Julia Sinmiedo (Visibles e Invisibles nº 10) Epílogo 2 #2
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Epílogo 2 #2

Martina se pone tiesa. Nivel columna jónica. No respira. Las manos se le quedan soldadas al bote. El cuello ya no es rojo, es fucsia nuclear.

—Ese comentario es improcedente en un núcleo de convivencia parental —dice Martina. Intenta sonar científica, pero le sale voz de pito.

—Lo que es improcedente es este sol y que tú no me estés tocando.

Mi hija vuelca un pegote de crema en la palma de la mano. Lo hace con una meticulosidad que roza lo patológico. Empieza a extendérsela por el hombro a Luna con una mala hostia preciosa, apretando como si quisiera borrarle los tatuajes a base de fricción.

Luna cierra los ojos y echa la cabeza hacia atrás. La tía está en su salsa, disfrutando del castigo.

—Me estás maltratando —murmura, por tocar los huevos.

—Negativo —responde Martina—. Estoy aplicando una presión de tres pascales para asegurar la absorción del filtro UV.

—Dime más cosas de esas y me quito el biquini aquí mismo.

Martina se detiene con la mano en el aire. Creo que duda entre la huida o el asesinato, y luego sigue dándole al masaje con una fuerza que le va a sacar los colores a la dermis.

—No estoy empleando un lenguaje con connotaciones eróticas.

—Estás siendo tú, Martina. Es lo mismo.

—Y tú estás siendo Luna. Una variable incontrolable.

—La mejor que te ha pasado en la vida, gélida mía.

Y entonces, Martina hace algo que no viene en su manual de instrucciones.

Se inclina y le planta un beso en la boca.

Un roce rápido, de esos que si parpadeas te lo pierdes, pero que tiene más verdad que todo el catálogo de una farmacia.

Lo hace porque el motor se le ha acelerado y no sabe dónde meter la energía.

Luna enmudece. Eso sí que no se lo esperaba. Se le quita la cara de lista y le sale la de niña que acaba de ganar en la feria. Vuelve a sonreír, pero esta vez con menos colmillo.

—¿Ves? —susurra—. Núcleo de convivencia.

Martina no dice ni mu. Se dedica a restregar el resto de la crema con la mirada fija en el horizonte.

Miro a Sabina. Está ahí, con los brazos cruzados, viendo la función con esa expresión de madre que sabe que ha criado a una fiera pero que, en el fondo, le gusta que muerda.

—Como le haga un rasguño en el alma, la entierro bajo tres metros de arena y no pongo cruz.

—¿A cuál de las dos? —pregunto, por confirmar el presupuesto del entierro.

—A la que me toque las narices.

Familia equilibrada, sí señor.

Me fijo en el detalle: Martina no tiene el portátil. Tiene el kit de supervivencia, la batería para cargar tres iPhone y un botiquín de guerra, pero está ahí. Sentada en una toalla, dejándose comer la oreja por una pirada y devolviendo besos. Ha salido de su búnker de datos y está pisando tierra.

No abro la boca porque soy una madre decente y no quiero que me mande a la mierda, pero me lo guardo en la caja de las victorias. Martina está en el mundo. Y el mundo, aunque ella no lo sepa, tiene mucha suerte de tenerla.

Alaska, que tiene un helado en la mano y la desfachatez de quien ya no le debe explicaciones a nadie, decide que es el momento de fingir que son una pandilla de campamento de verano. Agarra a Nat, que la sigue con esa devoción de sombra mal pagada, y lanza una mirada de reclutamiento forzoso.

—Venga, las jóvenes al agua —grita con una sonrisa de esas que te venden una estafa piramidal—. Vamos a ahogar a los mellizos y a Mikel e Ivan, que están muy gallitos y necesitan que les bajemos los humos.

El sarcasmo me sube por la garganta.

—¿Las jóvenes? —Arqueo una ceja—. ¿A quién estás llamando joven, Alaska? ¿Me has dejado fuera del grupo de riesgo de la diversión por la cara?

Alaska ni se inmuta. Me ignora con elegancia, se mete un trozo de helado en la boca y, con la misma mano que sujeta el cucurucho, le agarra el culo a Nat delante de todo el mundo. Hace unos años, Nat habría mirado a los lados buscando testigos o amenazas; ahora también existe.

Vega camina hacia nosotras, suelta la bolsa con un golpe seco y clava los ojos en Robin. El crío tiene el puño lleno de arena y la cara de quien va a cometer un crimen gastronómico.

