6 Desafío final
Desafío final
La histeria colectiva dominó la situación.
Las Artes gritaban el nombre de Júlia a pleno pulmón en un intento desesperado de que despertara.
Baco seguía en su mesa; abrumado abría cada uno de los botes, cajas y otros recipientes que tenía allí y su nivel de ansiedad aumentaba con cada uno que escrutaba, pero no contenía lo que buscaba.
A lo que me refiero es una planta mágica procedente de Mitzthatz cuyas semillas, mezcladas en un mortero con la propia ambrosía, revierten los efectos de la misma.
Baile dejó de gritar en vano y tomó la estrategia de zarandear con fuerza a Júlia, Pintura por su parte, sacó de un bolsillo uno de sus pinceles y comenzó a hacerle cosquillas, Música quedó expectante, sin saber cómo reaccionar y Karnaut y Arquitectura decidieron que sería más útil apremiar a Baco para que hiciera algo.
Escultura, que en ese momento parecía el más sensato, se acercó a Júlia y, sujetándola fuertemente por sus brazos, la puso de pie.
Sorprendentemente, su cuerpo se mantuvo erguido, aunque ella estaba completamente inconsciente.
Karnaut cesó súbitamente sus insistencias a Baco, se acercó estupefacto a Júlia y movió su mano varias veces frente a los ojos abiertos de la elegida, pero ella no respondió. Echemos un vistazo dentro de su mente.
Nuestra protagonista, o más bien su conciencia, había abandonado lo terrenal para aparecer en un espacio completamente blanco.
Se advirtió tendida de lado, en decúbito lateral, ataviada en un largo camisón, por supuesto níveo, y con sus pies descalzos.
Se incorporó y miró a su alrededor, aunque la perfección cándida de aquel lugar le impidió estar segura de haberse movido.
No era capaz de distinguir techo de suelo, no había paredes, nada sólido, no divisaba el final —o el principio—de aquel extraño lugar —si es que aquello era algún lugar tangiblemente hablando—.
Se levantó, asustada y desconcertada, y echó a andar, inútilmente en mi opinión, pues te aseguro que ese sitio es infinito y no conduce a ninguna parte.
Mantuvo el paso durante horas, o al menos eso percibía la Elegida, pero no estaba convencida de haberse movido un ápice; más bien tenía la sensación de estar caminando en una cinta ergométrica.
Exhausta, se detuvo sin ánimo y se dejó caer de rodillas al suelo, por llamarlo de alguna manera.
Se dio por vencida, no tenía sentido seguir andando por el infinito y, con resignación, decidió sentarse y esperar a que sucediera algo; la corta experiencia de su nueva vida, si algo le había enseñado, era a no hacerse demasiadas preguntas y dejarse llevar.
De pronto, pudo notar cómo en el eterno blanco se dibujaba otro color.
Una diminuta mancha áurea apareció a lo lejos.
Júlia fijó la vista en esa pequeña mota dorada, entrecerrando los ojos intentó determinar de qué se trataba, pero no intuyó ninguna figura, solo se percató de que, a cada instante, aquella nube dorada se volvía más y más grande, se estaba acercando a ella.
El miedo invadió su ser y, rápidamente, se puso en pie y comenzó a correr en sentido contrario.
Al tiempo que corría, iba girando su vista puntualmente, lanzando algunas miradas hacia atrás para mantener vigilada a esa perturbadora mancha amarilla que se cernía sobre ella sin descanso.
Con sus ojeadas apercibió que su huida parecía estar dando resultado, pues la mancha se encogía poco a poco.
Tras su último vistazo comprobó que apenas ya podía divisarla, por lo que pensó que debía seguir corriendo hasta deshacerse de ella por completo. Entonces, fijó la vista hacia adelante.
—No puede ser —dijo Júlia aterrorizada al ver como esa mancha se encontraba ahora en el sentido hacia el que estaba huyendo.
Dio media vuelta, giró hacia la derecha, luego hacia la izquierda, volvió a cambiar de sentido, repitió sus giros varias veces, pero cuando parecía que de nuevo el áureo resplandor disminuía, reaparecía delante de ella. Júlia frenó en seco y cerró los ojos, estaba empezando a hiperventilar.
Tras unos minutos, en los que recuperó su respiración normal, decidió volver a mirar a su alrededor.
Poco a poco, entreabrió su ojo derecho con timidez, confiando en que la mancha hubiera desaparecido, pero lo que descubrió hizo que sus dos ojos se abrieran de par en par y que en su cara se dibujara un gesto de perplejidad.
Aquella mancha diminuta estaba justo delante de ella, pero ahora era enorme, tan inmensa y deslumbrante que creyó estar mirando fijamente a Sol.
—Hola Júlia —dijo esa enorme masa amarilla que parecía palpitar cuando hablaba. A Júlia le recordó al momento en el que Guía le habló a través de la piedra que llevaba Evolución.
—Ho-hola —tartamudeó Júlia—. ¿Qu-qué eres tú?
—Yo soy Uor , has pretendido tomar de la ambrosía y ahora estás en un limbo.
—¿Cómo? ¿ Uor ? —preguntó Júlia desconcertada.
—Un momento —contestó esta masa gigantesca.
Ante la estupefacta mirada de Júlia, la luz amarillenta se fue comprimiendo hasta que solo quedó una pequeña mota.
