Júlia y los Creadores. Cambiar o Morir 6 Desafío final #2
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6 Desafío final #2

—Bueno es algo como… cuando se va la luz, llega la oscuridad.

—Ya veo, pero podría ser otra cosa —dijo Arquitectura no muy convencida.

—¿Qué otra cosa puede ser? —preguntó Júlia.

—Ji, ji, ji, ji, te sorprendería todo lo que puede ser eso —comentó Pintura.

—Seguramente no sea nada. Simplemente pudo haber sido un intento desesperado de tu mente de que tuvieras miedo para que te largaras de allí —teorizó Baco.

—Júlia —interrumpió Karnaut que se puso frente a Júlia para que le sintiera más cercano—. Tranquilízate, tras los atentados contra ti no te volveremos a dejar sola, estaremos siempre cerca. Ve a tu casa y descansa.

—No creo que en mi casa pueda descansar después del numerito que montasteis, pero tengo que ir y explicarles todo a mis padres. —Júlia se encogió de hombros.

Caía la tarde cuando Júlia se marchó a casa, aunque no sola.

Escultura y Arquitectura se ofrecieron a hacer las veces de escoltas.

Nada más entrar por la puerta fue avasallada con cuantiosas preguntas por parte de sus padres que se habían quedado sumamente confundidos por la repentina noticia de la beca de investigación y la inesperada marcha de su hija.

Júlia, con aire despreocupado para no transmitir a sus padres más inquietud, les explicó, o más bien se inventó, que era una beca de carácter urgente y salió del paso con una verborrea de datos falsos sobre temas que sí se estaban investigando en la actualidad, pero en los que claramente ella no tenía nada que ver.

Consciente de sus vagas explicaciones y obviando los semblantes desencajados de sus padres, también científicos, que no terminaban de creerse su historia, Júlia se fue a su habitación manteniendo su actitud desenfadada, se cambió de ropa y gritó a sus padres, mientras atravesaba la puerta de salida, que se iba a tomar algo con sus amigos y que pronto regresaría para la cena.

Ese era su siguiente paso, relatar aquella descabellada historia a sus amigos y compañeros de carrera.

Esta tarea se presentó más complicada, pues ellos estaban más al tanto que sus padres de las becas que los estudiantes podían solicitar, así como de los requisitos exigidos y las arduas acciones burocráticas que se necesitaban resolver hasta conseguir alguna de ellas, si es que se daba el caso.

Júlia no supo responder de forma convincente cómo era posible que de la noche a la mañana se marchara fuera del país por un proyecto del que ninguno había oído hablar, así que decidió eludir las dudas y preguntas de sus amigos, que claramente sospechaban que estaba mintiendo, diciéndoles que volvía a su casa a cenar con sus padres ya que al día siguiente cogería su avión con destino al país donde le habían concedido la supuesta beca.

Sin dejarles más tiempo de reacción, dio media vuelta y se marchó de allí.

De vuelta en su hogar, que ya le evocaba nostalgia, Júlia disfrutó de una cena tranquila con sus padres —que parecían haber aceptado la noticia—, pero con su cuerpo recorrido por la extraña sensación de que aquella cena podía ser la última.

Cuando terminó, y exhausta por aquel largo día, Júlia se dispuso a ir a dormir con el estómago lleno, pero también su mente, aunque de preguntas para las que no hallaba respuesta.

Esa misma noche, poco después de que cayera rendida, unos fuertes golpes y gritos desvelaron a nuestra protagonista que se incorporó en su cama sobresaltada.

Los chillidos desesperados llegaron a través de las paredes y se colaron por sus oídos desgarrándole el corazón, pues reconoció la voz de sus padres suplicando ayuda a viva voz.

Alarmada corrió despavorida hacia donde el sonido la guiaba y, al irrumpir bruscamente en el salón, descubrió a sus padres atados a unas sillas y, junto a ellos, identificó una desconocida pero aterradora figura.

Allí estaba Anthropos, que la miró con su malvada sonrisa.

—Bienvenida Júlia, ¿nos acompañas? —dijo Anthropos al tiempo que señalaba a sus padres ondeando su palma abierta.

—¿Qué? ¿Qué les estás haciendo a mis padres? —preguntó Júlia horrorizada.

—Nada, estábamos charlando. Al parecer no les has contado tú… condición —dijo Anthropos con esa sonrisa macabra suya—. Preferiste mentirles, muy mal — dijo chasqueando con la lengua y moviendo la cabeza de lado a lado.

—No, no quería preocuparles —respondió Júlia intranquila—. ¿Quién eres tú, y como sabes de mi… condición? —preguntó extrañada, parafraseando a Anthropos.

—¿No me reconoces? —contestó Anthropos señalándose con gesto chulesco.

Cuando cayó en la cuenta de a quién tenía delante, su gesto se volvió pálido y se quedó paralizada por el pánico.

—Eres Anthropos…

—Muy bien, muy bien —contestó Anthropos pensativo—. Menuda Elegida que se asusta con un viejo como yo —añadió tratando de ser irónico.

—¡No me asustas! —exclamó Júlia recomponiéndose—. Me das asco, representas todo lo malo de la humanidad.

—Bueno, todo, todo… —dijo Anthropos sarcástico.

—¡Suelta a mis padres! —exigió Júlia.

—No, aún no. Antes vamos a jugar a un juego —dijo Anthropos mientras acariciaba el pelo de la madre de Júlia.

