Epílogo 1
Amaia
El sonido del mar es un metrónomo perfecto.
Treinta y tres pulsaciones por minuto, constante, sin arritmias.
Es un sonido que me ayuda a bajar las revoluciones de mi propio sistema nervioso, ese que todavía, después de un año, se despierta en mitad de la noche buscando una amenaza que ya no existe.
Pero hoy, sentada en esta silla de playa que me clava la rejilla en los muslos, me permito un lujo que no me concedo casi nunca: no ser la psicóloga de nadie.
Ni la que sostiene, ni la que analiza, ni la que traduce el dolor de las demás.
Hoy solo soy una mujer con los pies enterrados en la arena —hasta los tobillos, que es la única forma decente de estar en la playa, por cierto— y un kalimotxo que me sabe a gloria bendita.
A mi lado, Julia está teniendo uno de sus micro-infartos de ansiedad, versión playa.
La observo de reojo porque si lo hago de frente me da por abrazarla, y si la abrazo me da por querer salvarla, y si quiero salvarla acabamos en un bucle.
Julia gira el cuello como una lechuza, busca una tragedia o un comando de élite entre las sombrillas de colores.
Está tensa, con los hombros metidos en las orejas, fingiendo que rebusca el protector solar cuando en realidad está haciendo un barrido de la playa.
Y, claro, se me cruza la imagen de anoche.
De ella encima de mí, perdiendo ese control que tanto le obsesiona, con el pelo húmedo pegado al cuello y esa boca suya que no se calla nunca…
salvo cuando la beso de verdad. Me recorre un escalofrío que no tiene nada que ver con la brisa.
Me he enamorado de esta mujer que me dispara el pulso y me saca de mis casillas a partes iguales, y lo peor —o lo mejor, qué sé yo— es que me encanta. Me encanta a rabiar.
—Estás dándole vueltas, Julia. —Rompo su burbuja de paranoia con la voz más suave que me sale—. Tienes cara de estar repasando el inventario de daños.
—Estoy controlando el percal. Que es muy distinto —me dice con ese tono de jefa que ya no engaña a nadie, ni a ella misma.
Le apoyo dos dedos en la rodilla. Es un contacto mínimo, casi nada, una señal de: estoy aquí, baja un poco, txiki.
Julia traga saliva como si se estuviera obligando a soltar el aire y por fin exhala ese montón de tensión que lleva retenida desde el pinar.
Se limita a dar un sorbo a su bebida y yo me apunto una victoria pequeña: paz, por ahora.
Giro la cabeza hacia Sabina. Está tumbada, con los ojos cerrados, buscando un sol que la cure de tanto invierno acumulado.
Tiene el sombrero echado hacia un lado y la piel brilla por la crema.
La observo con ese nudo en el estómago que no se ha desatado en veinte años.
Sigo perdidamente enamorada de ella. De su elegancia incluso cuando está pringada de protector; de su inteligencia afilada, de esas frases suyas que te dejan pensando horas y de esa fragilidad que ahora, por fin, me deja tocar sin que se rompa nada.
Me acerco y le acaricio el tobillo con el pie, un gesto tonto y privado. Sabina no abre los ojos, pero curva la comisura de los labios. Esa microsonrisa es mi nómina mensual, mi sueldo emocional, el recordatorio de que mi mujer sigue aquí, conmigo, entera.
—Sabina, amor, échate más protector en los hombros, que te vas a incendiar —le digo con suavidad, medio madre, medio amante, medio yo.
—Déjame, Amaia, estoy haciendo fotosíntesis —murmura ella con ese desdén cariñoso que tanto me gusta.
Me río por lo bajo y dejo que el sonido del mar rellene lo que no digo.
Mis ojos saltan a Luna. Está desparramada en la toalla, con el cuerpo pesándole lo justo para disfrutarlo.
Y aunque no compartamos sangre, me duele el cuerpo cada vez que veo la cicatriz de su muslo.
Es un rastro oscuro, una marca de guerra que me devuelve a la tarde en la que casi la pierdo.
La veo ahí, con su pelo rosa y su risa de cachondeo perpetuo, y me cuesta creer que sea la misma niña que a los siete años me pedía que le leyera cuentos porque tenía miedo a la oscuridad.
Ahora tiene miedo a cosas reales. A cosas que no se espantan con una luz encendida. Pero camina con una chulería que me infla el pecho. Es una superviviente. Igual que su madre. Igual que todas las que estamos bajo este sol.
Vera está a dos metros, hundida en la arena, construyendo una nación soberana con una seriedad que asusta.
Tiene un palo en la mano y ha decretado que su castillo es territorio prohibido, con fronteras, leyes y seguramente pena de muerte para quien toque su muralla.
Me encanta esa agresividad constructiva.
Es su manera de procesar que ahora los muros se hacen para jugar, no para protegerse de verdad.
Y entonces, como si el universo necesitara recordarnos que la calma es un estado temporal, el equilibrio se rompe con el huracán Sara.
Sara aparece por la duna cargada como Txantxillo, con la nevera colgando y una bolsa que parece contener media casa. La suelta en los pies de Julia, casi con puntería, y nos bendice con su repertorio de quejas, que es su forma de querer.
—Julia, escúchame: tú a mí me prometiste paz y yo aquí solo veo jaleo. ¡Me tienes negra ya, chiquilla! —berrea mientras se quita las gafas de sol y se abanica con la mano.
