Capítulo 33
Abro los ojos y lo primero que entiendo es que el pecho me está haciendo una putada seria.
Intento coger aire y no entra. Entra poco, a trozos, y cada intento me devuelve un dolor que me dobla.
Los oídos me pitan fuerte y me dan ganas de gritar, pero ni eso me sale.
La boca me sabe a tierra y sangre. Gracias por tanto, universo.
No sé dónde estoy. Techo. Luego asiento.
Luego un trozo de chapa. Tardo en acordarme de que existo.
Estoy en el suelo de la furgoneta, atravesada entre los asientos, con las piernas mal puestas y el chaleco abierto.
Alguien me lo ha soltado y el velcro me raspa el cuello.
Parpadeo y el mundo no se coloca. Solo noto el corazón a punto de salirse por la garganta y una náusea que sube.
No me muevo porque si lo hago, vomito. Y porque no sé si fuera sigue habiendo tiros. No sé si estamos paradas. No sé si estamos en el puto pinar aún. No sé dónde están mis hijas. No sé dónde están las demás.
El recuerdo llega a golpes: Svet bajando. Mi cabeza gritando. La pistola. El tipo cayendo. Luego ruido, gritos, disparos, mi cuerpo encima del suyo. Y después… nada.
—¡Svet! —intento decir.
Lo que sale es un sonido roto, una tos con nombre propio. Trago saliva y me sabe peor. Me incorporo a trompicones, me agarro a un asiento para no darme contra nada. La vista se me va y vuelve. Me cuesta enfocar, pero empiezo a reconocer caras.
Vera está hecha polvo, tiembla. Se le oye el castañeo de dientes. Amaia la tiene abrazada, pegada al pecho, y le marca el ritmo de la respiración con paciencia. Me encuentra sin soltar a la niña. No tiene buena cara, pero está entera.
Vale. Vera viva. Amaia viva. Mi cerebro sigue con el inventario, desesperado.
—¿Svet? —repito, ya con la voz más alta, o eso creo.
—Julia. Eh. Mírame. Estamos bien. Estás en la furgoneta. Respira corto —me dice Amaia, firme, bajito.
Me obligo a girar la cabeza.
Svet está sentada muy recta, en el banco. No llora. No tiembla. No mira a nadie. Tiene los ojos clavados en un remache de la chapa y las manos apoyadas en las rodillas, quietas, demasiado quietas. La boca la tiene apretada.
Se me rompe algo por dentro.
—Svet… cariño… mírame, por favor —digo, y la voz me sale suplicante y asquerosa, pero me da igual.
Estiro la mano. Los dedos me tiemblan, pero llego hasta su brazo. En cuanto la rozo, Svet se aparta. No brusca, pero sí clara. Como si ese contacto no existiera en su cabeza ahora mismo. Sigue igual, fija en el remache, sin pestañear.
Me quedo con la mano en el aire. Trago bilis.
—Vale —murmuro, con la garganta cerrada—. Vale, nena. Ya está. No te toco. Estoy aquí.
Me da un ataque de culpa instantáneo. Me lo trago a la fuerza, porque tengo más cosas que comprobar.
Martina está al lado. La cara blanca. Las pupilas abiertas. Está en su modo de cálculo, el que le sale cuando todo va mal y ella intenta sostener el mundo con datos. Me mira y se agacha conmigo, demasiado exacta en los movimientos, cuidadosa de no pisarme.
—¿Qué cojones ha pasado? —consigo soltar.
—Mamá, has estado inconsciente once minutos y cuarenta segundos —dice Martina, plana, precisa—. No hay sangre en tu espalda. El chaleco ha absorbido el impacto. Tienes contusiones torácicas. No respires profundo todavía.
—Coño, Martina… —me sale, más flojo, porque verla así me activa otra cosa distinta al pánico—. Ven aquí.
Ella se queda quieta, procesando. No es de abrazos cuando está en alerta, pero yo alargo el brazo igual y le toco la muñeca, suave, con lo que me queda.
—Estoy aquí. Tú estás aquí. Bien —le digo, despacio, mirándola a los ojos para obligarla a volver.
Martina traga saliva. Asiente una vez, mínimo. Sigue procesando, pero ya me ve.
—¿Qué ha pasado fuera? ¿Ha terminado? ¿Dónde está mi gente? —pregunto, y me sube el temblor a la voz aunque intente esconderlo—. ¿Dónde está Irina? ¿Dónde está Sabina? ¿Dónde está Luna?
Amaia aprieta más a Vera y me contesta sin gritarme, que se lo agradezco porque ahora mismo estoy a nada de perder la cabeza.
—Se acabó. Respira, Julia. Corto, ¿vale? Mira mi cara —me dice, y espera a que yo le haga caso—. Eso es. Otra.
Yo lo intento. Me duele, pero entra.
Martina retoma el informe, porque es su manera de no caerse.
—Te abrimos el chaleco porque estabas respirando mal.
Sabina dijo que era compresión. Te lo aflojamos para que pudieras ventilar —continúa.
No me pregunta si quiero oírlo. Me lo suelta porque ella necesita ponerlo en orden—.
Amaia, Sabina y yo te arrastramos dentro.
Cuando se pudo, te quitamos el cuerpo de encima.
Se me revuelve el estómago con lo del cuerpo. Cierro los ojos. Me obligo a abrirlos.
—¿Y las demás? —pregunto, y la voz se me quiebra de rabia—. ¿Están todas bien?
Amaia contesta al momento, clavándome los ojos para que yo no me vaya por dentro.
—Están vivas. Ninguna baja. Svet… —Amaia corta la frase—. Svet está en shock. No la presiones ahora.
