Julia Sinmiedo (Visibles e Invisibles nº 10) Capítulo 32
89%

Capítulo 32

La tela del chaleco antibalas me pesa en los hombros, una armadura de mierda que me recuerda que esto no es un simulacro de los que montaba Irina para tocarme las narices.

Trato de no pensar en que Svet y Vera están encajadas contra la alfombrilla de un coche que ahora mismo es el centro de todas las dianas. Me sube una náusea física, un asco profundo por haber permitido que mis hijas respiren este aire cargado de pólvora.

El pinar de los cojones se nos ha echado encima, convirtiéndose en un embudo de pinos que nos ha dejado sin margen de maniobra. Y lo peor es que la finca aún queda a kilómetros, demasiado bosque y, aun así, quince minutos son un puto mundo si te disparan en el minuto uno.

Estamos rodeadas, y me jode soberanamente que no hayamos visto venir el cierre. Son demasiados tíos con fusiles largos y ropa de combate comprada a granel, sin uniformidad, sin disciplina, pero con suficiente metal como para reventarnos la vida en diez segundos.

Para rematar el despropósito, un tipo en un lateral nos graba.

Buscan la humillación, el trofeo digital de la caída de la Reina Popov para que el vídeo rule por todos los grupos de Telegram de la ralea de este continente.

Quieren que el mundo vea cómo la zarina hinca la rodilla en el asfalto sucio de esta encerrona antes de que se le apague la luz.

El jefe de los Trueno no deja de sonreír con esa jeta de suficiencia que pide a gritos un viaje con la culata en los piños.

Se mueve de una forma que ofende, disfrutando de su minuto de gloria.

De repente decide que Irina ya ha tenido bastante cuota de pantalla por hoy.

Gira el cuello hacia mi izquierda, con un movimiento lento, saboreando el silencio que está a nada de romperse.

Sus ojos pasan de largo de nuestras armas y se clavan en Sabina.

—Doctora Rey, mis respetos —dice con esa voz melosa que pretende ser educada pero que hiede a veneno puro—.

Qué pena verla a usted en estos trotes, no me lo esperaba de una eminencia de su calibre.

Mi mujer estuvo muy malita hace dos años, ¿sabe?

Y ese fármaco que usted liberó, ese regalo que le hizo al mundo…

a ella le salvó la vida. Yo no soy un hombre ingrato, doctora. Yo valoro el talento cuando lo veo.

Sabina está quieta, elegante, mantiene el arma firme sin temblar. Luce la cara de absoluta nada que usa tan bien cuando está nerviosa, pero decidida a que no se le note.

Rashel habla por el pinganillo, seca, práctica, a lo suyo:

—Sabina, necesito tiempo. Hazlo hablar.

Sabina no mira a ningún lado, pero baja apenas la barbilla, un «recibido» mínimo.

—Usted es una mujer muy importante, doctora —sigue el tipo—.

Me da lástima verla acá, en un sitio de hombres, con esos juguetes en las manos y oyendo groserías.

Una mujer tan bonita no debería estar limpiando el asfalto con nosotros.

Debería estar en su laboratorio, salvando el mundo, no haciendo de guardaespaldas de una rusa que solo trae muerte por donde pisa.

Se me calienta la sangre por la forma en la que intenta reducirla a un adorno, a una cara bonita que estorba en su maldita guerra de machos. Irina, a mi lado, se queda dura. Exhala por la nariz, corto. Aviso claro.

Sabina inclina la cabeza para concederle la atención que él cree que se merece.

—Qué interesante —dice con una voz limpia—. Siempre es un hombre armado el que decide dónde debería estar una mujer. Y siempre lo dice con esa seguridad tan cómoda… la que da no tener que demostrar nada.

El colombiano sonríe más, encantado consigo mismo.

—Yo solo estoy siendo considerado, doctora.

Uno de los Trueno del lateral se pone nervioso y hace un gesto raro, medio paso, medio impulso. Rashel levanta el fusil, apuntando al líder sin temblar. El escolta de Irina a mi derecha se tensa y sube el arma un palmo.

—¡QUIETOS! —ladra Rashel.

Se oye un clic metálico. Una bota raspa la grava. Nadie dispara. Yo controlo mi propia respiración, porque nadie quiere ser el gilipollas que la caga.

El colombiano levanta una mano enguantada, calmando a los suyos con una tranquilidad estudiada.

—Tranquilos, muchachos. Suave ahí. No me vayan a asustar a las damas, que todavía estamos conversando —dice, recreándose—.

A ver, doctora, le voy a proponer una cosa, bien bonita.

Yo soy un hombre de palabra y a usted le debo la salud de mi esposa.

Entonces hagamos esto fácil: usted, su mujer —señala a Amaia con un gesto feo— y la niña rosada…

—Mira a Luna, que está cubriendo la puerta trasera—.

Ustedes tres se van ya. Les abro un pasillo.

Nadie las toca. Agarran su carro, se pierden de este pinar y asunto arreglado.

Mi problema es con las rusas y con la morena de la pistola grande.

—Me señala con la barbilla, chulo—. Usted no es mi objetivo hoy, doctora.

Las demás son un estorbo, y yo estorbos no los colecciono.