Amo a esta mujer. Amo su drama, su ruido, su manera de llegar como si el mundo fuera un escenario y ella tuviera que salvar la escena a gritos.
Detrás vienen Daniela y Carla, que ya traen cara de «otra vez no», y los mellizos, que ni han terminado de bajar a la arena y ya están en la orilla zurrándose con Mikel.
Sara me mira, derrotada por su propia genética, como si hubiera parido una banda organizada.
—¿Ves? Mi vida es un campo de minas y tú me traes a la playa para que las minas tengan más espacio para explotar.
—Están respirando, Sara —le contesto con mi sonrisa de «no me voy a asustar por esto»—. A estas alturas, con que no haya que llamar al forense, yo lo doy por bueno.
Julia hace un gesto, a punto de protestar, pero se contiene.
Y yo la observo porque la conozco: se está tensando otra vez.
Robin acaba de pisar la frontera de Vera, y Vera ya está levantando el palo.
Miro a Julia, lista para intervenir. Miro a Sabina, que suspira bajo su sombrero, resignada como solo se resigna quien ha amado demasiado.
Y entonces lo entiendo, lo siento aquí, en el pecho, sin necesidad de ponerle teoría: este es mi diagnóstico del día.
Estamos rotas, sí. Cada una a su manera, cada una con sus piezas sueltas.
Pero este ruido ruidoso, este desastre de arena en las ingles, las sillas incómodas, los bocadillos de tortilla medio aplastados y las broncas por un castillo…
esto es la normalidad. La nuestra. La que nos costó sangre aprender a habitar.
Y la normalidad, aunque sea cutre, aunque venga con protector solar en los ojos y gritos de niños de fondo, es el único milagro que nos quedaba por cumplir, ¿eh? Pues mira: aquí está.
Vera berrea con los pulmones en la mano y la paciencia en el fondo del mar:
—¡ROBIN, QUÍTATE DE MI PUERTA O TE REVIENTO!
Robin da un paso hacia la entrada de arena. Vera se levanta desde las rodillas, tiesa, petrificada. Robin apoya la puntita del pie y empieza a hundir la muralla, grano a grano. Y lo hace mirándola a los ojos, con esa soberbia de heredero que le viene de serie.
Vera respira una vez, y elige violencia. Qué sorpresa.
—Te he dicho que no —dice, con el mismo tono que usa cuando le camuflamos verduras en la pasta.
—No pasa nada, pesada. —Sonríe Robin.
—Pasa mucho. Es mi país.
Julia se pone recta en la silla, hombros en las orejas.
—Ni se te ocurra mover un dedo —le digo, sin levantar la voz, pero con ese tono que te deja sin ganas de hacerte la lista.
—Solo vigilaba —miente, y se le nota en la cara porque Julia miente fatal, siempre le sale el brillo de «me apetece liarla».
Vera levanta el palo. Robin abre los brazos, retándola, chulo, como diciendo: «Venga, dale. A que no hay huevos». Se ríe… hasta que Vera le mete un palazo.
No lo mata: es madera mojada. Pero el berrido de Robin tiene la frecuencia exacta para hacerte cuestionar tus ganas de estar viva.
Luna se incorpora en la toalla con una sonrisa de hiena.
Sabina se pone de pie y da un paso al frente con los dedos pringados de protector solar.
Yo me levanto también. Camino hacia Vera, le pongo una mano en el hombro y saco esa voz que guardo para las crisis.
Vera cede. A regañadientes. Pide perdón entre dientes, baja el palo.
Pero lo que de verdad me detiene el corazón no es Vera ni el palo ni el berrido.
Es ver a Sabina. Se arrodilla en la arena frente a Robin ignorando que se está rebozando en arena pegada al protector solar.
Y cambia en segundos. Deja de ser la mujer mística que se queja por todo y vuelve a ser la que tiene las manos de seda y la cabeza fría.
La que, aunque estemos en chanclas, sigue siendo doctora.
Le inspecciona el brazo al niño. Le manipula el codo, le gira la muñeca, le da un toquecito en la zona del impacto mientras Robin intenta mantener el nivel de drama.
—No seas exagerado, nene. No te vas a morir hoy. Mañana ya veremos —le dice con esa ironía suya que me encanta. Y sí, la adoro por esto. Por no comprarle el teatro, pero cuidarlo igual.
Me encanta verla así: operativa, precisa, con la mente clara y los dedos firmes. Robin hipa, señala a Vera y se refugia en el cuello de su abuela, que le limpia el moco con un desdén que es puro amor. Ese amor de «te quiero, pero cállate ya».
Vega se arrodilla asustada, me busca con la mirada, esperando que yo diga algo sensato… pero yo me callo. Porque, si alguien pisa mi castillo, yo también disparo primero. Qué quieres que te diga. Jo ta ke.
—Mi hijo no es un soldado —protesta Vega, ofendida, roja como un tomate.
—No, claro que no —apunta Julia, que no se puede callar ni aunque le paguen—. Los soldados se quedan quietos cuando se lo ordenas. Este es un anarquista con mocos.
Yo me recuesto en la silla y cierro los ojos.
Que griten. Que se peleen por el castillo.
Que discutan de fronteras de arena y derechos infantiles.
Mientras haya ruido, significa que nadie está conteniendo el aliento.
Y en mi mundo, cuando nadie contiene el aliento, todavía estamos a salvo.
Aunque sea por hoy. Aunque sea solo en esta playita de mierda con neveras portátiles y dramas de verano.