Julia Sinmiedo (Visibles e Invisibles nº 10) Capítulo 32 #3
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Capítulo 32 #3

Se me vacía la cabeza. Me giro y la veo. Svet ha bajado. Mi hija de trece años está fuera, en mitad de la carretera. Sin correr. Sin llorar. Camina con los hombros bajos y el mentón arriba. La cara que pone cuando se cabrea en casa, pero aquí esa cara es una sentencia.

Se me parte algo por dentro y el miedo me hace torpe. Me sale una voz que no reconozco.

—¡Svet! ¡Vuelve al coche ya! ¡Ya, joder!

Rashel entra por el pinganillo, mandando sin elevar la voz, pero metiendo hierro.

—Niña al suelo. No os mováis hacia ella. Anton, Alexei: cubrid la izquierda, sin disparar. Nora, Ana: bajad un paso, bloquead líneas de tiro. Amaia, mantén puerta y no te separes de las crías. Ira, no avances.

Qué bien suena todo en teoría. Qué asco lo que tenemos delante.

Nadie se mueve. Si alguien se lanza a por Svet, los Trueno barren la zona por reflejo. Si nos quedamos quietas, mi hija llega hasta donde le dé la gana.

Amaia se queda clavada, arma lista, y le veo la cara: piensa «no, no, no» sin decirlo. Sabina abre la boca y no le sale nada. Solo traga saliva y se le quedan los ojos húmedos. Irina… Irina da medio paso sin querer. El cuerpo se le va antes que la cabeza. Y ese detalle me pone peor que los fusiles.

El colombiano lo ve y se le abre la sonrisa, encantado. Uno de sus tíos saca el móvil y enfoca. Grabando.

—Vea pues… ¿y esta belleza quién es? —dice, con una curiosidad repugnante—. Ay, no jodás… si es igualita a la rusa.

Irina reacciona de golpe. Se coloca delante de Svet, tapándola con su cuerpo, con una violencia que no tiene nada de jefa y todo de madre.

—Vuelve a la furgoneta. Ahora. Svetlana —dice Irina, fría, cada sílaba con filo real.

Svet se aparta de un tirón. Le mete un codazo a Irina y se planta delante, insolente, con la barbilla arriba. A mí se me para el corazón.

—Que no me toques —protesta, sin mirarla—. No soy de cristal.

Irina se queda quieta. No por el golpe. Por lo que significa. Amaia suelta un «Svet…» casi sin voz. Sabina se tapa la boca con dos dedos, para no hacer un sonido que la delate.

Svet mira al colombiano a menos de tres metros. Le tiembla la garganta una vez. Se la traga. No parpadea.

—Te he oído desde el coche —dice—. ¿Tú eres el payaso que dice que va a matar a mis madres? Lo he oído todo. Cada estupidez.

El colombiano baja el arma, confiado, disfrutando del regalo.

—Ay, mirá qué cosa tan linda… —dice—. ¿Y esta princesita quién se cree que es pa hablarme así? Sí, mamita, soy yo. Y si vos sos la hijita de la rusa… mejor. Así cierro el tema completo.

Yo intento moverme y no me sale. Tengo a mi hija ahí, expuesta, y mi cuerpo decide quedarse a medias. Cobarde, inútil, madre.

Svet no grita. No hace teatro. Se limita a preguntar, con una frialdad que no sé de dónde ha sacado.

—¿Entonces quieres matarlas de verdad? ¿A eso has venido?

El colombiano sonríe aún más, orgulloso de sí mismo.

—Sí, mi amor. Y después voy por vos, pa que no te quedés solita.

Suena un chasquido apagado. No es un trueno. No hay épica. Solo un golpe seco. El colombiano abre los ojos. Se le queda la cara colgada, con la sonrisa a medias. Mira hacia abajo. Tiene un agujero en el centro del pecho y una mancha oscura creciendo en la tela.

Veo la mano de Svet levantada. Firme. Sostiene una pistola pequeña con silenciador. De la furgoneta.

Se me aflojan las piernas y a la vez me entra una rabia tan grande que me sube hasta los dientes.

Mi hija. Mi niña. Acaba de disparar, y lo ha hecho bien.

Pasan unos segundos raros. Nadie entiende nada.

El móvil sigue grabando. El cuerpo del colombiano intenta seguir siendo jefe por inercia, pero no le da.

Se desploma hacia delante y golpea el asfalto. Húmedo. Final.

Ahí sí. Ahí se rompe todo. Los Trueno tardan un instante en reaccionar y luego se encienden. Armas arriba, gritos, pasos, una ráfaga abre el pinar. Irina se gira hacia mí, con los ojos helados, y me grita una orden que me entra hasta los huesos.

—¡AL SUELO, JULIA! ¡CÚbrELA!

No pienso. Me tiro. Agarro a Svet por los hombros y la empujo contra el asfalto. Le echo el peso encima, sin suavidad. Necesito que siga respirando.

El suelo me raspa las rodillas. Se me mete polvo en la boca. Me sabe a carretera y a mierda.

Empieza el tiroteo de verdad. El chaleco recibe impactos y mi espalda se queja a lo bruto.

El aire se me va en cada golpe. Intento llenar los pulmones y no me entra.

Me sale un sonido ridículo, ahogado. El cuerpo responde con dolor puro.

No pienso en frases bonitas. Solo en aguantar.

Cae un peso encima de mi cabeza y mis hombros.

Un cuerpo. Grande. Nos tapa. Sangra. Me moja la nuca. Me da arcadas y me las trago.

—Mierda… —digo entre dientes, con tierra pegada a la lengua.

Sigo sujetando a Svet. Ella está debajo, hecha una bola, y aun así intenta moverse. Ni se le ocurra.

Me zumba el oído. La vista se me va por los bordes. Trato de respirar y el pecho no abre. Lo intento otra vez y me sale peor. La cabeza se me llena de ruido y de luz mala.

Me estoy yendo y me da una rabia tonta, infantil, porque no tengo tiempo para irme. Luego el cuerpo decide por mí. Me apago.