Y mire, esos cuarenta millones… muy generoso el abono, se lo reconozco.

Pero la deuda de mi papá no se paga con sonrisitas.

A mi papá lo mataron hace diez años. ¿Sabe quién?

—Señala a Irina—. Esa. Y no fue en combate, ¿eh? Fue a sangre fría, doctora.

Sabina ni gira la cabeza hacia Amaia, ni busca a Luna, ni me mira a mí. Se queda plantada donde está, quieta, limpia. A mí eso me sube el orgullo y me mete un pellizco de nervios en la garganta. Levanta la barbilla, con educación.

—Antes de que sigas repartiendo permisos de vida y de muerte, una cosa —dice—. Dime tu nombre.

—¿Mi nombre? ¿Y pa qué lo quiere, doctora?

—Para saber a quién estoy escuchando. Y para comprobar si hablo con quien manda o con el señor que repite lo que le dictan, bien puesto y bien peinadito.

A mí se me escapa una risa en la garganta y la aplasto. No por respeto, por supervivencia. Me trago el impulso y aguanto la cara seria, que me cuesta un huevo.

El tipo se queda sin frase. No le gusta.

—Me dicen Córdoba. —Saca el alias con orgullo—. Don Córdoba.

Sabina asiente despacio.

—Córdoba. Perfecto. Entonces, Córdoba, escúchame con atención, porque te voy a hablar con mucha claridad y con todo el respeto que tú mismo dices merecer. Primero: te reconozco una cosa. Eres listo. Has montado un cerco, has traído hombres, armas, nervio. Te crees importante. Eso lo tienes claro.

No alza la voz. No necesita. Lo suyo es una calma que te obliga a escuchar.

—Y ahora viene lo que me parece insultante —continúa—.

Después de admitir que soy capaz de salvar a tu esposa y de mover cuarenta millones, me hablas como si fuera tonta.

Me pides que me separe de mi gente. ¿Crees que no entiendo para qué sirve ese «pasillo» tan generoso?

¿Qué pasa después, Córdoba? ¿Me disparas por la espalda?

¿Me coges de rehén si las cosas se te tuercen?

¿Me intentas atracar otra vez porque te apetece redondear la noche?

Córdoba sostiene la sonrisa de macho que intenta enseñar dientes sin enseñar el miedo.

—Doctora, usted habla mucho. Y se enreda. Yo le estoy dando una salida decente. Usted se va con las suyas y se acaba este problemita. No sea necia, mija. El orgullo hoy no le sirve pa nada. Agradezca y camine. Que uno aquí está siendo un caballero.

—No. —Sabina lo corta con una sola sílaba, y luego vuelve a su tono educado—.

No eres un caballero. Estás interpretando un papel que te queda grande.

Te voy a explicar el fallo, Córdoba. Tú primero dices que me respetas, que valoras lo que hice por tu esposa, que soy doctora, que tengo talento.

Y acto seguido me hablas con esa condescendencia rancia, esperando que yo aplauda tu «generosidad».

Eso es tratarme de tonta. Es decirme: «Tú eres útil, pero obediente». Y te aviso: conmigo eso no funciona.

Él resopla, ofendido, y se apoya en la superioridad que se ha inventado.

—A ver, doctora, no se ponga dramática. Usted es una mujer preparada, sí, nadie lo niega. Pero también es mujer. Y las mujeres, cuando se ponen tercas, cometen errores. Yo estoy tratando de evitarle un mal rato. Deje a esas viejas atrás y váyase. No tiene por qué meterse en problemas de hombres.

Problemas de hombres. Lo dice delante de Irina, de Rashel. Delante de la mujer que lo ha tenido de rodillas durante años. Y ni se da cuenta. A mí me hierve el impulso de gritarle algo. Me lo guardo. No porque no tenga ideas, sino porque Sabina ya está encima y lo está haciendo mejor.

—Ahí está. Gracias por confirmarlo tú solito —dice ella—.

«Problemas de hombres». Pero tu problema aquí somos unas cuantas mujeres.

«Viejas». «Mija». Te oyes, ¿verdad? Tú no propones nada razonable.

Solo quieres quedar por encima para que tus hombres te miren con devoción y para que yo me sienta pequeña.

Da un paso mínimo hacia delante.

—Y te digo otra cosa, porque ya que te has permitido opinar sobre mí, te devuelvo el favor. Sí, soy rubia. Sí, soy guapa. Y sí, soy mucho más lista que tú. Eso te irrita porque tú necesitas que una mujer te mire hacia arriba para sentirte alguien.

Córdoba se ríe por lo bajo, pero se le endurecen los ojos.

—Usted está muy segura de usted misma, ¿no? Muy creída. Muy reina. Le falta barrio, doctora. Aquí manda el que tiene más fierros. Y yo tengo más fierros. Así que bájele. Haga lo inteligente y váyase. No me obligue a ponerme feo.

—Lo inteligente —responde Sabina— es no aceptar un trato diseñado para dejarme sola. Lo inteligente es no creer en tu palabra cuando ya has mostrado desprecio. Lo inteligente es entender que tú no estás ofreciendo protección: estás buscando ventaja.

Pausa breve. Ni un temblor. Ni un titubeo.