado —dijo Evolución con indiferencia—.

Sinceramente creo que vuestro método de clasificación es bastante rebuscado y complicado, pero parece que os aclaráis perfectamente.

—Evo no te cabrees, yo solo digo lo que he estudiado —expresó Júlia encogiéndose de hombros.

—Muy bien, ahora tendrás que acostumbrarte a las nuevas normas. Lo vivo es animal, vegetal y microscópico —dijo Evolución tajante—. También he de decirte que nunca les llamamos así, nosotros les llamamos Zoo, Fito y Micra. Ahora basta de cháchara y continuemos.

Evolución echó a andar, en dirección a la frondosidad.

—Evolución, relájate, estás muy tenso. —Evolución frenó su marcha y se llevó las manos a la cabeza.

—Las Artes quizás son muy alegres…

—No conoces a Baile por lo que veo —interrumpió Júlia entre risas.

—Qué graciosa —manifestó jocoso Evolución—. Debemos darnos prisa, no sé muy bien por qué, pero es lo que dice Tiempo, por eso estoy tan tenso.

—¿Por qué Tiempo no nos dice lo que ve y acabamos más pronto? —preguntó extrañada Júlia.

—Para empezar, es uno de los Superiores, básicamente puede hacer lo que quiera. Después está eso de que existe una confidencialidad temporal eterna o no sé qué, no lo entiendo muy bien, tampoco es que él lo haya explicado con detalle —dijo Evolución pensativo.

—Vaya, a veces pienso que los Creadores sabéis menos que yo —comentó Júlia mientras se adelantaba, Evolución se mantuvo parado con gesto agrio, entonces suspiró y alcanzó a Júlia—. Estaba pensando… —continuó Júlia—. Los hongos ¿Qué serían?

—¿Tu qué crees que son? —le devolvió la cuestión.

—Yo diría que son nautvitzran ya que en realidad son microscópicos, sin embargo, durante la fase sexual de su ciclo vital crecen los esporocarpos —explicó Júlia.

—Los esporos ¿qué? —preguntó perdido Evolución.

—Los esporocarpos, son los cuerpos fructíferos, los órganos sexuales de algunos hongos —definió Júlia.

—Vale, vale, pero no te líes, ciertamente son parte de los nautvitzran , aunque perfectamente podrían ser rouran ya que se alimentan de la descomposición de materia viva o directamente los dañan al igual que los…

¿cómo los llamáis? —se quedó Evolución pensando—.

¡Ah sí! Patógenos, aunque se consideraron todos como nautvitzran .

Se adentraron en la espesura de aquel bosque y caminaron sin descanso durante un par de horas.

Júlia confirmó sus sospechas y vislumbró a su izquierda el rio donde una pequeña familia de castores trabajaba sin descanso.

En aquel momento, la Elegida se sentía como una niña pequeña en un parque de atracciones.

Para una futura bióloga, encontrarse en el bosque más antiguo del mundo era un hecho formidable; no podía creerse que estaba pisando aquel ancestral lugar.

Gracias a sus estudios, ella sabía que allí se había datado fósiles de raíces de árboles con cerca de cuatrocientos millones de años.

Y estaba en lo cierto, mis dones sobre la verdad me hacen saber la edad exacta de ese fósil perteneciente al árbol que vosotros bautizasteis como «Archaeopteris», pero no me parece relevante.

Llegaron al final de su peregrinación forestal, en la zona más profunda de la arcaica algaba, donde se detuvieron frente a un extraño pilar que no levantaba más de medio metro del suelo, parecía que lo había construido alguien.

Evolución se acercó, se puso de espaldas contra aquel pilar, dio tres amplios pasos y se agachó.

Júlia se aproximó a él y vio una pequeña plántula, una miniatura de los inmensos árboles centenarios que les rodeaban.

Se quedó observando a Evolución, en silencio.

Este miró la expresión expectante de Júlia, sonrió y agitó la palma de su mano alrededor de la plántula que empezó a crecer, igual que ocurrió con aquel pequeño brote el día que le reveló a Júlia quién era realmente.

Júlia sonrió ampliamente y aplaudió emocionada.

Una gran sequoia surgió de esa diminuta planta.

Aquel árbol debía medir más de cincuenta metros de altura y su tronco bien podría alcanzar los ocho metros de diámetro.

Su base parecía estar dividida, creando un pasadizo.

Júlia se acercó y asomó su cabeza con inquietud, pero no vio nada.

En ese momento Evolución también se aproximó y extendió su mano, con la palma hacia arriba, y una hermosa margarita se materializó en ella.

—¡Guau!, ¿y eso? —preguntó Júlia fascinada.

—Es una especie de llave —contestó Evolución.

—¿Una flor? —preguntó extrañada.

—Sí, ha tenido muchas formas, desde hace bastantes años tiene esta.

—¿Tiene algún motivo?

—Ciertamente, ¿recuerdas el nombre de Naturaleza?

—¿Triniti? —contestó Júlia insegura.

— Thrithri —corrigió Evolución—. En el hinduismo, uno de los nombres que se le da a la madre tierra es muy parecido y su representación lleva un colgante con una especie de vellorita similar a esta flor. Nos gustó la idea y le dimos esta forma a la llave.

Tras decir esto, Evolución colocó la flor en el techo del túnel de aquella sequoia, dio un paso atrás e indicó a Júlia que hiciese lo mismo.

De pronto sintieron un ligero temblor a sus pies, se abrió una grieta en medio del pasadizo que dejó salir una intensa luz azul y, en un abrir y cerrar de ojos, como si de una explosión se tratase, toda la galería arbórea se llenó de aquel brillo cerúleo.

—Vaya, otro portal, pero este es de color azul — indicó Júlia con gesto reflexivo.

—Sí, eso es porque no nos vamos a mover en el espacio, sino en el tiempo. ¡Vamos! —exclamó Evolución entrando en el portal y dejando a Júlia con la boca abierta ante la perspectiva de un viaje en el tiempo.

—¡Espérame, Evo! —gritó Júlia, que fue tras él sin pensárselo demasiado.