Julia Sinmiedo (Visibles e Invisibles nº 10) Capítulo 32 #2
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Capítulo 32 #2

—Y ya que te gusta jugar a ser magnánimo: si fueras un líder, no necesitarías hablarme por encima, ni «regalarme» nada, ni venderte como salvador.

Un líder pregunta, escucha y asume consecuencias.

Tú solo has hablado de ti: de tu padre, de tu deuda, de tu orgullo.

Yo he tratado con gente peligrosa y con gente seria, y tú ahora mismo estás haciendo teatro para que no se te note la inseguridad.

Rashel, en el pinganillo, bajito y firme:

—Sigue. Así. No aflojes.

Sabina ni parpadea con la voz de Rashel; sigue a lo suyo.

—Así que no, Córdoba: no acepto tu pasillo. No me separo de mi gente. Y no te debo gratitud por apuntarnos. Eso no es un favor, es una amenaza.

Córdoba le clava la mirada, ya sin sonrisa.

—¿Entonces qué? ¿Me va a decir que no en mi cara?

—Sí —contesta Sabina—. Y añade esto a tu lista de lecciones: deja de llamar estorbos a personas que no puedes controlar. Te delata. Y a mí no me impresiona.

Él exhala con fastidio, agrandado por el orgullo.

—Doctora… usted está buscando que la pongan en su sitio.

—No, Córdoba —dice Sabina, impecable—. Estoy evitando que tú te creas con derecho a decidir quién vive, quién se va, y a quién le toca agachar la cabeza. Hoy no te va a salir. Y te va a tocar soportarlo.

—Habla ya, basura —dice Irina, plantándose delante de Sabina—. Mi paciencia se está acabando y me estás aburriendo. ¿Qué quieres?

Al colombiano se le marcan los tendones del cuello. Se le acabó lo de sonreír y fingir educación.

En el pinganillo entra Rashel, seca y con voz de trabajo.

—Ira, movimiento en los flancos. Intentan rodearnos por el bosque.

Nora, Ana: retaguardia, cubrid árbol a árbol y que nadie se acerque a los coches de atrás.

Amaia, ajusta ángulo y cubre el punto ciego de la furgoneta.

Nat, mete a Alaska en el blindado con las demás, ya.

Sin gritos. Julia, pega tus ojos al jefe.

Anton, Alexei: cerrad el lateral derecho.

Refuerzos en camino. Cinco minutos. Ira, alárgalo.

Nos recolocamos en dos respiraciones. Yo no pienso: obedezco y me quedo pegada al colombiano, a sus manos, a su arma, a sus ojos. Él lo nota. Se le borra la sonrisa del todo y le sale esa cara de «se acabó el cuento».

Chasquea los dedos y de su fila de gorilas sale un chaval flaco, con gafas gordas y un portátil colgado al hombro. Le tiemblan las manos. El colombiano lo engancha del cuello y lo empuja hacia delante, sin cariño.

—Vea pues… les presento a mi experto en finanzas modernas —dice, disfrutando y volviéndose hacia Rashel—.

El peladito tenía ganas de conocer a la señorita Velikanova.

Que usted era una leyenda del código, decía.

Pero mire… usted no tiene cara de nerd, ¿cierto?

Usted viene con fierro. Usted sí mete miedo.

Le da un golpe en la cabeza al chaval. Seco. Al chico se le mueven las gafas y baja la vista a sus botas. No mira a nadie. No respira.

Rashel no cambia la postura. Sigue apoyada en el rifle, tranquila.

El colombiano se vuelve hacia Irina y se le pone voz de dueño del sitio.

—Mire, Popova. Hoy no quiero masacre. Me da pereza luego limpiar el monte.

Velikanova va a hacerme una transferencia ya mismo.

En bitcoin. Doscientos millones. Ahí tiene la dirección en la pantalla del muchacho.

Billetera fría, sin rastros. Un minuto, Velikanova.

Mi chico confirma que la transacción entra y que el dinero se mueve.

Después ustedes se van. Cerramos esto. Nadie llora por mi papá y aquí no pasó nada. No me haga esperar.

Doscientos millones. Se me queda el estómago tieso y la lengua seca. En la pantalla del portátil hay una ristra de caracteres y un contador en rojo. Yo oigo mi respiración, fea y alta. Irina no baja el arma. Y entonces suelta una risa corta, con desprecio, que me pone el cuello en alerta.

—No.

Una palabra. Limpia. El chaval se queda con el dedo suspendido sobre el teclado.

Los Trueno se recolocan, manos hacia gatillos, hombros tensos.

Irina Popova acaba de decir que no con un pelotón apuntándole a la cara.

Yo quiero abrir la boca y gritar cualquier cosa, pagar, lo que sea, pero me trago el impulso.

Sé que ese «no» es lo único que nos da tiempo.

—¿No? —repite él, despacio.

—¿Tú te crees que yo soy nueva, Córdoba? —Irina ladea la cabeza, tranquila—. No hago transferencias con un fusil apuntándome. Y menos para un payaso que viene con una extorsión y un número redondo. Tú no vienes a comprar nada. Tú vienes a cobrar y luego vas a disparar igual.

El colombiano aprieta los labios. Irina sigue, con tono de profesora aburrida.

—Y por si te sirve: yo soy Irina Popova.

La Reina Popov. La que te voló media familia, se cargó a tu viejo y siguió respirando.

Así que no me vendas esto como negocio limpio.

A ti te gusta oler el miedo. Pues mala suerte.

—Irina se permite mirarlo de arriba abajo, sin prisa—.

Quédate con tus bitcoins. No te llevas ni un céntimo.

Tienes más gente, sí. Y tus niños van nerviosos, sin chaleco, con el dedo flojo. Los míos no.

Señala con el cañón, un gesto mínimo. No necesita más.

—Si tú dices «disparen», aquí se cae tu gente también. Y te vas sin vida y sin cuento. Yo no me arrodillo para ahorrarte consecuencias.

El colombiano se inclina hacia ella, buscando intimidar. Se acerca para que sus hombres lo vean valiente y para que solo lo oigamos nosotras.

—Vos sí entendés, zarina —murmura—. Vos sabés que yo sé que tenés gente buena.

—Se gira un instante hacia mí, un vistazo rápido, sucio—.

La diferencia es que vos viniste con tu mujer, con tus niñitas, con tus amigas, con tus amantes…

—escupe—. Vos tenés cosas que perder. Yo no.

Se me caen tres y me da igual. Pero a vos te va a doler todo cuando empiece esto.

Se echa atrás y recupera la sonrisa para su tropa. Mira alrededor, deja que el momento crezca. Luego se ríe, fuerte, y levanta la barbilla.

—¡Armas arriba! —grita uno desde un lateral, con voz temblona.

—¡Nadie dispara hasta que yo diga! —ruge el líder—. ¡Quiero que me mire cuando entienda que perdió todo!

Yo miro a Irina de reojo. Ella me sostiene la mirada. Me está diciendo «hasta aquí». Tengo el dedo clavado en el gatillo y me duele la articulación.

—Irina Popova… —empieza él.

No termina.

Suena un golpe de chapa. Chirrido de la puerta lateral de la furgoneta abriéndose. Martina grita desde el asiento del conductor, un grito que no me entra por el oído, me entra por el cuerpo.

—¡SVET, NO!