Capítulo 33 #3
El chaval traga saliva. Los dedos se le resbalan del sudor, pero se pone a tirar código.
En la pantalla pasan líneas y más líneas que a mí me suenan a idioma inventado, y a ellas les alegran el día.
Rashel no aparta la vista. No está ahí para aprender; está ahí para que el niño no borre nada ni mande un mensajito pidiendo auxilio.
Le apoya el cañón de la pistola en la sien. Yo sé que Rashel no va a apretar el gatillo ni de coña, pero él no lo sabe. Y con eso le sobra para portarse.
—Léelo —ordena Rashel.
—¿El qué? —pregunta el hacker, que ahora mismo tiene cara de no acordarse ni de su nombre.
—Lo que te sale ahí. En voz alta.
El friki vuelve a tragar saliva, la voz hecha polvo.
—E-está… en mempool… y… y… está pendiente de confirmación…
—¿Cuántas? —le corta Rashel.
—C-con una ya… pero… pero mejor seis…
—Seis. Perfecto. Pues no apartas los ojos de la pantalla hasta que tenga seis. Y si intentas cambiar de pestaña, te arranco el brazo y te lo coloco en el ratón.
El chaval parpadea al borde del ataque de nervios.
Da una pena rara, de esas que te sorprenden.
Le daría un bocadillo de jamón y una manta.
Tiene ese rollo de gente que rompe el mundo desde una silla ergonómica y luego pide perdón por existir.
Y apuesto lo que sea a que Rashel ya sabe dónde encajarlo.
Le va ese tipo de pieza: útil, dócil y con instinto de conservación.
—Hasta que no tenga las confirmaciones… alguien podría intentar un doble gasto si… si tienen acceso… —murmura el chaval, buscando aire.
—Aquí el único que gasta eres tú, y estás gastando mi paciencia —dice Rashel—. No hay nadie más. Solo tú, yo y el hecho de que sigas respirando, que te lo estás currando.
Irina se agacha más y le invade el espacio.
—Y luego… lo de la doctora… —balbucea él, con la voz al límite—. Devuelvo los cuarenta a la billetera de origen…
—Lo confirmas y me lo dices —le corta Irina—. Clarito. Sin llorar. Sin inventarte palabras.
El friki asiente, rápido, obediente.
—Y la cuenta de Trueno… —sigue—. La vaciamos, pero… pero no es instantáneo, hay límites… hay saltos…
—Me da igual —dice Irina, y ahí sí le sube medio grado la voz; lo bastante como para que el chaval se encoja por dentro—. Lo haces por partes. Lo haces como sea. Y cuando termines, esa cuenta que esté a cero.
Asisto al show con una mezcla de cansancio y asco.
Un tío con gafas y manos temblorosas puede dejar temblando a un señor de la guerra en lo que yo tardo en encender un cigarro.
El poder ya no va de músculo; va de quién teclea más rápido mientras alguien le apunta a la cabeza.
Y, en el caso de este pobre, de si Rashel decide que hoy le toca ser su nuevo juguete tecnológico.
Alaska se ha puesto en modo sargento de hierro y está pegando berridos.
—¡Venga, coño, cargad ya! —grita con la vena del cuello a punto de explotar—. ¡Dos minutos y nos piramos! ¡Limpieza final y fuera de aquí!
Me acerco a Luna y a Sabina y entre las dos la movemos con cuidado. La llevamos en volandas, con mimo, sin hacer brusquedades. Sabina va pegada a su pierna, apretando, sin aflojar ni para respirar.
—A la finca, cagando leches —grita Nat—. Los médicos vienen ya, nos esperan en la puerta. Aquí nadie frena por nada, ¿queda claro?
Las niñas siguen en nuestra furgoneta. Svet se levanta sin cruzarse con nadie. Se frota los dedos con una mala hostia tremenda, como si intentara quitarse algo que no se ve. Se sienta al fondo y se queda fija en la chapa del lateral, sin pestañear apenas.
Me planto a su lado. Nada de distancias de seguridad ni de respetar su burbuja personal. Me pego a ella para que sienta el calor de mi cuerpo.
—No me toques —murmura, sin girarse.
—Te voy a tocar lo que me salga del coño. Luego haces lo que quieras: me odias, me ignoras, me borras de tu vida, lo que te apetezca. Pero ahora te aguantas.
Le paso el brazo por la cintura y la aprieto contra mí. Svet se queda rígida, pero no se aparta, aunque tiene la boca tensa, ese tic que le sale cuando va a explotar y se muerde la explosión.
Intento girarme para ponerme el cinturón y las costillas me pegan un pinchazo serio. Me quedo a medias, con el brazo levantado. Amaia me echa un cable sin abrir la boca. Me aprieta la mano, un gesto de «estamos en la mierda, pero estamos», y vuelve con Vera.
—¡Arranca ya! —brama Irina desde el copiloto.
El convoy sale disparado con un tirón que me hace ver chiribitas negras.
Atrás quedan los pinos, la carretera y ese olor a carnicería que se nos ha metido en la ropa y no va a salir ni con lejía.
Dentro de la furgoneta nadie dice ni mu.
Vera respira al ritmo de Amaia, intenta volver al planeta Tierra.
Martina, pegada a la ventana, con cara de estar echando cuentas: cuánto va a costar la terapia para arreglar este desaguisado. Svet sigue muda. Yo también.
Mi hija. Con las manos por fin quietas. Hoy la niña ha matado a un tío. Y yo sigo aquí porque Irina decidió que lo mejor para la familia era tirarnos un muerto encima y a correr.
Sobrevivir te deja la cabeza hecha polvo. Y lo peor es que lo de hoy no se arregla con un par de puntos y una gasa. Esto se queda. Esto se te pega. Y mañana también va a estar ahí.