Julia Sinmiedo (Visibles e Invisibles nº 10) Epílogo 3
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Epílogo 3

Irina

Camino por la orilla y el agua fría me llega a los tobillos.

Son las doce y diez. Cielo gris de postal, brisa que te despeina y ese olor a sal que se mete en la nariz.

Podría ser un día perfecto si no tuviera esta costumbre mía de revisar el horizonte por si alguien decide que hoy toca un tiro de gracia. Manías sanas.

Rashel camina a mi izquierda. No dice nada. Nunca lo hace cuando no hace falta. Pero está. Siempre ha estado. Ana va al otro lado, hablándome de cualquier cosa que no importa: el viento, la arena, una señora que ha montado la sombrilla al revés.

—Te vas a oxidar si sigues tan tiesa —dice, dándome con el hombro—. Relaja, jefa.

No respondo. Rashel tampoco.

—Está relajada —dice Rashel al final.

—Sí, claro. Y yo soy bailarina clásica —resopla Ana.

Rashel ladea la cabeza.

—No ha matado a nadie hoy. Va mejorando.

Durante años, mi vida ha sido un mar picado.

Una sucesión de tormentas donde yo era el único faro que no se permitía parpadear.

Problemas, amenazas, gente que te sonríe mientras calcula dónde meterte el cuchillo.

Yo sosteniendo el sistema. Yo asegurándome de que nadie se saliera del carril… y de que el carril no ardiera.

—Antes no sabías andar sin montar un operativo. —Ana me mira de lado—. Dos pasos y ya estabas calculando salidas.

—Y tú detrás —contesto—. UDYCO. Siempre tarde.

—Siempre cerca.

—Siempre con ganas.

—Era mi trabajo.

—No. Era personal.

Ana no sonríe esta vez. Sabe que las dos recordamos las persecuciones, las noches en vela y ese hilo invisible que nos unía mucho antes de que Rashel apareciera en la ecuación.

—Tú tampoco jugabas limpio —sentencia Ana.

—Nunca he dicho que sí.

El agua sube, baja. Ritmo constante. Predecible. Qué lujo.

—Te montaste un imperio —dice Ana—. Y te creíste imprescindible.

—Lo era.

—Claro.

—Si no lo hacía yo, lo hacía alguien peor.

Ana chasquea la lengua con ese sonido de desaprobación que me ha dedicado durante décadas.

—Eso es lo que te has dicho siempre.

—Y vosotros siempre llegabais cuando ya estaba todo hecho.

—Alguien tenía que intentar pararte.

—¿Y lo hiciste?

Ana abre la boca, pero no dice nada. La respuesta flota entre nosotras, amarga y real. Rashel interviene, sin mirarnos, poniendo fin al duelo de egos.

—No. Y ahora está con nosotras.

Sigo andando. He pasado años construyendo un imperio de hierro para proteger lo que amaba. Qué frase tan bonita. Qué mentira tan útil. Porque el problema del poder es que siempre te da una justificación elegante para hacer cosas que no lo son.

—La Reina Popov y yo paseando por la playa, quién me lo iba a decir —dice Ana, con ese tono entre burla y respeto que nunca ha sabido disimular.

—Me lo pusiste tú, idiota —respondo—. Y ese personaje casi termina por devorar a la mujer.

Rashel asiente muy levemente, con esa sabiduría silenciosa que solo da haber compartido cada pecado.

—Ya no sabías dónde empezabas tú —dice Rashel.

—Ni dónde terminaba.

Sentía el poder como una responsabilidad moral, con esa cosa noble de si no lo controlo yo, ¿quién frena a los que trafican con niñas, a los que se forran con la basura que vive sin luz?

Qué bonito suena cuando lo dices sin incluir los detalles feos.

El problema es que el orgullo no hace descuentos: te cobra completo y con intereses.

Me gané enemigos que no aceptaban mis reglas y, por poco, lo pagan las personas que me mantienen entera.

He tenido miedo muchas veces. Miedo de verdad.

Pero lo del pinar… eso no fue miedo. Eso fue ver el resultado de mis decisiones con nombres y apellidos.

Julia. Sabina. Amaia. Mi hermana. Mis hijas.

Mis amigas. Todas con la posibilidad real de no volver a casa por mis movidas.

Ese día se me cayó algo dentro. Ese fue mi punto de inflexión.

Mi abdicación silenciosa. Y sí, yo también sé rendirme.

Solo que lo llamo de otra forma para poder dormir.

Me detengo a mirar a Svet, que corre hacia los chavales que la llaman desde el mar.

Durante mucho tiempo, tuve el delirio de que ella heredaría mi mando.

Pensé que convencería a Julia de que Svet era mi continuación natural.

Pero cuando vi a mi hija apretar aquel gatillo para matar a mi último enemigo, sentí un frío que no tenía nada que ver con la nieve.

Mi misión ya no es entrenarla para el legado; es asegurarme de que no tenga que fabricar ni un solo muerto más.

Qué ambición tan modesta, Irina. Aplausos.

—Bueno —dice Ana, y tira del brazo de Rashel para reanudar la marcha—, os dejamos, que vienen tus «problemas favoritos» por el flanco derecho. Vamos, Rash, que si me quedo cinco minutos más aquí acabo pidiéndole el DNI por costumbre.

