7 Ya no hay vuelta atrás.
Ya no hay vuelta atrás.
Las primeras luces del alba penetraron por la ventana de la habitación de Júlia que ya estaba despierta.
El duro día previo vivido y su inminente inicio de una nueva, y muy distinta vida, no le permitieron descansar adecuadamente y, puestos a perder el tiempo, prefirió invertirlo haciendo sus maletas, que tenía abiertas sobre la cama y en el suelo de la habitación mientras ella, entre bostezos, lanzaba sus prendas de forma desordenada.
Su madre, que tampoco había dormido mucho aquella noche, irrumpió nerviosa en su habitación sobresaltando a Júlia y apremiándola para que no se le hiciera tarde.
Su padre, menos histérico pero intranquilo por la repentina marcha de su primogénita, preparaba el desayuno para su familia, impregnando la casa de un suave y delicioso aroma a café, que penetró en la habitación de Júlia cuando su madre abrió la puerta.
Júlia y su madre ultimaron el equipaje y se reunieron con su padre para desayunar juntos.
Mantuvieron una charla animada sobre el destino al que Júlia se dirigía y las posibilidades de trabajo que le abriría aquella oportunidad, no sin animarla a hacer nuevos amigos, divertirse y conocer mundo.
Tranquilos progenitores, ni os imagináis cuánto mundo va a conocer vuestra hija.
Una vez Júlia estuvo lista, los tres bajaron al rellano del edificio a esperar al representante de la supuesta universidad de destino a la que teóricamente se dirigía la Elegida, pues Júlia les había hecho saber que alguien se encargaría de recogerla y llevarla al aeropuerto.
Mientras Júlia y sus padres esperaban al conductor, varios amigos de ella aparecieron inesperadamente para despedirse y desearle un buen viaje.
A Júlia le invadió la emoción de tener a sus seres queridos allí, demostrándole todo el afecto que le tenían, pero su alegría tropezaba con la incertidumbre y la tristeza en una mezcolanza de sentimientos que se arremolinaban en sus facciones.
Sus allegados atribuyeron ese estado a que la pobre chica se enfrentaba en soledad a un viaje hacia un lugar lejano y desconocido.
Júlia, en cambio, temía no volver a verlos jamás.
Ni se podían imaginar lo que en realidad se disponía a hacer.
Entre abrazos, despedidas y buenos consejos, advirtieron acercarse a un elegante deportivo oscuro de gama alta, que detuvo su marcha ante ellos y bajó parcialmente la ventanilla, dejando entrever a su conductor, un hombre trajeado con gafas de sol al que Júlia no había visto nunca.
—«Hello», ¿Júlia? —dijo ese hombre con acento inglés, señalando a Júlia.
—Sí… digo, «yes. I’m» Júlia —respondió ella.
—Es hora de marcharse —apuntó el desconocido, esta vez en castellano, pero con su fuerte deje anglosajón.
Júlia se volvió una última vez hacia sus seres queridos.
Sus amigos se abalanzaron muy emocionados sobre ella, se despidieron y le desearon la mejor de las suertes en su nueva aventura —claro que ellos se referían al Erasmus—.
Por último, la Elegida y sus padres se fundieron en un abrazo y, entre sollozos, también se despidieron y se prometieron hablar todos los días —ella confiaba en que eso fuera posible—.
Finalmente, Júlia se montó en aquel vehículo y este reanudó su marcha mientras ella miraba por el parabrisas trasero como todos sus seres queridos se alejaban.
Entonces, se volvió, tomó aire y preguntó:
—¿Y tú eres…? Nunca te he visto por la Hermandad. —A lo que el hombre le contestó con una risa.
—¡Soy yo Júlia! —exclamó de manera cercana—. Ya nos conocemos, aunque no con este aspecto.
—No me llego a imaginar quién eres —comentó Júlia pensativa.
—Soy Venus —desveló aquel hombre.
—¡Anda! —exclamó Júlia—. ¿Ahora eres un hombre?
—Bueno, soy un Arte, aunque nunca fui humana, así que puedo elegir mi aspecto y género como me plazca mientras que el resto mantienen su forma humana de entonces. ¡La verdad que me viene muy bien! —aseguró Venus.
—Si puedes ser chico o chica, ¿por qué te llaman Venus? —formuló Júlia intrigada.
— Leamitz me lo puso cuando Botticelli concluyó su famosa obra «El nacimiento de Venus». Mi verdadero nombre es Razamz , que deriva de Amz , el nombre de Amor y de raz que significa «fuerte o intenso».
—¿ Razamz ? Me recuerda a un superhéroe —comentó Júlia riendo.
—Nunca me ha gustado ese nombre, por eso no le puse ninguna pega a Leamitz cuando comenzó a llamarme Venus.
—Entiendo, pero… Otra cosa, la modelo de Botticelli, ¿no fue Simonetta Vespucci? —preguntó Júlia.
—¡Guau! —exclamó Venus—. ¿Cómo sabes eso? Júlia agitó su móvil y esbozó una sonrisa pícara.
—Lo he buscado en internet.
—Bueno… —Venus hizo una pausa—. Digamos que Alessandro y yo tuvimos una aventura.
