Julia Sinmiedo (Visibles e Invisibles nº 10) Capítulo 33 #2
93%

Capítulo 33 #2

Veo a dos de los nuestros recogiendo casquillos con guantes, agachados, metiéndolos en bolsas. Uno levanta la vista y me mira de arriba abajo, comprobando que sigo en el mundo. Yo le devuelvo la mirada y le sonrío, porque a mí me han educado fatal y mi cariño siempre llega tarde y mal.

—¡Moveos! —brama Rashel por algún lado—. ¡Que no quede nada! ¡Si aparecen los de uniforme, aquí estábamos haciendo una excursión familiar y se nos ha caído una caja de petardos!

La oigo y el cuerpo me pide buscarla ya, verla también.

Me cuesta respirar y aun así no paro. Entiendo la prisa: aquí ha habido tiros y esto no es un sitio donde puedas quedarte a contemplar tu obra.

Si aparece la Guardia Civil y ve el asfalto, los casquillos y los plásticos, nos vamos todas a comisaría con un lazo y una carpeta, y luego ya que nos explique alguien qué hacemos con las niñas.

Alaska se mueve entre los coches con una mala hostia que impone. Va dando órdenes sin levantar demasiado la voz, pero nadie se atreve a no hacerle caso. Y yo la miro y pienso: vale, la cría ya no está jugando. Ya lo ha entendido todo.

Veo a varios Trueno de rodillas, con bridas en las muñecas y la cabeza baja. Les han puesto las manos atrás y les han apretado tanto que se les ven las venas. Uno intenta mirar alrededor y un armario le baja la nuca con una mano.

—¡Al de cola, ya! —les grita Nat a dos de los escoltas—. Cinta en la boca. Y si alguno se hace el listo, lo dormís y se acabó. No quiero a nadie contando historias.

Los arrastran por la grava. Las botas rascan piedra.

Las bridas crujen. Uno suelta un quejido y se lo traga cuando le ponen la cinta.

Yo lo veo y se me revuelve el estómago, no por pena de ellos, por el paquete completo de realidad.

Esto ha pasado. Esto va a seguir pasando. Y mis hijas iban en esa furgoneta.

Me duele hasta tragar. Giro el cuello y ahí está Ana en el suelo, tumbada en el asfalto. Nora le sujeta la cabeza y le habla pegada a la cara, con esa firmeza suya que te deja claro que o respiras o te respira ella a hostias.

—¡ANA! —grito, y me sale voz de pito. Genial, Julia, perfecta, nada ridícula.

Nora me clava los ojos y me hace un gesto seco para que no meta más ruido. Sin soltarle la nuca a Ana, me contesta con la voz justa.

—Impacto en chaleco. Dos golpes. Contusión. Está aquí. No empieces a repartir herencias, que te veo.

Ana abre un ojo despacio, como si le costara hasta odiarme.

—Julia… no chilles —masculla—. Qué pesada eres.

El alivio me dura poco. Me sube una rabia rara, de esas que salen cuando te has comido el susto entero.

—Claro, perdona. La próxima vez te pregunto con educación si te has muerto, para no molestarte.

Nora resopla por la nariz, sin reírse del todo, porque tampoco es el momento de ponerse tierna. Yo me quedo mirándolas y me obligo a seguir: falta Sabina, falta Luna.

Localizo a Rashel. Va de un lado a otro dando órdenes, con el brazo izquierdo con un torniquete y sangre seca en la manga.

Tiene la cara de no tener tiempo ni para sangrar y, la verdad, me da miedo acercarme porque me va a poner a trabajar aunque me esté cayendo a cachos.

Pero necesito verla entera, así que doy dos pasos, torpes.

—Rashel —la llamo, más bajo esta vez—. Mírame un momento.

Ella gira la cabeza. Me mira. Me ve.

—Seguimos vivas, Julia. Entra dentro. Deja de asomarte que me estás poniendo nerviosa.

—Ya, pues imagínate tú a mí. —Me tiembla la voz, pero por lo menos no me rompo—. ¿Sabina y Luna dónde están?

Y ahí, justo ahí, el terror me vuelve entero, porque si me dice una frase mala, yo me caigo aquí delante de todos y encima hago espectáculo.

Luna está apoyada contra el blindado de delante y tiene la cara de un color que no le desearía ni a mi peor enemiga.

El pantalón está empapado, un rojo oscuro que no para de crecer.

La bala le ha hecho un túnel en el muslo y el rastro que deja en el suelo me vuelve a subir la náusea.

Siento mareo físico. Es una cría. Una cría que debería estar suspendiendo exámenes o bebiendo cerveza con sus amigos, no desangrándose en un arcén.

—No, no, no… —balbuceo. Soy un desastre de gestión de crisis.

