Julia Sinmiedo (Visibles e Invisibles nº 10) Epílogo 2
97%

Epílogo 2

Julia

Hace tres meses que mandamos Madrid a la mierda para instalarnos frente al mar, en este invento de villas de lujo que más que un vecindario parece una comuna de gente que se cae regular, pero se quiere a morir.

Compramos el lote completo: casas blancas, jardín compartido para que los traumas de unas se mezclen con los de las otras y espacio de sobra para que toda la familia y los amigos que quisieron apuntarse al exilio tuvieran su propio rincón.

En nuestra villa estamos las de siempre: Irina, Sabina, Amaia, las dos crías y yo, luchando para no matarnos entre boles de avena y gritos adolescentes.

No le hemos explicado a nadie por qué hemos decidido compartir casa, no hace falta.

Sabina y Amaia tienen su zona, Irina y yo la nuestra, pero nos marcamos una jugada maestra con un armario secreto que comunica las dos habitaciones por dentro.

Es nuestra aduana privada; si nos entra el hambre de piel o queremos rajar en privado sin testigos, cruzamos por el fondo entre perchas y abrigos.

Es el túnel de escape perfecto para mezclarnos cuando nos sale del higo sin tener que desfilar por el pasillo con las tetas al aire delante de las crías.

La logística funciona porque nos entendemos a patadas pero con cariño.

Yo me acuesto con las tres, Sabina también reparte juego con eficacia de veterana, y aunque Amaia e Irina no han pasado de la fase de mirarse con respeto intelectual porque no ha fluido la cosa en horizontal, el equipo no cojea.

Somos una especie de comuna anárquica donde los horarios no existen, pero los orgasmos están garantizados.

Analizo el cuadro y mi cerebro empieza con su matraca habitual.

Todo esto es demasiado bonito. Tiene que haber trampa.

Alguna desgracia tiene que estar calentando en la banda porque esto de la felicidad no se nos da bien.

Tengo los hombros que parecen dos bloques de granito y los ojos buscando por dónde va a saltar la liebre.

Amaia sabe que estoy a punto de cortocircuitar y me roza la mano con un dedo.

—Julia.

—¿Qué pasa? —salto yo, que estoy para que me echen a los leones.

Amaia no me da el sermón. Solo señala con la barbilla hacia la orilla.

—Mira eso, anda.

Vera está en su búnker de arena. Robin anda por ahí con Vega, luciendo una tirita en el brazo que le ha puesto Sabina por si se le caía la piel a tiras.

Ya no llora, ahora solo se queja. La guerra mundial que tenían montada se ha evaporado.

Los niños son unos psicópatas fascinantes: un minuto se arrancan las cabelleras y al siguiente comparten el cubo de playa.

Vera me localiza desde su fuerte. Ya no tiene esa mirada de querer quemar el mundo, solo me observa.

Yo le devuelvo el gesto. Le sonrío y me duele hasta la cara porque no estoy acostumbrada a no enseñar los colmillos.

Por fin suelto lastre. No es que ahora me fíe de la vida, ni de coña, pero por hoy el desastre puede esperar.

Sara, que me tiene más calada que un paraguas de los chinos, me pega un codazo que casi me manda a por coquinas.

—Hija, quita esa cara de pena, que te vas a poner tierna y me va a salir un sarpullido que no se me va ni con agua bendita.

—Que no estoy tierna, pesada —le gruño.

—¡Qué no vas a estar! Si tienes los ojos que parecen dos huevos fritos de la emoción.

Me río, qué remedio. Me toca los ovarios que la tía tenga razón. Admito que este desastre, con su mugre, la arena incrustada, la nevera de Sara que pesa como un muerto y los críos inflándose a hostias, es lo más parecido a una familia que voy a oler en mi vida. Adoro esta guarrada ruidosa.

En este circo también entran Nora y Valeria. Se materializan en la playa. Bueno, no es el término. Se imponen. Hay gente que camina pidiendo perdón por ocupar espacio, y luego están ellas, que se plantan y te conquistan el terreno.

Nora trae esa jeta de aristócrata estreñida que en su idioma significa que nos quiere un huevo, aunque preferiría vernos arder para no tener que reconocerlo.

A su lado va Valeria, haciendo todo al revés, como de costumbre.

Lleva las gafas de sol puestas y el pelo hecho un cristo, esa maraña que solo a ella le queda bien.

Vera, que tiene un imán para detectar lo que brilla o lo que es peligroso, la mira con la misma cara que pongo yo ante un chuletón de kilo.

—Hola —saluda muy seria.

Valeria le choca el puño sin despeinarse.

—Hola, guapa. ¿Cómo va el negocio?

Vera se atusa el pelo, inflada como un pavo real. Sabina levanta un pulgar. De puta madre. Su hija está haciendo migas con una cleptómana de guante blanco. Currículum completo.

Valeria se agacha y recoge una pulsera que se le ha escapado a la niña.

Un gesto de vecina maja. Bajo la guardia, pero entonces veo el truco: con la misma soltura con la que yo me rasco el culo, Valeria se guarda la joya en el bolsillo.

Sin aspavientos. Sin mirar a los lados. Pura memoria muscular de delincuente profesional.

Nora ni se inmuta, pero gira la cabeza con esa mirada que te congela en el sitio.