—¡No me digas! —exclamó Júlia con gesto de sorpresa.
—Sí, aunque eso ocurrió con este aspecto, no tengo muy claro cómo llegó a imaginar mi forma femenina, ni si realmente lo hizo —dijo Venus dejando a Júlia con la boca abierta—. Lo que está claro es que mi «yo» femenina se parece mucho a la Venus de su cuadro y por eso Leamitz empezó a llamarme así.
—¿En serio? ¿Te pintó como mujer sin conocerte de esa forma? —preguntó Júlia.
—A ver, Karnaut me explicó que como yo soy la Creadora que representa la sexualidad, la interacción que tuvimos le debió provocar muchas sensaciones nuevas y alguna de ellas le inspiraría el cuadro —aclaró Venus—.
Después Alessandro comentó que la del cuadro no era yo, que era «claramente Simonetta» —pronunció Venus de forma burlesca.
—Ya veo… ¡Oye! Si naciste de un Creador que es de la Tierra, eso quiere decir que ¿no existe el sexo en otros planetas? —preguntó Júlia insegura.
—¡Muy buena pregunta Júlia! —exclamó eufórica Venus—. Te aseguro que esa fue una de mis primeras preguntas, pero prefiero que te conteste Torth que fue quién me la resolvió a mí.
En aquel ruinoso y tétrico polígono industrial, guarida de los creadores oscuros, Mecanos se encontraba envuelto en una nube de piezas metálicas abstractas, encaramado a una larga escalera que le permitía alcanzar las partes más elevadas de la gigantesca máquina que estaba construyendo.
¿Te preguntas para qué? Esta era su parte del plan, directamente relacionada con la tarea que estaba llevando a cabo Guerra también en ese mismo instante: entraba y salía con asiduidad, acompañado por humanos —claramente secuestrados— que parecían estar ausentes, y los encerraba en una jaula enorme y vacía, donde aquellas personas vagaban lentamente sin rumbo, con los ojos completamente rojos, chocando entre ellos, pero sin reaccionar ante nada.
Entre tanto, Anthropos estaba en un espacio aislado, en lo que habrían sido los antiguos despachos de aquella nave.
Allí también se respiraba el deterioro y la suciedad inherentes al abandono.
Las paredes lucían numerosas manchas de humedad y desconchones, cargando el aire con olor a moho y yeso y algunas zonas servían de lienzo para profundas grietas que se extendían erráticas como cicatrices dibujando el paso del tiempo.
Los escasos muebles útiles que quedaban en pie estaban sumidos en una quietud polvorienta y en una esquina se amontonaban enseres de oficina cubiertos por sábanas ajadas desprovistas de funcionalidad.
Anthropos se encontraba sentado en un viejo sillón de oficina, frente a un escritorio de madera devorado por la carcoma, que sostenía una bola completamente negra velada por un halo de oscuridad profunda que se expandía y retraía a medida que una voz mascullaba: shartz junthz… bueno, mejor lo traduzco:
—He visto a esa chica… —dijo esa esfera, con una voz grave y siniestra que reverberó por toda la sala.
—Maestro, pero ¿cómo? —musitó Anthropos con parquedad. En su voz se percibía un estricto respeto y algo de miedo.
—Hay odio en alguien tocado por Uor —respondió la esfera—. ¿Todo sigue según lo previsto?
—Sí, Maestro —contestó Anthropos.
¿Júlia siente odio? Explicaré el origen de los sentimientos más adelante, solo te diré que Rou emana algunos sentimientos horribles como la ambición que sufrió Anthropos o como el odio, el origen de casi todas las emociones oscuras tales como la envidia, el egoísmo o la venganza.
Todos los seres vivos sienten emociones de todo tipo, ya te he explicado que no es del todo malo ser ambicioso o egoísta, pero se deben respetar ciertos límites.
En el caso de Júlia, ella experimentaba algunos de estos sentimientos, se hacía preguntas tales como ¿por qué yo, por qué no otra persona?
o ¿no puedo irme a casa y olvidarme de todo esto?
Y eso despertaba su parte de rou . Por suerte, esa fracción oscura es tan pequeña que el propio Rou solo pudo verla un instante.
Tras su escueta conversación con Anthropos, la esfera desapareció.
Supongo que has deducido que era Rou el que hablaba a través de aquel orbe oscuro.
Pero no temas, Rou no estaba en la Tierra, recuerda que esta tiene «libre albedrío».
El único Creador con autorización para vagar voluntariamente por este planeta era Evolución, que contaba con el beneplácito de Universo para llevar a cabo la búsqueda de un alma limpia.
Sí bien, Bonlur le concedió aquel privilegio solo porque no se esperaba que tal alma existiera, incluso fue él mismo el que le prestó una de sus piedras a Evolución para que se teletransportara, pero no con la intención de facilitarle su cometido, sino como quién da un juguete a un niño para que se entretenga.
Que Guía apareciera en la Hermandad fue algo que cabreó mucho a Universo, aunque entró en razón tras una larga charla con Tiempo. La relación entre ellos dos te la puedes imaginar como si representaran a dos partidos rivales dentro de una democracia bipartidista.