De repente, la mota emitió un destello y apareció una figura humana, la forma que Energía toma delante de los humanos.
Era una mujer, pues indiferentemente a la especie, Energía siempre prefiere tomar forma femenina, porque todos venimos de su ser, es decir, es algo así como la madre de todos.
Su apariencia era la de una mujer de mediana edad, muy delgada y alta con el pelo largo hasta las rodillas y de un color pálido; a decir verdad —obviamente—, no solo su cabello era blanco si no que toda su forma era albina, hasta la ropa que vestía era blanca.
Solo había un rasgo quebrando esta esencia monocromática, sus enormes ojos de un potente amarillo radioactivo.
—Prosigamos —continuó Energía. La voz de su forma humana era sosegada, cálida y acogedora—. ¿Nadie te ha contado quién soy? Tú me conocerás como Energía. Deberían haber supuesto que llegarías aquí.
—¿Dónde estoy? —pregunto incómoda Júlia que aún sentía temor.
—No estás en ningún espacio ni en ningún tiempo. Solo hay Yo —explicó Energía.
—No entiendo nada y me estoy agobiando.
—Sosiégate querida niña —respondió Energía abrazando a Júlia.
Nunca nadie la había abrazado de esa manera.
Le hizo sentir más calma que el abrazo de su madre tras una pesadilla, más calidez que el abrazo de un edredón una fría noche de invierno, mucho más alivio que el abrazo de la satisfacción tras la superación de una incertidumbre—.
Es lógico que no comprendas lo que tu ciencia no concibe.
—¿Puedes devolverme a la Hermandad? —dijo Júlia entristecida.
—Qué inocente —dijo Energía con una cálida sonrisa—. Sigues allí, ahora solo estás dentro de lo que llamáis alma.
Júlia entreabrió sus labios para intentar hacer alguna de las miles de preguntas que atravesaban su mente como si de un letrero luminoso se tratase, pero no consiguió emitir sonido alguno, solo pudo mantener una expresión de estupefacción.
—Déjame ver. —Energía se inclinó hacia Júlia—. Sí… —dijo pensativa—. Está claro que eres un alma limpia, pero esto… —Energía puso gesto de sorpresa—. ¿Cómo es posible?
—¿Qué pasa? —preguntó Júlia preocupada.
—Tu… tu energía es…
Nuestra madre no pudo terminar la frase.
Júlia experimentó súbitamente una sacudida y aquel lugar blanco y puro desapareció para dejar paso a una oscuridad profunda y densa donde no fue capaz de vislumbrar absolutamente nada.
No obstante, no tuvo tiempo de sentir miedo o angustia ante tal negrura, pues solo permaneció allí unos pocos segundos en los que la oscuridad se vio interrumpida por dos grandes y terroríficos ojos rojos que la miraron profundamente hasta que, como si se despertara de una pesadilla, Júlia recobró la consciencia de nuevo en la Hermandad.
Recuerda que, en la Hermandad, el cuerpo de Júlia se encontraba inconsciente, pero de pie, en medio de aquel sótano mientras las Artes y Baco intentaban por todos medios reanimarla.
Por suerte, Baco encontró las semillas de esa planta mágica que buscaba desesperadamente y pudo preparar el brebaje que contrarrestaría los efectos de la ambrosía.
Al suministrar aquel antídoto a la Elegida, esta despertó con un violento espasmo y asustó a todos los allí presentes.
—¡Júlia! ¿Estás bien? —preguntó Karnaut .
—He visto a Energía —dijo sobresaltada Júlia.
—¿¡Cómo!? —dijeron todos a la vez.
—Júlia, ¿Dónde la has visto? —preguntó Arquitectura.
—Ella dijo que estábamos en mi alma.
Todos miraron a Baco.
—A mí no me miréis, la ambrosía no tiene nada que ver —se defendió Baco alzando las manos en son de paz.
—Al parecer sí. Me dijo que deberíais haberlo supuesto —afirmó Júlia.
—Se ve que sí que tiene que ver —dijo Baco frotándose la nuca.
Las Artes solo se miraban unas otras intentando encontrar respuestas.
—Tengo una duda. ¿Soy un alma limpia porque no hay oscuridad en ella? —dijo Júlia.
—En teoría sí —dijo Baile desconfiada.
—Le asevero joven que así es —aclaró Escultura.
—Entonces, ¿por qué he visto a Rou justo antes de despertar?
Todos los allí presentes retrocedieron espantados por el mero hecho de escuchar aquel nombre, como si de Lord Voldemort se tratara.
—¿¡Cómo!? —exclamaron al tiempo que recuperaban la compostura.
—Júlia, explícate —ordenó Karnaut desesperado cogiendo a Júlia de los hombros.
—A ver, Energía estaba a punto de decirme algo sobre mi alma, vio algo que no pudo explicar y entonces todo ese lugar blanco… fue como si se apagara.
—Eso fue porque te di la antiambrosía —aclaró Baco.
—¿Ahora sí que la llamas ambrosía? —preguntó Júlia en tono chistoso. Baco le contestó con una mirada desaprobatoria—. Después… —continuó Júlia—, se volvió todo negro y vi dos grandes ojos rojos que me miraban.
—¿Cómo sabes que era Rou ? —preguntó Arquitectura.
—No lo sé, lo he supuesto —contestó Júlia insegura.
—Explica tu deducción —pidió Música.