—¡No la toques! ¡Y ni se te ocurra hacerles daño! Déjalos ir y cógeme a mí.

Anthropos puso gesto de sorpresa y empezó a aplaudir sardónicamente.

—Muy noble por tu parte, pero quizás ellos me hayan propuesto la misma oferta. Te voy a explicar el juego. Simplemente te voy a hacer unas preguntas y tú las tienes que contestar, si lo haces bien, me iré. —Júlia miró a sus padres.

—De acuerdo, supongo que no me queda otra —dijo Júlia acérrima, exhibiendo toda la valentía que pudo reunir.

—Muy bien… ¡ Norzrou !

Anthropos llamó a Guerra y este entró al salón, después chasqueó los dedos y apareció una mesa y, sobre ella, se posaban dos cucarachas marrones.

—¿Qué es esto? —preguntó Júlia.

—Este es el juego, dos seres vivos, uno muere y otro vive. Tú decides —explicó Anthropos.

—¿Qué clase de juego es este? —dijo Júlia con desazón y su mirada fija en los pobres animales.

—No tengo que darte ninguna explicación, digamos que me aportará cierta información —sentenció Anthropos.

—¿Por qué crees que voy a hacerte caso? —preguntó Júlia desafiante.

—Porque si no… —Anthropos miró a los padres de Júlia—, los seres vivos que morirán serán ellos —dijo mientras Guerra les apretaba el cuello contra su hacha.

—Está bien. ¿Ahora tengo que elegir a la cucaracha que tienes que matar? —preguntó entristecida.

—Exacto —contestó Anthropos con un rictus estremecedor.

Júlia miró compungida la mesa con los dos blatodeos y dijo: «La de la derecha». Acto seguido, Anthropos, con la mano cerrada, dio un golpe en la mesa y aplastó al pobre insecto, el superviviente se acercó al cadáver y lo examinó con sus antenas, parecía estar triste.

—Qué lástima —dijo Anthropos con sorna—, supongo que no habrás reparado en que eran pareja sentimental.

—Qué cerdo eres —increpó Júlia enfadada.

Anthropos aireó su mano y disminuyó el tamaño de la mesa, dejando a la cucaracha superviviente en ella. Con otro movimiento de sus manos alzó un pequeño árbol, un abeto de apenas dos metros.

—Siguiente decisión, la cucaracha que has salvado o este joven árbol —dijo Anthropos señalando a los seres.

—¿Cómo? Ya he hecho lo que querías. ¡Libera a mis padres! —exigió Júlia.

—Me temo que no funciona así el juego —comentó Anthropos con un tono burlesco.

—¿¡Y cómo funciona!? ¿¡Vas a seguir haciendo esto hasta que te canses!? —preguntó Júlia exaltada.

—Ojalá —contestó Anthropos regodeándose—. Si fuera así, este juego duraría la eternidad.

—¡MALDITO SEAS! —profirió Júlia mientras hacía el amago de atacar a Anthropos. Sin embargo, Guerra chistó repetidamente y negó con la cabeza, recordándole a Júlia que debía quedarse quieta puesto que su hacha seguía en el cuello de su padre.

—¿Qué eliges Júlia? —preguntó Anthropos en un tono siniestro—. ¿Animal o vegetal? —Júlia le miraba con rabia mientras él sonreía.

—La cucaracha —contestó Júlia cabizbaja.

Anthropos hizo exactamente el mismo movimiento que antes.

El pobre artrópodo chirrió a medida que el puño de Anthropos se aproximaba a él y, al aplastar al animal, la mesa desapareció por completo.

El árbol, agitó sus ramas a modo de celebración, parecía estar contento.

Anthropos convocó a otro animal a aquella velada perversa, esta vez fue un águila real y con los brazos abiertos dijo:

—Misma pregunta, diferentes protagonistas. Tú decides —concluyó dando una palmada y frotándose las manos.

—Te juro que acabaré contigo —dijo Júlia apretando los dientes de la impotencia—. El árbol.

De la misma manera que el abeto había celebrado su vida previamente, ahora hacía un movimiento mucho más sutil que el anterior, se estremecía de miedo al presentir su destino.

Guerra empuñó fuertemente su hacha y destrozó la inocente pinácea de un solo golpe.

El águila abrió sus alas y lanzó un chillido de victoria.

Júlia barruntó que aquel juego demencial todavía no había terminado.

Y estaba en lo cierto. Anthropos, sin ocultar el frenesí que le provocaba poner en aquella situación a la Elegida, invocó un magnífico oso polar e invitó de nuevo a Júlia a decidir el destino de ambos seres vivos.

Júlia, llena de rabia, con sus manos apretadas en sendos puños, eligió al oso para que muriera.

El águila lo celebró con las mismas acciones y el oso murió peleando contra Guerra, al menos se lo puso difícil.

En el lugar del oso, Anthropos eligió esta vez a un perro, un elegante podenco de color canela, de tamaño medio, con grandes orejas y mirada inocente que le hacían parecer un cachorro a pesar de ser un perro adulto.

Este tierno perro, curiosamente se parecía al primer perro que hubo en casa de Júlia, Luna.

El adorable cánido se acercó a ella y reclamó con su hocico unas caricias.

Júlia al verla, no pudo evitar acordarse de su feliz infancia acompañada por su querida Luna, de la que nunca se separaba, y alguna lágrima comenzó a brotar de sus ojos.