Sabina está de rodillas, con sangre hasta los codos, hundiendo una venda en el agujero. Tiene la cara desfigurada, pero las manos no le tiemblan.

—¡El torniquete! ¡Traedme el torniquete ya! —ruge.

Alguien vuelca un botiquín y las gasas salen volando por el suelo. Luna intenta hacerse la fuerte, aprieta los dientes y el sudor le resbala por las sienes, pero cuando Sabina le aprieta la cincha para frenar la hemorragia, suelta un alarido que se me clava en la nuca.

—Mamá… —susurra, y ahí se le sale la voz de niña pequeña que solo quiere que la tapen por la noche.

—¡No te me mueras, cariño! —le contesta Sabina. Se está rompiendo por dentro, lo veo en la tensión de la cara, pero no suelta ni media lágrima. Sabe que si se pone a llorar ahora, la sangre de su hija no se va a detener a consolarla.

Arrastro los pies hacia ellas con la intención de ser útil, medio doblada por el dolor del pecho, pero una garra me frena por el hombro.

Es Irina. Está palidísima, con la mano izquierda apretando el costado.

Veo el reguero oscuro que le baja por la camiseta.

Por lo demás no parece que tenga ninguna herida nueva.

Alaska viene pegada a ella, sosteniéndola de forma que parezca que solo la acompaña, pero sé que si Alaska la suelta, la jefa se va al suelo.

—Estás viva —me dice, con una sonrisa que no termina de salir.

—Me ha caído un muerto encima, Irina. Me he desmayado debajo de un cadáver. ¿Tú sabes lo que es eso? Pues eso: una experiencia de mierda, gracias.

—Te lo he tirado yo —dice, tan tranquila—. Era lo único que tenía a mano para que no os volaran la cabeza a ti y a Svet. Ha funcionado, ¿no? Pues ya está. Y deja de dramatizar: la sangre ajena sale con agua fría.

Se me abre la boca entera. Me trago el insulto porque, si lo escupo, me sale un párrafo entero.

Es una hija de puta con el cariño mal configurado.

En su mundo, tirarte un fiambre encima para salvarte es un «te quiero» de los gordos.

No le pidas flores; te lanza cadáveres. Y encima espera que le des las gracias.

Voy a soltarle algo sobre su puntería con los muertos, pero entonces pasa algo que no estaba previsto.

Irina flaquea. Alaska aprieta el agarre y la jefa, en vez de recomponerse y mandarnos a todos a la mierda, estira el brazo libre, me agarra del cuello y me pega a ella de golpe.

Esconde la cara en mi hombro. Dura poquísimo.

Huele a sangre y me dan ganas de apartarme por puro instinto, pero le tiemblan los dedos en mi nuca y yo la aprieto contra mí.

—No he tenido más miedo en mi vida, Julia —me susurra al oído—. Ayuda a Sabina con Luna. Eso es lo primero.

Me suelta antes de que me acostumbre al contacto, recupera el tipo y se gira.

Va hacia el hacker del portátil, el friki que ahora está lloriqueando de rodillas en el asfalto.

No grita. No se pone a soltar discursos.

Se limita a apoyarle la mano en la nuca, un gesto que en otro contexto sería casi maternal, pero aquí tiene toda la pinta de que lo va a dejar temblando sin gastar una sola palabra.

—Devuélvelo todo, cariño —le dice Irina con voz de que no piensa repetirlo—.

Los cuarenta millones de la doctora. Y hasta el último céntimo de la cuenta de Trueno.

Teclea, que quiero ver los numeritos entrando en mi cuenta antes de que te metamos en el coche y decida si te invito a un helado o te tiro en un descampado.

Al desgraciado le tiemblan los dedos sobre el teclado. Rashel se le planta al lado, cara de piedra, vigilando cada pulsación.

—¿Te vas a poner a cobrar el alquiler ahora, Irina? —le digo yo, con la boca abierta.

—No es por avaricia. Créeme. Tengo experiencia en venganzas familiares y aún queda un Córdoba vivo. Si lo dejamos sin un duro, se le acabaron los mercenarios, los jueces comprados y los polis que miran para otro lado. Le cortas el dinero y le cortas la guerra.

Me muerdo la lengua porque me fastidia cuando tiene razón. Y más cuando lo dice con un costado abierto. Irina es capaz de estar sangrando y aun así darte una clase.

—Ni se te ocurra intentar un truquito, Harry Potter —le suelta Rashel al chaval—. Firma la transacción y deja de sudar sobre el portátil, que me lo vas a oxidar.

El friki asiente tan fuerte que casi se le desencaja el cuello.

—S-sí, jefa… es que… —intenta decir, y le sale un gallo—. Si no ajusto el gas de la red, la transferencia se queda colgada y no… y no…

—Y te desmonto pieza a pieza —dice Irina, tranquila, sin subir el tono—. Sigue tecleando, bonito. No te distraigas.