—Devuélvesela, Valeria. No me seas cutre.

Valeria suelta un suspiro de los que se oyen en la otra punta de la cala.

—Me estás matando el arte, Nora. Es un vicio, no lo puedo evitar.

—Te estoy evitando un marrón con la madre rubia.

Valeria vuelve a sacar la pulsera y se la encasqueta a Vera en la mano con una sonrisa de villana.

—Toma, guapa. Se te ha caído. La próxima vez, que no te pillen.

Vera se la pone, encantada de la vida. No sabe que acaba de presenciar un delito, solo sabe que la tía guapa le ha hablado con cariño. Y para la cría, eso es el cielo.

Miro a Nora. No puedo callarme, es superior a mis fuerzas.

—La tienes a raya, ¿eh? Menudo mérito.

Nora me clava los ojos con la misma emoción que si mirara un chicle pegado en la acera.

—No.

—Venga ya, si te falta el silbato.

—Que no —repite, cortando por lo sano.

Valeria se tira del cuello del vestido para ventilarse.

—Yo no soy una mascota, Julia. Soy una experiencia religiosa.

—Eres un dolor de muelas.

Valeria me guiña un ojo.

—Y eso también.

Nora le planta la mano en la cintura. Firme, en el sitio exacto.

Esa mano está diciendo: «No te me pires», «no la líes más», «me pones de los nervios, pero te quiero entera».

Todo ese testamento en cinco dedos. Valeria disfruta el contacto.

Se inclina y le pega un bocado a Nora en la mandíbula.

Un «esto es mío y me lo como cuando quiero».

Nora se deja morder, porque ya sabe de qué pie cojea su loca.

Las observo y me da por pensar en nosotras cuatro. En cómo encajamos las piezas. Una estructura que hemos levantado a base de frenazos y de aguantarnos las taras. Es un equilibrio precario, pero es nuestro. Y el que venga a joderlo, que se prepare.

—Te va a dar un parraque por el calor, báñate, anda—dice Nora.

—Me daría igual morir siendo icónica. Prefiero un desmayo estético a una vida mediocre.

—No digas esas gilipolleces delante de Julia, que aquí la icónica es ella —murmura Nora. Y ahí está. Humor versión Nora.

Levanto la mano desde mi rincón.

—Gracias. Me encanta que esa sea mi marca personal. Cállate, que todavía estoy dándole vueltas a lo de esposarte a una nevera para que no te muevas —le respondo.

Valeria me saca la lengua. Le encanta que la trate como un problema de orden público porque ese es su lenguaje del cariño: el conflicto de baja intensidad.

Luna, desparramada en la toalla, levanta la cabeza con cara de fastidio feliz.

—Qué estampa más tierna. Romance, vigilancia y una pizca de fascismo preventivo. Me flipa.

Valeria le dedica un dedo corazón con elegancia.

—Yo no vigilo, Gata. Yo observo. Es antropología aplicada.

—Tú robas —susurra Martina desde debajo de una gorra que es un atentado contra el buen gusto. Ni siquiera levanta la vista del mar.

Valeria se gira hacia ella.

—Yo redistribuyo el capital, Martina. Soy una romántica del intercambio no consensuado.

Martina asiente, sin que se le mueva un músculo de la cara.

—Redistribución no autorizada.

Nora aprieta el agarre en la cintura de Valeria. Valeria le planta un beso en el cuello. No es que obedezca, es que le apetece que Nora gane de vez en cuando.

—Está bien —cede Valeria—. Hoy no se roba nada. Por la paz social y porque me da pereza correr con estas sandalias.

—Joder, eso me pone cachonda —murmura Luna. Lo suelta así, sin vergüenza, porque Luna entiende la decencia como algo que les pasa a los demás.

Sabina, que hasta ahora parecía una estatua bajo la sombrilla, solo pronuncia una palabra:

—Luna.

—¿Qué? Es la verdad. Una mujer peligrosa que se rinde por amor es mi fetiche número uno. Dejadme vivir.

Martina se pone rígida. Es apenas un parpadeo. Se gira hacia Luna; intenta mantener la fachada, pero le sube el rojo desde el esternón hasta los lóbulos de las orejas. Luna, que es un bicho, enseña los dientes.

A mí me da ese pellizco en las tripas, el aviso de que mis hijas están ya mayores. Me jode reconocerlo porque me hace vieja, pero verlas crecer sin que hayamos acabado bajo tierra es una victoria que me voy a cobrar en gin-tonics.

Martina se acerca a la toalla con paso lento.

Se sienta con el ángulo exacto de noventa grados, evitando que un solo grano de sílice se le pegue al muslo.

Saca el bote de crema de la mochila, que está tan bien colocada que da ganas de desordenarla solo por verla llorar, y mira a Luna con el juicio final en los ojos.

—Has omitido el refuerzo de la protección dérmica.

—No la he omitido —le vacila Luna—. La tengo en espera.

—¿Motivo?

Luna se incorpora, apoya el peso en un codo y la mira con esa jeta de hormigón armado que Dios le ha dado.

Ella no tiene filtro, ni vergüenza, ni falta que le hace.

Se inclina hacia la oreja de Martina y le suelta una guarrada.

No la oigo, pero sabiendo que Luna tiene la mente de un guionista de cine X, me lo huelo.