Me trago el «ya lo veo» porque no ayuda. Giro el cuerpo hacia Svet, sin acercarme. Muy despacio, para no invadirla.
—Svet, soy mamá. Estoy aquí contigo. Te oigo respirar, ¿vale? Eso me vale. Lo estás haciendo bien. Ya está —digo, sin que me tiemble la voz—. No te voy a pedir nada ahora mismo. Solo quédate con nosotras.
Svet no levanta la cabeza. Pero traga saliva. Ese microgesto me sostiene.
Martina sigue.
—Los Trueno están neutralizados. Se han rendido. No hay bajas en nuestro bando, pero hay heridos —dice, y por primera vez se le rompe la voz—. Rashel está operativa. Herida leve en el brazo. Ana recibió impactos en el chaleco. Está consciente.
Me sale aire por la nariz, feo, de alivio. Dura poco, porque lo siguiente me vuelve a poner de punta.
—Luna es la única con herida seria —añade Martina.
—¿Herida seria de qué? —le corto, y me sale mal, demasiado alto—. Martina, por favor. Dímelo claro. ¿Está perdiendo sangre? ¿Respira? ¿Dónde está?
Martina parpadea rápido. Le molesta mi volumen, pero no se va. Se queda. Qué buena es, joder.
—Respira. Está consciente a ratos —dice—. Sabina me ha asegurado que sobrevivirá si no hay infección. Ha pedido asistencia médica externa. Nos encontraremos con ellos en la finca. Sabina está con ella. Me ordenó dejarla trabajar.
La palabra «ordenó» me da un pinchazo de ternura y miedo a la vez. Sabina mandando porque no le queda otra. Porque le toca sostener a su hija. A su niña grande.
—Vale. Vale —repito, sin estar segura de nada—. Bien. Sabina con Luna. Bien.
Me acuerdo de Irina de golpe y se me sube el pulso otra vez.
—¿Irina? —pregunto—. ¿Dónde está Irina?
Amaia contesta sin soltar a Vera.
—Está fuera. Está herida, pero no se está quieta. Se puso terca y la hemos tenido que sostener cuando empezó a marearse. Está viva. Está cabreada. O sea, Irina.
Me sale una risa corta que muere rápido, pero por lo menos es una risa.
Vuelvo a mirar a Martina. Tiene los dedos tensos, como si estuviera sujetándose por dentro.
—Marti —le digo, bajito—. Ven aquí otra vez.
Martina duda y luego se acerca. Yo le agarro la mano. Aprieto. Ella me aprieta de vuelta, rápido, y se queda quieta. Contacto justo. El que puede.
—Lo has hecho bien. Me da igual lo que te diga nadie luego. Lo has hecho bien, ¿me oyes?
Martina asiente, otra vez ese gesto mínimo.
—He seguido instrucciones. Era lo eficiente. No la pude retener.
—Sí, claro, mi niña —le contesto—. Eficiente. Y valiente. Las dos.
Amaia me mira y me habla otra vez, lenta, ordenando el caos.
—Julia. Dame tu mano.
Se la doy. Me la aprieta.
—Estás viva. Tus hijas están vivas. Están todas vivas. Ahora quédate aquí, quieta. Respira corto. No intentes levantarte más. No me discutas, por favor.
—Te voy a discutir por costumbre —murmuro, y me duele hasta eso.
—Luego. Ahora no.
Me dejo caer contra el asiento, a medias. Trago saliva. Vuelvo a mirar a Svet, sin tocarla.
—Nena… —digo otra vez, casi sin voz—. No estás sola. Te lo prometo.
Svet sigue con el remache. Pero esta vez, muy despacio, apoya la punta del pulgar en la uña, como para comprobar que su mano sigue siendo suya.
Yo cierro los ojos y esta vez no me caigo.
Y sí, Amaia me está diciendo que ni se me ocurra moverme, pero me la suda.
Me arrastro hasta la puerta abierta porque necesito verlo con mis ojos, no con el resumen amable de nadie.
El pecho me duele al respirar y la boca me sabe a tierra.
Fuera huele a hierro y a pólvora. Asomo la cabeza y se me pone el estómago tieso.
Hay gente por todas partes. Mucha. Los de la finca han llegado y están moviéndose rápido, armados, con guantes, con bolsas, con botellas de agua, con trapos.
Se oyen órdenes cortas, pasos sobre grava, puertas de coches cerrándose a hostias, radios escupiendo voces.
Entre los pinos hay sombras vigilando, apuntando a la nada por si alguien decide levantarse del suelo y hacerse el vivo.
En el asfalto hay casquillos a montones y manchas oscuras que están tapando a toda prisa.
Veo a dos tíos echando tierra encima y a otros frotando con un líquido que huele fuerte y te pica la nariz.
En la cuneta han puesto plásticos negros sobre dos bultos.
No miro más de la cuenta, porque mi cabeza ya tiene suficiente para hoy y, además, me tiemblan las piernas.
Me agarro al marco de la puerta. El suelo no se mueve. La que se mueve soy yo, por dentro, y bastante. Me entra la urgencia de pasar lista, porque en mi cabeza, si no las nombro, el universo aprovecha y me roba a alguien.
—¡Ira! ¡Rashel! ¡Alaska! ¡Sabina! —berreo, y sueno a madre histérica.
No me contesta nadie y a mí se me va el alma a la garganta. Entonces la veo.
Irina está de pie, pálida, pero viva. Tiene a un escolta cerca y otro le está hablando al oído.
—Estoy aquí, Julia. No te me caigas otra vez. Vuelve dentro con las niñas.
La veo entera y me afloja algo por dentro, pero no lo suficiente.
—No me mandes fuera, que todavía no he terminado de comprobar que respiras.