—Robin, no te metas arena en la boca.

Robin la mira con los molares ya crujiendo.

—¿Por qué?

Vega exhala un suspiro que lleva dentro diez años de cansancio acumulado.

—Porque luego vomitas piedras, me toca limpiar el estropicio y tengo que convencer a los servicios sociales de que esto es crianza consciente y no un castigo divino por mis pecados. Suelta eso ahora mismo.

Mikel emerge del agua en ese momento. Viene chorreando, con el pelo pegado a la frente y una cara de salud mental que me ofende.

No hay rastro de los muertos que arrastró, ni de las noches en vela.

Si un satélite nos enfocara ahora mismo, pensaría que somos una familia normal en sus vacaciones de agosto.

Esa es la verdadera estafa: hemos aprendido a camuflarnos tan bien que hasta nosotros nos lo creemos un par de minutos al día. Es una situación de alto riesgo.

Se acerca a Amaia y le planta un beso en la frente, le dedica un gesto de respeto a Sabina.

—¿Todo bien? —suelta el tío, con una paz que dan ganas de profanar.

—No hemos tenido que enterrar a nadie desde el desayuno. —Me cruzo de brazos—. Mi autocontrol está alcanzando niveles de santidad. Deberíais hacerme un altar.

Mikel se parte.

—Bueno, es un avance. Mañana igual hasta dejas de insultar a los bañistas que se acercan a menos de tres metros.

Le daría un abrazo, pero tengo una reputación de borde que mantener y no quiero que se piense que me he ablandado por el sol. El afecto me sale en formato de pulla o no me sale.

—No te flipes —le digo, aunque por dentro reconozco que su risa me molesta menos de lo habitual—. Venga, vete a ahogarte con los «jóvenes», antes de que Alaska decida que soy la abuela del grupo y me traiga una manta.

Se van todos hacia la orilla, con Robin saltando para no quemarse los pies. Los veo irse y pienso que, para ser un hatajo de tarados con antecedentes, no nos ha quedado una estampa tan malparida.

Y entonces me acuerdo de Irina, sin verla todavía, porque yo siempre pienso en Irina aunque no la tenga delante. Es un problema serio.

La veo aparecer por la orilla con Rashel y Ana, que estaban dando un paseíto como señoras.

El agua les lame los tobillos y las veo venir con cara de idiota.

Irina lleva una camisa blanca abierta y el pelo hecho un nudo mal hecho, sin un gramo de esa pintura de guerra que usa para acojonar al personal.

Está asquerosamente real. Verla así, sin el uniforme de jefa suprema de la galaxia, es una ofensa para mi autocontrol.

Me cabrea que le baste un trapo mal puesto para tener más presencia que yo después de tres horas de chapa y pintura.

Parece otra. O parece la de antes, la que yo no conocí.

Por una vez en su puñetera existencia, no tiene ese gesto de estar buscando la salida de emergencia más cercana o de planear cómo deshacerse de un cuerpo sin mancharse la ropa.

Svet camina a un par de metros. Siempre mantiene esa distancia de seguridad.

La niña está… bueno, está. Digamos que no ha salido ilesa de despachar a un narco colombiano al otro barrio.

Se quedó hecha unos zorros, con la mirada perdida en un punto fijo del techo durante semanas.

Amaia, que para eso es la psicóloga oficial del clan, le hace sesiones de terapia en la cocina entre café y café.

Es una chapuza profesional, pero ¿qué hacemos?

No podemos llevar a una cría de su edad a un gabinete en el centro y soltarle al especialista: «Oiga, que mi hija tiene pesadillas porque le metió un tiro al jefe de un cártel, ¿me la arregla para el lunes?

». No cuela. Así que ahí está Amaia, haciendo lo que puede con lo que tiene.

Todas estamos encima de Svet, vigilando que no se rompa del todo. A veces la ves riéndose con Vera por alguna gilipollez de TikTok y respiras, sigue habiendo una niña debajo de todo ese trauma. Otras veces, la ves con un frío en los ojos que te hiela.

Amaia me clava la mirada. Sabe que estoy rayándome. Pero es Sabina quien me arrea desde la hamaca, sin molestarse en bajar el libro.

—Mueve el culo, Julia. Deja de analizar el paisaje con esa cara de estreñimiento metafísico y vete con ellas antes de que me dé un síncope de verte ahí plantada. Das ansiedad, nena.

No es una orden. Es su forma de decirme que deje de comerme el coco y empiece a vivir. Me levanto y arrastro los pies hacia la orilla.