Rashel me dedica una última mirada de lealtad absoluta y se deja arrastrar por Ana. Las veo alejarse: la mujer que me guardó las espaldas y la que intentó cazarme, caminando juntas por la orilla. Vaya chiste de mal gusto.

Miro a Julia, que camina hacia mí con su habitual desgana elegante, y siento ese tirón en el pecho que me acompaña desde hace quince años.

La amo con una fuerza que a veces me da asco, una devoción que ha sobrevivido a la sangre y a mi propia incapacidad de ser humana.

Ella fue la única que me llamó Irina cuando el resto del mundo solo veía a la Zarina.

Me giro hacia ella. Hoy no hay sermones, ni esa manía mía de buscar fallos en su sistema para ver por dónde va a petar.

—El agua está buena —digo.

Julia frena. Se ve que esperaba otra cosa. Un comentario ácido, una orden, una evaluación táctica del oleaje.

—¿Buena? —replica—. Está fría.

—Me has entendido.

—Te he entendido, cielo —dice, recortando la distancia—. Pero no te acostumbres a la paz, que te pones muy intensa y me das trabajo extra.

Sabina se acerca con el bote de crema, siempre tan impecable, siempre tan ella.

Es el otro amor de mi vida, el que guardé en un cajón con llave para no quemarnos, y verla aquí, por fin, me hace sentir que el rompecabezas está completo.

Le meto un apretón en el culo al pasar. Directo.

Un gesto de propiedad y deseo. Me sale solo.

—Irina, por favor… —murmura Sabina, se tensa y mira alrededor—. Que nos pueden ver.

—Que miren —le digo—. Igual aprenden algo.

Me da lo mismo lo que opinen bajo estas sombrillas de rayas.

Le guiño un ojo a Amaia, que nos observa con esa cara suya de clínica privada: cara de estoy tomando nota aunque no me pagues la sesión.

Entre nosotras no pasa nada físico. No por falta de ganas por mi parte, que prejuicios no me sobran.

Nos medimos, nos estudiamos, nos dejamos margen. Ya te tocará, Amaia. No te emociones.

—Irina no echa de menos la finca —suelta Julia, que hoy ha venido con ganas de guerra pequeña.

No pestañeo. Sabina se adelanta y me embadurna la espalda sin preguntarme, como si yo no pudiera vivir sin su crema del factor mil.

—Mentira —dice—. Ella sin sus hectáreas, sus puertas falsas y sus escondites de armas está rara.

—No echo de menos la finca —respondo, tajante—. Echo de menos el poder. No es lo mismo.

Sabina chasquea la lengua cerca de mi oreja.

—No digas tonterías. Tú echas de menos tener a cincuenta tíos cagados de miedo cuando levantas una ceja.

—Sigo mandando —contesto, con una sonrisa pequeña. De esas que sé que a Julia le aceleran el pulso aunque finja que no.

Amaia nos salpica con los pies. El agua me llega a las espinillas, y ella disfruta.

—No —dice—. Ahora decides. Concepto nuevo para ti. Te da urticaria, pero te adaptas.

Me callo. Y cuando me callo, suele ser porque tiene razón, que es una costumbre muy fea que tiene ella.

He pasado de dar órdenes a elegir cosas que importan. Eso pesa más que cualquier cargamento, cualquier pacto, cualquier amenaza.

—He cerrado todo —digo al fin—. No queda nada abierto. Ni un fleco. Ni un socio. Ni una red. Lo que había, ya no está.

Sabina suelta una risa seca sobre mi hombro.

—Qué romántica nos ha salido la jefa.

La ignoro y fijo los ojos en Julia. Le noto el vértigo. Sin estructura, sin hombres armados, sin una batalla cada lunes. Sin la excusa de vivir en modo emergencia.

—¿Y tú qué eres ahora sin todo ese circo? —pregunta Julia. La voz le sale más baja.

Le sostengo la mirada con lo poco que me queda sin usar.

—Vuestra.

No lo digo para quedar bien. Lo digo porque me deja en paz.

Porque me canso de ser un puesto de trabajo.

Porque quiero vivir como vive la gente normal, esa especie exótica: gastar mi dinero sin justificarlo, reírme sin mirar la puerta, follar con mis mujeres hasta que me duela el cuerpo y dormir sin la corona clavada en la nuca.

Amaia me pone una mano en el hombro. Sabina se apoya en el otro. Julia me aprieta el brazo como si confirmara que sigo aquí, sin uniforme. Y, por una vez, no me dan ganas de estropearlo.

El cuatrimonio. Un desastre logístico que le daría un ictus a cualquier terapeuta. No voy a prometer que seremos felices para siempre; somos más de ser «felices mientras no nos prendan fuego».

—¿Qué miras tanto, pesada? —me espeta Julia, aunque se le escapa una mueca de ternura.

—Nada. Que sois insoportables. Todas.

—Y tú la que más —responde Amaia dándome un beso rápido.

Me vale. El mundo no ha podido con nosotras. Mañana será otro día de mierda, probablemente. Pero hoy, hemos vivido.

Larga vida a la mujer que ha sobrevivido a la Reina.